Cuando El Quijote cabalgó junto a Zapata y Villa

 

Por: Xalbador García

captura-de-pantalla-2016-11-14-a-las-10-07-14-a-mEn 1912 Francisco Villa estaba preso en la penitenciaría de la Ciudad de México. A pesar de haber combatido a favor de la Revolución fue acusado de sublevarse contra el naciente gobierno de Madero. En las celdas de la crujía B encontró, como compañero de encierro, al general sureño Gildardo Magaña, quien le explicó la ideología zapatista pero también, y aún más importante, le enseñó a leer. Uno de los primeros libros que El Centauro del Norte tuvo en sus manos fue El Quijote. En las páginas de Cervantes, Villa encontró el soporte ideológico para comprender la lucha de Emiliano en Morelos y asimismo alimentó sus sueños de libertad.

El norteño había salvado el paredón. Victoriano Huerta, a la postre el traidor de Madero, le perdonó la vida y lo mandó preso a la capital. En telegrama al Presidente Huerta escribió: “En este momento parte el tren que lleva con el carácter de procesado […] al general Villa. El motivo que he tenido para mandarlo con el carácter de preso a disposición del ministerio de la Guerra, es el hecho de haber cometido faltas graves en la división de mi mando”.

En la misma prisión estaba preso el combatiente Gildardo Magaña. Hasta su celda llegaba Villa para charlar sobre el movimiento zapatista. El Centauro lo consideraba un tipo culto y le sorprendía que, aun preso, el general tuviera varios libros junto a su cama. El caudillo respetaba a quienes cultivaban el conocimiento. Él no sabía leer y comprendía que esa era una desventaja en la lucha militar. Si yo estuviera un poco instruido ya estaría en la gubernatura de Chihuahua, aseguraba Villa soltando una gran carcajada. Tan sólo podía escribir su nombre. Por eso, explicaba, puedo firmar mi sentencia de muerte y ni me entero.

Un día ya no pudo más. Pidió a Magaña le enseñara a leer. Así empezó su instrucción. Aprendió la Historia de México a través de los libros de Niceto de Zamacois que tenía el sureño. En Emiliano Zapata y el agrarismo, Magaña asegura que tanto impresionó la lectura de esos tomos a Villa que éste no se dormía sino hasta la una o dos de la mañana analizando, tratando de comprender las heridas de su pueblo que, durante tantos siglos, sólo se habían abierto cada vez más.

Además de historia de México al Centauro del Norte lo sedujo El Quijote. En sus memorias dictadas a Ramón Puente y que fueron publicadas en 1923 en un apéndice de El Universal Gráfico, Villa señalaba: “En el establecimiento había escuela para los presos, pero yo tuve la buena fortuna de encontrarme entre los compañeros de prisión con un joven coronel de las fuerzas del general Emiliano Zapata, llamado Gildardo Magaña, que siendo persona instruida y de buena voluntad para transmitir sus conocimientos, se tomó todo empeño en enseñarme y no se limitaba a una simple lección, sino que me leía en varios de sus libros y después, por horas y horas, me platicaba sobre muchos asuntos y satisfacía todas mis dudas.

“Por él conocí, algunos trozos del libro Don Quijote, que me gustaba porque me hacía ver las cosas de una manera palpable, como si fueran retratos de la vida, y cuando me decía que aquel libro había sido escrito en una cárcel y que su autor, a más de un hombre de letras, había sido un soldado de corazón, a mí me cabía cierto consuelo al pensar que aquel hombre tan ingenioso, orgullo de nuestra raza, hubiera sido desgraciado también”.

Y agregaba: “Por Gildardo Magaña conocí también cuáles eran los pensamientos de los revolucionarios del Sur, a los que encabezaba el general Emiliano Zapata, y lo que me contaron de los abusos cometidos por los terratenientes de Morelos y de la manera esclavista cómo se había tratado a aquella gente, me hicieron comprender desde entonces la justicia que había en su rebelión y simpatizar, con toda mi alma, con aquel Caudillo al que los periódicos de México pintaban como un monstruo de crueldad y le achacaban los más grandes errores”.

Luego de ser tocado por las palabras de Cervantes, para Villa ya no hubo dudas. Tenía que escapar de la cárcel y empezar la lucha en beneficio de México. Las ideas aptas para ello eran las de Zapata. A Magaña le explicó: “Yo quisiera hacer en el Norte no un zapatismo, sino hartos zapatismos juntos para acabar con las injusticias de estos diablos de ricos, y ahora verá amigo, no más que salgamos, si mejor se puede, usted me saca para Morelos que al fin el compañerito Zapata tiene patas de buen gallo y tiene tanta razón en lo que defiende, tenemos que hacer buenas migas”.

Magaña salió primero de la prisión de la Ciudad de México. Villa fue trasladado a la cárcel de Tlatelolco. Semanas después, el mismo día en que el zapatista fue a visitarlo, el revolucionario se fugó. Se volvieron a encontrar en el norte justo en el momento más álgido del movimiento armado y luego cabalgaron juntos cuando las fuerzas de Zapata y Villa se apoderaron de la capital del país. Las fotografías de la época nos han heredado una hermosa postal: Por el camino se ve a dos locos andando por la vida en busca de justicia. Un perfecto cuadro de Cervantes.

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