La resaca

 

Por: Tobías Albero

captura-de-pantalla-2016-11-14-a-las-10-20-05-a-mEl fallecimiento de Leonard Cohen no puede atribuirse a la casualidad. Con la muerte de Cohen parece que la verdad de sus letras y de sus interpretaciones operan como reclamo frente a las falacias sostenidas y mantenidas artificialmente por la mayoría de los medios de comunicación. El canadiense demostró una relación muy personal con las palabras hasta convertirlas en una extensión de sí mismo; un íntimo abrazo resuelto con algún chispazo poético: “una cicatriz es lo que sucede cuando la palabras se hace carne”. Quizás algunos profesionales de la información deberían escuchar atentamente cualquiera de los temas del canadiense para repensar su oficio; no es necesario siquiera que entiendan la letra, basta con prestar atención a la rocosa trasparencia de su voz y, desde luego, al gesto, al ademán, a la calidez profundamente humana, inseparable de la existencia o de su dignidad. Claro, la decisión exige una sinceridad que para muchos, a día de hoy, no parece posible.

La resaca del seguimiento informativo de las elecciones en EEUU ha dejado damnificados por todas partes, en particular entre esos periodistas jóvenes que parecen viejos y viejos que parecen eternos; un extravagante cortejo desfilando ante los espejos cóncavos del callejón del gato. Leo Zuckerman, amargo y desconsolado, admitía que se había equivocado al dar por vencedor a Hillary Clinton y que la culpa la tenía el chingado rust belt (expresión que utilizó sin exagerar al menos 400.000.000 de veces en cinco minutos); en términos parecidos se expresaban el infatigable reportero de guerra Carlos Loret de Mola con casco y todo, quien a estas horas debe estar buscando el chaleco reporteril saturado de credenciales y calcomanías, no vaya a tropezar en la Zona Rosa y no lo identifiquen; desde luego, Joaquín López Dóriga todavía choqueado y amenazando seriamente con no volver a levantar cabeza ante la consternación de la audiencia. El muro de las lamentaciones congregó también a Denise Maerker indignada con un resultado que considera antifeminista a pesar de que Trump obtuvo un significativo apoyo femenino, por lo que sentenciaba que, si bien eran mujeres, en verdad no eran mujeres; Jorge Castañeda emputado con los estudiantes de esas universidades elitistas en que imparte clases porque parece que a los estudiantes no se les pega nada que no sea la frivolidad del mexicano; Héctor Aguilar Camín en su guerra declarada contra los méndigos marginados a los que definitivamente, parapetado detrás de unos lentes más amables que sus palabras, ha decidido desterrar a una marginalidad marginada o, lo que es lo mismo, negarles la suscripción a Nexos; Denise Dresser conjeturando con su clarividencia acostumbrada que en realidad los votantes de Trump eran los de Clinton, por lo que Clinton era la ganadora de los comicios a pesar de que todo indica, por lo menos a día de hoy, que la victoria se la llevó Trump; Juan Pardinas aplaudiendo la sagacidad de la preclara contertulia, festejando la majadería y exhibiendo maneras comedidas como anticipo de una elegancia que nunca termina de llegar; etcétera. Como decía aquel, ¡Abajo, que vienen los nuestros!

Confesiones reveladoras del estado del periodismo. En rigor, ellos no se equivocaron, en todo caso las encuestas que manejaron, pero como querían leer lo que les interesaba las asumieron como propias, relegando otras, pocas en verdad, que contradecían sus querencias.   La actitud demostrada por esta compañía circense -émula de aquellas otras que a finales del siglo XIX sorprendía a los asistentes con los números inverosímiles de la mujer barbuda, el niño de dos cabezas o el lanzador de cuchillos que cercenaba los brazos o el cuello de bellas ayudantes-, albergada en el cloroformo de una redoma gigante, expone la calidad de una parte del periodismo, incapaz de entender que su labor no se dirige a manipular e inducir a la opinión pública. Sin duda, deberían pedir perdón, pero no porque perdieran su apuesta, sino porque trataron de imponer literalmente su burro a los ciudadanos. Así, el cuarto poder que residía en operar como contrapeso a los otros poderes, se ha transformado en poder sin más, no ya como un servicio a la ciudadanía sino a sí mismo. Nunca antes los medios de comunicación había apoyado con tanta vehemencia a un candidato, Hillary Clinton, y nunca antes se habían ensañado de manera tan visceral con el otro, Donald Trump.

Los medios de comunicación demostraron que su capacidad de influencia política es poco menos que inexistente. ¿Porqué? Porque la fragmentación de los lectores y espectadores ha eliminado la pluralidad dentro de los propios medios, transformados en militantes cuya audiencia se mide en función de la adhesión a su ideario y no a partir del respeto a la libertad de pensamiento de los ciudadanos. Así, los medios se dirigen a una porción sometida de la ciudadanía de la que exigen fidelidad en lugar de contribuir a formar su opinión: reconocen lo propio e ignoran lo ajeno. En consecuencia, aunque muchas encuestas hubieran dado como ganador a Trump ninguna de esas encuestas se habrían ofrecido abiertamente en los medios que operaron a favor de Clinton y al revés. Por lo mismo, las preferencias electorales de esos mismos medios no tuvieron la menor influencia en los votantes del candidato contrario. La ausencia de pluralidad informativa en un mismo medio, el interés económico por encima de la comunicación y la incapacidad para captar otras audiencias fuera de las cautivas, son causas a considerar respecto del deterioro de un periodismo cada vez más alejado del ciudadano y más apegado a esos poderes de los que se ha vuelto sucedáneo o parásito

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