Tres encuentros entre Fidel Castro y Octavio Paz

 

Por: Xalbador García

I

captura-de-pantalla-2016-11-29-a-las-11-09-25-a-mParís, 1968. Tras la masacre de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, Octavio Paz decide retirarse de la Embajada de México en la India. Lleva acabo un viaje rumbo a Europa junto a su esposa Marijo. En Barcelona el poeta sufre una decaída física. El malestar hace que al llegar a París, lo primero que haga es ir a consulta. A los 54 años de edad su talante de fumador le empieza a cobrar factura. El dictamen del médico es tajante: “Usted está muy enfermo y lo que tiene que hacer es dejar de fumar, si no se quiere morir”.

Todo fumador conoce la dificultad de renunciar al cigarro. Es aún más complicado cuando éste se ha vuelto compañero de trabajo durante las madrugadas de escritura. Paz busca por lo menos un paliativo. Le cuestiona al médico: “¿Ni si quiera puedo fumar un puro?” La respuesta es esperanzadora: “Por un mes o dos, fume puros”. El poeta no se encuentra tan desamparado después de todo. Podrá atenuar la ansiedad del cigarrillo.

Esa tarde, en la capital francesa, se encontraría con Julio Cortázar, con quien compartía una amistad no siempre tersa, debido a sus perspectivas políticas. El argentino estaba fascinado por la Revolución Cubana, sobre todo por la figura del Che. Por tanto, se mantenía cercano al proceso en la Isla. En la reunión, Paz le contó lo sucedido horas antes en la consulta, a lo que Cortázar respondió: “Hombre, Fidel Castro me ha regalado una caja de puros habaneros. Yo no fumo y te la regalo”. En entrevista con Braulio Peralta, Paz recuerda: “Acepté y durante una temporada me fumé la caja de puros que Fidel había regalado a Julio Cortázar. Así pude pasar del tabaco a la abstención”.

II

La literatura mexicana de la primera mitad del siglo XX tiene al café como un lugar privilegiado para su cohesión. Espacio de encuentro, de disputa e incluso de definición política y gremial, los cafés de la Ciudad de México son imprescindibles en la historia de nuestras letras. El más famoso de estos establecimientos fue el Café París, que había iniciado en la calle de Gante y después cambió de dirección hacia Cinco de mayo.

A la llegada de los españoles republicanos en 1939 se abrieron nuevos negocios con el castromismo giro para darles cabida a los intelectuales exiliados. Entre los más importantes se encontraban el Madrid, el Sevilla, el Fornos, el Betis, el Papagayo y el Tupinamba. El primero estaba ubicado en Artículo 123. Hasta ahí llegaba el joven Octavio Paz para ver a los amigos españoles que había conocido durante el Congreso de Escritores Antifascistas, llevado a cabo en Valencia en 1937, en plena Guerra Civil.

En el Madrid charlaban sobre proyectos literarios, discutían el horizonte ya nublado por la Segunda Guerra Mundial y exponían ideas políticas donde no siempre la charla resultaba amena. El corro se parecía mucho al que varios años después, entre 1955 y 1956, ocuparía las mesas del mismo establecimiento. El nuevo grupo era singular. Hablaba también de proyectos futuros, muy poco de literatura, pero acaloradamente de política. Lo encabezaba Fidel Castro. El mantel del Café Madrid siempre olió a pólvora.

III

En sus últimos años, Octavio Paz escribió: el socialismo “es una de las tradiciones más nobles de la historia moderna” y “el socialismo es, quizá, la única salida racional a la crisis de Occidente”. En el discurso efectuado en 23 y 12, frente al Cementerio de Colón, el día 16 de abril de 1961, Fidel Castro pronunciaba: “Compañeros obreros y campesinos, esta es la Revolución socialista y democrática de los humildes, con los humildes y para los humildes. Y por esta Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes, estamos dispuestos a dar la vida”.

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“¿Podemos decir que Borges viajó a México o de alguna manera México ha viajado con Borges?”

 

Por: Tobías Albero

borges7Acabo de leer la excelente colaboración “Cómo no dormirse en los congresos”, publicada en esta misma página, y no puedo estar más en desacuerdo. Pase que un congreso es un “sufrimiento académico”; pase que es la “creación de una mente perversa”; pase que hay que ser “el primero en llegar”; pase que haya que “aprovechar ese momento de concentración”; pase que es necesario “evitar las exposiciones peligrosas”; pase que uno “se burle de los demás”;  pase que “uno cometa una impertinencia” o dos o tres o cinco; pero de ninguna manera pase el ejemplo en forma de interrogación, “¿Podemos decir que Borges viajó a México o de alguna manera México ha viajado con Borges?”. La pregunta me parece un no es sí frívola, como aventada al desgaire o al descuido, no sé si cercana a una falta de respeto o próxima a una desmitificación del Borges académico, ese autor de receta y manual con exégetas propios en orden de batalla. No dudo de que Borges mismo hubiera consignado la pregunta, pero de ninguna manera un académico especialista en Borges y, mucho menos, un neófito que juega con congresistas en este caso especialistas en Borges. Porque Borges no es cualquier autor, es el autor. Es más, ni siquiera es el autor, sino el autor que los especialistas en Borges han decidido que es. Por lo tanto, es el autor de ellos, que no es propiamente el autor, pero que es el que es. De aquí a Yahvé sólo hay un paso, pero un paso dado. Borges es Yahvé. Si en la luna se dio un pequeño paso para el hombre, pero enorme para la humanidad; el Borges de la academia no es ni pequeño ni enorme, es directamente divino.

