“Trailer Park Boys” o el triunfo de la mediocridad

Por: Ernesto Sánchez

Trailer_park_boysTrailer Park Boys es serie canadiense dirigida por Mike Clattenburg que se estrenó en 2001 en la cadena Showcase, como consecuencia del éxito de una película homologa proyectada dos años antes. Se presenta como un mockumentary, o una parodia documental, que refleja la vida de personajes abyectos, encarnados en los ya clásicos whitetrash, condenados al fracaso desde el nacimiento. El equipo de filmación sigue a tres amigos en su vida diaria, Ricky, Julian y Bubbles, los cuales se conocen desde la infancia y viven en un lugar llamado Sunnyvale Trailer Park. Sin embargo, lo que el público ve como un sinfín de peripecias en la trama de la serie, se presenta como una realidad palpable; la estupidez, la desgracia, la ambición mal interpretada, son un círculo vicioso que permea la vida de estos seres que viven al margen.

El éxito de la serie no radica en una superproducción, si no que recae completamente sobre la actuación y un guion basado en acontecimientos triviales que son llevados con aparente descuido a situaciones al borde lo inverosímil. No obstante, el alcohol y las drogas, son la constante que determina el carácter de la serie, y al mismo tiempo, la justificación de la mayoría de las escenas.

Si Burroughs, Ginsberg y Kerouac, representantes de la generación beat, han plasmado en la literatura toda una panorámica provocada por los vicios, Trailer Park Boys muestra una faceta más burda y común. La del vicio proyectado en una cotidianidad poco literaria. El viaje, para ellos, siempre es inmóvil. Sin embargo, el objetivo es sencillo: la felicidad. Pero tal vez no una felicidad como la que el resto del mundo añora, sino una acorde a los personajes que ahí se encarnan: simplona. Sentarse a tomar y fumar mariguana sin tapujos y ver recorrer los días sentados en el porche de un lugar que se pueda llamar hogar; hacer un asado con los amigos y disfrutar un salami con whisky cada vez que se pueda. La libertad se encuentra en las cosas más sencillas.

El éxito de la serie ha ido acorde con un espíritu juvenil que la ha visto desarrollarse. Un proyecto que tenía el objetivo de terminar después de siete temporadas, ahora se ha prolongado hasta diez, disponibles en Netflix junto a seis especiales. No es poco probable, ahora que los protagonistas también han tomado el control de los guiones, que en un futuro se desarrollen más temporadas. Todo gracias a una generación que se identifica y se relaciona sin discriminación con los vicios; jóvenes que no buscan encontrarse espiritualmente sino que se arrojan al fondo de la botella en búsqueda de diversión. Sin más. Personas que encuentran elementos de los más sencillos, pero fundamentales, escondidos en el trasfondo de los personajes en apariencia escuetos que presenta la serie. O bien que ven reflejadas situaciones de su vida en la pantalla, un sofá, los amigos, las risas y los comentarios estúpidos sobre la nada que ya se habían hechos famosos con Seinfield, sólo que ahora en una atmósfera más acorde a nuestro tiempo.

            Y no habría que encontrar lo anterior extraño, pues la serie radica en la exaltación de antihéroes, de los bastardos de una sociedad. Así, un cultivador de mariguana, un alcohólico que siempre piensa en el retiro y un amigo con aparente retraso (pero que a final de cuentas es el que muestra mayor grado de inteligencia), son los que cada día se levantan en búsqueda de una felicidad determinada por el contexto en que crecieron. Tener un carro con puertas, o un cobertizo para vivir, o tener a la chica de la que se está enamorado, o suficiente dinero para alimentar a tus gatos o bien para mariguana y alcohol, se presentan como objetivos de una prosperidad tan parca que parece incluso ridícula a la distancia, pero que en su sencillez refleja una humanidad que se ha perdido en los recovecos de la mercadotecnia.

Ahora bien, estos personajes incurren en toda suerte de aventuras, principalmente gracias a Jim Lahey y Randy, sus némesis. El primero es el vigilante del parque de tráileres, policía bisexual alcohólico retirado, y el segundo su ayudante, un prostituto que ha encontrado refugio de las calles a lado de esa figura de autoridad. El cuadro se complementa con personajes secundarios que pintan una sociedad destinada al fracaso gracias a su propia estupidez; una que celebra la graduación de primaria a los 32 años y que ve el éxito sólo en los billetes que carga en la cartera, pero que jamás tendrá por sus propias limitaciones intelectuales; un círculo vicioso de una clase baja que se derrota a sí misma; una contraposición a todo lo que se inculca para el éxito.

