Diez clásicos de la literatura mexicana reescritos por Donald Trump

Por: Xalbador García

El lenguaje es hasta ahora la invención humana más extraordinaria debido a su abstracción. Por medio de sonidos, que devienen en signos, podemos nombrar, entender y acercarnos al mundo. Somos lenguaje. Las palabras revelan al individuo. Ellas muestran claramente quién es cada uno. ¿Han visto cómo Peña Nieto está impedido para conectar más de dos frases seguidas sin leerlas? Algo muy preocupante debería decirnos su nivel de oratoria.   

Siguiendo las mismas premisas, en Estados Unidos, Josh Marshall, editor del famoso TalkingPointsMemo.com, analizó las fórmulas sintácticas que ha utilizado Donald Trump para atacar, impugnar o burlarse de sus rivales desde su cuenta de Twitter. Le sorprendió darse cuenta que, como si fuera una maquila de frases hechas, todas seguían una estructura similar. El periodista poéticamente las llamó “insultos haiku”.   

Un ejemplo claro es el tweet que posteó cuando cuestionaba la verdadera nacionalidad del presidente Obama:

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Marshall se dio cuenta que la estructura, muy parecida a los silogismos, se compone de: 1) una frase declaratoria donde Trump introduce al personaje o al tema a tratar; 2) una segunda frase donde establece su posición al respecto, y 3) un adjetivo, burla, denuncia o aseveración estridente a manera de cierre:

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Una vez que se ha entendido la sintáctica Trump es muy fácil identificarla en cada tweet:   

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Jack Shepherd, director y “God King” de http://www.buzzfeed.com, lamentó que Trump se haya dedicado a la política. Pensó que posiblemente hayamos perdido a un hombre con verdadera vocación de escritor, cuya intensidad se demuestra en cada tweet. Para evitar un total mutismo de tan extraordinario talento, Shepherd especuló sobre lo que hubiera hecho Trump con libros clásicos, siguiendo la fórmula de su escritura revelada por Marshall.      

A pesar de que seamos “terroristas”, “asesinos” y “violadores”, de este lado del “muro” tampoco podíamos quedarnos con la duda sobre qué pasaría si Trump reescribiera algunos de nuestros mejores títulos. Acá la muestra:

Pedro Páramo:

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Noticias del imperio:

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El apando:

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La muerte de Artemio Cruz:

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El amante de Janis Joplin:

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Los relámpagos de agosto:

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La culpa lo tienen los tlaxcaltecas:

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El laberinto de la soledad:

laberinto

Las batallas en el desierto:

batallas

El complot mongol:

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Downton Abbey o las incomodidades de la modernidad en la campiña inglesa

Por: Luis Alberto Arellano

downton-abbey-901995947Es común que los historiadores señalen alguna fecha tardía para el inicio del siglo XX. Lo más frecuente es que el inicio de la 1ª Guerra Mundial o, más precisamente, el asesinato del Archiduque Franz Ferdinand, sean las fechas señaladas para esa cadena de hostilidades sangrientas y amorales que ahora llamamos pasado inmediato o siglo XX. Sin embargo, en otra óptica alejada de la vida oficial, pero también acorde con el presupuesto de que el siglo XIX extendió su influencia más allá de sus límites temporales, la óptica de la vida emocional de la sociedad occidental, este inicio debería estar en el hundimiento del Titanic, como cierre espectacular a ese periodo de doce años de celebración modernista (aún con los bigotes encerados y las medallas sobre la solapa de los señores, y con las cofias y lo guantes en el regazo de las señoras de visita en casa) iniciada con la Feria Mundial de París en 1900. Por eso, el arranque de Downton Abbey, serie escrita por  Julian Fellowes, no puede estar más de acuerdo con el objetivo de toda la trama: señalar la decadencia de un mundo colonialista de terratenientes satisfechos que van de salida en el siglo del hombre común, de las grandes masas, el consumo y la economía global. La serie arranca con la llegada a la propiedad rural de los periódicos y de un telegrama que anuncia el hundimiento del Titanic en aguas polares. Downton Abbey es el nombre también de la propiedad eternamente en disputa y amenazada por un sin número de peligros (atávicos y modernos) que nunca termina de poseer del todo la familia Crawley, ni tampoco se resigna a perder.

¿Qué tiene de atractivo para la audiencia del presente el retrato de la decadencia terrateniente colonialista inglesa (Yorkshire) que se tuvo que reinventar o perecer, como todas las clases sociales europeas basadas en los privilegios de cuna, y que incluso lo hizo tardíamente como su contraparte española, ya bien entrado el siglo XX?

Bueno, la primera cosa que nos llama la atención es la cantidad enorme de sirvientes que tienen como misión el funcionamiento en todo su esplendor de la propiedad, más que miembros de la familia del conde de Grantham. Son legión y están tan diversificados que tienen misiones dentro y fuera de la casa. En ese sentido, el primer acierto de la serie es, siguiendo a Kurosawa y a George Lucas, hacer que la historia sea contada por los menos evidentes como narradores: los sirvientes que siempre están pero no hablan, no deciden, no toman parte del mundo. Así, el principal personaje (vea el número de sus apariciones por temporada) será el monárquico, derechista y célibe mayordomo Charles Carson. Triunfo de la ideología imperante, Carson no solamente siente un deber y un honor en ser el siervo (hombro a hombro) de mayor rango frente al conde Grantham, sino que tiene su futuro empeñado en que el esplendor de Downton Abbey en ningún momento se vea disminuido por los acontecimientos del mundo exterior. La propiedad es eterna, y es su misión conservarla así, más allá de su patrón. Alrededor del anacrónico (incluso para la familia) Mr. Carson orbitan una serie de distintos rangos de deber, liberalismo y crítica social. Porque esa es la otra gran virtud de la serie: si bien los nobles y los sirvientes comparten dramas en común (signo inevitable de los nuevos tiempos) y son partícipes de las mismas alegrías y penas, el apego con el mundo que sustenta el orden bajo el que permanecen divididos es muy desigual. Ni las hermanas Crawley ni los sirvientes tienen el mismo interés en preservar a costa de todo a Downton Abbey. Hay incluso, un anarquista irlandés en la servidumbre que será elevado al rango de la familia por ese desapego tan propio de las hermanas menores, que sin ningún interés en la propiedad, podrían dejarla morir en cualquier momento. En ese mundo de disímiles proporciones aparecen los signos de la modernidad: la instalación de la iluminación eléctrica en la propiedad; los autos a gasolina (que provocan los dramas esperados en una serie que tiene como premisa la conservación del mundo rural inviolado); la aparición del teléfono y del radio. Todos estos signos, algunos otros como la penicilina y el servicio en los hoteles londinenses, serán vistos como una invasión de la vulgaridad en un mundo refinado que se había planteado durar para siempre como imperio. Es este rasgo, el cambio de una sensibilidad que se resiste a desaparecer y un nuevo mundo de entender el mundo y sus orillas es lo que realmente va a provocar una división entre los amos y los siervos, que no necesariamente entre los jóvenes y los viejos. En ambos bandos hay quién entiende de qué va la modernidad y se ajusta, y hay quién no y se resiste con todas sus fuerzas al cambio. Y es, creo , esta el atractivo importante de la serie: el encontrar en los tiempos actuales rasgos de resistencia al cambio que pueden pasar por atavismos decadentes, pero que no son sino formas de preservación con una misión muy específica que no se pueden abandonar a la primera de cambio, colindante puerta con puerta con una sensibilidad dispuesta a dinamitar todo para dar paso a lo nuevo.