De manera que ¿Dios necesita viajar a México? ¿De verdad nos vamos a creer que Dios hecho Borges por la academia cometería la banalidad de trasladarse a estos lares? Claro, se me dirá que, en efecto, viajó a México, de hecho yo mismo resguardo unas fotografías con diferentes escritores en que se distingue al propio Borges junto a Ernesto Mejía Sánchez, Luis Mario Schneider, etcétera; pero eso no quiere decir de manera alguna que a la vez no estuviera y está en todas partes al mismo tiempo. Desde luego, estuvo en México, pero también y a la vez en Burdeos, San Petersburgo, Ciudad del Cabo, Génova, Dijon, Birmingham, La Paz, La Habana que está ahora tan de moda, etcétera. Por lo tanto, es una estupidez que alguien diga que “Borges viajó a México en 1976” y, más aún, que quien quiere sobrevivir a un congreso pregunte por “el sentido último de ese viaje”. Esta pregunta, siempre hay algún pendejo o muchos, sólo la puede realizar un especialista en Borges, pero lo más posible es que no la haga porque Dios no puede estar en un sólo lugar. Y negar la divinidad de Borges es negar la de algunos especialistas mexicanos en Borges. No hay duda de que el propio Borges se reiría de algunos especialistas mexicanos en Borges, entre otras cosas porque no saben hacer la o con canuto, pero sobre todo porque no se le escaparía el modo avieso de revestir resentimientos y complejos en un ejercicio inobjetable de transferencia. No es una cuestión de escasez física, aunque en este caso coincide. Hasta el momento tanto la afirmación de la estancia mexicana de Borges como la consecuente pregunta resultan prescindibles dada su imposibilidad especializada. Más oportuna, sin colmar las expectativas, es la que titula estas líneas: “¿Podemos decir que Borges viajó a México o de alguna manera México ha viajado con Borges?” Si Borges no viajo a México por lo ya apuntado, debemos concentrarnos en el segundo término de la disyunción: “¿de alguna manera México ha viajado con Borges?” Formulémosla de otro modo: ¿de alguna manera México ha viajado con Dios? No parece que pueda México viajar con Dios, sobre todo porque Dios no viaja. Por lo tanto, México no puede viajar con Borges; en cambio, puede viajar por México la tribu de especialistas mexicanos en Borges. Se trata de la modalidad del viaje por procuración a la que se destina una partida significativa de los impuestos. Además, Borges no puede viajar por México por el hecho de que puede toparse repentinamente con alguno de sus especialistas. Pero por emanación, delegación y procuración quizás sí puede concluirse que “México ha viajado con Borges” puesto que los especialistas mexicanos en Borges viajan a menudo para descifrar ante auditorios repletos aquello que no es Borges pero que es el Borges de ellos. Por lo tanto, México no viaja con Borges, pero sí viajan los especialistas de Borges que, a pesar de Borges, consideran que es como si viajara Borges.

De manera que nos enfrentamos a un problema de difícil resolución en México, puesto que Borges autor, no es ni Borges ni autor, sino el Borges y el autor de los especialistas mexicanos que viajan por diferentes lugares con la amenaza de encontrarse con Dios, quiero decir Borges, que seguramente se moriría a carcajadas –es una imagen hiperbólica porque Dios no se muere aunque debe reírse mucho– al escuchar tantas tonterías. Por tanto, la única pregunta verdaderamente cabal es la última, “¿Quién es Borges?”, aunque “todos suelten una carcajada –incluido el expositor– darán por concluida la mesa y quedará usted como un auténtico héroe”. La risa y el fin de la mesa no deben distraernos, a Borges le encantaría esta pregunta pero no a algunos especialistas mexicanos en Borges, a quienes los especialistas argentinos en Borges desprecian. De manera que, en caso de formularse tal pregunta, el asistente debería dirigirse a quien respeta a la literatura y no a quien la utiliza de pretexto. Entonces, no sólo sería un héroe el que pregunta sino también el interrogado, porque la literatura es sobre todo épica.

 

Sirens y el humor cotidiano

Sirens y el humor cotidiano

Por: Ernesto Sánchez

mv5bmtuxntuxmdq5nv5bml5banbnxkftztgwndqxnzeymte-_v1_uy268_cr120182268_al_Ya desde Seinfeld veíamos nacer en la televisión una especie de humor basado en los diálogos de la vida cotidiana, que generalmente, admitámoslo, no tienen lo más mínimo de profundidad ni de sentido. Y es que, la mayoría de las veces, se habla sólo por hablar, por seguir conectando oraciones para pasar el rato. Sin embargo, cuando se tiene una cierta amistad con alguien, se puede lograr que estos diálogos oscilen entre el ingenio y el humor de una manera sumamente entretenida.

Sirens (2014-2015), una serie hecha por Bob Fisher (We´re the Millers, Wedding Crashers y Traffic light) y Denis Leary (Sex&Drugs&Rock&Roll y Rescue Me), nos entrega eso: el humor sin tapujos y sin corrección política. Porque, seamos sinceros, si algo ha hecho la corrección política es servir de mordaza para que los mejores chistes no se propaguen por la calle. No obstante, algunos programas de televisión han hecho de la poca corrección política moneda de cambio, y por mucho reflejan con más acierto ya sea una crítica o bien una realidad más precisa que cualquier otro programa que se mantiene dentro de los límites de la censura social.

Sirens es un programa que resalta el humor de la cotidianidad, y desde este sentido se encuentra una sinceridad en los diálogos, un tono familiar en las puntadas que se acerca a lo que nosotros llamamos “carrilla”. La trama de la serie es relativamente sencilla, sigue la vida de tres paramédicos en la ciudad de Chicago, Johnny (Michel Mosley), Hank (Kevin Daniels) y Brian (Kevin Bigley), en situaciones que se desprenden de su trabajo y vidas personales. El personaje de Johnny es el típico hombre con problemas de compromiso, los cuales provocan altibajos constantes en  su relación con Theresa (Jessica McNamme), una policía que anhela la superación laboral y la seguridad de una relación estable. Ahora bien, el personaje de Hank contradice el estereotipo que se presenta de manera recurrente de la figura del gay; Hank es un negro que no toma bebidas afeminadas ni baila ni canta, sino que se presenta como la versión de casanova que generalmente se atribuye al “macho”. Brian, por otro lado, es el muchacho entusiasta e inocente que acaba de llegar a esta línea de trabajo; por eso, es el foco de los dobles sentidos y las practical jokes de los otros dos, pero también el que hace una especie de goma que los une. En realidad, es la convivencia con los compañeros de trabajo lo que refleja la idea de la familia moderna que se basa totalmente en el concepto de amistad.

Si no buscan un sentido profundo, una serie que los vaya a mover o los inspire a cambiar su vida (caminar senderos, trepar montañas o viajar, inesperadamente, a la India), Sirens, sin duda, se presenta como una opción para pasar un buen rato, reír y reconocerse en el humor de la vida cotidiana.

Un año que dice mucho

Por: Ernesto Sánchez

gallery-1476795808-gilmoregirls-1sht-spring-ukGilmore Girls apareció por primera vez con el cambio de siglo y duró siete temporadas. Durante estos años, el programa se hizo de una horda de fanáticos que disfrutaban el formato sencillo, el cual tenía casi todo su soporte en la rapidez de un diálogo lleno de guiños y referencias que iban de la cultura pop hasta intrincadas referencias literarias. No obstante, la trama siempre fluctuó a problemas, si se le pueden llamar así, de los tres personajes principales: Emily, Lorelai y Rory; tres generaciones de mujeres Gilmore.

Hay que decir que no fui de aquellos que esperaban cada semana a que saliera un nuevo capítulo; recién a principios de este año vi la serie en Netflix (sí, adicciones del siglo XXI), y no puedo negar que la disfruté, sobre todo por la manera ágil en que se desenvolvían los diálogos. Ahora bien, esta empresa lanzó bajo su sello, este 25 de noviembre, una serie de cuatro capítulos que presentan la evolución de esos personajes entrañables para muchos, explotando, como es tendencia, un elemento que ha resultado beneficioso más para los bolsillos de las empresas que para los espectadores: la nostalgia.

