Cómo no dormirse en los congresos

 

Por: Anuar Jalife

congresosMuchos creen que la vida académica es sencilla y autocomplaciente, que se trata de pasar unas horas al día cómodamente sentado escribiendo o leyendo o hablando sobre cosas que a nadie le interesan. En esencia de eso se trata, es cierto. Pero el mundo académico también está lleno de sufrimientos que pocos imaginarían y que muchos menos estarían dispuestos a soportar. Entre las pruebas más duras que hay que sobrellevar se encuentran una serie de reuniones denominadas de distintas maneras pero que pueden agruparse bajo el  nombre genérico de congresos. Creación, sin duda, de una mente perversa que imaginó a un grupo de personas indefensas expuestas a la verborragia de unos pocos durante largas jornadas, sin más provisiones que café rancio y galletas ídem.

Yo que he padecido estos eventos sin otra ayuda que mi fuerza de voluntad, quisiera aligerar los tormentos de mis colegas con algunos consejos fáciles de aplicar en congresos, coloquios, encuentros, presentaciones editoriales, conferencias magistrales, cónclaves políticos, misas negras y toda suerte de eventos afines. Desafortunadamente, mi experiencia se reduce al mundillo literario, pero si alguna de las siguientes exhortaciones resultan útiles a alguien fuera de tan tedioso medio, entonces mi tarea estará más que cumplida.

Al lector le aseguro que de seguir las advertencias aquí reunidas será capaz no sólo de permanecer despierto en dichos eventos sino aun de parecer auténticamente interesado.