Me es inevitable recordar el primer capítulo de Madrid de corte a checa, de Agustín de Foxá, donde al inicio, un gotoso conde, Don Carlos, vestido de mayordomo con un traje dieciochesco de encajes de oro y perlas, con una peluca y una espada ridículamente enjoyada y pequeña, sale de casa para la toma de jura del primer ministro Primo de Rivera, pero debe llegar en taxi. El taxi que le piden es de un socialista que ve todo el cuadro con una risa apenas disimulada. Menos grotesca que esta escena, pero igual de contrastante, la vida de la familia Crawley irá abandonando las maneras de la nobleza inglesa, para integrar una clase sin rasgos de distinción inmediata hacia mediados de los 20. A pesar del profundo Mr. Carson.

Pequeño y eterno Niño Dios

Por: Kazuki Alberto Ito Cervera

 

14470861_10157754345780019_206018797_nExiste un gran entusiasmo hacia los niños genio. Vemos con asombro sus pequeños cuerpos que no alcanzan el banquillo, situación que los obliga a saltar o ser levantados por alguien más para que sus diminutas manos comiencen a interpretar complejas piezas de Chopin o Lizt. A todos nos suena la hazaña del prodigioso Mozart que a la corta edad de cinco años componía elaboradas piezas musicales y dominaba dos instrumentos; sin embargo, pocos saben que fue enterrado en una fosa común, como si se tratara de un indigente.

            En la historia de la industria cultural han transitado personajes que han cautivado la vista y corazón de las multitudes, un ejemplo sería Shirley Temple, esa pequeña niña de cabellos dorados e incansables zapateos. Estos infantes son motivo de nuestra adoración y nos llenan de esperanza, porque nos empecinamos en creer que su talento crecerá con los años y nos preguntamos: “Si eso hace ahora ¿qué será capaz de hacer cuando sea grande?”. Su genio nos deleita y hace que alberguemos una fe vivaz que llega casi a la adoración. Como Niño Dios en navidad, estas criaturas, cuya edad no llega a los dos dígitos, son expuestas para disparar el asombro y admiración, como si se tratara de un acto milagroso, una gracia divina que les fue concedida. Igual que esas figurillas de tianguis mal hechas, que van siempre en el centro de los nacimientos navideños, nosotros nos postramos en nuestros sillones como pastorcillos o Reyes Magos a contemplar ese regalo del cielo.

            Budy Ritch, Keith Jarrett y, más recientemente, Dennis Chambers fueron niños genios. A muy corta edad dominaron sus instrumentos y llegaron a tocar con prominentes agrupaciones y figuras del jazz. Pero el conocimiento de estos artistas queda restringido a un grupo de enterados, es decir, no llegan a ser un fenómeno masivo como lo fue Michael Jackson. Sí, Little Michael, el pequeño gran líder de los hermanos Jackson. Ese simpático niño que, como el niño Jesús cuando se perdió en el templo y discutió con los sabios, cautivó a las grandes estrellas de la disquera Motown, tales como su igual –también niño prodigio– Stevie Wonder, Jimmy Ruffin, Diana Ross, Smokey Robinson, The Tempation, Marvin Gaye, Otis Redding, The Four Tops, Berry Gordy, entre muchos otros gigantes de la música de aquella época. Que un niño haya ganado el respeto y admiración de estos grandes exp
onentes fue algo extraordinario. Para que mi lector tenga una idea de lo que representó esto, si es amante del futbol, es como si Maradona, Pelé, Platini, Beckenbauer, Cantona, Van Basten, Maldini y Schmeichel hayan jugado en la misma época e invitaran a un niño de primaria a su equipo. Si te gusta la poesía, es como si Pound, Eliot, Yeats y demás se hayan sentado a escuchar los poemas de una criatura de tan sólo nueve años.

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            Con los años dejó de ser ese encantador niño risueño que bailaba y cantaba con virtuosismo: “Who’s loving you”, “I want you back” y “ABC”; después fue ese luminoso Michael de finales de los setenta y ochenta que electrocutaba hasta el espinazo con esa vibrante voz que entraba como rayo por los oídos: “Pretty Young thing”, “Rock with you”, así es, ese joven lleno de luz que decía “Don’t stop ‘til you get enough”. En los noventa su prodigiosa imagen fue opacada por el escándalo, el Niño Dios que sonreía desde su pesebre llegó a esa decadente imagen, al igual que los cristos en la cruz que enseñan, con un rostro mallugado, los pelos de los sobacos, Michael Jackson había sido insultado y pisoteado por los infames, por aquellos que, sin el mínimo recato, algunas vez intentaron imitar sus pasos y rasguñaron el aire con sus alaridos desafinados cuando entonaban fallidamente sus canciones.

            Michael Jackson fue un unicornio que se le puso montura, no inglesa ni texana, sino charra. Él cantó hasta el final, como si jugara, disfrutando cada nota y paso que desplegaba su existencia. Michael Jackson, el pequeño y eterno Niño Dios que fue tratado como luchador de plástico, sí, de esos de tianguis con rebaba en los bordes y con los brazos abiertos.

Los días de Aguascalientes, de Antonio Acevedo Escobedo

1aguasPor: Dayna Díaz Uribe

En 1925 Antonio Acevedo Escobedo dejó Aguascalientes para probar suerte en la capital del país. Con tan sólo 16 años de edad el autor hidrocálido llegó a la ciudad de México para  hacerse de un nombre en el medio literario de los años veinte. A pesar de que con el tiempo logró ser considerado un escritor destacado, el éxito nunca le hizo dejar de extrañar el lugar que lo vio nacer y crecer. Por eso, en 1952 el autor publicó en la editorial Stylo Los días de Aguascalientes.