Ahora bien, divididos en las estaciones del año (“Winter”, “Spring”, “Summer”, “Fall”), y con un formato que oscila en promedio en una hora y media por cada uno, los capítulos reflejan diferentes etapas en un periodo de transición de la vida de las Gilmore. Un mundo sin Richard, el esposo de 50 años de Emily, padre reacio de Lorelai y abuelo consentido de Rory, es suficiente para que la presentación tenga esa vuelta de tuerca que se necesita para que no parezca una simple repetición. Esto va a la par de la distancia que dan los casi 10 años desde el último episodio de la serie, pues refleja una marcha interesante de los personajes. Emily, mujer determinada y empoderada por una riqueza ridícula, ahora se ve fracturada por la ausencia de su marido, y hasta cierto punto, el cambio, parece liberar a una mujer estancada en la rutina frívola de la high society.images

La evolución de Rory, por otro lado, es algo que vimos desde las primeras siete temporadas, desde una niña con metas por entrar a Harvard, las inseguridades de adolescencia, su primera borrachera, su primer affair, sus fracasos y éxitos y sus tres novios cardinales: Dean, Jess y Logan, que ahora sólo tienen pequeñas intervenciones, y sirven más para dibujar el contorno del personaje de Rory que para otra cosa. Lo que se deja claro en esta nueva serie es que la inocencia de la pequeña chica Gilmore ya está completamente borrada, pues ahora se presenta como “la otra” de Logan, al tiempo que mantiene una relación de más de dos años con un novio que ni siquiera vale la pena recordar como para romper con él; sin embargo, también dibuja una mujer que es segura en muchos aspectos de su vida personal al tiempo que enfrenta esa faceta (tan cercana a todos) de incertidumbre en el campo laboral. Sin duda, los tropiezos de este personaje son congruentes con su evolución previa y el desenlace de estos cuatros capítulos queda abierto también gracias a ella (sólo habría que esperar si Netflix se arriesgará con otra entrega).

Lorelai, o la chica que desafió a su apellido, por otro lado, se presenta como un personaje que no ha evolucionado, si bien ahora mantiene una relación con Luke (evidente desde la primera temporada), sigue enfrentando “problemas del hombre blanco”. Por lo que si se encuentra una especie de tedio en esta serie es debido a este personaje, pues tiene un hostal exitoso, pero quiere expandirse o no tiene los colaboradores que quiere; tiene el amor de su vida, pero aún no está casada; tiene una mala relación con su madre, pero, durante casi 40 años, nunca le hace frente. Es decir, quién no se encontraría fastidiado ante la idea de una mujer idealizada como independiente, pero que toda su vida gira en torno a “matrimoniarse”, o bien, que tiene la habilidad de hacer uso del sarcasmo y la ironía suficientemente bien como para irritar a sus padres al punto del desquicio, pero carece del coraje para hablar directo y mantener su postura y se quiebra después en llanto o huye ante la mínima controversia.

Ahora bien, más allá de la evolución de los personajes, que son todo en este nuevo aporte, queda más que una desilusión. En primer lugar, los capítulos son muy largos, y en momentos se incorporan escenas que, más que aportar algo a la historia, pareciera que están ahí sólo para cumplir con la meta de tiempo. En segundo lugar, al agregar elementos que reflejan una realidad no acorde a lo que se presenta, como la intervención de chefs de talla mundial y celebridades de televisión para suplantar a una muy ausente Sooky en la humilde cocina del DragonFly, la relativa “pobreza” de las chicas Gilmore se ve cuestionada (no que haya sido tal alguna vez, hay que recordar que en los peores momentos financieros las chicas tenían casa, carro, trabajo y gastaban fortunas en montañas de comida que –yo digo, aunque el guion diga lo contrario- terminaban en el cesto de basura). En tercer lugar, las intervenciones de los personajes extranjeros, representados como los sirvientes de los señores Gilmore o el muy esporádico cocinero de Luke, se ven esbozados de manera ridícula y representados con estereotipos que sólo confirman la serie como lo que es: un programa de blancos sobre problemas de blancos. Por último, y probablemente uno de las más significativas carencias de este nuevo aporte, aparecen los diálogos que hicieron esta serie famosa pero que ahora sólo son la sombra de aquellos mejor pensados hace una década.

A pesar de todo ello, Girlmore Girls: a year in the life debe de agradar a este basto grupo de seguidores que se consolidó hace años. Pues qué otra cosa se busca al explotar la nostalgia sino evocar lo que alguna vez se sintió, y quién no busca, casi por cualquier medio, encontrarse una vez más repitiendo una historia que el olvido va deteriorando. Empresa destinada al fracaso, diría yo, o a la decepción, alguien más entusiasta, o al éxito, alguien que hace del solo recuerdo de una sensación una experiencia memorable. Y en este último grupo se encuentra el grueso de los fanáticos.

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Cómo no dormirse en los congresos

 

Por: Anuar Jalife

congresosMuchos creen que la vida académica es sencilla y autocomplaciente, que se trata de pasar unas horas al día cómodamente sentado escribiendo o leyendo o hablando sobre cosas que a nadie le interesan. En esencia de eso se trata, es cierto. Pero el mundo académico también está lleno de sufrimientos que pocos imaginarían y que muchos menos estarían dispuestos a soportar. Entre las pruebas más duras que hay que sobrellevar se encuentran una serie de reuniones denominadas de distintas maneras pero que pueden agruparse bajo el  nombre genérico de congresos. Creación, sin duda, de una mente perversa que imaginó a un grupo de personas indefensas expuestas a la verborragia de unos pocos durante largas jornadas, sin más provisiones que café rancio y galletas ídem.

Yo que he padecido estos eventos sin otra ayuda que mi fuerza de voluntad, quisiera aligerar los tormentos de mis colegas con algunos consejos fáciles de aplicar en congresos, coloquios, encuentros, presentaciones editoriales, conferencias magistrales, cónclaves políticos, misas negras y toda suerte de eventos afines. Desafortunadamente, mi experiencia se reduce al mundillo literario, pero si alguna de las siguientes exhortaciones resultan útiles a alguien fuera de tan tedioso medio, entonces mi tarea estará más que cumplida.

Al lector le aseguro que de seguir las advertencias aquí reunidas será capaz no sólo de permanecer despierto en dichos eventos sino aun de parecer auténticamente interesado.