            La serie en sí es una celebración del fracaso; una llana presentación de lo que el humano puede llegar a ser cuando toca un fondo imaginario; la cual utiliza un lenguaje tan próximo al natural que parece que se escucha al vecino; tan plagado de maldiciones e insultos que asemeja un eco del propio pensamiento. Es por eso que los personajes, inverosímiles en primera instancia, se sienten cercanos. Cualquiera que haya experimentado los vicios que la serie registra encontrará un nexo inquebrantable, porque el borracho siempre parece un borracho y hará las cosas estúpidas o geniales que hace un borracho.

            Por eso, a pesar de que Trailer Park Boys puede estar saturada de impertinencias y de situaciones que la sociedad actual aún condena con moralina, la serie se ajusta de manera perfecta para aquellos que sólo buscan una explosión de carcajadas que los ahuyente de una cotidianidad apesadumbrada; que mitigue, en cierta forma, la realidad del propio fracaso. Exactamente sobre esto radica la esencia de la serie, ahí, también, se explica su éxito.

Acaso una advertencia: la inteligencia se encuentra oculta, pero se encuentra.

*La versión original de este texto se publicó en Zona Franca y puede consultarse aquí.

Anuncios

Coloquio GIHLH

queretaro

El próximo mes de septiembre, los días 1 y 2, el Grupo de Investigación de la Historia de la Literatura Hispánica celebrará su primer coloquio como organización en la ciudad de Querétaro.

El propósito del coloquio es revisar dos revistas de importancia para las letras hispánicas que hasta ahora no han sido objeto de mayores estudios: Cosmópolis (1919-1923) y Sagitario (1926-1927).

Al evento la mayoría de los integrantes del grupo leerán ponencias que permitirán describir y profundizar sobre distintas facetas de estas publicaciones.

El Dr. Andreas Kurz, de la Universidad de Guanajuato, dará una conferencia magistral con el título “El Segundo Imperio Mexicano, en memorias, autobiografías y diarios de viaje”.

También, se aprovechará el espacio para hacer publica la página de internet donde confluirán trabajos académicos con otros de interés más general.

Esperen más noticias.

A 25 años del Premio Nobel a Octavio Paz

Por: Xalbador García

paz-3En México padecemos una doble miopía. Lo que nace en esta tierra padece un desprecio que, en muchas ocasiones, se trata de ocultar con un patrioterismo barato, vulgar, humillante. Se trata del patrioterismo de banderas, juegos artificiales, borracheras y lugares comunes: somos un pueblo muy alegre, en todo el mundo nos aman, tenemos una cultura milenaria (que la mayoría de las veces desconocemos). Se trata del mismo patrioterismo que nos permite defender a muerte “las tradiciones nacionales” mientras que dejamos pasar la corrupción oficial, el clasismo (y racismo) entre todos nosotros, las masacres de los poderosos en contra de los más débiles, el saqueo de los recursos naturales por parte de trasnacionales.

La segunda de las aristas de esa miopía está ligada a los asuntos culturales. En México, y posiblemente en toda Latinoamérica, aún espera paz 2os la palabra extranjera para explicarnos nuestra realidad. La Conquista académica en el plano de las humanidades persiste en universidades, centros de investigación y círculos intelectuales, donde cualquier teoría, tesis o perspectiva debe sustentarse en argumentaciones de autores con nombres impronunciables, como si fuéramos eternos letrados adolescentes, como si careciéramos de una tradición de pensadores en la región que nació al otro día de la llegada de los europeos, como si estuviéramos incapacitados para pensar por nosotros mismos. La universalidad de la que carecen los franceses, alemanes, ingleses y, a últimas fechas, estadounidenses, porque no hacen más que mirarse a sí mismos, y que se da de manera natural entre nosotros pues tenemos que aprender varias tradiciones, parece que se olvida de generación en generación.

Esta doble miopía es la causante del malestar ante la figura de Octavio Paz. Apenas el jueves pasado se cumplieron 25 años de que el poeta paz 3.jpgrecibiera el Premio Nobel de Literatura, máximo galardón en el mundo para un escritor, y en México aún no sabemos relacionarnos con su persona y, por consiguiente, tampoco con su obra. ¿Quién es el autor que el 10 de diciembre de 1990 fue galardonado en Estocolmo? ¿El personaje que apoyó a Carlos Salinas o el único intelectual mexicano (entre los muchos que trabajaban en el gobierno y a los que no se les ha reclamado históricamente nada) que se separó de su cargo tras la matanza del 1968? ¿El animador de Televisa o el pensador de izquierda que se atrevió a no cerrar los ojos ante las barbaries del régimen stalinista? ¿El capo cultural que acogió desprecios, posiblemente bien ganados, de los más jóvenes o el poeta que padeció el asesinato atroz de uno de sus colaboradores a manos de un grupo comunista? ¿El acusado de venderse al sistema al final de su vida o el gran pensador mexicano que dialogó con las mentes más brillantes de su tiempo?