El cuarto libro de Antonio Acevedo Escobedo inicia con dos epígrafes, el primero es de “Laudanza de la provincia”, de Carlos Pellicer y el segundo, de La sangre devota, de Ramón López Velarde. Ambos fragmentos anticipan el tema del libro y el que, a sus vez, será uno de los tópicos de la obra del escritor aguascalentense: la provincia. El emotivo prólogo es de Mariano Picón-Salas, quien con los años se convirtió en un amigo entrañable de Antonio Acevedo Escobedo y las magníficas ilustraciones son de Francisco Díaz de León, uno de los responsables de que el autor de Sirena en el aula se convirtiera en un apasionado de la tipografía y la edición. Los días de Aguascalientes está compuesto por 16 estampas que reconstruyen la vida de Antonio Acevedo Escobedo en El Bajío antes de mudarse a la ciudad de México. Cada una de las evocaciones están dedicadas a algunas personalidades, entre las que destacan Francisco Antúnez, Antonio Caso Jr. y Miguel N. Lira. El libro es un breve un relato nostálgico de los momentos más importantes que el autor vivió en su ciudad natal, su fascinación por la imprenta, la mujer y la provincia. Escrito con una prosa sencilla, poco a poco el autor va trazando el mapa de su Aguascalientes, las calles, las plazas públicas, el campo, recreando los olores, las costumbres y la tradiciones de una manera tan sutil que cada uno de sus recuerdos parecen antiguas litografías. Por la belleza de sus descripciones y lo ingenioso de su narración, como dice el prologuista, “dan ganas de comprar, de inmediato, un boleto para Aguascalientes; es decir, para ese preterido paraíso envuelto en la bruma de las primeras memorias, en toda la nostalgia del corazón”. En el año de su publicación, estas memorias gozaron de cierta popularidad y prestigio en el ambiente literario, entre las reseñas más memorables que en esos momentos elogiaron Los días de Aguascalientes está la que Alí Chumacero publicó en 7 Días, el 8 de noviembre de 1952: “Su lectura es, en la producción actual de nuestra literatura, un verdadero descanso lleno de emoción y de bellezas literarias. La vuelta a la provincia en Antonio Acevedo Escobedo es el regreso a los orígenes, los más puros y entrañables”. O la recensión que Francisco Monterde dio a conocer en las páginas de Crédito en noviembre de 1952: “Antonio Acevedo Escobedo diluye la nostalgia en la malicia del estilo, abundante en matices intencionados. El recuerdo se precisa con acuidad de instantánea que ha guardado la imagen fugaz y el tenue perfume de aquellos días”. Otros que aclamaron por esos mismos años el libro del escritor hidrocálido fueron Salvador Novo en Mañana (1952), José Alvarado en El Popular (1952), Mauricio Magdaleno en El Universal (1952), Xavier Sorondo en el Excélsior (1952), J. M- González de Mendoza en el Nuevo Mundo (1953) y José Luis Martínez en El ensayo mexicano moderno (1958). A pesar de que la primera edición de Los días de Aguascalientes sólo tuvo un tiraje de 500 ejemplares, con el tiempo se incrementó su éxito, por lo que en 1976 y 1982 Miguel Ángel Porrúa publicó dos ediciones más de 2000 ejemplares. Después de la gloria, todo fue silencio, la crítica olvidó el libro, y aunque algunos estudiosos de la literatura insisten en que no existen muchos datos biográficos de Antonio Acevedo Escobedo, es curioso que en Los días de Aguascalientes se encuentre información de los primeros 16 años de su vida y que nadie lo mencione. El autor de Sirena en el aula, que fue un vehemente historiador y cronista de la literatura mexicana, sabía que “el recuerdo perdura…”, por eso dedicó unas de sus mejores páginas a rememorar una de las etapas que más estigmatizó no sólo su vida si no también su obra.

Los enamoramientos de Javier Marias

los-enamoramientosPor: Luis Felipe Pérez

Los enamoramientos (Alfaguara, 401 p.), novela de Javier Marías, fue publicada en 2011.* No es quizá una novedad literaria de la que se habla en este texto. La historia de Miguel Desverne, malogrado en un asalto un poco idiota, no es del todo el centro de atención para estas líneas. Es posible que el tema tenga más que ver con la posible resonancia de una novela que nos hace testigos incrédulos de las consecuencias del enamoramiento, en este caso, del de Díaz-Varela, el oportunista personaje de la narración al que le dedica María Dolz todo el tiempo, o al menos el moroso desenlace que nos narra.

Díaz-Varela se sale con la suya, nos cuenta Dolz, gracias a la alevosía que reta a los principios que aparentemente tendríamos todos mientras no sea uno el que deba actuar, en donde los buenos serían, o deberían ser, los que triunfan y los que abrazan el final feliz; donde los que actúan egoístamente y tienen en su temperamento ese aire siniestro del que va por todas sin importar a quien se esté atropellando ven su fin con amargura.

Este es el caso contrario. Es el caso de todos cuando nos toca actuar. Es el episodio de quien tiene un anhelo o un propósito, una misión inevitable y radical: obtener lo que se quiere. Marías nos condena a testimoniar estupefactos la manera en que la balanza se inclina en favor del ambicioso. Es, pues, Marías, el fino mediador de una enseñanza desconcertante a la que a veces hay que resignarse: nadie renuncia a la oportunidad de apoderarse de sus anhelos, incluso cuando estos conlleven, como mínimo, a trastocar los de los otros, sino es que se atropellan o se borran por completo mientras no sean los propios.

El narrador de Así comienza lo malo hace pensar en una lección de vida: la tentación de cada hombre sobre la tierra por perseguir lo que desea representa un escenario como para dejarnos boquiabiertos. La historia que narra María Dolz, podría ser, sobre todo, la novela de los mirones y su casi involuntaria situación de protagonistas desde detrás de la puerta, donde nos estamos quedando atónitos y desarmados todos ante la impunidad y la injusticia. Marías nos coloca ahí, en la mirilla del cerrojo de una puerta que no podremos abrir por temor o por prudencia, por imposibilidad o por cobardía, donde uno es testigo y nada más; aunque también se es todo eso otro que el pensamiento literario permite: el protagonista de las especulaciones de quienes nunca estuvieron llamados sino a mirar, pero, de pronto, se ven inmersos en una intriga donde los segundones resignados se convierten en los elegidos para habitar la vida con la mansedumbre de Job.

Es decir, a sostenerse en la firmeza de saber la verdad sin poder decirla a pesar de que eso signifique perder algo preciado, catatónicos. Y hay una razón o una sinrazón en todo caso: la misma que mueve al asesino o al ladrón, al corrupto o al desalmado para actuar: la debilidad de querer eso que ya se desea más que los otros, e ir por eso que se anhela, aquello con lo que se ha soñado ya desde hace tiempo.