  1. Sea el primero en llegar. Usted pensará “voy a un evento contra mi voluntad, a pasar horas confinado, rodeado de gente desagradable y encima de todo debo ser puntual”. Pues sí, y más que ser puntual, debe ser el primero en llegar. Si usted, como el 98.7% de los asistentes a congresos va enviado a la fuerza, llegar temprano es el primer paso para cumplimentar con éxito todos los demás, comenzando por el segundo que es ocupar un lugar estratégico.
  1. Ocupe un lugar estratégico. En los congresos como en la vida, todo se trata de estar en el lugar correcto en el momento correcto. Y en los congresos este lugar es un asiento en la última fila junto al pasillo a primera hora. Las ventajas de seguridad son obvias: poder huir corriendo, empujando y gritando en caso de un incendio o un terremoto —para luego escribir una exitosa crónica intitulada El último día de Fulano, Sutano y Perengana: constelación extinta de nuestras letras—. Esta ubicación clave ofrece, además, ventajas políticas, pues los que entran piensan “Qué hombre tan formal, es el primero en ocupar su lugar” y los que salen “Chin… Este ya me vio que me fui temprano”. Además, ocupar ese asiento privilegiado le permitirá salir a placer sin ser visto por el resto de la concurrencia y reingresar al recinto sólo para los momentos estelares: hacer una pregunta impertinente, saludar a una vaca sagrada, platicar con las edecanes, cada vez más escasas en nuestro empobrecido medio, etcétera. (Este lugar, además, lo librará de ser objeto de juegos como el expuesto en el inciso 5).
  2. Aproveche ese momento de concentración, no se repetirá. Una vez que se ha ocupado este lugar, se tiene la posibilidad de pasar la mayor parte del tiempo fuera del auditorio con el pretexto de fumar un cigarro, ir al sanitario o atender una llamada imaginaria; sin embargo, es imprescindible, como se verá, pasar unos minutos adentro, escuchar y aun poner atención a las palabras del expositor en turno. Estos momentos de concentración son oro molido y no deben malgastarse cuando se presentan, pues como demuestran algunos estudios recientes el lapso de atención promedio de una persona en un evento académico es de 3.9 minutos. Es poco tiempo y diversos factores pueden reducirlo todavía más. Por ejemplo, si el que habla es un anciano parsimonioso se restan 14 segundos; si es una señora copetona, 28 segundos; si es un joven con rictus de cocainómano, 32 segundos. La pronuntiatio también afecta nuestra capacidad de atención, cada vez que un ponente dice “abro comillas, cierro comillas” nos resta 3 segundos de atención; si dice “principio de cita, fin de cita”, nos resta 4; si después de esto añade “la traducción es mía”, nos quita otros 6; si es una de esas profesoras norteamericanas que lleva en México 50 años (de los 52 que tiene de vida) pero siguen hablandou así, son 39 segundos menos. Finalmente, el tema es de suma importancia para determinar el tiempo que podremos concentrarnos: si se trata de un autor contemporáneo, amigo del ponente, hay que restar 36 segundos; si es sobre el carácter fenomenológico de la obra de quien sea, 44 segundos; si es sobre feminismo, 58 segundos; si es sobre estudios poscolonialistas, hay que restar 1 minuto con 11 segundos; si esa misma conferencia involucra teóricas feministas poscolonialistas —según lo demuestran las últimas investigaciones— el cerebro entra a un estado similar a la fase Delta o de sueño profundo; por último, si se trata de teóricas feministas-poscolonialistas-fenomenólogas contemporáneas amigas del ponente se corre el riesgo de quedar en estado catatónico.
  3. Evite las exposiciones peligrosas. Como se puede ver las posibilidades de irse de bruces o terminar babeando el hombro de la persona de a lado no son pocas. Por eso es necesario seleccionar bien la mesa en la que se tratará de poner atención. Yo tengo un método morfológico-estadístico que resulta infalible para descartar las ponencias más peligrosas. Basta con hojear el programa y revisar los títulos: si éste incluye los prefijos post-, trans-, intra-, sub-, meta- en combinación con los sufijos -dad o -al hay que encender los focos de alarma. Si el porcentaje de las palabras formadas con estos elementos rebasan el 50% del título, hay retirarse del lugar o asistir pero usando tapones industriales para los oídos. Así, por ejemplo, a una conferencia intitulada Transdisciplinariedad, metatransgresión y subalternidad escritural en la literatura posmoderna no debe pararse usted a menos que esté buscando entrar en un coma inducido.
  4. El tiempo pasa volando cuando uno se burla de los demás. Si después de sortear todos estos obstáculos ha logrado retener algo de lo dicho por el expositor, debe anotarlo inmediatamente en una libreta con toda la morosidad posible. No hay nada más elegante en un congreso que observar a un asistente tomando notas. Hecho esto, no debe relajarse pues es entonces cuando comienzan los cabeceos, bostezos y ronquidos. La atenta observación es una de las herramientas que mejor pueden ayudarle a sobrellevar esos agónicos minutos. Yo recomiendo el tijeretazo vil: examine calvas y peinados ridículos, trajes de primera comunión y corbatas chingamelavista, tics nerviosos y miradas lascivas, cuellos percudidos y hombros casposos. Lo importante es observar, verá que el mundo académico es muy generoso en este sentido.
  5. Pregunte algo, no importa que sea una impertinencia. Cuando asista a un congreso, deje su vergüenza intelectual en casa. En los congresos lo importante es darse a notar. Si ha llegado hasta este paso puede estar seguro de que se ha convertido en todo una animal académico. Para coronar su éxito debe lucirse con una pregunta. No se preocupe si desconoce por completo el tema o si no ha escuchado una sola palabra de lo expuesto. En los congresos se cultiva el viejo arte de preguntar por preguntar. Es una sádica costumbre que se practica sobre todo en las últimas mesas del día o en las que anteceden la hora de la comida. Para formular una pregunta de congreso sólo hace falta elegir una frase o palabra al azar de las que haya escuchado en la exposición y cuestionar el sentido en el que ha sido empleada. Por ejemplo, si durante una exposición alguien dijo “Borges viajó a México en 1976”, usted sólo tiene que reordenar los elementos y darles la forma de una sesuda pregunta como “Pero, ¿cuál sería el sentido último que tendría este viaje de Borges a México?” o si quiere ser más metafísico “¿Podemos decir que Borges viajó a México o de alguna manera México ha viajado con Borges?” Lo importante es preguntar. Recuerde el que pregunta no se equivoca. Si verdaderamente no tiene ni idea de lo que se está hablando, pregunte lo más sencillo y pasará como un hombre con sentido del humor. En nuestro ejemplo, podría usted levantar la mano e inquirir con auténtica curiosidad “¿Quién es Borges?”. Todos soltarán una carcajada —incluido el expositor—, darán por concluida la mesa y quedará usted como un auténtico héroe.
  6. Coja su constancia, huya y trate de olvidar. Las puertas traseras y la bebida son los mejores aliados de un congresista en fuga. Tire trípticos, carteles, carpetas y todos aquellos objetos que le recuerden el funesto evento. Pase unos días frente al televisor o salga un fin de semana al campo; debe usted recobrar fuerzas para el próximo congreso.

Las últimas horas de Federico García Lorca

Por: Xalbador García

lorca-6El fusilamiento del poeta y dramaturgo andaluz Federico García Lorca continúa hasta hoy siendo un misterio. Por más investigaciones que se han llevado a cabo durante los últimos 50 años, nadie conoce realmente lo que sucedió aquella madrugada del 19 de agosto de 1936, cuando las fuerzas franquistas ultimaron al granadino junto con tres víctimas más.

