Música para matar a tu vecinos

 

Por: Kazuki Alberto Ito Cervera

musica-paraLa música y la guerra han tenido una unión milenaria. Desde las rudimentarias percusiones, similares al ritmo eufórico de los granaderos cuando azotan sus macanas contra sus escudos, pasando por los cuernos, esos aerófonos que llamaban a las tropas, hasta llegar a los tambores y trompetas. Todavía podemos escuchar algunos de estos instrumentos en los desfiles militares; sin embargo, ya no se usan en el campo de batalla. Ahora los soldados, y demás hombres dedicados al oficio de las armas, usan audífonos o estéreos en sus vehículos. Varios soldados norteamericanos, durante los conflictos en Medio Oriente, decían que antes de salir a los enfrentamientos o durante éstos escuchaban: “Bodies” de Drowning Pool. Todos coincidían en algo, esa canción los ponía alerta y les elevaba el espíritu combativo, como si se tratara de una droga que despertara todos sus sentidos y su sed de violencia. Fue tan importante esta canción que Drowning Pool ofreció un concierto para los veteranos de Irak y Afganistán. La mayoría de ellos afirmó que “Bodies” fue su arenga que les ayudó a pelear con pasión cada día y regresar vivos a sus casas.

            ¿Cuántos afganos recibieron un balazo en la cabeza mientras los soldados americanos escuchaban en sus vehículos la canción de “Bodies”?  “Let the bodies hit the floor/Let the bodies hit the floor” Con esas estrofas se musicalizó la muerte de tantos hombres en aquellas lejanas tierras de Medio Oriente. La canción es dinamita pura, desde el comienzo sientes que te hierve la sangre y sin problemas podrías empezar una pelea con cualquiera que se te ponga enfrente, sin importar nada. El metal es energía, de eso se trata, es un ladrido electrizante que punza en cada célula de tu cuerpo y quien lo escucha proyecta toda esa energía. Ningún afgano o iraquí escuchó la melodía con la que segaron su destino; para ellos sólo hubo una bala o una detonación. Es sumamente interesante observar cómo la música libera una euforia indomable en las personas, muchos de nosotros hemos experimentado este rapto en diversos escenarios: antros, conciertos o en la intimidad de nuestras casas.

            Roberto Saviano narra en su libro Gomorra que muchos jóvenes sicarios de esa banda escuchaban música pop. Le sorprendió que no escucharan rock o algo más apasionado. Entonces sus víctimas fueron asesinadas con canciones de jóvenes artistas que se escuchan en la radio. Aunque una muerte es un hecho fatal ¿ésta cobra algún matiz dependiendo del género con el que se mate? ¿El asesinato de un afgano con metal es más digno o por lo menos más estético que un sicario ejecutado con narco-corridos? Para el que pierde su vida no tiene importancia este hecho; sin embargo, no podemos negar que en nuestras fantasías sanguinarias la música tiene un peso particular. Esto tal vez se deba a que los referentes que tenemos son las películas de guerra. Entonces nos podemos imaginar inmersos en una selva lluviosa y en el fondo está “Riders on the storm” de The Doors o en medio de una batalla con una sinfonía de Wagner como en Apocalypse Now.

            A veces la música en alto volumen en la madrugada, cuando no eres tú el que quiere escucharla, también libera una ira intensa. En tu mente suena la canción de “Walk” de Pantera y te imaginas abriendo la puerta de tu vecino de una patada y abres fuego sin dejar a nadie con vida. Esto sería un cliché que no se merecen esas personas que te privan de tu sueño con canciones de reguetón, banda o sonidero (ritmos más usuales en personas que no tienen la mínima consideración hacia los demás). ¿Qué música usarías tú para matar a esta clase de vecinos? Utilizar metal sería algo fácil y quedarías como un adolecente que abre fuego en su preparatoria. Si no cometes antropofagia, la música sinfónica no tiene mucho sentido, además puedes verte pretencioso, como un Hanibal Lecter mal logrado. King Crimson o Pink Floyd quedan descartados, porque cualquiera supondría que pasaste por un mal viaje de LSD. Tal vez un jazz fusión, como esa pieza de Max Roach llamada “Triptych: Prayer/Protest/Peace” donde berrea con todas sus fuerzas una mujer, quizá, pero te tildarían de desequilibrado y dirán “¿te acuerdas de ese asesino que escuchaba música de locos?”, por lo tanto John Zorn también queda descartado. La Sonora Santanera o La Sonora Dinamita serían buenas opciones, ya que parecería una matanza de tugurio de mala muerte, el punto en contra de esta elección es hacerle un favor a tus vecinos, debido a que ellos se deleitan con esa música. La lista se acorta sin llegar a una respuesta. ¿Con cuál música matarías a tus vecinos groseros y fiesteros?

            Me pregunté esto por varios días, creí que tal vez una salsa apasionada o una pieza de bachata sería la mejor opción, porque el elemento sexual acentúa la afrenta de quitarles la vida. Concluí que la manera más humillante y con la que puedes purgar más tu resentimiento es “Payaso de rodeo”. Llegas armado, pones la canción de Caballo Dorado y el que se vaya equivocando le das un tiro. Poco a poco el piso de su casa se irá llenando de sangre y los invitados a esa fiesta, aquellos que gritaban y reían sin importarle tu sueño, sentirán que caminan sobre la cuerda de la muerte y verán cómo cada recibe un balazo. Gota a gota se empozará el terror dentro de ellos hasta llegar al último, ese borracho de hierro, como el tío que, sin importar lo ebrio que esté, siempre baila bien en las bodas todas las coreografías. Pesará sobre él la ironía de su pericia parrandera –mientras los ves mover su cuerpo pensarás que él es que arenga a todos a seguir tomando, ¡él es el que prolonga la fiesta! ¡Él es el culpable de que no puedas dormir! –. Seguirá los pasos del “Payaso de rodeo” hasta que por fin se equivoque y pierda su vida. Así que si usted tiene pensado matar a sus vecinos pachangueros, ya sabe con qué musicalizar dicha tarea. Esto tan sólo es una sugerencia ¿dime entonces con qué música matarías a tus vecinos?

 

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Derecho de réplica o la comodidad de la presunción

 

Por: Tobías Albero

Es interesante el debate en torno al derecho de réplica suscitado en estos días. También es chocante la postura adoptada por algunos medios de comunicación reacios a favorecerlo. El principal argumento en contra de admitir tal derecho reside en que no deja de ser una manera de censurar la libertad de expresión y de información. Lo cual posiblemente sea verdad, pero es una verdad que encubre algunas falsedades; es decir, una verdad a medias que es lo mismo que decir que no es verdad. Las reticencias con que la iniciativa ha sido recibida se debe a una presunción que es sólo eso, petulancia: la presunción de que los medios impresos y audiovisuales en su mayoría están orientados a informar al ciudadano; la presunción de que tales informaciones buscan la verdad relativa de cualquier acontecimiento de interés público; la presunción de que un interés público es lo que deciden esos mismo medios; la presunción de que la opinión de sus colaboradores es información; la presunción de que los ciudadanos no tienen opinión puesto que no colaboran en tales medios; la presunción de que hay ciudadanos que pueden opinar (periodistas y diletantes) y otros que no (todos los demás); la presunción de que la verdad se aloja necesariamente en los medios, negándole al ciudadano afectado la posibilidad de replicar  puesto que el periodista es dueño de la verdad; la presunción de que el chayote es una leyenda urbana; la presunción de que los informadores y colaboradores no tienen otros intereses que los estrictamente acotados por su encomienda; la presunción de que los medios realizan con rigor su tarea informativa. Demasiadas presunciones para una labor que a día de hoy es por lo menos cuestionable.