María Dolz, la protagonista desde donde enfoca Javier Marías, representa la distancia como para intentar comprender, todavía un poco turbados y con la sensación o el sabor incómodo del pudor, de lo que es capaz cualquiera que ha encontrado un propósito en la vida. En el caso de Díaz-Varela, ya lo notará el lector, allanarse la oportunidad de ser el que se siente a la mesa con quien le suscita el enamoramiento, esa debilidad que justifica cualquier fin, no obstante que ese otro comensal ni se entere ni sospeche, es más, hasta confíe en el de en frente, y nunca sepa del camino que ha seguido el otro para estar ahí (en los Enamoramientos, Díaz-Varela) e incorporarse a su vida de esa manera, en el rol de quien protege y cuida y busca su felicidad.

A Marías una protagonista como María Dolz, empleada de una editorial, sola, segundona, y con la afición de ir a tomar el desayuno a una café cerca del trabajo, le sirve para explicar, si algo hubiese querido esgrimir el reconocido escritor, cómo uno podría sobrevivir las ansias o el desconsuelo de quien no puede controlar nada, de quien sólo tiene el derecho a mirar sin tocar. Puede que se esté hablando aquí de la resignación o la humildad o de la cobardía.

Veámoslo así: la frase inicial de Los enamoramientos es de la protagonista. Dice que la última vez que vio a Miguel Desvern fue la última vez que su pareja lo vio también. Ahí comienza la trama, con una puesta en abismo que atisba un obligado flashback, un laberíntico trayecto para explicar, en busca del punto final de un suceso, aquello que trompicó la vida, que hizo conocer a la protagonista la raíz del sentimiento del enamorado, un sufrir frecuentemente ponderado como algo bello, pero que no lo es tanto, y que termina casi siempre haciéndonos cometer lo desconocido o vivir al menos un estado de indefensión, de precariedad, de desengaño dramático; aunque también sirve de aliciente para cometer iniquidades de tal grado como la de ser el autor intelectual de la muerte de nuestro más querido amigo. El enamoramiento es, en casi todos los casos, un abandono de los principios, la pérdida de la moral, una debilidad que se traduce en egoísmo.

Pero esa es la historia que mira, sí, que ve con fascinación María Dolz recordándola. En realidad, el juego narrativo pincha otro extremo de la condición humana. Cuando se es el enamorado, el débil, el aspirante, ¿Qué es capaz de ser o hacer el enamorado?

A Otros, como a María Dolz, que asiste al lugar a donde no la llaman o donde no debería estar, la condena al secreto más que al silencio, a la cobardía enamorada de proteger con su callar al amado aun a costa de los propios anhelos. La circularidad de esta historia en la que uno actúa en favor de quien le provoca, sin éste saberlo, esa debilidad del enamoramiento resulta sobrecogedora.  Los enamoramientos, entonces, es, además de la muestra tangible de la hipnótica prosa de Marías, el motivo de una pregunta para el lector lanzada ya en pretéritas obras, un cuestionamiento que ya habíamos encontrado en otras lecturas como en Tu rostro mañana, Fiebre y lanza de 2002: ¿Qué hace uno con lo que ve o escucha sin querer o sin deber? ¿Qué hace el mirón involuntario con eso que lo convierte en testigo de algo que no le conviene o que lo coloca en el sitio protagónico de decidir cuando uno había optado por ser el que ve a lo lejos? Es decir, esta interrogante es, en todo caso, la continuidad de uno de los intereses más preponderantes en Marías: desarrollar o darle cabida al pensamiento literario, ese territorio de la especulación, como lo subraya Edmundo Paz Soldán.

La novela para Marías es una región heterodoxa, si se permite el atrevimiento. En ésta que se conjunta la dramaturgia y el ensayo. Es dramatúrgico porque da paso a los monólogos y a la exploración. Representa una indagación hacia el continente del reconocimiento y la tragedia. Pero también es un ensayo porque exige la complicidad con el autor, la identificación con ese personaje que narra y que seduce cuando ya se está familiarizado con la obra de Marías, cuando ya se tiene esa selecta simpatía por el autor y se ha optado por seguir las ideas del ensayista aun dentro de una historia que se presume como novela. Lo que tenemos entre las manos es el ensayo novelado del pensamiento literario, o sea, de lo que pudo ser, o lo que hubiera sido; la frontera entre la especulación y el tirón hacia lo comprobable; es un suspenso donde reina lo subjetivo cuyo pretexto es la trama de una novela. Lo que importa no es saber algo sino pensar algo.

A Marías siempre le atrajo ese motivo utilizado por su maestro Juan Benet  de ver pero no tocar, como si se estuviera ante piezas de museo, y lo que mira uno, con fascinación ante la voz a la que le basta su firmeza para hacer verosímil a quien narra, ayuda en algo a entender la realidad a través del hecho llevado al terreno de lo personal, algo que sucede en Herrumbrosas lanzas (Alfaguara, 1998), de Benet que sitúa al lector ante la versión de quien ahora es narrador pero presume en otro tiempo fue protagonista y que, ahora que es quien cuenta las cosas, ya lejos de estar en medio, ha dedicado la novela a intentar comprender cosas de la vida como, por ejemplo, esa debilidad que luego, al menos una vez cada tantos años, le sucede a uno, esa debilidad que llama Marías enamoramiento y que se traduce en perder todas las batallas, aun las ya ganadas, con ese alguien cuya existencia le suscita a uno, ante todo, la sensación de vencimiento, la justificación de todas las cosas, incluso las consideradas innobles.

Los enamoramientos, podría decirse, entre varias cosas que podrían apostillarla, sería la exploración de la respuesta extrema ante la reflexión sobre el secreto. Más que eso, es la consecuencia de pensar lo que hace cada cual con el rumor o el secreto. Javier Marías en esta novela, su penúltima hasta el momento, ganadora del Premio Internacional Giuseppe Tomasi Lampedusa, propone, primero, esto que nos pasa todos una vez al menos en la vida: escuchar lo que no debiera interesarnos o que no nos pertenece, y nos afecta al final, aquello que no quisiéramos haber sabido nunca porque nos pone como el protagonista que ni éramos ni deseábamos ser y, segundo, la encrucijada de ver qué haríamos con ese secreto.

* Este texto se publicó antes en Este País.

El azar no es finés

Por: Tobías Albero

El 4 de noviembre de 2008, el Larjeat 45 con matrícula XC-VMC en que viajaba el entonces Secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño, se precipitó en una zona de Lomas de Chapultepec en la Ciudad de México, muriendo tripulación y pasaje, además de varios transeúntes que también fallecieron o resultaron heridos. Entre estos últimos, me llamó la atención una ciudadana finesa, Silvia Ulrica Bjorkstem, de 29 años de edad. Y me llamó la atención porque a la tragedia se añadió la casualidad al tratarse de una finesa. Si la accidentada hubiera sido española o salvadoreña o francesa o inglesa o norteamericana, con seguridad no le habría prestado más atención que a otras circunstancias, pero tratándose de una finlandesa pensé inmediatamente en el poema de Mallarmé, Un golpe de dado jamás abolirá el azar. El accidente sufrido por Ulrica, sin desmerecer en absoluto la tragedia, cabe dentro del juego, pero un juego al que somos ajenos, en el que representamos a esas fichas de dominó, naipes o dados que lo hacen posible.

