Luis Alberto Arellano, el poeta, el amigo

 

Por: Xalbador García

 

Captura de pantalla 2016-12-19 a las 10.17.32 p.m..pngLa llamada fue de Ernesto Sánchez. Como los tres mosqueteros, en realidad éramos cuatro, y esa tarde de jueves se nos había ido Luis Alberto Arellano, nuestro capitán, nuestro líder, aquel en quien más confiábamos al momento de solicitar una referencia bibliográfica, un consejo profesional o tan sólo al querer enterarnos sobre el último chisme literario. La conversación mantenida por casi dos años en WhatsApp era el fruto de una amistad que floreció en el Doctorado de Literatura Hispánica de El Colegio de San Luis. Nos habían separado las decisiones personales, pero seguíamos unidos por medio de la tecnología, como buenos hijos de nuestro tiempo.

Cada mañana leer los mensajes de Ernesto, Anuar y Luis me alegraba el día. No importaba el tema, siempre había algo que discutir. Esa cercanía virtual mantenía intacta la amistad que nació desde diversos frentes: en las aulas del posgrado, en las borracheras potosinas extendidas por todo el país o en la poesía, territorio natural de Luis. Porque sobre todo Luis era poeta: vivía, sentía y amaba como poeta.

Recuerdo cómo me arruinó un partido de la Selección Mexicana en el Mundial de Brasil hablándome durante 90 minutos de las corrientes poéticas de los años 20 que tanto la apasionaban. Ahora que lo pienso, es uno de los juegos del Tri que más recuerdo pero ni siquiera sé el marcador ni contra quién jugamos. Lo que no se me olvida es la pasión de Luis por la poesía.

Eso es lo que me pasó muchas veces con Luis. Había que escucharlo porque su charla siempre dejaba buenas cosechas. Su erudición era luminosa. Creo que nunca se enteró de lo mucho que mi obra se alimentó de su conocimiento sobre literatura y sobre el mundo intelectual mexicano, tan perverso como absurdo. Durante una lectura organizada por Marevna Gámez en un bar de Guanajuato, junto a Dainerys Machado y Luis Alberto, nació el concepto de #LiteraturaDesdeLaTerceraCuerda. Él me había contado los chismes que aparecen en el cuento que presenté. Todavía hace unas semanas me ayudó a realizar la curaduría de unas entrevistas de autores mexicanos que estoy preparando para 2017. La charla con Luis, que ya no se dio, abriría la sección de poetas jóvenes en nuestro país.

Su voz poética que, desde libros anteriores ya mostraba dejos de madurez, cada vez más se acercaba al punto al que Luis deseaba. Luego de leer, disfrutar y presentar el libro Grandes atletas negros, su poemario que más me gusta, se lo dije. Él me confesó que seguía trabajando en eso, en sus exploraciones estéticas que lo llevaban a tejer fina y melodiosamente sus versos. Quienes lo escuchamos leer su obra, podemos dar cuenta de la sonoridad que tanto le atraía y en que abocaba su palabra.

Como poeta era ese ser perfeccionista, rítmico, cuyos versos se alimentaban de todo el universo cultural vastísimo de Luis que iba desde el Medioevo hasta las últimas series de Netflix. Como profesor, sus alumnos podrán presumir que tuvieron el privilegio de haber sido testigos de una mente inquieta e impulsiva. Como académico, estoy seguro que su labor, que apenas empezaba a arrancar profesionalmente, es una de las más importantes para entender la década de los 20 en nuestra tradición. Como amigo, a nuestra familia Colsan nos deja un vacío enorme y sórdido y oscuro y lleno de dolor.

Leo tus últimos mensajes que compartimos y se me parte el alma. Y lloro y miento madres y recuerdo los sueños compartidos y las muertes que van marcando nuestros días. Hasta siempre, Carnal. Acá te seguiremos leyendo, acá te seguiremos escuchando.