            Uno entendería que si los medios de comunicación no fueran subvencionados por el erario de muchas maneras, podrían reservarse el derecho de réplica al tratarse de empresas privadas. Pero parece que no es el caso en México. De manera que nos encontramos a colaboradores semanales, quincenales, mensuales, que utilizan esas tribunas para solventar asuntos personales o al servicio de terceros que poco o nada interesan a la opinión pública fuera del escándalo del momento, del beneficio implícito, de la recompensa previamente pactada. Las columnas de opinión, los debates radiofónicos, las tertulias televisivas, puesto que no persiguen necesariamente informar sino ofrecer una visión particular, quizás deberían plantearse facilitar el derecho de réplica por la naturaleza misma de los formatos en que se presentan. No es lo mismo informar de determinada investigación periodística en curso, que opinar acerca de las posibles consecuencias de la información derivada de esa investigación periodística inconclusa. La información no parece que sea igual en todos los formatos y semejante en todos los contenidos. ¿Por qué pueden hablar tres, cuatro, cinco comentaristas de otra u otras personas sin pedirles opinión ni admitir su versión de determinados hechos o dichos? ¿Por qué un diario que entre sus colaboradores cuenta con quien, a sabiendas, difama y calumnia no habría de dar derecho de réplica a ciudadanos concernidos en esa campaña? ¿No es legítimo pensar que los recelos por parte de los propios periodistas al derecho de réplica no están relacionados en muchas ocasiones con trabajos torpes y faltos de ética profesional? ¿Es aceptable que un medio permita que un colaborador ventile asuntos personales como si fueran de interés público?

Hace unos años un señor llenó sus columnas con reclamos a la institución académica en la que trabajaba porque no le habían otorgado el nivel de estímulos que consideraba adecuado argumentando que los colegas no le juntaban, por lo que difícilmente podía competir con aquellos que sí se juntaban. De este modo reconocía explícitamente que no había cumplido con los requerimientos necesarios para acceder al nivel de estímulos que decía merecer por causas ajenas a su persona lo que, en su opinión, avalaba el reclamo. Por lo tanto, exigía que se le retribuyera económicamente con el mismo monto con que se reconocía el trabajo de aquellos que sí cumplían con las obligaciones estipuladas. Aseguraba este sujeto que no cumplía con sus obligaciones profesionales, pero que la responsabilidad de su falta era de otros. Poco después el mismo individuo fue removido del Sistema Nacional de Investigadores y no dudó en utilizar su colaboración semanal en el mismo sentido, alegando los mismos impedimentos y el mismo ambiente laboral por lo que de nuevo exigía que lo restituyeran al mismo nivel del que gozaba hasta ese momento. Sucedía, además, que, como reconocía él mismo, no sólo no tenía méritos para conservar la distinción sino tampoco aquellos que aseguraban su permanencia en el Sistema. Este tipo utilizó su tribuna para conseguir un beneficio personal, amenazando públicamente a los integrantes de las comisiones evaluadoras en un caso y otro. La primera comisión se mantuvo en la decisión pero la segunda cedió. El asunto no es menor puesto que evidencia la debilidad de las instituciones incapaces de enfrentar con solvencia la exhibición pública que es otra muestra de corrupción. ¿No es por lo menos cuestionable que el colaborador de determinado periódico aproveche su tribuna para agraviar e insultar a compañeros, sometiéndoles a pública coacción, con el fin de beneficiarse? ¿No tendría el medio que haber suspendido dicha columna? ¿No tenían los integrantes de las comisiones derecho a replicar el acoso sufrido por este individuo en el mismo medio en que fueron expuestos? ¿En verdad estas colaboraciones eran de interés público, al servicio del lector, en beneficio del ciudadano? ¿No es un caso flagrante de prevaricación? Por menos, en Estados Unidos y en algunos países de Europa al colaborador se le hubiera cancelado su columna, se le hubiera expulsado del medio y se le hubiera revocado la licencia para seguir colaborando en cualquier otro; y no por las habituales majaderías en forma de opinión del señor, que en cualquier empresa seria hubieran bastado para despacharlo por la puerta de entrada, sino por inmoralidad manifiesta. Éste no es más que un ejemplo entre tantos.

Quizás el derecho de réplica limite la libertad de expresión. Pero ¿es libertad de expresión el ejemplo consignado? Lo que me parece menos discutible es que si por un lado el derecho de réplica puede afectar a la libertad de expresión, al mismo tiempo puede promover una información más rigurosa y responsable, atenta a lo verdaderamente importante para una sociedad democrática y plural, menos sometida a intereses particulares donde no son lo de menos los de los propios periodistas o que se dicen periodistas. Todo indica que es una oportunidad para replantear el oficio a cuyo descrédito han contribuido decisivamente profesionales y diletantes. Es paradójico que la libertad de expresión pertenezca a unos y no a otros a no ser que definitivamente se trate de un monopolio que opera como tal al excluir cualquier inconformidad o disidencia o competencia. La libertad de expresión es un derecho de todos y no prerrogativa de unos pocos. Posiblemente el temor al derecho de réplica de diferentes medios se deba en parte a la negligencia con que han realizado su actividad. Lo curioso de la situación no es la evidencia de la complicidad de muchos periodistas con la postración del oficio, sino que además pretenden negar al ciudadano un derecho que en ocasiones se antoja deber derivado de su propia incompetencia.

Sala de retratos, de Ermilo Abreu Gómez

 

Por: Dayna Díaz Uribe

 

abreu-gomez-ermilo-sala-de-retratos-primera-edicion-d_nq_np_15327-mla20100771303_052014-fEn 1946 Ermilo Abreu Gómez publicó Sala de retratos (Intelectuales y artistas de mi época). El libro es una extensa recopilación de estampas literarias sobre algunos de los protagonistas del ambiente cultural de esos años. En un principio estos textos fueron dados a conocer por el autor en sus colaboraciones de El Nacional y más tarde, debido a su gran acogida, fueron reunidos y publicados en la colección Arco Iris, de la editorial Leyenda, por iniciativa de Vicente González.

Sala de retratos contiene notas biográficas y bibliográficas del poeta Jesús Zavala y dos retratos del retratista. El primero de Octavio G. Barreda es una carta dirigida a su supuesto hijo en donde hace un recuento de la vida del yucateco después de su presunta muerte. El segundo, que es de Juan Rejano, es un esbozo de la vida del autor que además sugiere que, “cuando el tiempo pase, y desaparezcan muchos de los modelos que Ermilo Abreu Gómez ha fijado sobre el papel, esta galería de retratos tendrá, sobre los colores que le son propios –es decir, los literarios–, otros de índole social e histórica, sin duda trascendentes”.

El libro está compuesto por 112 semblanzas muy diversas que reconstruyen la manera en cómo Ermilo Abreu Gómez percibía a cada uno de los retratados. La lista de estampas incluyen los nombres de algunos de los personajes culturales más relevantes del siglo XX, entre los que destacan Luis Cardoza y Aragón , Antonio Castro Leal, Jorge Cuesta, Alí Chumacero, Jorge González Durán, Enrique González Martínez, José y Celestino Gorostiza, Efraín Huerta, Francisco Monterde, José Moreno Villa, Pablo Neruda, Octavio Paz, Carlos Pellicer, José Revueltas, Diego Rivera, Alfonso Reyes, Julio Torri, Salvador Toscano, Manuel Toussaint, Arqueles Vela, Xavier Villaurrutia…

En 1947 la Secretaría de Educación Pública editó la segunda época de Sala de retratos que reproduce algunas semblanzas de la primera época e incluye otras nuevas que también fueron escritas y publicadas originalmente por el autor en El Nacional.  Estos libros de Ermilo Abreu Gómez, que valdría la pena reeditar, debido al significativo aporte que han dado a la historia de la literatura mexicana, son, en palabras de su progenitor, entre claros y sombras, “un poco de [su] vida y otro poco de la vida de los demás”.