Las verdaderas causas del asesinato, los conflictos familiares alrededor del caso y los posibles involucrados son piezas que abonan al principal enigma: ¿dónde fue enterrado el cuerpo del poeta? Desde el pasado lunes 19 de septiembre se inició una nueva búsqueda en el municipio de Alfacar. Las exploraciones están basadas en nuevas pesquisas en torno a las últimas horas del dramaturgo.

Sin embargo, posiblemente la verdad histórica no se encuentre en relatos recientes, sino más bien en textos de la época. El más seductor de ellos apareció apenas tres años después del fusilamiento del dramaturgo en Nuestra España, revista editada en La Habana, Cuba, por exiliados republicanos que salieron huyendo hacia América ante el asedio franquista. El título del artículo no puede ser más revelador: “Cómo murió García Lorca”.

La necesidad de un cuerpo

En las últimas páginas de La Ilíada, el viejo Priamo negocia con Aquiles la recuperación del cuerpo de su hijo Héctor. El aqueo acepta la petición del anciano porque sabe que es designio de los dioses la realización de un funeral para todos los caídos. Los vivos deben llorar a sus muertos, verlos antes de su último lecho, compartir el dolor que los hermana. Las exequias son el ritual de paso donde muerte y vida se reconcilian. Pese al sufrimiento por la pérdida, los dolientes pueden aminorar la desdicha tras las ofrendas fúnebres.

Por eso son tan crueles las desapariciones forzadas ocurridas en los últimos años en México. Se vuelven terroríficas las ejecuciones en las que los cuerpos de las víctimas jamás han aparecido. Son miles los padres, los hermanos, las familias que deambulan por las fosas que, cada semana, van apareciendo a lo largo y ancho del país. Si la pérdida es ya de por sí dolorosa, la incertidumbre ante la muerte es agonizante. No hay crimen más perverso que el ocultamiento del horror.

El caso de Federico García Lorca se inscribe justo en este laberinto de la desgracia. Desde su fusilamiento hace 80 años, nadie conoce la ubicación de los restos del poeta. Su asesinato fue uno de los más brutales cometidos por las fuerzas franquistas al iniciar la guerra civil española. Pero la herida, hasta el día de hoy, sigue abierta. Los intentos de los últimos años para encontrar los restos del dramaturgo han resultado estériles, por lo que una de las páginas más oscuras de la literatura universal está aún inconclusa.

En un nuevo intento por conocer el último paradero del cuerpo de García Lorca, el día de hoy, 19 de septiembre, inicia una nueva búsqueda en Peñón del Colorado, Alfacar. Las nuevas teorías establecen que, en la zona, se encontrarían las osamentas del maestro Dióscoro Galindo y de los banderilleros anarquistas Francisco Galadí y Joaquín Arcoyas. Los tres fueron fusilados junto al poeta, a quien el mundo entero lloró aquel agosto de 1936, cuando se supo de su aniquilamiento. Hallar los restos de las otras víctimas conllevaría al hallazgo de los restos del poeta.

García Lorca y México

En México, país donde se esperaba a García Lorca desde años atrás, el asesinato del granadino caló hondo. La vida cultural y literaria de nuestro país conocía y amaba su obra desde los años veinte. Fue así que el dolor unió generaciones e ideologías en pugna. Personajes como el polémico Salvador Novo o el joven poeta Efraín Huerta, por esos años enemigos desde las páginas de la prensa, sintieron pesar por el andaluz. Las franquistas “habían sacrificado en aras de la barbarie del siglo XX al más significativo de los artistas de habla española”, escribió el joven Huerta como muestra de su congoja.

Los mexicanos sabían que si no se hubiera dado la captura, era casi seguro que el gran lorca-5Federico hubiera llegado a nuestro país. Desde el inicio de las hostilidades, el gobierno de Lázaro Cárdenas apoyó a la República. Le había vendido armas y, al mismo tiempo, abrió los puertos y las fronteras nacionales, a fin de acoger a cientos de exiliados españoles de todas las clases, profesiones y edades. Desde los famosos “Niños de Morelia” hasta campesinos, editores y obreros fueron alcanzando costas nacionales.

Siguiendo las mismas rutas un gran número de intelectuales arribó a México. La Casa de España en México, luego convertida en El Colegio de México, fue uno de los primeros refugios para que se integraran a la dinámica cultural de nuestro país. Si bien la figura de García Lorca nunca apareció en el horizonte, su obra sí conoció nuestro territorio. José Bergamín traía consigo el manuscrito del libro Poeta en Nueva York, junto a la nota que el andaluz le había dejado en la redacción de su revista Cruz y Raya antes de partir al fatídico viaje rumbo a Granada: “Querido Pepe: He estado a verte y creo que volveré mañana. Abrazos de Federico”. Para Lorca, el mañana nunca llegó.

Los secretos de los exiliados

Así como cientos de catedráticos, artistas, escritores, arribaron a México, otros encontraron refugio en otros países del continente. El reconocido impresor Manuel Altolaguirre tuvo que desembarcar en Cuba por los problemas que aquejaban a su hija Paloma. Con ayuda de los intelectuales cubanos, liderados por José Lezama Lima, en La Habana estableció un programa editorial con su imprenta La Caprichosa.

Diversos proyectos salieron del taller. Proyectos que intentaban que no se apagara la voz de los republicanos españoles. Si la derrota era ya de por sí dolorosa, la pérdida de su territorio se volvía insufrible. En ese momento, la literatura era un medio menguaba la desdicha. Por medio de la palabra podían conservar una historia, su historia, que el nuevo gobierno español borraría en los discursos oficiales. A partir de esos momentos, ellos serían los enemigos, los olvidados, los excluidos de su país natal. Urgía escribir contra el olvido.

Uno de los proyectos más significativos fue la publicación de Nuestra España, primera revista de los exiliados republicanos en América, la cual era dirigida por Álvaro de Albornoz y contaba entre sus colaboradores a integrantes de las fuerzas republicanas que vivían en Cuba o en México. Uno de los más importantes fue José (Xosé) Rubia Barcia, quien antes de salir de España había logrado quemar la correspondencia secreta que la República mantenía con Rusia, con el propósito de evitar que cayera en manos del ejército de Franco.

“A ese también lo matamos nosotros”

En el número dos de Nuestra España, correspondiente al mes de noviembre de 1939, Rubia Barcia presenta el texto “Cómo murió Federico García Lorca”. El relato es escalofriante por su tono intimista y porque revelaría el misterio sobre el destino final del dramaturgo.

Un día de verano de 1937, el autor “fue llamado desde el Cuartel del Almirante, dedicado a prisión provisional de evadidos y prisioneros del campo franquista, en Valencia, para oír la confesión espontánea de un guardia civil de los que formaron parte del pelotón que fusiló al gran poeta granadino. Al parecer, el hombre de campo, sencillo y veraz, se pasó a las filas leales por haberse visto obligado a cometer éste y otros delitos que repugnaban a su conciencia. Nada sabía del poeta, pero una tarde en el ‘Rincón de la Cultura’ del Cuartel vio su retrato, lo reconoció, sin poder ocultar su emoción, y dijo: ‘A ese también lo matamos nosotros’. Así, con esa trágica sencillez, comenzó a hablar. Lo que sigue pretende ser un reflejo exacto, fiel y real de aquel hecho monstruoso, con los nombres de todos los ejecutores de una sentencia que no se sabe, y acaso no se sepa nunca, quién dictó y a qué móviles pudo obedecer”.