            En la actualidad, el país escandinavo tiene alrededor de 5,3 millones de habitantes. En la franja de edad comprendida entre 15 y 64 años, las mujeres representan 1.727.143. México, sin considerar a otros grupos establecidos en este país, alcanza 127 millones de habitantes, de los que 63 millones son mujeres, de las que alrededor de 50.000.000 se sitúa en la franja entre 15 y 64 años. Es decir que el porcentaje de mujeres finlandesas en relación con las mexicanas es del 3%.  En 2012, había aproximadamente 2000 fineses residiendo en México. Aunque no hay datos precisos, estimo que el 50% eran mujeres, es decir, 1000, de las que quizás alrededor de 500 se ubiquen entre la franja de edad a la que pertenece Ulrika. El probabilismo indica que el tanto por ciento de que a una finesa de esa edad le cayera el avión es del 0,01%, un porcentaje que en cualquier otra estadística sería despreciable. Pero las probabilidades desaparecen al estimar que en el avión viajaba el Secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño. ¿Cuántos secretarios de gobernación se han estrellado a bordo del avión en el que viajaban una tarde noche, en Polanco? Sólo uno, Mouriño. En este caso, habría que estimar comparativamente a todos los fineses que en la historia han sido, son y serán, de los que un escaso por ciento ha residido, reside y residirá en México, con todos los mexicanos que también han sido, son y serán, algo que desde luego no voy a hacer, pero que evidencia que en realidad no había ninguna probabilidad, absolutamente ninguna probabilidad, de que el avión en que viajaba precisamente Juan Camilo Mouriño eligiera a Silvia Ulrica Bjorkstem como pista de aterrizaje.

            El asunto tiene consecuencias curiosas. Cuando se relega la responsabilidad del accidente al azar, se está incurriendo en una impremeditada falacia, pero falacia al fin y al cabo. El azar existe gracias a las probabilidades pero no a las posibilidades, por lo que no puede actuar fuera de ellas. Es claro que era posible que el Larjeat 45 se precipitara sobre la finlandesa, puesto que le cayó encima con todo y Mouriño, pero no había ninguna probabilidad de que sucediera. Lo probable juega en el espacio del azar, lo posible compete en todo caso al destino. El azar define al juego, lo posible a un tiempo que lo reivindica como realidad. El primero remite a lo contingente, lo segundo, en todo caso, a lo transcendente. El azar representa la filigrana de una coincidencia puntual e irrepetible, mientras que el destino descifra el sentido de la propia existencia. Si bien no había ninguna probabilidad de que se acordara la cita entre la finesa y el mexicano en los términos en que se dio, la vida de ambos siempre estuvo pendiente de ese encuentro último y definitivo aunque lo ignoraran. Así, no fue ya un encuentro, sino un reencuentro independientemente de que fuese ajeno a la voluntad de una y de otro. Cuando Baudelaire afirmaba que la aportación más relevante de Edgar A. Poe a la incipiente literatura moderna residía en haber privilegiado la probabilidad y la conjetura como instrumentos de indagación, dejaba a un lado el universo de las posibilidades vigente durante tantos siglos; no sólo privilegiaba el azar, sino que a partir de éste encumbraba el juego como expresión ajustada de la modernidad. Mallarmé entendió cabalmente que no podía reducirse el destino al azar, sino que ambos convivían con naturalidad en su ámbito respectivo; por eso un golpe de dados no abole el destino como dice el último verso del poema: “Todo Pensamiento Lanza un Golpe de Dados”, porque el pensamiento o la probabilidad no son la vida, ni siquiera lo más importante de ésta, en todo caso la acompañan. Si Baudelaire hizo de la diferencia entre probabilidad y posibilidad una poética afirmando la primera e ignorando la segunda, la síntesis mallarmeana no solo reorientaba el significado de la modernidad sino que la situaba en otro lugar. A día de hoy, Mallarmé parece perder la partida de dados que de momento, en términos de probabilidades, favorece a Baudelaire. Sin embargo, Mallarmé sabía que desde el punto de vista de la posibilidad había ganado el juego de antemano aunque los demás no lo supieran a excepción de Mouriño y Ulrika. Si aquél es el caso, puede afirmarse que la modernidad todavía no ha llegado a México porque el azar no tuvo injerencia alguna con que a una finesa de 29 años, en un anochecer en alguna calle de Lomas de Chapultepec le cayera un avión encima con el secretario de gobernación del gobierno federal.

Sobre “Fragmentos” de George Steiner

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Por: Luis Felipe Pérez

Fragmentos un poco carbonizados (Siruela, 2016) de George Steiner son los dichos y las reflexiones, la disertación y la oratoria, de un moralista. No es nada novedoso afirmar que el académico en Ginebra e Inglaterra es un pensador y, como tal, sus ideas se presentan con un desarrollo seductor pero, también, son acero al rojo vivo. Educa y reprende, cuestiona y alumbra la realidad de la condición del ser humano a través del tiempo. Reflexiona frente a una tradición ya conocida y sintetiza, relaciona y compone, una mirada aguda ante los fenómenos que nos conciernen a los lectores actuales.

La alusión a unos aforismos hallados en unos originales hechos carbón, según el ensayista, son las palabras de las que se sirve para especular acerca de lo afirmado por un elocuente orador de principios de nuestra era. Se trata, dice Steiner, de Epicarnio de Agra. Estos fragmentos son descifrados a la luz de la mirada penetrante y firme de la experiencia del autor de Errata. Se trata de un libro, incluido en la biblioteca de ensayo Siruela, que bien puede considerarse un texto de cabecera, uno de esos breviarios que lleva el aprendiz bajo el brazo siempre, subrayado, incluso, con algunas frases en la punta de la lengua, citándolo de memoria.

            El Premio Príncipe de Asturias 2011 nos lleva al siglo II d. C. para pensar en temas como la amistad, el mal, el dinero, la música o la muerte. Algo de llamativo hay en la traducción que nos llega a las manos a nosotros. La ha realizado, del inglés al español, Laura Emilia Pacheco, y deja constancia de un compromiso por acceder al pensamiento del escritor, un esfuerzo que apuntala la publicación de esta edición en formato pequeño, manejable.