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Luis Alberto

Por: Juan Pascual Gay

Hay hechos, circunstancias, acontecimientos que vuelven la vida un poco más intolerable de lo que suele serlo. Sobre todo, cuando quienes de una manera u otra nos reconcilian con ella, habitualmente los menos; quizás por eso su ausencia resulta más contundente y rotunda, más determinante y definitiva, y no tanto porque ya no estarán para siempre por lo menos en un sentido, sino porque nunca estaremos con ellos por lo menos en un sentido. Tuve la fortuna y el privilegio de haber sido profesor de Luis Alberto Arellano; en estas tesituras es un lugar común afirmar que haber conocido a determinada persona es una fortuna y un privilegio, pero también porque es verdad. Los retratos de Luisón que han aparecido en esta página dan cuenta cabal de su personalidad; pero son semblanzas que se deben antes a lo que no dicen porque no pueden o no quieren y, sin embargo, quedan dichas de una vez.

            Luis Alberto fue un hombre bueno, lo mejor que puede decirse de nadie porque de muy pocos puede decirse; esa bondad natural, cultivada día con día, de esas personas excepcionales que nos reconcilian, aunque sea en contados momentos, con la vida. Uno no sabe muy bien si estar por aquí tiene otro propósito que encontrarlas o conocerlas. Luis Alberto fue mi amigo, un amigo al que quise mucho, pero de lo que no quiero hablar ahora y seguramente después tampoco. Pero Luis fue también mi alumno y de esto quiero hablar un poco más. Fue mi amigo por más de trece años y mi alumno por más de diez. A veces ideábamos cualquier pretexto para que uno de los dos viajara a Querétaro, San Luis o Guanajuato con objeto de compartir unas horas hablando sobre literatura o cualquier tema que justificara la cita, porque lo importante era vernos y no tanto lo que teníamos que compartirnos. Cuando sea abrió el Doctorado en El Colegio de San Luis, sólo tuve que llamarle por teléfono para que viniera, con todo lo que en su caso representaba: traslado de ciudad, un colegio para su hijo Emmanuel de la misma edad que mi hijo, etcétera. Y vino sin chistar cuando podía haber estudiado en cualquier institución. Esa decisión expresa confianza y complicidad, exhibe una amistad para la que el estudio no era sino un pretexto para seguir encontrándonos pero ahora sin camiones ni coches, sin citas previamente acordadas, tantas veces pospuestas por cualquier imponderable. Lo oigo llegando jadeante a mi casa después de sortear la cuesta pina. Y lo oigo hablar de su tesis y de sus pesquisas y de sus investigaciones. Pero sobre todo lo miro, una mirada desnuda ante tanta nobleza, ante tanto amor, ante tanta generosidad, las mismas con que enfrentaba el quehacer intelectual y mostraba devoción por su hijo. Para Luisón ahora venía lo mejor en lo profesional, esa etapa en que comenzaría a dar lo mejor de sí, aun cuando ya había dado mucho más de lo que la mayoría entrega a su edad y en varias vidas. Lo mejor de Luis era él mismo. Hay quien considera que los estudiantes merecen a tal o cual profesor, cuando en realidad es éste el que se hace merecedor de aquéllos. Yo he sido afortunado. Luis fue un hombre bueno y lo será por siempre porque ahora viene otra clase de existencia; en términos personales acaso más decisiva que la que llamamos verdadera, la que reside en la memoria y en el recuerdo de quienes lo quisimos porque nos quiso; esa otra existencia inseparable de la de cada quien, pero por eso mismo más íntima y secreta y, acaso, más verdadera y auténtica. Luis fue un hombre bueno y eso es todo y no hay más que decir.

De los que gritan para pedir un taxi…

Por: Marevna Gámez

Las comidas y eventos siempre parecen arruinados por mi culpa. Siempre llego tarde, entre murmullos y discretos comentarios. Interrumpo y suelo ser la que arrastra una silla en medio de una conferencia. También, llegué tarde al servicio funerario, extrañamente el reloj pareció averiarse lo suficiente para que alcanzáramos a despedirnos en un ritual tan armonioso que me cuesta creer que tuviera que ver con una despedida.