Tras esta primera aclaración la crónica es dramática. Narra que el poeta fue apresado en el momento que la propaganda nazi ya había inundado Andalucía. Los carros militares lo condujeron, junto a otros presos, fuera de la ciudad. Los verdugos temblaban. Varios de ellos apenas eran unos jovencitos sin experiencia en fusilamientos. Al frente del batallón encargado de llevar a cabo las ejecuciones iba un hombre identificado como el teniente Medina, “padre de tres curas”. Entre Padul y Granada se detuvo el convoy. Bajaron a las víctimas. Con la luz de los faros besándole el rostro, García Lorca comprendía el desenlace. Se refugió en las palabras para enjuiciar a sus captores:

“Guardias civiles. El Dios que vosotros decís que defienden nunca os perdonará. Como el lobo que está en la selva, hambriento, acechando al cazador, así me habéis cogido vosotros, a mí, para asesinarme. Podéis estar seguros de que los marxistas que, según vuestros jefes, no creen en Dios ni en la Patria, son sin embargo, más creyentes y humanos que vosotros e incapaces de fechorías tales…” Lo interrumpió el teniente Medina: “Cállate. Si sigues, en vez de fusilarte te coseremos a machetazos”.

Las armas descargaron el odio de los hombres. Moribundo García Lorca aún habría respondido: “No os culpo a vosotros por este asesinato, sino al traidor que cree que con mi muerte podrá vivir tranquilo”. Cuando los subalternos preguntaron qué debían hacer con el cuerpo Medina respondió: “¡Dejadlo en la cuneta para que sirva de pasto a los cerdos!”

Poeta en Nueva York

Pese a la falta de pruebas históricas y los tintes literarios de la narración, la medida de abandonar el cuerpo del poeta a la intemperie explicaría por qué, hasta la fecha, no se han descubierto los restos de García Lorca. El texto de Xosé Rubia Barcia puede ser la pieza clave para aclarar uno de los crímenes más atroces en agravio de la cultura en castellano. Un crimen que impidió seguir escuchando una de las voces literarias más importantes del siglo XX.

lorca-2Años después Rubia Barcia, ya como catedrático de la Universidad de California (UCLA), fue acusado de ser comunista, por lo que estuvo a punto de ser deportado durante la “cacería de brujas” de McCarthy. Murió el 6 de abril de 1997 a los 83 años de edad. Mientras que entre los 66 títulos que publicó la Editorial Séneca, empresa fundada por José Bergamín en México, uno de los más importantes fue Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, aparecido en 1940.

Se trata de un libro que finalmente cumplió que los últimos textos del andaluz se leyeran en nuestro país. Un libro donde el propio autor ya había presagiado su muerte:

Asesinado por el cielo,

entre las formas que van hacia la sierpe

y las formas que buscan el cristal,

dejaré crecer mis cabellos.

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Qué envidiosos son los feos, dice Monsiváis

 

Por: Luis Felipe Pérez Sánchez

captura-de-pantalla-2016-11-19-a-las-12-32-08-a-m«Vivir de comparaciones es un poco idiota», dice Bertrand Russell. Y ser incapaz de divertirse con “lo que sea” porque no se parece a otro “lo que sea” pudiera ser una necia condena a la infelicidad. Suscita envidia, una pasión tan universal como arraigada. A quien la siente, además de encenderle el deseo de hacer daño con cierta impunidad y cizaña, lo orilla a sentirse desgraciado. Y entonces, el ninguneo, el prejuicio y la descalificación que vemos por todos lados, tan habitual que parece imposible que alguien sienta alegría porque al otro le vaya bien; resulta algo inaudito que la desgracia del otro, más que estupor, nos cause un «ándele, pa’ que aprenda». Dicen que antes la gente envidiaba menos porque no había manera de enterarse del resto del mundo. Pero conforme nos ponemos al corriente de la vida ajena nuestra capacidad para emberrincharnos porque a otro le vaya mejor ha sido ejemplificada muchas ocasiones. Quizá seamos así porque se ha instituido como un valor único actuar a partir de la potestad de restregarle algo en la cara a los demás, de buscar el éxito o la aprobación que desde el parvulario sabemos el mayor placer, escuchar el «ése es m’ijo».
Tengo en la mente La educación sentimental de Gustave Flaubert. Frèdèric es el personaje que se la pasa deseando la vida que no es la suya. Comprende, hasta ya muy tarde, que no se trataba de ir despreciando a los otros porque les había tocado lo que él hubiera querido, o que pensaba merecer. Estuvo tan atento a lo que no hacían con el dinero los que lo tenían, a lo que no hacían con el poder los gobernantes, a lo que no hacían con sus esposas los maridos a los que no se cansaba de reventar bobaliconamente, que se le fueron los años sin estar con la mujer deseada, sin acceder al poder que ambicionó, sin tener el dinero que no le tocaba.

Es el colmo del insatisfecho: con lo que tuvo, que podría ser tanto como lo que pensó que no tenía o tan escaso como lo que pensó que no deseaba, tampoco hizo algo. A esto le suelen llamar pusilanimidad: aquel que lo desea todo pero es incapaz de nada, salvo la manía de hurgarse en las proyecciones que se hacen de uno mismo.

En la primaria, me enfurruñé cuando no me escogieron para ser parte de la escolta o para ser uno de los participantes del bailable con la güerita del salón. Me sentí víctima de una injusticia fragrante ¿cómo no iban a ver que yo lo merecía? Debo haber reclamado en el silencio de la incredulidad de quien ve pero no quiere ver. Significó darme cuenta de que no era, como creía serlo, el ombligo del mundo. Fue un golpe al ego infantil, todo él “ello”, aludiendo a Freud, caprichoso y chantajista, como la edad lo permitía. Pero también fue una enseñanza, un posible antídoto contra la insatisfacción, o contra lo frustrante que se avecinaba la vida adulta. Si Napoleón envidiaba a César, y éste a Alejandro, y el Grande a Hércules, que nunca existió, la cadena de amargura, como la telenovela que viene a la mente, sería interminable.

La envidia no encuentra respuesta a los porqués despechados y rutinarios. Produce bilis y hace a las personas desgraciadas. Habría que aprender, como dice Russell, a ponerle gerundio a la vida disfrutando los placeres que salen a nuestro paso, haciendo el trabajo que uno tiene que hacer y evitando los cotejos con los que suponemos, quizá muy equivocadamente, que tienen mejor suerte que uno.