            Steiner muestra el aforismo y debate los supuestos. El lector está ante una lección de oratoria, un vaivén argumentativo que no teme ni a la contra argumentación ni a desmentirse en el mismo texto a propósito de alguna postura; mucho menos tiene reticencias frente a la reflexión de lo dicho. Es una defensa del lenguaje y una propuesta de razonamiento. Es un largo aliento de un pensamiento conciso, si se permite el oxímoron. Orada en las aristas de las palabras, por ejemplo, de “amistad”, a la que atribuye valores clásicos como lo de ser «la compensación de la existencia humana, su inmerecida recompensa». Invoca ejemplos como el de David frente a Jonatán, el de Aquiles y Patroclo, el de Gilgamesh y Enkidu. Destaca la fuente insondable de alegría que es la amistad que le atribuye Montaigne. Nos dice, algo que suscribiríamos los que nos sabemos amigos. Subraya que la alianza que se firma con el amigo no es negociable. Se detiene en cuán dolorosa sería la cicatriz que subyace a la amistad traicionada, una tortura. La lealtad o la fidelidad, la intimidad y el secreto de una compatibilidad, la solidaridad y el encanto de esta experiencia son “los laureles de la vida para un ser humano”, subraya. Por eso es que sorprende que, para el pensador, esta amistad sea asesina del amor, una crítica del amor. Pero nos dice por qué. Traza el recorrido que el ser humano vive ante el deseo, la apropiación del otro, el sexo o el matrimonio. Esta distinción, pues, termina por hacer que el lector piense en la condición humana de las emociones, temores que emergen también frente a, por ejemplo, la conciencia de la muerte, otro de los temas que interesan al estudioso de la cultura europea, nacido en 1929.

            El profesor de Stanford y Princeton desarrolla la siguiente premisa en su texto “Amiga muerte”: «El momento más trascendental en la historia del hombre es el descubrimiento de la muerte. No de la muerte individual, ni de la muerte de este o aquel ser orgánico. Sino de la muerte como algo universal, inescapable, predestinado y total: descubrir que toda existencia, todo lo que vive, es el prólogo a una muerte segura». Aprovecha los matices, las posturas, los pensamientos y las ideas que ha merecido el tema para culturas como la España del Barroco o el México-totémico, y sus ceremoniales que buscan domesticar los terrores; lo que hace el islam o las herencias de cultura helénica, entre los epicúreos o los estoicos, y llega hasta la institución médica actual para hablar de la vejez y la enfermedad, lastres contemporáneos, para acercarse a la eutanasia como una muestra de sentido común ante este fenómeno inevitable. A la muerte asistida la ve como un ejercicio de la libertad del hombre y un camino para hacer de la muerte, esa consternación, una «invitada de honor», una amiga.

            Entre el amor y la muerte están los otros aforismos que han quedado legibles en estos pergaminos, es la puesta en escena de la que se vale el estudioso. Fija en una imagen las ambivalencias de la naturaleza. Dota y ajusta valores a ese fenómeno en el cielo, las flechas del asesino Zeus. Habla del silencio y de la música, la oscuridad y la luz contenidas en el rayo, prodigio terrorífico en el firmamento. Reúne en la manifestación voltaica un enigmático silencio, la inminencia y la oscuridad; también, reconoce que es un estruendo iluminado: «el destello del relámpago, su cargado fulgor, manifiesta tanto su presencia como la de la oscuridad que lo circunda; vuelve visible la noche mientras el sonido delinea el silencio». Afirma que en esta reflexión a propósito del brillo y de lo opaco existe cifrada la idea de la existencia, una que es «una bendición ambivalente; porque ocasiona un trágico rompimiento con la paz de lo inanimado; porque la historia de la humanidad es de una desolación y un sufrimiento inconmensurables».

            Resta quizá un ejemplo más que sirve para hablar de Fragmentos un poco carbonizados como un estuche y un augurio. El pergamino encontrado incluye entre sus aforismos ideas sobre el mal. Steiner, pues, se pregunta «¿Qué apariencia ha tenido el mal, qué máscaras ha empleado?» Recorre las versiones nihilistas y evoca lo relacionado con satanás, Lucifer, el ángel caído o Mefistófeles. Concluye que hay una aceptación universal de la presencia activa del mal y cuestiona, retórico, «¿Qué es nuestra historia ―desde el asesinato de Caín hasta los hornos de gas y la incineración nuclear―, sino la crónica de lo inhumano?»

            Si pensar la muerte y el amor, la amistad o el mal son parte de la herencia de Epicarnio que Steiner pone en juego en este libro, la existencia de Dios era una pregunta ineludible para el ser humano. Aprovecha la lógica aristotélica para matizar la cuestión no sólo frecuente sino también permanente sobre el ateísmo. En “Desmiente al Olimpo si puedes” remata con la vieja antinomia: «si no existe alguna prueba lógica o teológica de la existencia de Dios, tampoco existe otra que afirme que no existe».

            En suma, estos opúsculos dan muestra cabal de la práctica del ensayo como manifestación del pensamiento individual, erudito pero sensible, hijo de la disertación, pero de esa propuesta más bien reflexiva antes que dogmática. Son acercamientos meditabundos y sagaces, un esfuerzo por reflexionar ante el aforismo y desarrollarlo para imprimirle la duda cartesiana, sometiéndolo todo al análisis socrático que concibe esta forma como el mayor don del ser humano, discutir diariamente sobre la virtud y de las demás cosas, examinándose a uno mismo y a los demás; hacer patente que una vida sin examen no merece la pena para un ser humano. Steiner es un maestro del pensamiento pero también de la práctica retórica de un estilo de ensayo que más que consignar desgrana las interrogantes a propósito de la condición humana.

 

La levedad de la moral académica

Por: Tobías Albero

Estos días, los recintos universitarios, agitados y efervescentes, se alineaban en muchos casos en contra de las marchas en defensa del matrimonio entre personas de ambos sexos. Y no les falta razón. La igualdad de los ciudadanos es un derecho y un deber irrenunciable. Lo curioso es que en esos mismos recintos el acoso sexual de profesores y trabajadores hacia estudiantes y compañeros está a la orden del día. La paradoja roza lo grotesco: algunos que defienden de labios hacia afuera el derecho al matrimonio homosexual, actúan hacia adentro como verdaderos depredadores sexuales; unos pocos que se han pronunciado en esos mismos espacios en contra del matrimonio homosexual han sido inmediatamente estigmatizados por otros que se benefician de su puesto para comerciar o exigir favores sexuales.