¿El poeta del amor que tocó el alma de cientos de escritores y lectores alrededor del mundo, que aún hoy claman su nombre como Milán Kundera y Pere Gimferrer, o el hombre poderoso, desgastado, ensuciado y petrificado por los que se dicen sus “herederos intelectuales”? ¿El supuesto amigo de Reagan o el autor que rescató y nos enseñó a leer nuestra propia tradición? ¿El que actualmente es criticado por imbéciles que ni siquiera conocen sus textos o el que, basado en otros grandes mexicanos, dio a luz a una obra asombrosa de tan universal? ¿El muchacho que recibió, con una generosidad desbordante, a los exiliados españoles cuando gran parte de la intelligentsia nacional les dio la espalda? ¿El joven apasionado que, en restaurantes, se batía a golpes contra fascistas? ¿El único autor mexicano que tuvo el valor de oponerse a las prepotencias de Pablo Neruda en los años de los cuarenta? ¿Quién es (fue) Octavio Paz?

La respuesta quizá nos la ofreció él mismo. Cuando escribía sobre Alfonso Reyes le criticaba su tibieza. Tratar de quedar bien con todos y no pronunciarse públicamente llevó a Reyes a convertirse en una efigie consagrada con una obra que casi nadie lee. Al contrario de Paz que siempre tomó posiciones y eso lo condujo a ser un autor vivo, con claroscuros y equivocaciones; aspectos que conviven en toda biografía. Asimismo, al hablar de Neruda y sus yerros ideológicos, Paz siempre decía: hay que juzgar al poeta y no al político, porque en política todos nos equivocamos. Posiblemente ese sea el punto de partida para que nosotros, las nuevas generaciones, empezamos a dialogar con el legado de Octavio Paz. Un legado nutrido de crítica, concordia y reflexión. Tres términos ausentes desde hace varios años en México.

Gabriel Ferrater nunca hablaba demasiado

Por: Tobías Albero

No es fácil hablar de alguien que una tarde luminosa, en cualquier terraza de cualquier café en la Plaza Prim a la sombra de la estatua ecuestre del general, en Reus, le decía a un amigo que lo acompañaba, mientras sostenían sus respectivos vasos de ginebra, que no iba a vivir más allá de los cincuenta años. Entonces, en el momento de la confidencia, apenas le quedaban otros quince de vida. Uno pensaría que esas palabras, sostenidas por el azul de la Bombay, se las llevaría el viento como se lleva tantas otras que no necesitan hablarse o que se dicen sin por qué. Palabras pronunciadas en un mediodía vencido de junio de 1957. Uno podría pensar que se trataba de una boutade; la expansión gratuita de quien nada tenía que hacer mientras esperaba un tren que lo llevaría a Madrid a la vuelta de esa tarde, ocupando un incómodo coche-cama; una agrura en los labios de alguien, sin duda ácido, pero que “nunca hablaba demasiado”, como dice uno de sus versos. Quizás por eso, por la parquedad proverbial de Ferrater, el acompañante le prestó una atención particular, sin saber seguramente qué hacer o qué pensar acerca de las palabras que acababa de oír; unas palabras que más que pronunciarse, debieron resbalar hacia afuera de maduras; más que caer, se precipitaron una vez que Gabriel Ferrater ya no pudo resguardarlas, debido más bien a la gravedad de la palabra en sazón que a la voluntad misma de expresarse. Porque esto tiene el silencio en quienes se albergan en él; el lenguaje opera de un modo diferente que en los demás, más pendiente de sí mismo que del requisito convencional del hablar por hablar. Si perplejo el amigo-confidente recibió la noticia, la estupefacción sin duda le regresó el 20 de mayo de 1972 al recibir el aviso de la muerte de Gabriel Ferrater, el mismo día en que cumplía los cincuenta años.