La resaca

 

Por: Tobías Albero

captura-de-pantalla-2016-11-14-a-las-10-20-05-a-mEl fallecimiento de Leonard Cohen no puede atribuirse a la casualidad. Con la muerte de Cohen parece que la verdad de sus letras y de sus interpretaciones operan como reclamo frente a las falacias sostenidas y mantenidas artificialmente por la mayoría de los medios de comunicación. El canadiense demostró una relación muy personal con las palabras hasta convertirlas en una extensión de sí mismo; un íntimo abrazo resuelto con algún chispazo poético: “una cicatriz es lo que sucede cuando la palabras se hace carne”. Quizás algunos profesionales de la información deberían escuchar atentamente cualquiera de los temas del canadiense para repensar su oficio; no es necesario siquiera que entiendan la letra, basta con prestar atención a la rocosa trasparencia de su voz y, desde luego, al gesto, al ademán, a la calidez profundamente humana, inseparable de la existencia o de su dignidad. Claro, la decisión exige una sinceridad que para muchos, a día de hoy, no parece posible.

La resaca del seguimiento informativo de las elecciones en EEUU ha dejado damnificados por todas partes, en particular entre esos periodistas jóvenes que parecen viejos y viejos que parecen eternos; un extravagante cortejo desfilando ante los espejos cóncavos del callejón del gato. Leo Zuckerman, amargo y desconsolado, admitía que se había equivocado al dar por vencedor a Hillary Clinton y que la culpa la tenía el chingado rust belt (expresión que utilizó sin exagerar al menos 400.000.000 de veces en cinco minutos); en términos parecidos se expresaban el infatigable reportero de guerra Carlos Loret de Mola con casco y todo, quien a estas horas debe estar buscando el chaleco reporteril saturado de credenciales y calcomanías, no vaya a tropezar en la Zona Rosa y no lo identifiquen; desde luego, Joaquín López Dóriga todavía choqueado y amenazando seriamente con no volver a levantar cabeza ante la consternación de la audiencia. El muro de las lamentaciones congregó también a Denise Maerker indignada con un resultado que considera antifeminista a pesar de que Trump obtuvo un significativo apoyo femenino, por lo que sentenciaba que, si bien eran mujeres, en verdad no eran mujeres; Jorge Castañeda emputado con los estudiantes de esas universidades elitistas en que imparte clases porque parece que a los estudiantes no se les pega nada que no sea la frivolidad del mexicano; Héctor Aguilar Camín en su guerra declarada contra los méndigos marginados a los que definitivamente, parapetado detrás de unos lentes más amables que sus palabras, ha decidido desterrar a una marginalidad marginada o, lo que es lo mismo, negarles la suscripción a Nexos; Denise Dresser conjeturando con su clarividencia acostumbrada que en realidad los votantes de Trump eran los de Clinton, por lo que Clinton era la ganadora de los comicios a pesar de que todo indica, por lo menos a día de hoy, que la victoria se la llevó Trump; Juan Pardinas aplaudiendo la sagacidad de la preclara contertulia, festejando la majadería y exhibiendo maneras comedidas como anticipo de una elegancia que nunca termina de llegar; etcétera. Como decía aquel, ¡Abajo, que vienen los nuestros!

Confesiones reveladoras del estado del periodismo. En rigor, ellos no se equivocaron, en todo caso las encuestas que manejaron, pero como querían leer lo que les interesaba las asumieron como propias, relegando otras, pocas en verdad, que contradecían sus querencias.   La actitud demostrada por esta compañía circense -émula de aquellas otras que a finales del siglo XIX sorprendía a los asistentes con los números inverosímiles de la mujer barbuda, el niño de dos cabezas o el lanzador de cuchillos que cercenaba los brazos o el cuello de bellas ayudantes-, albergada en el cloroformo de una redoma gigante, expone la calidad de una parte del periodismo, incapaz de entender que su labor no se dirige a manipular e inducir a la opinión pública. Sin duda, deberían pedir perdón, pero no porque perdieran su apuesta, sino porque trataron de imponer literalmente su burro a los ciudadanos. Así, el cuarto poder que residía en operar como contrapeso a los otros poderes, se ha transformado en poder sin más, no ya como un servicio a la ciudadanía sino a sí mismo. Nunca antes los medios de comunicación había apoyado con tanta vehemencia a un candidato, Hillary Clinton, y nunca antes se habían ensañado de manera tan visceral con el otro, Donald Trump.

Los medios de comunicación demostraron que su capacidad de influencia política es poco menos que inexistente. ¿Porqué? Porque la fragmentación de los lectores y espectadores ha eliminado la pluralidad dentro de los propios medios, transformados en militantes cuya audiencia se mide en función de la adhesión a su ideario y no a partir del respeto a la libertad de pensamiento de los ciudadanos. Así, los medios se dirigen a una porción sometida de la ciudadanía de la que exigen fidelidad en lugar de contribuir a formar su opinión: reconocen lo propio e ignoran lo ajeno. En consecuencia, aunque muchas encuestas hubieran dado como ganador a Trump ninguna de esas encuestas se habrían ofrecido abiertamente en los medios que operaron a favor de Clinton y al revés. Por lo mismo, las preferencias electorales de esos mismos medios no tuvieron la menor influencia en los votantes del candidato contrario. La ausencia de pluralidad informativa en un mismo medio, el interés económico por encima de la comunicación y la incapacidad para captar otras audiencias fuera de las cautivas, son causas a considerar respecto del deterioro de un periodismo cada vez más alejado del ciudadano y más apegado a esos poderes de los que se ha vuelto sucedáneo o parásito

Cuando El Quijote cabalgó junto a Zapata y Villa

 

Por: Xalbador García

captura-de-pantalla-2016-11-14-a-las-10-07-14-a-mEn 1912 Francisco Villa estaba preso en la penitenciaría de la Ciudad de México. A pesar de haber combatido a favor de la Revolución fue acusado de sublevarse contra el naciente gobierno de Madero. En las celdas de la crujía B encontró, como compañero de encierro, al general sureño Gildardo Magaña, quien le explicó la ideología zapatista pero también, y aún más importante, le enseñó a leer. Uno de los primeros libros que El Centauro del Norte tuvo en sus manos fue El Quijote. En las páginas de Cervantes, Villa encontró el soporte ideológico para comprender la lucha de Emiliano en Morelos y asimismo alimentó sus sueños de libertad.

El norteño había salvado el paredón. Victoriano Huerta, a la postre el traidor de Madero, le perdonó la vida y lo mandó preso a la capital. En telegrama al Presidente Huerta escribió: “En este momento parte el tren que lleva con el carácter de procesado […] al general Villa. El motivo que he tenido para mandarlo con el carácter de preso a disposición del ministerio de la Guerra, es el hecho de haber cometido faltas graves en la división de mi mando”.