            Hace poco, una manta colgada en una facultad de la UNAM, en donde se consignaban los nombres de académicos, presuntos acosadores sexuales, recibía a los estudiantes. Semanas atrás, la Universidad Autónoma de San Luis Potosí anunciaba que unos investigadores habían sido suspendido de sus funciones docentes durante un año, conservando su salario y estatus, por la misma causa. Una académica del Colegio de San Luis, con el dedo índice de la mano derecha levantada, señalaba en medios locales a la UASLP como un espacio en que el acoso campa poco menos por sus respetos, como si en su institución cantaran mal las rancheras, quizás cogitando que lo irrevocable era mohín de zahorí. No hace tanto, una alumna de la Universidad de Guanajuato denunciaba públicamente haber sufrido un acoso sistemático por parte de un profesor, ante la indiferencia de instancias y de autoridades que, en lugar de asistirla, reaccionaron en su contra mediante amenazas y agravios. Y, sin embargo, acosadores y ofensores se indignaban ante las marchas en contra del matrimonio homosexual. Llama la atención que se le haya dado más publicidad a la renuncia de Nicolás Alvarado al frente de TV.UNAM que a las acusaciones, procesos y resoluciones en contra de acosadores, casi siempre opacos y reactivos al escrutinio público, como si las instituciones en realidad fueran cómplices de los desmanes.

El asunto llega a lo grotesco si se repara que a alguno de estos delincuentes hasta se le ha dedicado un corrido, al que seguramente el director de la facultad respectiva no es ajeno y que exhibe no se sabe muy bien si esa complicidad nacida de intereses compartidos o una corresponsabilidad en esas mismas fechorías. Desde luego, parece una broma de mal gusto que al exdirector de TV.UNAM se le pidiera la renuncia por expresar su opinión, pero se distinga con un sabático a acosadores así reconocidos por la propia institución que, con un cinismo sin precedentes, insta a los humillados a que inicien si así lo consideran un proceso penal contra los autores. Es decir, la institución reconoce públicamente el delito pero no ve motivo para penarlo. A pesar de que las sanciones en el caso del acoso sexual son de broma, la gravedad del asunto no debería tomarse como tal, aunque así lo hagan las instituciones. ¿Es verosímil que a un funcionario de la UNAM se le pida la renuncia por haber manifestado libremente su opinión y se encubra, por otra parte, la práctica reiterada del acoso sexual? ¿No es más pernicioso para la sociedad el acoso sexual que la expresión libre de una opinión? El hecho de mirar hacia otro lado, ¿no es una estrategia para hacer caso omiso de una evidencia a la que no se quieren enfrentar las instituciones académicas puesto que las víctimas habitualmente son los alumnos, incapaces por el propio sistema de hacer valer sus derechos, rehenes del corporativismo académico? ¿En tan poca estima se tiene la vida de los estudiantes, como para despreciar su integridad moral a condición de encubrir los excesos y los despropósitos de quienes deberían dedicarse a formarlos y acompañarlos en su crecimiento intelectual y personal? ¿No les da vergüenza al director de esa facultad de la UASLP, o a las autoridades de la Universidad de Guanajuato, o a las de esa facultad de la UNAM, tratar a los acosados como mercancía de cambio respecto de perversas alianzas políticas o académicas o lo que sea? ¿Obrarían de la misma manera en caso de que se tratase de su hija o de su hijo o de ambos? ¿Por qué se ventila a bombo y platillo el caso-no caso de Nicolás Alvarado y, en cambio, se esconde la depredación sexual en las aulas? ¿Es proporcional la respuesta institucional hacia uno y hacia otros? ¿Resulta creíble que la expresión de una opinión libre sea moralmente más nociva para una institución y para la sociedad que el consentimiento y la impunidad del acoso sexual? ¿De verdad debemos creer que en la facultades y universidades hay un código ético o un reglamento del personal académico fuera de los intereses de directores y rectores de turno? ¿Hasta este punto ha llegado la Academia? En todo esto, no hay despropósito o negligencia o ignorancia, sino premeditación, consentimiento e impunidad.

Arte, predicar en el desierto: González Martínez como editor de revistas

Por: Luis Alberto Arellano

En la primera intentona que el doctor González Martínez hace para vivir en la ciudad de México las triquiñuelas de quién luego sería su gran amigo, Luis G. Urbina, le impiden llevar a buen puerto la simpatía que despertaba en el ministro Justo Sierra y concretar dicha simpatía en una plaza dentro del gobierno porfirista. A punto de ser admitido en la Preparatoria Nacional, Urbina le recuerda a Sierra que él tiene un cuñado con más necesidad que el pobre González Martínez.

Derrotado, vuelve a Jalisco, pero no se resigna a vivir en Guadalajara de nueva cuenta. No quiere volver con la cabeza baja, admitiendo su fracaso, pese a la buena recepción literaria de su primer libro de poemas, Preludios (1903), y del siguiente libro, Lirismos (1907). Así que cuando un amigo suyo, jefe político de la zona, le encomienda la prefectura de Mocorito, Sinaloa, no lo piensa y se lanza a la aventura de comandar una zona en conflicto interfamiliar. El sueldo es exiguo, el aislamiento, total; el trabajo, poco. Tanto así que ve la oportunidad de un retiro literario que le permita afinar sus armas frente al verso y la poesía. Por tanto, tomando el cargo, llama a su amigo tapatío Sixto Osuna a tomar el puesto de secretario de la administración, y realizar con él una labor de retiro intelectual mutuamente benéfica. González Martínez necesita conversar con alguien y Sixto Osuna tiene acceso a la biblioteca del poeta, repleta de novedades de la hora francesa.

El puesto que González Martínez le ofrece a Osuna lo ocupaba antes el maestro de escuela José Sabás de la Mora, quien a pesar de todo le ofrece su recién comprada imprenta, de donde un periódico local, llamado La voz del norte, para que el doctor González Martínez disponga de ella. Es ahí donde nace Arte, una de las publicaciones más interesantes de este periodo. De tamaño media carta, 16 páginas por número, la mitad del tiraje se distribuye en la ciudad de México y la de Guadalajara. El resto se distribuye en Mocorito y la zona. Hay que entender que en la actualidad Mocorito es una población de poco más de cinco mil habitantes. En 1907 debió ser aún menor y el índice de analfabetismo debió rondar el nacional, ochenta por ciento. Y aún así, el doctor González Martínez emprende una revista que no desmerece en nada a las revistas de la capital del país. Más aún, que se permite hacer descubrimientos con más precisión porque no hay voluntades contrarias a la aventura. Una revista de corte tardomodernista que permite la concordia entre diversos actores literarios. Así, por un lado están publicaciones de Victoriano Salado Álvarez y por otro, los poemas de Jesús Valenzuela o los cuentos de Balbino Dávalos, ambos contrapartes de Salado en la polémica sobre el Decadentismo. No solo pasa con las colaboraciones nacionales, sino que las colaboraciones extranjeras permiten un flujo más natural de los contenidos de la hora, en plumas tan vigorosas como las de Leopoldo Lugones, José María Heredia, Anatole France, Stéphane Mallarmé, entre otros.  Si bien, como señala José Luis Martínez, se trata de una revista que comparte muchos de los colaboradores del circuito de revistas capitalinas, el contenido de primer nivel y la apuesta civilizatoria en medio de Mocorito, dan cuenta de una versión más comprometida de la cultura mexicana. No es extraño que Lugones colabore en revistas de la época, lo extraño es que sea para una revista con un tiraje distribuible entre solo tres entidades, donde la capital del país será solo una de las tres que agote cada número, en cada mes.