 

El nacimiento del intelectual mexicano

 

Por: Xalbador García

 

mapa-de-mexico-1847Como la lucha de 1810 había sido iniciada, apagada y avivada otra vez por una serie de malos entendidos en los que nadie se ponía de acuerdo, el México independiente nació sin un proyecto de nación. Ante la falta de ideas tan descabelladas como creerse el pueblo “elegido por Dios” para invadir a los vecinos, lo primero que se les ocurrió a los próceres de la patria fue seguir guerreando.

El siglo XIX, el primero de nuestra historia como nación moderna, se puede resumir en una sucesión de guerras entre los primeros mexicanos independientes. Unos se hacían llamar “conservadores”: respetaban a la iglesia mientras esclavizaban a sus trabajadores, y amaban a los extranjeros porque los veían güeritos y con apellidos que sonaban a gente con zapatos.

Otros se definían como “liberales”: sus ideas de repulsión a los intereses extranjeros las mapa-de-mexico-1847habían extraído de libros en francés y no se paraban en la iglesia porque les caían gordos los curas. En ese tiempo, los sacerdotes aún no organizaban marchas antigay mientras se teñían el cabello, como ahora lo hace Norberto Rivera, pero igual los liberales no los soportaban.

Cuando se encontraban en las cantinas, en los prostíbulos o en el Congreso, tanto liberales como conservadores empezaban la lucha. Primero como una democracia a la mexicana: tardaban más en elegir al próximo presidente que en lo que los del otro mando lo tiraran. Luego ya se iban a las manos y por último a las balas, a los cañones, a los enfrentamientos entre ejércitos. Por supuesto, en la mayoría de las ocasiones, las guerras eran sufragadas con recursos del erario, con lo que vaciaron pronto la riqueza nacional.

Estaban tan entretenidos jugando a las vencidas que reaccionaron muy tarde cuando los gringos estaban en el norte, no queriendo hacer un muro, sino tratando de expandir la cerca de su casa. Para representar a los intereses nacionales, mandaron a Santa Anna que había sido parte de todas las fuerzas e ideologías políticas de la época: realista, monárquico, republicano, unitario, federal, liberal y conservador. Es decir, tan villamelón como el Partido Verde.  Y al igual que Javier Duarte, Santa Anna era veracruzano y prometió: “La línea divisoria entre México y los Estados Unidos se fijará junto a la boca de mis cañones”. Al final de su encomienda, habíamos perdido la mitad del territorio.

Así, cuando los liberales y conservadores no se estaban peleando entre ellos, la arremetían en contra de fuerzas extranjeras. El proceso era el siguiente: empezaban el conflicto armado, los liberales ganaban y los conservadores pedían ayuda a otros países. La más famosa de estas decisiones fue la invasión francesa. Nuestro ejército perdió la guerra, pero las batallas que ganamos fueron convertidas en fiesta nacional.

Para cuando Benito Juárez empezó a poner orden y paz en el país, empezando por fusilar a Maximiliano, los mexicanos estaban cansados de tanta balacera. Algunos de los conservadores cuestionaban si había sido buena idea separarse de los españoles. Otros del mismo mando soñaban con el amor de algún francés y criticaban que un indio ocupara la presidencia. Hagan de cuenta lo mismo que hoy sucede con los que desdeñan la propuesta del EZLN para 2018.

La calma establecida por Juárez provocó que florecieran las letras nacionales. Como todo el mundo sabe, es complicado escribir sonetos con el fusil en las manos y las balas zumbando en las orejas. Cuando los cañones dejaron de alebrestarse por cualquier diferencia de tránsito, los escritores mexicanos, la mayoría de ellos con formación en Leyes y Pedagogía, pudieron regresar a la hoja en blanco. El proyecto iniciático de la literatura mexicana fue la revista El Renacimiento, impulsada por Ignacio Manuel Altamirano.

renacimiento

De ideología liberal, Altamirano había luchado en la revolución de Ayutla contra Santa Anna y se había desempeñado como profesor, diputado, procurador, magistrado y diplomático. Su revista, de una altura intelectual extraordinaria, conminaba a los hombres de letras mexicanos a impulsar “el renacimiento” de la literatura nacional bajo la concordia, la fraternidad y el debate de las ideas.

En la primera entrega escribió: “Mezclando lo útil con lo dulce, según la recomendación del poeta, daremos en cada entrega artículos históricos, biográficos, descripciones de nuestro país, estudios históricos y morales”. Con El Renacimiento parecía que por fin México dejaría la barbarie de las armas, para refugiarse en el progreso desde la inteligencia. Tras 50 años de guerra continua, la revista fue un primer paso tan relevante como significativo para la historia intelectual, política y económica del país. Altamirano también era indio.

La levedad moral de Soledad Loaeza

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Por: Tobías Albero

María Scherer Ibarra y Nacho Lozano acaban de publicar hace apenas unos días un agradable y provechoso conjunto de entrevistas, agrupado bajo el título El priista que todos llevamos dentro, a cargo de la editorial Grijalbo. Si bien la entrega todavía conserva el aroma, la textura y el calor de un adormecido pan recién salido del horno, una parte del contenido alimentará, pasado el tiempo, reuniones de familia, tertulias bohemias y juergas trasnochadas, aun cuando la corteza se haya endurecido y el migajón se quiebre. Y no, desde luego, porque resulte indemne al paso del tiempo, sino porque las palabras vertidas por los diferentes personajes revelan aspectos de su personalidad apenas atisbados o apuntados en esas cuartillas, pero debidamente perfilados atendiendo a actuaciones pasadas y, desde luego, futuras. Las palabras van cobrando así una gravedad, un peso y un poso que no sólo dan cuenta de los significados que encierran, sino de la autoridad moral de quien las pronuncia y no precisamente en función de las palabras mismas sino de la moralidad de quien se expresa. El uso del lenguaje muestra el dominio y el conocimiento de un hablante determinado, pero también lo exhibe, lo desnuda, lo expone. Esto sucede sobre todo con aquellas personas que gozan de alguna de relevancia pública por discutible que sea. Las palabras operan entonces como testigos de cargo, instrumentos al servicio del momento y de la circunstancia, pero que un poco más allá delatan contradicciones y amaños, intereses personales y mezquindades. La palabra cartografía moralmente al hablante. Esto es lo que le sucede a Soledad Loaeza que inaugura El priista que todos llevamos dentro. Desde hace tiempo, la señora Loaeza, después de autonombrarse veladora y guardiana de todos los valores académicos, se ha significado por proclamar que representa en sí misma no sólo lo que es un académico sino lo que cualquier académico debe de ser. Todo indica que la modestia y la humildad son cualidades de su abnegado y pródigo ánimo. El imperativo categórico con que se planta ante los medios de comunicación, concede entrevistas y vigila a sus colegas, lo reduce en lo personal a unas palabras que desmienten a cada paso sus acciones. Es fama y desde luego bien ganada, la sistemática persecución a la que somete a los plagiarios mientras no se traten de Denisse Dresser, Enrique Peña Nieto o, su propia hermana, Guadalupe Loaeza. Es decir, Soledad Loaeza, que representa el sumsum corda en la parafernalia académica, persigue de manera desaforada e histérica a los plagiarios mientras éstos no afecten a sus intereses personales. Lo cual, sin duda, es ilustrativo de la ética profesional de la señora y, por tanto, de la moral académica que dice custodiar.