Fue proverbial la inteligencia del autor de Las mujeres y los días, título de su poesía reunida, una lucidez de estirpe rimbauldiana, como también su gusto por la ginebra, única compañera que nunca lo abandonó; una clarividencia igualmente rastreable en sus ensayos e informes editoriales agrupados en Noticias de libros. Con todo, hay algo acerca de Ferrater que poco se ha dicho o eso me parece, relacionado con esa misma inteligencia que en lugar de irrumpir tempranamente, como hubiera sido previsible, fue madurando lentamente, de manera que esa excepcionalidad en eso también insólita, alcanza su sazón alrededor de los cuarenta años. Hay algo así como un proceso tardío para los más, pero muy personal, ajustado a la personalidad del ensayista, adecuado a un cerebralismo necesitado de experiencia de vida para dotar a la palabra de la gravedad debida, de su peso específico, de su sentido preciso. La escritura, para Ferrater, fue un proceso de aprendizaje, resultó la adquisición de un oficio, la adaptación plena de una sensibilidad al lenguaje hasta convertirse en una naturalidad; un temperamento literario fraguado a partir de ese silencio originario luego destilado en palabras. No en vano el catalán indagó en diferentes lenguas, las aprendió, las tradujo; se abismó ante las propuestas de la teoría lingüística, aportando también lo suyo, materia de la que impartió clases en la recién creada Universidad Autónoma de Barcelona. A distancia, se sigue el rastro dejado, los pasos andados, las huellas impresas en el tiempo en ese momento de la historia; a menudo, en memorias y diarios, cartas y prontuarios, que coinciden en lo fundamental: una inteligencia deslumbrante. El exceso de luz únicamente se aprecia si los espacios de penumbra son proporcionales a esa profusión, la misma superabundancia inversamente proporcional. Claro, con la distancia del tiempo y del espacio, pocos son los que recuerdan la soledad del poeta, el abandono padecido, el olvido en vida. Pero tampoco hay que atribuir a este arrumbamiento aquella resuelta decisión proclamada en el verano del 57. La ascendencia familiar de Ferrater siempre me ha recordado a esos versos de Federico García Lorca, “Antonio Torres Heredia / hijo y nieto de Camborios”; aunque con unas variantes en virtud de la precisión que no son lo de menos en su caso al ser hijo y hermano de suicidas. Ese silencio en el que surgió la pasión por el lenguaje del catalán también fue el modo que albergó un aprendizaje, el dolor y la desposesión en un periodo en que la palabra “suicido” estaba prohibida tanto por la moral como por la tradición. No debió resultarle fácil al poeta de Da nucas pueris (1960) situar la pérdida del padre por una resolución tan libre como personal y, por tanto, intocable en cualquiera de sus extremos. Pero por lo mismo, habría de llegar ese momento en que comprendiera que por fatal que fuese una determinación, al final su dignidad no dejaría de responder a un acto de libertad. Una lección que parece aprendida si se atiende a esa domesticación, a ese acostumbramiento, a esa habituación de la soledad y en la soledad. La inteligencia a lo mejor no es condición necesaria para la vida social, pero no hay duda de que es requisito indispensable para asumir esa soledad de fondo tan ferretiana; ese ámbito que, en su caso, cuajaba a partir de su lucidez y de su oscuridad traspasada por unas palabras que más que formularse se precipitaban al papel. Ese itinerario lo traza ya el poema “In Memoriam”, el primero de Da nucas pueris, una elegía sobre la infancia y la juventud:

Cuando estalló la guerra, yo tenía
Catorce años y dos meses. Al principio
No me afectó demasiado […]
Quizá la palabra más exacta es egoísmo,
Y es mejor recordar que a los catorce
Hay que mudar de primera persona:
Ya nos oprime el plural, y el ejercicio
Del estilita singular, la náusea
Del encaramado sobre sí mismo,
Parece un buen programa para el futuro.

Ese “programa de futuro” apenas entrevisto se convirtió en una directriz personal estricta. Hay en Ferrater como un sentimiento que excede a la persona misma, a ese que fue y también a quien fue; una sombra tupida a contrapelo de su afamada inteligencia, una lobreguez que en absoluto corresponde al hombre que quiso ser, una negrura que se desborda por todas partes a contracorriente de su fulgor intelectual. Acaso, se ha acabado por imponer en sus retratos y semblanzas un pesimismo clandestino que opera como el verdadero polo de atracción hacia su obra. Con todo, no estoy muy seguro de que este catalán que escribió, con la excepción de su primer libro, en catalán cuando pocos tenían el valor de hacerlo porque entonces era un atrevimiento utilizar una lengua arrinconada, como lo atestiguan sus otros dos títulos: Menja’t una cama y Teoría del cossos, estuviera muy de acuerdo con una leyenda a medida que le ha permitido acceder a una reciente posteridad, en lugar de perdurar no sólo por medio del reconocimiento de su calidad poética y literaria, sino porque ese acto tan premeditado como consciente cometido en San Cugat la noche del 20 de mayo de 1972 no dejaba de ser un reconocimiento a su libertad, el salvoconducto quizás no por expedito menos ponderado para regresar a ese silencio originario en donde las palabras ya no necesitan madurar para ser arrebatadas por la gravedad.