Un año que dice mucho

Por: Ernesto Sánchez

gallery-1476795808-gilmoregirls-1sht-spring-ukGilmore Girls apareció por primera vez con el cambio de siglo y duró siete temporadas. Durante estos años, el programa se hizo de una horda de fanáticos que disfrutaban el formato sencillo, el cual tenía casi todo su soporte en la rapidez de un diálogo lleno de guiños y referencias que iban de la cultura pop hasta intrincadas referencias literarias. No obstante, la trama siempre fluctuó a problemas, si se le pueden llamar así, de los tres personajes principales: Emily, Lorelai y Rory; tres generaciones de mujeres Gilmore.

Hay que decir que no fui de aquellos que esperaban cada semana a que saliera un nuevo capítulo; recién a principios de este año vi la serie en Netflix (sí, adicciones del siglo XXI), y no puedo negar que la disfruté, sobre todo por la manera ágil en que se desenvolvían los diálogos. Ahora bien, esta empresa lanzó bajo su sello, este 25 de noviembre, una serie de cuatro capítulos que presentan la evolución de esos personajes entrañables para muchos, explotando, como es tendencia, un elemento que ha resultado beneficioso más para los bolsillos de las empresas que para los espectadores: la nostalgia.

Ahora bien, divididos en las estaciones del año (“Winter”, “Spring”, “Summer”, “Fall”), y con un formato que oscila en promedio en una hora y media por cada uno, los capítulos reflejan diferentes etapas en un periodo de transición de la vida de las Gilmore. Un mundo sin Richard, el esposo de 50 años de Emily, padre reacio de Lorelai y abuelo consentido de Rory, es suficiente para que la presentación tenga esa vuelta de tuerca que se necesita para que no parezca una simple repetición. Esto va a la par de la distancia que dan los casi 10 años desde el último episodio de la serie, pues refleja una marcha interesante de los personajes. Emily, mujer determinada y empoderada por una riqueza ridícula, ahora se ve fracturada por la ausencia de su marido, y hasta cierto punto, el cambio, parece liberar a una mujer estancada en la rutina frívola de la high society.images

La evolución de Rory, por otro lado, es algo que vimos desde las primeras siete temporadas, desde una niña con metas por entrar a Harvard, las inseguridades de adolescencia, su primera borrachera, su primer affair, sus fracasos y éxitos y sus tres novios cardinales: Dean, Jess y Logan, que ahora sólo tienen pequeñas intervenciones, y sirven más para dibujar el contorno del personaje de Rory que para otra cosa. Lo que se deja claro en esta nueva serie es que la inocencia de la pequeña chica Gilmore ya está completamente borrada, pues ahora se presenta como “la otra” de Logan, al tiempo que mantiene una relación de más de dos años con un novio que ni siquiera vale la pena recordar como para romper con él; sin embargo, también dibuja una mujer que es segura en muchos aspectos de su vida personal al tiempo que enfrenta esa faceta (tan cercana a todos) de incertidumbre en el campo laboral. Sin duda, los tropiezos de este personaje son congruentes con su evolución previa y el desenlace de estos cuatros capítulos queda abierto también gracias a ella (sólo habría que esperar si Netflix se arriesgará con otra entrega).

Lorelai, o la chica que desafió a su apellido, por otro lado, se presenta como un personaje que no ha evolucionado, si bien ahora mantiene una relación con Luke (evidente desde la primera temporada), sigue enfrentando “problemas del hombre blanco”. Por lo que si se encuentra una especie de tedio en esta serie es debido a este personaje, pues tiene un hostal exitoso, pero quiere expandirse o no tiene los colaboradores que quiere; tiene el amor de su vida, pero aún no está casada; tiene una mala relación con su madre, pero, durante casi 40 años, nunca le hace frente. Es decir, quién no se encontraría fastidiado ante la idea de una mujer idealizada como independiente, pero que toda su vida gira en torno a “matrimoniarse”, o bien, que tiene la habilidad de hacer uso del sarcasmo y la ironía suficientemente bien como para irritar a sus padres al punto del desquicio, pero carece del coraje para hablar directo y mantener su postura y se quiebra después en llanto o huye ante la mínima controversia.

Ahora bien, más allá de la evolución de los personajes, que son todo en este nuevo aporte, queda más que una desilusión. En primer lugar, los capítulos son muy largos, y en momentos se incorporan escenas que, más que aportar algo a la historia, pareciera que están ahí sólo para cumplir con la meta de tiempo. En segundo lugar, al agregar elementos que reflejan una realidad no acorde a lo que se presenta, como la intervención de chefs de talla mundial y celebridades de televisión para suplantar a una muy ausente Sooky en la humilde cocina del DragonFly, la relativa “pobreza” de las chicas Gilmore se ve cuestionada (no que haya sido tal alguna vez, hay que recordar que en los peores momentos financieros las chicas tenían casa, carro, trabajo y gastaban fortunas en montañas de comida que –yo digo, aunque el guion diga lo contrario- terminaban en el cesto de basura). En tercer lugar, las intervenciones de los personajes extranjeros, representados como los sirvientes de los señores Gilmore o el muy esporádico cocinero de Luke, se ven esbozados de manera ridícula y representados con estereotipos que sólo confirman la serie como lo que es: un programa de blancos sobre problemas de blancos. Por último, y probablemente uno de las más significativas carencias de este nuevo aporte, aparecen los diálogos que hicieron esta serie famosa pero que ahora sólo son la sombra de aquellos mejor pensados hace una década.

A pesar de todo ello, Girlmore Girls: a year in the life debe de agradar a este basto grupo de seguidores que se consolidó hace años. Pues qué otra cosa se busca al explotar la nostalgia sino evocar lo que alguna vez se sintió, y quién no busca, casi por cualquier medio, encontrarse una vez más repitiendo una historia que el olvido va deteriorando. Empresa destinada al fracaso, diría yo, o a la decepción, alguien más entusiasta, o al éxito, alguien que hace del solo recuerdo de una sensación una experiencia memorable. Y en este último grupo se encuentra el grueso de los fanáticos.

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