            El preámbulo calza con la medida de sus declaraciones. A la pregunta, “¿Cuál es la característica que define al PRI?”, Loaeza contesta, seguramente con semblante grave y reconcentrado, arrobada ante la revelación de su oráculo de mano: “La búsqueda de la unanimidad. A los presidentes mexicanos les aterra la disidencia, por eso el PRI confeccionaba la unanimidad, la cultura nacionalista con responsabilidad social. […] Por eso ganó de nuevo el PRI en 2012. Queríamos unanimidad de nuevo”. Parecería que Loaeza adopta un guiño crítico, pero nada más alejado de la realidad. Al utilizar la primera del plural, no sólo asume su autonombramiento como representante de las esencias académicas, sino que se exhibe como celoso cerbero del oráculo portátil. Olvida la señora que hace unos meses acusó a unos estudiantes de padecer el síndrome de Estocolmo por la sencilla razón de que habían defendido a un profesor acusado de plagio con una misiva que comenzaba con una afirmación que no dejaba lugar a dudas, algo así como “Reprobamos el plagio en cualquiera de sus formas”. Quizás la señora no sepa leer o no entiende lo que lee o lee lo que le dicen que lea. La descalificación de Loaeza hacia los estudiantes no sólo no fue una falta de respeto a la disidencia, sino también a unos ciudadanos que se habían limitado a dar su opinión; Loaeza pretendió entonces, como todo priista, imponer la suya, creando la ilusión de “la unanimidad” para lo que no le importó ningunear y descalificar a ciudadanos por lo menos tan libres como ella a pesar de lo que le dictaba su sombrío oráculo plegable. Quizás sea cierto que esos ciudadanos, libres e iguales, no representen a la quintaesencia académica de la que la señora parece ser dueña en exclusividad; desde luego, no habían ido a recepciones a Palacio Nacional, ni en ellas mostraron maneras serviles y sumisas. Pero no sólo es mejor que no la representen, sino que nunca lleguen a representar lo que tristemente representa la señora. El encono de Loaeza en ese lance no sólo invalida sus críticas al PRI, sino a cualquier cosa que se mueva o no se mueva. La soberbia mostrada fue émula de su ignorancia; un atrevimiento sólo justificado por intereses personales. El caso también ilustra la veleidad y el antojo con que la señora actúa y dice las cosas; una levedad a merced del oportunismo del momento; un capricho al servicio de la oferta de la circunstancia. Semejante desfachatez seguramente le ha valido consideraciones no sólo para asumirse como la representante del ámbito académico, sino para considerarse la academia misma a condición de hacerse de la vista gorda con Denisse Dresser, Enrique Peña Nieto o su hermana, Guadalupe Loaeza. La falta de respeto a las opiniones ajenas, la obediencia a consignas, la servidumbre del interés personal exhiben a una señora que ejemplifica lo mismo que torpemente trata de denostar, El priista que todos llevamos dentro. Como anillo al dedo vienen unas palabras del profesor, éste sí, Francisco Rico, a propósito de los integrantes de la Academia de la Lengua Española: “hay quienes dan lustre a la Academia y, también, a quienes la Academia da lustre”.

Ciudades desde el alcohol y la literatura

literatura-sumergidaPor: Xalbador García

Leí crudo a Malcolm Lowry. Dije doblemente: no lo vuelvo a hacer. No vuelvo a chupar tanto, ni tampoco a tratar de comprender algo de la correspondencia del inglés en estas condiciones. Él no se lo merece. Yo tampoco. Él bebía mezcal y aguardiente. Yo bebí cerveza y whisky. La ansiedad por seguir la borrachera es la marca de los personajes más entrañables de Lowry. “El Cónsul”, en primer lugar. Se trata del mundo del alcoholismo: “Me encuentro en un lugar oscuro. Perdido”.

Daba gusto ver a Lowry por las calles de Cuernavaca creando el mundo de Quanáhuac. Lo imagino borracho pasando frente al Palacio de Cortés. Acá debe de haber una estatua de Victoriano Huerta, se dijo y se dobló de la risa mientras la gente a su alrededor veía a un inglés borracho mirando una ciudad que para ellos no existía. Una ciudad fantasma que se nutría de Cuernavaca y del alcohol para convertirse en un cosmos literario tan ajeno a la realidad, como hermanado a las sombras de los hombres reales que vagaban absurdamente frente a los ojos de Lowry.

Los fantasmas del inglés comparten el alma de Juan María Brausen, el fundador de la mítica Santa María, de Juan Carlos Onetti. Mientras bebe y planea la manera más adecuada de ocultar el asco que siente por su esposa quien ha perdido un seno a causa del cáncer, Brausen va dibujando una ciudad que será el lugar recurrente por donde anden los personajes de Onetti. La primera novela en la que aparece Santa María es La vida breve, antes había ya un sesgo de esta ciudad en el cuento “Bienvenido Bob”. Espacio que comparte características con Buenos Aires y Montevideo, Santa María ostenta en sus entrañas el desencanto por la existencia que hace única a la literatura de Onetti.

El uruguayo bebía todos los días. Acostado en su cama iba devorando novelas policiacas junto a fuertes tragos. Alguna vez escribió sobre otro buen bebedor, Juan Rulfo: “Cuando me encuentro con él, generalmente en los congresos, nos preguntamos: ‘¿Qué tal estás tú, Juan?’, y él me dice: ‘¿Qué tal estás tú, Juan?’, y él se sienta con su gaseosa y yo con mi whisky y nos pasamos horas sin decirnos nada”. Esos dos genios compartían algo más que el silencio.

Si el plano cartesiano de Santa María se teje a partir de la desesperanza de los hombres que viven en ella, las regiones de Comala y Luvina son muestra que la miseria geográfica amalgama a la verdadera literatura. Rulfo escribe: “Bebió la cerveza hasta dejar sólo burbujas de espuma en la botella y siguió diciendo: ‘Por cualquier lado que se le mire, Luvina es un lugar muy triste. Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere, puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca. Está allí como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra de uno, y porque es oprimente como un gran cataplasma sobre la viva carne del corazón”.

La unión entre alcohol y escritura se pierde en el amanecer de la civilización. Aun así se van multiplicando las ciudades literarias que nacen al amparo de los tragos y las botellas. Regiones de silencio y de algarabía que raya en la desgracia. Estas regiones literarias nos muestran la podredumbre de los calendarios y sus actores. Por eso, como sucede con el alcohol, cuando caminamos por estas ciudades, algo en el pecho nos raspa el alma.

Los cuadernos rojos de José Revueltas

 

Por: Marevna Gámez Guerrero

 

“¿Bueno y quién es el tal revoltoso?”, me preguntó curioso en un español mezclado con inglés el hombre encargado de la bodega del archivo “José Revueltas” en la Universidad de Austin, Texas. Yo tenía ahí una semana en compañía de Xalbador García pidiendo frenéticamente caja por caja aquel impresionante cúmulo de materiales. Así que me pareció justo que el último día de mi estancia, aquel hombre que había llevado y traído casi 80 cajas por los largos pasillos de la biblioteca, al menos cruzara una palabra con nosotros.

Antes que nada, debo confesar que llegué hasta el archivo empujada por un encargo de Aureliano Ortega —lector apasionado de Revueltas—. Yo realmente pensaba pasar de largo y dedicarme a buscar otras cosas que aparecían como “urgentes” en mi pretenciosa lista de búsquedas bibliográficas. En una suerte que sólo los despistados como yo tienen, terminé leyendo manuscritos, cartas familiares, borradores y una serie de textos que me hicieron dedicarle una semana entera a los materiales de un escritor del que apenas había leído un par de libros y del que sabía más por boca de otros que por mi propia dedicación como lectora.