En la misma prisión estaba preso el combatiente Gildardo Magaña. Hasta su celda llegaba Villa para charlar sobre el movimiento zapatista. El Centauro lo consideraba un tipo culto y le sorprendía que, aun preso, el general tuviera varios libros junto a su cama. El caudillo respetaba a quienes cultivaban el conocimiento. Él no sabía leer y comprendía que esa era una desventaja en la lucha militar. Si yo estuviera un poco instruido ya estaría en la gubernatura de Chihuahua, aseguraba Villa soltando una gran carcajada. Tan sólo podía escribir su nombre. Por eso, explicaba, puedo firmar mi sentencia de muerte y ni me entero.

Un día ya no pudo más. Pidió a Magaña le enseñara a leer. Así empezó su instrucción. Aprendió la Historia de México a través de los libros de Niceto de Zamacois que tenía el sureño. En Emiliano Zapata y el agrarismo, Magaña asegura que tanto impresionó la lectura de esos tomos a Villa que éste no se dormía sino hasta la una o dos de la mañana analizando, tratando de comprender las heridas de su pueblo que, durante tantos siglos, sólo se habían abierto cada vez más.

Además de historia de México al Centauro del Norte lo sedujo El Quijote. En sus memorias dictadas a Ramón Puente y que fueron publicadas en 1923 en un apéndice de El Universal Gráfico, Villa señalaba: “En el establecimiento había escuela para los presos, pero yo tuve la buena fortuna de encontrarme entre los compañeros de prisión con un joven coronel de las fuerzas del general Emiliano Zapata, llamado Gildardo Magaña, que siendo persona instruida y de buena voluntad para transmitir sus conocimientos, se tomó todo empeño en enseñarme y no se limitaba a una simple lección, sino que me leía en varios de sus libros y después, por horas y horas, me platicaba sobre muchos asuntos y satisfacía todas mis dudas.

“Por él conocí, algunos trozos del libro Don Quijote, que me gustaba porque me hacía ver las cosas de una manera palpable, como si fueran retratos de la vida, y cuando me decía que aquel libro había sido escrito en una cárcel y que su autor, a más de un hombre de letras, había sido un soldado de corazón, a mí me cabía cierto consuelo al pensar que aquel hombre tan ingenioso, orgullo de nuestra raza, hubiera sido desgraciado también”.

Y agregaba: “Por Gildardo Magaña conocí también cuáles eran los pensamientos de los revolucionarios del Sur, a los que encabezaba el general Emiliano Zapata, y lo que me contaron de los abusos cometidos por los terratenientes de Morelos y de la manera esclavista cómo se había tratado a aquella gente, me hicieron comprender desde entonces la justicia que había en su rebelión y simpatizar, con toda mi alma, con aquel Caudillo al que los periódicos de México pintaban como un monstruo de crueldad y le achacaban los más grandes errores”.

Luego de ser tocado por las palabras de Cervantes, para Villa ya no hubo dudas. Tenía que escapar de la cárcel y empezar la lucha en beneficio de México. Las ideas aptas para ello eran las de Zapata. A Magaña le explicó: “Yo quisiera hacer en el Norte no un zapatismo, sino hartos zapatismos juntos para acabar con las injusticias de estos diablos de ricos, y ahora verá amigo, no más que salgamos, si mejor se puede, usted me saca para Morelos que al fin el compañerito Zapata tiene patas de buen gallo y tiene tanta razón en lo que defiende, tenemos que hacer buenas migas”.

Magaña salió primero de la prisión de la Ciudad de México. Villa fue trasladado a la cárcel de Tlatelolco. Semanas después, el mismo día en que el zapatista fue a visitarlo, el revolucionario se fugó. Se volvieron a encontrar en el norte justo en el momento más álgido del movimiento armado y luego cabalgaron juntos cuando las fuerzas de Zapata y Villa se apoderaron de la capital del país. Las fotografías de la época nos han heredado una hermosa postal: Por el camino se ve a dos locos andando por la vida en busca de justicia. Un perfecto cuadro de Cervantes.

Escribir cartas

 

Por: Luis Felipe Pérez Sánchez

captura-de-pantalla-2016-11-14-a-las-9-56-49-a-mAlfonso Reyes escribía cartas porque era su manera de estar cerca. En la distancia uno necesita escribir porque pareciera que se conjura la soledad o el abandono más bien, se hace mirándose a sí mismo pero siendo alguien más. Escribir tiene su aire terapéutico, su naturaleza de desahogo, de parto espiritual. Soy un escribiente de cartas, desde aquella del 6 de enero hasta la de despedida que los psicólogos recomiendan a los enlutados. Se escribe desde la pérdida, decía Bolaño. Llevo tiempo creyéndolo y lo repito como si fuera cierto: me siento lejos, o lo estoy, lejos y sin nada, como se lee en la frase de Reyes.

En las cartas o en los textos dirigidos a un destinatario hay algo de especial. Hay un territorio donde el monólogo es lo esperado; no se trata de un “hablemos” sino de un “háblame”. Hay un espacio propio, el recuadro de la página en blanco, donde se puede ejercer la libertad, donde uno dirime cualquier cosa, describe otra; cuenta lo menos inmediato, eso que obsesiona o al menos roba la atención más tempo de lo previsto, como cuando Rilke le escribe cartas al joven poeta que se pregunta por la literatura. Podría ser que hable yo de un motivo de encuentro análogo al susurro de cuando uno está a punto de dormir y dice al ser querido, al amante o al hijo, al padre. Cuando se musita, pues, eso que la vida de afuera, la del diario, esa que no tiene calma, impide. La carta simboliza para mí un consuelo tanto como un regalo, un don o un darse, diría Juan Pascual, a quien alguna vez le hice un par de misivas.

Es un magnífico acto de intimidad. Conlleva al secreto, cómplice o tramposo, donde se puede decir lo que venga en gana a alguien. Se abre en la epístola el íntimo decoro, diría López Velarde, que hemos ido hipotecando y reduciendo dejándolo sin territorio en este presente susceptible de hacerse público todo él, como si la vida no sucediera cuando tenemos puestas las pantuflas y la piyama, como si sólo valiera o se viviera si se hace hacia afuera.

Escribir epistolarios me parece un encuentro sincero, parsimonioso, entre quien escribe y ese destinatario que se mantiene a la escucha como en las Relaciones peligrosas de Pierre Choderlos. Quizá es en la carta donde uno se pone tan comprensivo como no sabía que podía ser. Se describen las cosas como si se tratara de mostrarle el propio mundo al otro. Se lucha por implicar al destinatario. Es un acto de comunión pero también un acto personal de entrega. La morosidad de la escritura deja caer a cuenta gotas los sentimientos que se ordenan ante el acto de  escribir, a veces menospreciado. Se dice lo que se piensa cuando se escribe, algo que no sucede cuando uno habla, o no del todo. Creo que pienso en la correspondencia porque hoy me ha escrito mi madre. También, porque, muy posiblemente, yo le escriba una respuesta. Aunque, para ser sinceros, lo pospongo, como dice Tomás Segovia, por miedo a mancharlo todo, por no saber cómo empezar.