  1. Sea el primero en llegar. Usted pensará “voy a un evento contra mi voluntad, a pasar horas confinado, rodeado de gente desagradable y encima de todo debo ser puntual”. Pues sí, y más que ser puntual, debe ser el primero en llegar. Si usted, como el 98.7% de los asistentes a congresos va enviado a la fuerza, llegar temprano es el primer paso para cumplimentar con éxito todos los demás, comenzando por el segundo que es ocupar un lugar estratégico.
  1. Ocupe un lugar estratégico. En los congresos como en la vida, todo se trata de estar en el lugar correcto en el momento correcto. Y en los congresos este lugar es un asiento en la última fila junto al pasillo a primera hora. Las ventajas de seguridad son obvias: poder huir corriendo, empujando y gritando en caso de un incendio o un terremoto —para luego escribir una exitosa crónica intitulada El último día de Fulano, Sutano y Perengana: constelación extinta de nuestras letras—. Esta ubicación clave ofrece, además, ventajas políticas, pues los que entran piensan “Qué hombre tan formal, es el primero en ocupar su lugar” y los que salen “Chin… Este ya me vio que me fui temprano”. Además, ocupar ese asiento privilegiado le permitirá salir a placer sin ser visto por el resto de la concurrencia y reingresar al recinto sólo para los momentos estelares: hacer una pregunta impertinente, saludar a una vaca sagrada, platicar con las edecanes, cada vez más escasas en nuestro empobrecido medio, etcétera. (Este lugar, además, lo librará de ser objeto de juegos como el expuesto en el inciso 5).
  2. Aproveche ese momento de concentración, no se repetirá. Una vez que se ha ocupado este lugar, se tiene la posibilidad de pasar la mayor parte del tiempo fuera del auditorio con el pretexto de fumar un cigarro, ir al sanitario o atender una llamada imaginaria; sin embargo, es imprescindible, como se verá, pasar unos minutos adentro, escuchar y aun poner atención a las palabras del expositor en turno. Estos momentos de concentración son oro molido y no deben malgastarse cuando se presentan, pues como demuestran algunos estudios recientes el lapso de atención promedio de una persona en un evento académico es de 3.9 minutos. Es poco tiempo y diversos factores pueden reducirlo todavía más. Por ejemplo, si el que habla es un anciano parsimonioso se restan 14 segundos; si es una señora copetona, 28 segundos; si es un joven con rictus de cocainómano, 32 segundos. La pronuntiatio también afecta nuestra capacidad de atención, cada vez que un ponente dice “abro comillas, cierro comillas” nos resta 3 segundos de atención; si dice “principio de cita, fin de cita”, nos resta 4; si después de esto añade “la traducción es mía”, nos quita otros 6; si es una de esas profesoras norteamericanas que lleva en México 50 años (de los 52 que tiene de vida) pero siguen hablandou así, son 39 segundos menos. Finalmente, el tema es de suma importancia para determinar el tiempo que podremos concentrarnos: si se trata de un autor contemporáneo, amigo del ponente, hay que restar 36 segundos; si es sobre el carácter fenomenológico de la obra de quien sea, 44 segundos; si es sobre feminismo, 58 segundos; si es sobre estudios poscolonialistas, hay que restar 1 minuto con 11 segundos; si esa misma conferencia involucra teóricas feministas poscolonialistas —según lo demuestran las últimas investigaciones— el cerebro entra a un estado similar a la fase Delta o de sueño profundo; por último, si se trata de teóricas feministas-poscolonialistas-fenomenólogas contemporáneas amigas del ponente se corre el riesgo de quedar en estado catatónico.
  3. Evite las exposiciones peligrosas. Como se puede ver las posibilidades de irse de bruces o terminar babeando el hombro de la persona de a lado no son pocas. Por eso es necesario seleccionar bien la mesa en la que se tratará de poner atención. Yo tengo un método morfológico-estadístico que resulta infalible para descartar las ponencias más peligrosas. Basta con hojear el programa y revisar los títulos: si éste incluye los prefijos post-, trans-, intra-, sub-, meta- en combinación con los sufijos -dad o -al hay que encender los focos de alarma. Si el porcentaje de las palabras formadas con estos elementos rebasan el 50% del título, hay retirarse del lugar o asistir pero usando tapones industriales para los oídos. Así, por ejemplo, a una conferencia intitulada Transdisciplinariedad, metatransgresión y subalternidad escritural en la literatura posmoderna no debe pararse usted a menos que esté buscando entrar en un coma inducido.
  4. El tiempo pasa volando cuando uno se burla de los demás. Si después de sortear todos estos obstáculos ha logrado retener algo de lo dicho por el expositor, debe anotarlo inmediatamente en una libreta con toda la morosidad posible. No hay nada más elegante en un congreso que observar a un asistente tomando notas. Hecho esto, no debe relajarse pues es entonces cuando comienzan los cabeceos, bostezos y ronquidos. La atenta observación es una de las herramientas que mejor pueden ayudarle a sobrellevar esos agónicos minutos. Yo recomiendo el tijeretazo vil: examine calvas y peinados ridículos, trajes de primera comunión y corbatas chingamelavista, tics nerviosos y miradas lascivas, cuellos percudidos y hombros casposos. Lo importante es observar, verá que el mundo académico es muy generoso en este sentido.
  5. Pregunte algo, no importa que sea una impertinencia. Cuando asista a un congreso, deje su vergüenza intelectual en casa. En los congresos lo importante es darse a notar. Si ha llegado hasta este paso puede estar seguro de que se ha convertido en todo una animal académico. Para coronar su éxito debe lucirse con una pregunta. No se preocupe si desconoce por completo el tema o si no ha escuchado una sola palabra de lo expuesto. En los congresos se cultiva el viejo arte de preguntar por preguntar. Es una sádica costumbre que se practica sobre todo en las últimas mesas del día o en las que anteceden la hora de la comida. Para formular una pregunta de congreso sólo hace falta elegir una frase o palabra al azar de las que haya escuchado en la exposición y cuestionar el sentido en el que ha sido empleada. Por ejemplo, si durante una exposición alguien dijo “Borges viajó a México en 1976”, usted sólo tiene que reordenar los elementos y darles la forma de una sesuda pregunta como “Pero, ¿cuál sería el sentido último que tendría este viaje de Borges a México?” o si quiere ser más metafísico “¿Podemos decir que Borges viajó a México o de alguna manera México ha viajado con Borges?” Lo importante es preguntar. Recuerde el que pregunta no se equivoca. Si verdaderamente no tiene ni idea de lo que se está hablando, pregunte lo más sencillo y pasará como un hombre con sentido del humor. En nuestro ejemplo, podría usted levantar la mano e inquirir con auténtica curiosidad “¿Quién es Borges?”. Todos soltarán una carcajada —incluido el expositor—, darán por concluida la mesa y quedará usted como un auténtico héroe.
  6. Coja su constancia, huya y trate de olvidar. Las puertas traseras y la bebida son los mejores aliados de un congresista en fuga. Tire trípticos, carteles, carpetas y todos aquellos objetos que le recuerden el funesto evento. Pase unos días frente al televisor o salga un fin de semana al campo; debe usted recobrar fuerzas para el próximo congreso.
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