Todo en aquellos vastos papeles de archivo posee un orden sorprendente. Orden que prevalece en cada uno de sus borradores de novelas, programas de clase y correspondencia que tuve la oportunidad de leer, un orden que va más allá del que posteriormente se le ha otorgado en el archivo para la conservación del mismo. Es un orden que hace evidente un rigor en el proceso de trabajo, un orden que entre notas, correcciones y muchas versiones de lo mismo resulta en versiones finales —casi todas publicadas— que se van transformando, mejorando, aclarando a la par que los manuscritos se llenan de borrones,  tachaduras y enmendaduras hechas con papelitos. La mayor parte de los manuscritos tienen su versión transcrita a máquina, donde Revueltas una vez más tachó, luego enmendó y finalmente corrigió. Cuando vi el primer acordeón de papel pegado al margen de una hoja tamaño oficio con la primera transcripción de Los errores no pude evitar pensar en el archivo de Walter Benjamin, en sus laberintos, minucias, curiosidades y en la semejanza sorprendente con los recortes y pequeños legajos construidos por Revueltas en sus manuscritos y originales. Todo lo anterior, fuera del fetiche del documento, logra construir una atmósfera en la que uno, intruso o detective, puede casi reconstruir el proceso de escritura de cada uno de los textos. Al inmiscuirme en las notas de Revueltas lo primero que pude apreciar, aun contra todo pronóstico, fue una dedicación casi obsesiva por la escritura y una evidente intención de que sus textos fueran los más claros y comprensibles que se pudiera.

Empecé husmeando en las notas amarillentas de “La locura brujular”, luego separé todo lo que me sonaba a filosofía de la historia y marxismo, siendo fiel a mi formación y pensando en mis propios intereses; no obstante, justo cuando pensé que ya había terminado mi trabajo con aquellas cajas de papeles, apareció el primer cuadernillo que me voló la cabeza.

El primer cuaderno rojo: Diario de Cuba

I

No podía ser de otro color…, pensé al sacar de un sobre el primero de los dos cuadernos. Supongo que el rojo desteñido de su portada debió ser brillante cuando Revueltas estrenó la primera de sus hojas. El primer cuaderno rojo no es otro sino un breve diario que escribió durante su visita a La Habana en 1961, al parecer invitado por el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, para colaborar en un proyecto relacionado  precisamente con un curso de cine al lado de Jorge Fraga.

El cuaderno se inaugura el 19 de mayo de 1961 y concluye en noviembre del mismo 1961, sin embargo contiene un texto final fechado en la Ciudad de México el 21 de septiembre de 1963 con el que cierra definitivamente el diario. Todo en aquel cuaderno es redactado con claridad. Las cualidades caligráficas de Revueltas son indiscutibles.

Según sé la primera transcripción de este diario la publicó la Universidad Autónoma de Puebla en 1976, siendo rector Luis Rivera Terrazas, bajo el título Diario de Cuba y también ha sido antologado en el segundo tomo de Las evocaciones requeridas que publicara en su primera edición de 1987 la editorial Era; no obstante, el encuentro con el cuaderno original resulta de alguna manera novedoso para mí, pues como decía anteriormente, existe en sus páginas, y en el resto de sus materiales de escritura, una huella del proceso que muestra curiosa y hasta cierto punto reveladoramente un Revueltas distinto.

Definitivamente el primer cuaderno rojo debe ser uno de los materiales más curiosos del archivo. No había escuchado mucho de la escritura de Revueltas en diarios, y sigo sin entender la razón por la que estos textos se dejan un poco al margen de lo escrito sobre su obra. Debe ser su brevedad, o tal vez su fragmentaria y casi fugaz escritura de impresiones la que los mantiene rezagados de estudios literarios. Pero aun cuando esto pudiera constituirse como una razón, considero que estas notas poseen en conjunto una sólida estructura que revela la multiplicidad de rostros de su autor; rostros que lo descubren más allá de los lugares comunes que se han edificado entorno a su escritura y su nombre.

En los escritos del primero de sus cuadernos rojos uno ve aparecer como fantasmas las más infantiles y sensibles impresiones de una ciudad que aparece ante la mirada de Revueltas como materialización de muchos de sus ideales:

La terraza de mi habitación en La Habana Libre y la ciudad, allá abajo, vista desde diecisiete pisos de altura. Los ruidos suben, golpean, más precisos e irreales, a causa de la noche y de la asamblea de luces —una masa que se agrupa, como en un mitin, y forma una media herradura en el borde de la pista de circo que es el mar. Es La Habana revolucionaria me digo. La increíble Habana revolucionaria. Estoy en Cuba. Aspiro con todos los pulmones: aspiro los ruidos, las luces, La Habana entera: aspiro a Fidel. Aquí está en algún sitio, en alguna de esas luces. Hay una alegría increíble en imaginarlo, en sentir que aquí está y yo también.

Sus impresiones sobre la ciudad en los originales aparecen algunas veces ilustrados con pequeños trazos, por ahí una plaza pública trazada con un lápiz de color rojo, por allá unos rayones de pluma azul que asemejan el mar y delatan la impaciencia de Revueltas mientras escucha una conferencia en un congreso de escritores. Las pequeñas instantáneas escritas en este cuaderno plasman la Cuba que Revueltas está viviendo, sus habitantes, el rigor de las actividades laborales de los trabajadores, el florecimiento de las milicias cubanas, la emergencia del orden moral que forjó la Revolución en tan sólo un par de años, pero también nos muestran las pequeñeces que constituyen la vida cotidiana y que sin duda cautivan a Revueltas e incluso en algunas ocasiones —según dicen sus propias notas— lo inspiran para caracterizar ciertos personajes de narraciones futuras como por ejemplo la psicología de Jacobo, personaje de Los errores. Las instantáneas sobre la cotidianidad en La Habana, se concentran en el valor del detalle. En algún momento anota algo sobre los desnudos pies de las mujeres; en otro, de la relación que los cubanos tienen con la música: “El cubano y la música. El cubano hace música del ruido. Entonces su dedicación termina por llevarlo al ruido perfecto. El colmo de esto fue para mí ayer, cuando en un paseo fuera de La Habana, encontramos un pueblo que se llama Tarará ”.

El mar aparece en sus notas como un protagonista más, algunas veces siendo el mismo Revueltas el mar y sus pensamientos. “La bellas tempestades” es quizá uno de los fragmentos que más veces he leído desde que tengo en mi poder esta copia del primer cuaderno rojo de Revueltas. Es, a mi juicio, uno de los textos más íntimos, más hermosos. En él las tempestades que irrumpen en la bahía son imágenes de una apasionada —pero al parecer también llena de culpas y remordimientos— relación que el escritor de 47 años sostenía con Diana, algunas veces Omega, una joven cubana de escasos 25 años que conoció en uno de sus talleres y con la que en sus propias palabras está compartiendo su propia Ilíada en aquella Cuba revolucionaria:

Nada más bello que las tempestades en la bahía. Es la Ilíada, una guerra de las nubes, pura, de donde están excluidos los hombres y en la que sólo los dioses tienen acceso a la lucha. Dioses ebrios y roncos que combaten como ciegos parsimoniosos, unánimes y solemnes, maldiciéndose unos a otros, con acompasada resonancia, dignos y majestuosos, sin odio, pues no se lo permite la grandeza de la lucha, revestidos como se encuentran por las colosales armaduras con las que se cubren y parecen más temibles y bellos […] jamás creí que pudiera yo compartir con nadie estas tempestades, pero de pronto —aunque después de soñarlo, de anhelarlo tanto— estamos Ella y yo juntos en medio de la tormenta, sobre el malecón, unidos y mirándonos, con todo mi amor puesto en sus ojos severos, en esa elocuencia negra y atónita de sus ojos quietos, fijos, atormentados con la extraña profundidad solitaria y desesperada con la que miran.

