Qué envidiosos son los feos, dice Monsiváis

 

Por: Luis Felipe Pérez Sánchez

captura-de-pantalla-2016-11-19-a-las-12-32-08-a-m«Vivir de comparaciones es un poco idiota», dice Bertrand Russell. Y ser incapaz de divertirse con “lo que sea” porque no se parece a otro “lo que sea” pudiera ser una necia condena a la infelicidad. Suscita envidia, una pasión tan universal como arraigada. A quien la siente, además de encenderle el deseo de hacer daño con cierta impunidad y cizaña, lo orilla a sentirse desgraciado. Y entonces, el ninguneo, el prejuicio y la descalificación que vemos por todos lados, tan habitual que parece imposible que alguien sienta alegría porque al otro le vaya bien; resulta algo inaudito que la desgracia del otro, más que estupor, nos cause un «ándele, pa’ que aprenda». Dicen que antes la gente envidiaba menos porque no había manera de enterarse del resto del mundo. Pero conforme nos ponemos al corriente de la vida ajena nuestra capacidad para emberrincharnos porque a otro le vaya mejor ha sido ejemplificada muchas ocasiones. Quizá seamos así porque se ha instituido como un valor único actuar a partir de la potestad de restregarle algo en la cara a los demás, de buscar el éxito o la aprobación que desde el parvulario sabemos el mayor placer, escuchar el «ése es m’ijo».
Tengo en la mente La educación sentimental de Gustave Flaubert. Frèdèric es el personaje que se la pasa deseando la vida que no es la suya. Comprende, hasta ya muy tarde, que no se trataba de ir despreciando a los otros porque les había tocado lo que él hubiera querido, o que pensaba merecer. Estuvo tan atento a lo que no hacían con el dinero los que lo tenían, a lo que no hacían con el poder los gobernantes, a lo que no hacían con sus esposas los maridos a los que no se cansaba de reventar bobaliconamente, que se le fueron los años sin estar con la mujer deseada, sin acceder al poder que ambicionó, sin tener el dinero que no le tocaba.

Es el colmo del insatisfecho: con lo que tuvo, que podría ser tanto como lo que pensó que no tenía o tan escaso como lo que pensó que no deseaba, tampoco hizo algo. A esto le suelen llamar pusilanimidad: aquel que lo desea todo pero es incapaz de nada, salvo la manía de hurgarse en las proyecciones que se hacen de uno mismo.

En la primaria, me enfurruñé cuando no me escogieron para ser parte de la escolta o para ser uno de los participantes del bailable con la güerita del salón. Me sentí víctima de una injusticia fragrante ¿cómo no iban a ver que yo lo merecía? Debo haber reclamado en el silencio de la incredulidad de quien ve pero no quiere ver. Significó darme cuenta de que no era, como creía serlo, el ombligo del mundo. Fue un golpe al ego infantil, todo él “ello”, aludiendo a Freud, caprichoso y chantajista, como la edad lo permitía. Pero también fue una enseñanza, un posible antídoto contra la insatisfacción, o contra lo frustrante que se avecinaba la vida adulta. Si Napoleón envidiaba a César, y éste a Alejandro, y el Grande a Hércules, que nunca existió, la cadena de amargura, como la telenovela que viene a la mente, sería interminable.

La envidia no encuentra respuesta a los porqués despechados y rutinarios. Produce bilis y hace a las personas desgraciadas. Habría que aprender, como dice Russell, a ponerle gerundio a la vida disfrutando los placeres que salen a nuestro paso, haciendo el trabajo que uno tiene que hacer y evitando los cotejos con los que suponemos, quizá muy equivocadamente, que tienen mejor suerte que uno.

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