Escribir cartas

 

Por: Luis Felipe Pérez Sánchez

captura-de-pantalla-2016-11-14-a-las-9-56-49-a-mAlfonso Reyes escribía cartas porque era su manera de estar cerca. En la distancia uno necesita escribir porque pareciera que se conjura la soledad o el abandono más bien, se hace mirándose a sí mismo pero siendo alguien más. Escribir tiene su aire terapéutico, su naturaleza de desahogo, de parto espiritual. Soy un escribiente de cartas, desde aquella del 6 de enero hasta la de despedida que los psicólogos recomiendan a los enlutados. Se escribe desde la pérdida, decía Bolaño. Llevo tiempo creyéndolo y lo repito como si fuera cierto: me siento lejos, o lo estoy, lejos y sin nada, como se lee en la frase de Reyes.

En las cartas o en los textos dirigidos a un destinatario hay algo de especial. Hay un territorio donde el monólogo es lo esperado; no se trata de un “hablemos” sino de un “háblame”. Hay un espacio propio, el recuadro de la página en blanco, donde se puede ejercer la libertad, donde uno dirime cualquier cosa, describe otra; cuenta lo menos inmediato, eso que obsesiona o al menos roba la atención más tempo de lo previsto, como cuando Rilke le escribe cartas al joven poeta que se pregunta por la literatura. Podría ser que hable yo de un motivo de encuentro análogo al susurro de cuando uno está a punto de dormir y dice al ser querido, al amante o al hijo, al padre. Cuando se musita, pues, eso que la vida de afuera, la del diario, esa que no tiene calma, impide. La carta simboliza para mí un consuelo tanto como un regalo, un don o un darse, diría Juan Pascual, a quien alguna vez le hice un par de misivas.

Es un magnífico acto de intimidad. Conlleva al secreto, cómplice o tramposo, donde se puede decir lo que venga en gana a alguien. Se abre en la epístola el íntimo decoro, diría López Velarde, que hemos ido hipotecando y reduciendo dejándolo sin territorio en este presente susceptible de hacerse público todo él, como si la vida no sucediera cuando tenemos puestas las pantuflas y la piyama, como si sólo valiera o se viviera si se hace hacia afuera.

Escribir epistolarios me parece un encuentro sincero, parsimonioso, entre quien escribe y ese destinatario que se mantiene a la escucha como en las Relaciones peligrosas de Pierre Choderlos. Quizá es en la carta donde uno se pone tan comprensivo como no sabía que podía ser. Se describen las cosas como si se tratara de mostrarle el propio mundo al otro. Se lucha por implicar al destinatario. Es un acto de comunión pero también un acto personal de entrega. La morosidad de la escritura deja caer a cuenta gotas los sentimientos que se ordenan ante el acto de  escribir, a veces menospreciado. Se dice lo que se piensa cuando se escribe, algo que no sucede cuando uno habla, o no del todo. Creo que pienso en la correspondencia porque hoy me ha escrito mi madre. También, porque, muy posiblemente, yo le escriba una respuesta. Aunque, para ser sinceros, lo pospongo, como dice Tomás Segovia, por miedo a mancharlo todo, por no saber cómo empezar.

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