Tanto las “bellas tempestades” como las instantáneas de la vida cotidiana nos regalan la escritura de un hombre común que se enamora y se equivoca, mientras también se agolpa en el cuaderno el montón de listas de actividades y notas para el curso cinematográfico que Revueltas impartía en La Habana, sus impresiones sobre el momento histórico que vive la ciudad y relatos sobre el entrenamiento y la función de los milicianos cubanos —a los que se une y con los que recibe entrenamiento— como el siguiente retrato del Che Guevara:

Asistí a la inauguración de las conferencias de planificación (junio 23) que corresponde abrir al Che Guevara. Le profeso una admiración y un cariño extraordinario. No hay ninguna fingida modestia en su forma de comparecer ante la masa que lo aplaude casi con delirio. Se diría que quiere sustraerse, que le angustia ser objeto de tal admiración. Tiene un fuego por dentro, un fuego constante y vivo, que brota a lo cálido de sus ojos, llenos de humanidad, de pasión, de una voluntad ya desde mucho tiempo atrás decidida y que no será capaz de doblegarse, firme, pertinaz, devota. Huye de las frases, de los efectos oratorios, como si tratara de abrirse paso en los cerebros con la sola herramienta de lo racional, de lo discursivo, de lo irrebatible desde el punto de vista lógico. Y así, extrañamente, sus palabras tienen un calor inesperado, una vivacidad palpitante y comunicativa, que se adueñan del auditorio —no por simple entusiasmo, sino por ese efecto seductor que sobre el espíritu ejercen las cosas precisas.

Reiteran su convicción revolucionaria, sus anhelos de lucha, pero también muestran una latente voz desencantada que se preocupa y lamenta por México; escribe repetidas veces que estar en ese preciso momento en Cuba es tener contacto con la historia, con una historia del cambio, por lo que decide no regresar a México:

[…]quedarme aquí a vivir esta historia directa que, por más que yo lo quiera con toda mi alma ya no podré vivir en México, así pudiera yo trabajar allá por su preparación todo lo más intensamente que se pueda concebir. Mi trabajo en México ya dejó de tener un sentido histórico por cuanto a que todo lo que yo pudiera hacer en lo futuro ya no rebasará mi actividad pasada, ya no añadirá ninguna cosa nueva al proceso: será una simple repetición, una simple forma de sobrevivirme convertido en una especie de auto recuerdo. Lo que mi trabajo pueda significar en Cuba ya no pertenece a mi historia (y me importa muy poco que pertenezca a mi biografía) y reviste, entonces, el carácter de la impersonalidad más perfecta en una vida que, como la mía, ya no tiene, en absoluto, el menor interés en pertenecerse a sí misma por cuanto a su papel (o digamos, importancia) político personal. No tengo otra inquietud que la de servir del modo más total y completo. Me quedo entonces en Cuba (si los cubanos no terminan por rechazarme).

Y lamenta: “cuando se está en contacto directo con la historia, la historia desaparece y los acontecimientos, las tareas, las gentes, tienen la misma vulgaridad de siempre, sin embargo, se está en la historia, se está haciendo la historia”.

Para Revueltas estar en Cuba es una oportunidad de servir completamente a una historia que, en sus propias palabras, no es la suya, es la historia en sí: “Ahora en Cuba, vivo históricamente (entiéndase, ni aquí ni en México ha sido nunca un problema de mi persona, de la historicidad de mi persona; eso carece de cualquier interés); vivo históricamente en Cuba, aunque esa historia no me pertenezca y aunque no haya intervenido en su preparación”. Su tono se torna inconforme y desemboca en otra preocupación por su propia relación con sus compañeros de la Liga Leninista Espartaco:

Mis compañeros de la Liga deberán comprender el problema, que en el fondo resulta bastante simple: yo ya les “heredé” lo que podía heredarles como fusión histórica de lo que se salva de mi generación política, con la generación de los nuevos comunistas mexicanos que ellos representan. ¿Por qué voy a vivir junto con ellos en lo sucesivo como un muerto sin testar, o como un ser viviente (al que habría que meter en un vitriolero) que ya repartó las propiedades que tenía? Mi presencia terminará por convertirse en un estorbo para su desarrollo […]

Lo que no podía faltar en su cuaderno rojo eran sus estrictos apuntes filosóficos, así como los programas de un curso de marxismo que impartió durante su estancia en la isla caribeña. Estos materiales unidos a algunos fragmentos de crítica a emisiones televisivas son las partes de más lenguaje filosófico en el diario. Aunque, en el mismo tono, quizá el momento más memorable sea una discusión que sostiene con Joaquín MacGregor, donde Revueltas intenta reconciliar la teoría foquista de la Revolución Cubana con el Partido Leninista: “Yo le sostengo que la experiencia cubana no invalida la teoría leninista del partido. Joaquín no comprende que la teoría del partido y el partido mismo no son sino una expresión de las leyes del conocimiento… centralismo democrático”.

Revueltas es el defensor de un nuevo tipo de dialéctica, a la que llamó en sus últimos años “democracia cognoscitiva”, y como buena parte de los marxistas latinoamericanos críticos del comunismo soviético resultó incómodo para la cultura revolucionaria cubana. Recordemos que años más tarde, en efecto, se distanciaría de Cuba a causa del “caso Padilla”. No fue hasta el 2010 que se editó por primera vez su novela Los días terrenales.  Encontrarme con este cuadernito ha sido una suerte, sobre todo en éstos tiempos en los que sus palabras sacuden con una fuerza tan actual que asustan. Este primer cuaderno rojo es un raro documento que rapta la conciencia de inmediato, en una especie de intimidad descritas incluso en sus mismas líneas:

Escribir es una comunicación absolutamente individual, entre un yo y otro yo —entre nadie más, aunque ese yo sean muchos; el numero no es aquí lo que importa. Es un acto privado, particular y secreto como el de quien se pone a hablar con las estrellas. De este modo también leer se convierte en un acto idéntico, entiéndase que, digamos, como hacer el amor: es individual y recatado —entre dos yo—pero en él se sustenta la especie. Leer, así, no viene a ser la realización del escribir: alguien escribe y alguien lee y cada quien comprende las cosas, inevitablemente, a su manera.

Está por demás decir que todo lo que le respondí al hombre del archivo giró entorno a lugares comunes, también está de más decir que no pude explicar quién es el tal “revoltoso Revueltas”. Ahora, después de tratar de mostrar el Revueltas que yo misma descubrí en el primero de sus cuadernos rojos, creo que la pregunta era más complicada de lo que parecía en origen.

 

El arco y la lira. Gaos a Paz II

Por: Lilia Solórzano

En respuesta a idea externada por Octavio Paz en su misiva del 25 de julio de 1961, en la cual este último afirmaba que la “filosofía de la filosofía se vuelve Filosofía (a secas) y la poesía de la poesía, Poema”, José Gaos le devuelve una meditación vuelta carta más de dos años después, el 12 de diciembre de 1963. Corrijo, tal vez no sea una respuesta específica a esa carta de 1961, pero el diálogo corre por la senda de los mismos tópicos. Gaos desde el inicio, le felicita por el premio internacional de poesía otorgado por Bélgica y desde entonces le anticipa que con toda seguridad él será el Nobel en lengua española. Esto último se cumplió hasta 1990.