Al igual que otros proyectos del Ateneo (al que ya pertenece sin saberlo aún, el doctor GM), se trata de una revista que privilegia la calidad de las piezas y que permite la colaboración entre dos grupos en aparente confrontación, pero que son contiguos en el acontecer diario del país. Por un lado, se trata de que la nómina de colaboradores no se limita a los buenos oficios de la actualidad modernista, sino que viene en su mayoría de la Revista Moderna de México, donde además comienzan a colaborar con frecuencia los autores del Ateneo que están dando luz a sus primeras publicaciones. Arte será el otro órgano donde este encuentro se dé, a pesar de las distintas opciones ideológicas o maneras de entender el fenómeno cultural y artístico de cara a la sociedad y las exigencias de una época.

Nicolás Alvarado, la UNAM y la libertad de expresión

Por: Tobías Albero

Lo sucedido con Nicolás Alvarado a propósito de su artículo sobre Juan Gabriel es significativo de varias cosas que, si bien parecen haberse concentrado en la censura social hacia la disidencia, un poco más allá exhiben paradójicamente la debilidad de las instituciones públicas, en este caso, la UNAM. No conozco a Alvarado, ni importa que me despierte simpatías o antipatías. Pero lo acontecido no esconde su gravedad.

A pesar de lo escrito y dicho en tantas tribunas y columnas, no considero que el periodista representara a la institución universitaria a la hora de escribir su artículo puesto que al calce se podía leer de manera inequívoca y precisa Nicolás Alvarado, y no Nicolás Alvarado-funcionario de la UNAM. Lo que muestra a vista de pájaro que llegó a colaborador del diario Milenio siendo Nicolás Alvarado y no funcionario de la UNAM. Si fuera el caso, con seguridad habría firmado esas cuartillas como Nicolás Alvarado-funcionario de la UNAM, y también con seguridad no las habría escrito o habría escrito otras. Así pues, parece incontrovertible que la opinión ventilada era la de Nicolás Alvarado y no la del funcionario llamado Nicolás Alvarado. Lo curioso del asunto es que el texto no miente en cuanto a la autoría, por lo que atribuirle el secuestro de la representación institucional no dejó de ser una celada para exacerbar el ensañamiento. Un funcionario público representa a la institución a la que se debe, cuando la representa. No coincido con aquellos que afirman que un funcionario público lo es siempre y en todo momento mientras ocupe ese cargo. Y no lo es por la sencilla razón de que esa actividad está acotada por las responsabilidades y actuaciones propias del cargo que poco tienen que ver con la vida, aunque en algunas ocasiones la condicione, de quien las asume y menos, desde luego, con su pensamiento. Se puede debatir en torno a la oportunidad o no del texto, pero no acerca del ejercicio de la libertad de pensamiento y de expresión de quien ha hecho de esta actividad una carrera profesional, del mismo modo que a nadie se le ocurre consignar y responder a cada uno de los agravios y vejaciones de los que Alvarado ha sido objeto. Tampoco me parece que deba cargarse la mano en las redes sociales puesto que su propia naturaleza desborda cualquier responsabilidad, lo que no las exime de esa misma responsabilidad; sí, en cambio, la actitud asumida por periodistas y comentaristas que haciendo uso de su libertad de expresión han criticado la misma libertad ejercida por Nicolás Alvarado. Peor en este caso, puesto que éstos también leyeron o pudieron leer que el artículo estaba firmado por Nicolás Alvarado y no por Nicolás Alvarado-funcionario de la UNAM. De manera que los insultos y diatribas vertidos hacia el periodista, las puede recibir cualquiera de sus compañeros de oficio por el mismo motivo; es decir, ninguno. Con la salvedad de que ninguno de ellos perderá el trabajo. Da la impresión de que hemos asistido a una censura de la libertad de expresión a partir de la defensa de la simulación de un interés superior, principio peligroso que otorga carta de naturaleza al pensamiento dominante, antesala del totalitario.

            Lo dramático de este asunto es que sin motivo alguno se ha procedido a un juicio sumarísimo en el que no han comparecido ni togado ni presunto delito. Un juicio sobre la nada; y, al parecer, sobre la nada la UNAM ha presionado al periodista para que presentara su renuncia como director de TV.UNAM. Resulta elocuente que la universidad prefiriera ceder ante el embate de las redes sociales y de la prensa en lugar de atender a los derechos de los que goza Nicolás Alvarado en tanto que ciudadano y trabajador de la universidad. Es decir, la institución violentó el estado de derecho a partir de nada simulando que se defendía de todo, cuando no tenía ni voz ni voto en la polémica. Una medida que desnuda los resortes institucionales y expone a la universidad a presentes y futuras arbitrariedades al servicio del antojo y del capricho. La decisión de la UNAM a lo mejor le ha devuelto el sosiego de las buenas conciencias, pero se ha llevado por delante algo mucho más decisivo, el respeto a la libertad y a la igualdad de un ciudadano que, además, no tenía motivo alguno para defenderse puesto que no había cometido infracción ninguna. Todo esto demuestra una falta de criterio preocupante que si parece solucionar las cosas más aquí, las agrava irremediablemente más allá, al exhibir a una institución que sólo lo es cuando le conviene. La actuación de la UNAM en todo esto parecería lamentable, tanto al menos como muchas decisiones adoptadas por otras instituciones públicas que aprovechan tesituras personales para ajustar cuentas públicas.

            El suceso también ha aportado las previsibles adhesiones hacia Alvarado de algunos que se paran el cuello denunciando la impunidad de las redes sociales, cuando las utilizan a conveniencia. El conflicto de fondo no reside solamente en Nicolás Alvarado, ni en los reproches hacia un pensamiento libre juzgado por la opinión pública como flagrante delito fuera del ámbito que le corresponde, ni en el ejercicio de una libertad asumida a su vez como infracción por una institución desvalida de directrices y criterio. Lo que está en juego no es sólo la libertad de expresión, no sólo la violencia airada y fuera de proporción de algunos medios de comunicación, ni siquiera la impunidad y el libertinaje de las redes sociales, sino el estado de derecho que debería defender cualquier institución pública.