Pero el meollo de la carta va en el sentido de discutir si el ser de la poesía se entrega o se transparenta a su lector vía un proceso de “entendimiento”, por más que sepa que la creación artística no precise de ese tipo de entendimiento “incluso en ninguno de los sentidos de ‘entender’, o al menos primariamente para tal”. El caso es que el poemario de Paz titulado Salamandra le deja perplejo. Es decir que nuestro entendimiento o capacidad de responder a algo se enreda tan terriblemente que no podemos emitir no ya un juicio, ni siquiera un sonido, a lo más un gesto se acomoda en el rostro o en el cuerpo pero no va más allá. Así que para salir de ese estado de mudez se fue a una nueva lectura de El arco y la lira (1956), hay que apostillar que en ese libro Paz había anotado “A J.G. a quien tanto debe este libro”. Gaos prosigue: “Y encontrando, bien pronto, más que el instrumento buscado, la confirmada explicación de mi déficit de inteligencia poética” colige que no está a la altura de participar de la poesía de esos días, pero que se ha enfrentado, a resultas de esa relectura, con una ganancia mayor al descubrir en El arco y la lira, “uno de los más grandes [libros] de la filosofía, a secas, en nuestra lengua”. Es decir, más allá de la poética, reconoce que Paz elaboró toda una revisión filosófica de lo poético. Y cómo no, si el alumno Paz había bebido muy bien de las fuentes del maestro Gaos; y en esa fuente, también aguas de Heidegger y de Ortega y Gasset, es decir, del pensamiento fenomenológico.

Pero hay acá un reparo, una precisión que el filósofo hace al poeta, el porqué no buscó y sacó de la propia poesía la concepción de poesía; por qué tuvo que pedir ayuda y apoyo a Heidegger cuando el fenómeno “poema” por sí mismo le indicaría su esencia o radicalidad vital. Y de aquí pasa al asunto que se había quedado pendiente en aquella carta de Paz:

“Si la verdadera filosofía y poesía son a estas alturas la filosofía de la filosofía y la poesía de la poesía, en todo caso no habría que confundir la poesía de la poesía y la filosofía de la poesía: la filosofía de la filosofía y la filosofía de la poesía son filosofía -como es filosofía de la poesía El arco y la lira; la poesía de la poesía, es poesía”.

Clarísimo: Gaos le refiere a Paz que su libro, tan importante como fue para varios poetas de la Generación de Medio Siglo, es un poco aquello que Alfonso Reyes trató de hacer metódicamente en su obra El deslinde (1944): pormenorizar el fenómeno literario. Reyes señaló en una nota a pie de página que trataría de hacer un estudio fenomenográfico, describir lo que caracteriza específicamente a aquello que identificamos como lo literario; Paz hará un acercamiento a la ontología de lo poético con el lenguaje que corresponde a un poeta. El regiomontano le había gestionado una beca de 600 pesos mensuales en El Colegio de México para ayudarle en sus gastos y gracias a esto termina su texto en 1955. El deslinde y El arco y la lira son dos caras de un mismo fenómeno, pero con miradas distintas. En concepción de Paz, el poema es el campo de batalla donde finalmente se armoniza una lucha entre contrarios. Para Reyes, el poema es el espacio donde el artista ha llegado a una liberación aunque el proceso no sea de libertad, el poeta es “un esclavo de sus propias cadenas” apunta en “Jacob o de la poesía”, un luchador contra sus propios demonios. Pero esto es harina de otro costal.

Bob Dylan: Yo no soy Premio Nobel, por ti seré, por ti seré…

 

Por: Xalbador García

 

Este jueves Dainerys me despertó con la noticia de que Bob Dylan había sido galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Por supuesto, la designación demostró que todas las apuestas de mi columna pasada estuvieron tan acertadas como las que hace Consulta Mitofsky contra AMLO en época electoral. Al mismo tiempo, la noticia me llenó de alegría por dos cuestiones.

La primera es que, como millones alrededor del mundo, conocí a Dylan desde siempre. En las fiestas de secundaria no faltó quien llevara sus canciones junto a rolas de los Stones, Doors, Beatles, The Who y otras bandas de rock contemporáneas (en ese momento) como Nirvana, Guns and Roses y los chingonazasos de Pearl Jam.

Sin poses, ni mamonería, se trataba de pasarla con madre escuchando música. ¿Qué, acaso, no es este el fin verdadero de acercarnos a un buen texto? Además, hasta la fecha comparto la fascinación por Dylan con amigos muy queridos con quienes he terminado grandiosas borracheras cantando “Knock-knock-knockin’ on heaven’s door”.

La segunda cuestión por la que me alegré es porque sabía el escozor que levantaría la elección del músico. No tardó en incendiarse el mundo. Desde todos los francos, intelectuales, académicos, escritores, lectores en general se posicionaron en contra de lo que consideraron, por decir lo menos, una ocurrencia posmoderna de la Academia Sueca. Por decir lo más, el tren del mame puso a Dylan a la par de Arjona y Cohelo, y enviaba a Murakami a clases de guitarra.

En ámbitos más “serios”, siempre es maravilloso ver a la intelligentzia desangrándose porque cree contaminados sus cotos: desde las aulas universitarias hasta las ediciones de libros. Estos opositores a Dylan perciben y viven la literatura como una herramienta para alcanzar un fin: económico, político, social o laboral. No entienden que la literatura es un arte y, como arte, su única exigencia es la libertad.

Pero sobre todo, no conocen el concepto. La RAE define el término “literatura” en su aspecto estético como: “Arte de la expresión verbal. / Conjunto de las producciones literarias de una nación, de una época o de un género. La literatura griega. La literatura del siglo XVI. / Conjunto de conocimientos sobre literatura. Sabe mucha literatura. / Tratado en que se exponen conocimientos sobre literatura”.

¿Ya se dieron cuenta? Hasta dónde puede verse el concepto no engloba “libros”. Y en inglés pasa igual. El Oxford Dictionary define “Literature” como “written works, especially those considered of superior or lasting artistic merit”. Y sólo en su segunda acepción menciona a los libros pero al mismo nivel de “escritos”: “Books and writings published on a particular subject”.

Conforme a lo anterior, si el Premio Nobel es de “Literatura” por supuesto que está muy bien otorgado a Bob Dylan. ¿Qué, no escribe textos? ¿Qué, no trata el lenguaje con un matiz estético? ¿Qué, no sus canciones fueron creadas a partir de la métrica, la rima, las figuras retóricas?

Considerar a la “literatura” tan sólo como la obra que aparece en el formato libro es desconocer la propia historia de la disciplina. En el siglo XVI empezó la distribución masiva de libros y sólo hasta el XIX, y en Latinoamérica, hasta el XX, se gozó de una verdadera democratización de la lectura. Antes, muy pocos podían acceder a los libros y, menos aún, sabían leer.

Durante los otros 40 mil años de historia de la humanidad, la literatura pasó de generación en generación por medio de la oralidad. Y en la armonía, la melodía y el ritmo, es decir, en la música, la palabra encontró su medio propicio para andar por el mundo. Desde Homero hasta los cantares de gesta, desde Shakespeare hasta Ramón del Valle-Inclán, desde José Hernández hasta Nicolás Guillén, han encontrado en la oralidad un rico afluente para nutrir sus versos.

Y por debajo de los nombres y títulos y premios y publicidad, pero a su mismo nivel, corre la literatura tradicional donde leyendas, canciones, fábulas, crónicas hermanan no a una nación, sino al mundo entero. ¿Qué cultura no tiene su diluvio?

Lo que más cala entre los detractores del Nobel a Dylan es precisamente que nos recuerda que la literatura no es un espacio reservado sólo para los iniciados, los que se creen tocados por dios, y que la literatura oral está más presente que nunca y, sobre todo, es la que más llega a los lectores. Nos recuerda que la literatura es un ente vivo, que se goza, que hace del mundo un lugar más amable, y no una nómina de obras, muchas de ellas insufribles, que sólo hacen de la tradición un enorme cementerio.

Si otros autores candidateados, como Adonis o como Phillip Roth, son mejores que Dylan, esa ya es otra cuestión. Siempre los premios, y más el Nobel, estarán encaminados a la discusión. Lo que sí es seguro es que ninguno de los otros nominados es tan conocido, por eruditos y por simples amantes de la música, como Dylan, el hombre que no nació llorando, sino que reclamaba una guitarra para componer su primer blues.

https://www.youtube.com/watch?v=fWaP3jfZpXE

Cómo apostar por el Premio Nobel de Literatura 2016

Por: Xalbador García

 

El Premio Nobel de Literatura es como un tatuaje. Te hacer ver muy chingón, pero no sirve de mucho más allá de la publicidad. Las letras de Borges, Cortázar o Reyes no se nublan un ápice por carecer del galardón. Tampoco el reconocimiento abonó a la luminosidad de la obra de Paz, Coetzee o Pamuk. Se trata de un homenaje a enormes figuras literarias que pone en la vitrina global a escritores con un cariz de exotismo o reafirma el valor de autores ya con un eco internacional incuestionable.

Este año la Academia Sueca ha retrasado una semana el anuncio del Premio Nobel de Literatura 2016. La decisión (que además me permitió escribir estas líneas) ha provocado el aumento de las versiones respecto a que diversos intereses políticos, económicos y culturales están en juego con la nominación.

En medio de tales rumores, las apuestas se han incrementado. No estoy hablando de ñoños aventurando su colección de Star Wars por alguno u otro candidato, como sucede en un capítulo de Los Simpson, sino de dinero de verdad.

https://www.youtube.com/watch?v=C04hqTcd1wA

Hasta el viernes pasado, la casa de apuestas deportivas Ladbrokes daba los siguientes números y protagonistas de la justa: Haruki Murakami paga 4 a 1; Adonis, 6 a1; Philip Roth, 7 a 1; Ngugi Wa Thiong’o, 10 a 1, y la única mujer en la lista, Joyce Carol Oates, 14 a 1.

Sin embargo, en las últimas horas las posiciones se han movido dando un giro inesperado a la competición (lo que me chingó y, por tanto, tuve que reescribir estas líneas). Hoy domingo el líder ya es el keniano Ngugi Wa Thiong’o que paga 4 a 1. Le siguen Murakami con 5 a 1; Adonis, 7 a 1, y se ha rezagado Philip Roth con 12 a 1. En esta nueva lista se ha colado el polígrafo noruego Jon Fosse que está empatado con el norteamericano.

¡Y arrancan!

El favorito de los apostadores, Ngugi Wa Thiong’o (su obra ha sido editada en nuestro país por El Colegio de México) es uno de los intelectuales africanos más importantes de los últimos tiempos. Su defensa de la literatura tradicional (aspecto que los exquisitos “intelectuales” en México desconocen y por eso dijeron tanta pendejada sobre Juan Gabriel: saludos a Christopher Domínguez); decía: su defensa de la literatura tradicional y el cultivo del “Kikuyu”, lengua oriunda de su país, le han dado un lugar privilegiado en las letras universales.

Como Cervantes, Wa Thiong’o tuvo que seguir tejiendo sus historias desde la cárcel. La aprehensión, por haber denunciado las atrocidades del régimen postcolonial en Kenia. Tras largos años en el exilio regresó a su país, pero fue acosado en 2004 y salió nuevamente al extranjero. Actualmente es profesor en la Universidad de California.

Por su parte, el todopoderoso Yaqui Chang de la literatura japonesa ha ganado la simpatía de millones en el mundo. 1Q84, Tokio Blues y Kafka en la orilla son apenas una gavilla de sus obras más populares. Como una muestra más de la avalancha cultural asiática de los últimos años (¿usted cuántos pokemones ha cazado?), los libros de Murakami han anidado extraordinariamente en las generaciones jóvenes. Si es el galardonado este año, la Academia Sueca habrá establecido un referente: El Nobel es también para los hípster.

De su lado, el poeta sirio radicado en Francia, Ali Ahmad Said Esber, el gran Adonis, aparece desde hace años entre los nominados. Desde hace años también se sabe que es complicado que le otorguen el premio. Su poesía no desluce entre la nómina de los galardonados:

“Desciende conmigo por el tragaluz de las tinieblas

al lugar donde habita el tiempo roto

para que el lenguaje sea

un poema que se viste con el rostro del mar”.

Lo que afecta su candidatura es el discurso político que sostiene. Es de los pocos intelectuales que han criticado el uso de la religión con matices extremistas, la violencia del islam político. Pero al mismo tiempo ha denunciado la hipocresía de Occidente para combatir de manera efectiva a los grupos terroristas y guiarse “solo por sus intereses económicos”. La politización del Nobel sería inevitable si lo alcanza Adonis. Situación que, ante lo revuelto del Mundo, parece imposible.

Philip Roth es el cuarto en la lista. Yo me uno a quienes creen que es necesario que el norteamericano logre el Premio. Por supuesto, la Academia Sueca guarda nuestras opiniones en la bolsita de las cosas que le valen madre, pero igual hay que decir algo. El lamento de Portnoy, su gran obra, es una extraordinaria pieza de ironía con matices de candidez. Pero sólo es la punta del iceberg Roth.

Pastoral americana, Me casé con un comunista o Sale el espectro son libros que hay que leer. Roth tiene 83 años de edad. Parece el momento idóneo para que sea reconocido con el Nobel y, cuando sea entrevistado por el galardón, diga sin cortapisas lo estúpido que puede ser un país por considerar a un pendejo como su posible presidente.

Joyce Carol Oates y Jon Fosse parecen lejos en las encuestas, pero en la realidad gozan de los suficientes méritos para ser premiados. La profesora de la Universidad de Princeton es reconocida por el tono de sus textos. Tono donde el humor negro y el dramatismo se funden para presentar a personajes inolvidables o a famosos de la talla de Marilyn Monroe o Myke Tyson. De ganar, usted puede ser de los primeros en felicitarla en su cuenta de Twitter: https://twitter.com/JoyceCarolOates

Mientras que a Fosse no hay género que se le resista. Poesía, narrativa, literatura infantil, ensayos y dramaturgia son veredas de su literatura. Sus logros más importantes los ha conseguido en el teatro. Es un hito en Noruega e incluso se le considera el Ibsen de nuestro tiempo.

La tarjeta de Don Lama

Entre todos estos literatos de primer orden yo voy por Philip Roth. Pero no estoy tan seguro. Al igual que la Academia Sueca que siempre tiene un Plan B, pongo un tercio de mis fichas en una segunda casilla: Milán Kundera. Y el resto a Pere Gimferrer, el poeta catalán que muy pocos mencionan (en realidad sólo yo), pero que siempre es una carta que pueden jugar los suecos tan dados a parecer eruditos exóticos frente al mundo. Si el próximo jueves el Nobel de Literatura cae en uno de estos tres, usted no sea cabrón y deme el crédito. Mientras esperamos, siempre podemos bailar con una rola totalmente literaria:

https://www.youtube.com/watch?v=itEgUJOoZ34