      En una mesa las manchas de vino y los montones de colillas delataban a los torpes, los que no sabíamos que decir, los poetas, los imprudentes y los descarnados. Estábamos ahí, familiares, amigos, extraños, todos incrédulos y adoloridos en una embriaguez propia de las cuatro de la mañana. Aquello era Leaving Las Vegas sin Nicolas Cage y en viernes. Me sentí incomoda, enojada. Me sentí sola y pensé que no había otra forma de sentirse.

    Cuando nos conocimos, David Ortiz, Anuar Jalife y Luis Alberto Arellano hablaban mucho de escritores y revistas, yo los escuchaba, como los he escuchado más de diez años. En algún momento de esa primera plática Luis se refirió a mí y, en un momento, todo se convirtió en un borbotón de palabras en torno a la filosofía. Supe que seríamos amigos, de esos que no están de acuerdo y que se fastidian. Lo que no imaginé es que por cuatro años, Anuar, Dayna Díaz, Ernesto Sánchez, Xalbador García, Luis y yo seríamos una familia que come pastel en los cumpleaños. Algunas veces nos amanecíamos burlándonos de todo, a Luis lo vi bailar ridículamente en casa, querer robarse a mi perro, entristecerse y sobreponerse. Éramos  The Warriors, en la cabeza de Xalbador; Anabel Ochoa en un noticiero; en la cabeza de Dayna; un grupo sin grupo, en la cabeza de Anuar, y seguramente un parque de caravanas situado a las afueras de la ciudad canadiense de Halifax para Ernesto. Fuimos unos compulsivos del archivo, pero también de la porra, banca y estrellas del Atletico Psicopompo y del Real Estridentista; es decir, cómplices de cualquier acto legal o ilegal.

    Ya nada de eso está ahí. Existen al menos tres casas en el Potosí que imagino vacías, aquella de Terrazas, la mía y la que habitaba Luis con el entonces pequeño Emmanuel. Supongo que las discusiones de futbol y la energía que exudaban mis amigos al teclear la Historia de las Revistas Literarias se quedan como fantasmagorías. También, deben quedar ahí, como ecos en el alba, nuestras ganas de comernos al mundo, la armónica de Rivelino, los goles de Martha, la risa de Dayna.

    La muerte de Luis Alberto es partida y retorno, una franja de luz bajo la puerta del dormitorio, la noche en víspera de un viaje.

Nudillos en la pared

 

Por: Ernesto Sánchez

A Luis Alberto Arellano

captura-de-pantalla-2016-12-18-a-las-5-02-37-p-mSigo sin palabras. Creo que tengo razón de no tenerlas. Todos parecen desbordarse en memorias exaltadas y en momentos que han puesto en el cofre predilecto del recuerdo y el twitter. Y no deben ser así las cosas. Esos, los mejores momentos, no deben escapar ni por la boca ni por las letras, porque están para consumirnos desde dentro, porque estarán ahí en los momentos de soledad y nos arrancarán las lágrimas y nos prenderán fuego.

Uno se arriesga cuando hace de una persona un amigo, porque este simple acto, aparentemente desinteresado, les otorga un poder tremendo sobre ti. Pero hay veces, muy pocas, que no se puede evitar hacerlo. Una acción que te da todo:  apoyo,  risas, tragos y la complicidad casi infantil de un hermano. Y después de años tienes una pequeña cofradía  que entiende todos tus guiños y se desliza por las noches con estridencias que te divierten debido a la agudeza descarnada y todas esas cosas que admiras y envidias abiertamente. Interacción que es un consuelo sin par cuando piensas que en el mundo estás solo, porque todos lo estamos, pero también que es una condena, una cadena que te ata a sentimientos que garantizan la alegría momentánea que da la vida.

Y hay amigos que saben esto y bromean sobre la suerte de despertar otro día porque  están conscientes de que malabarean las horas con bombas, porque coquetean con mujeres de miradas perdidas y cuchillos escondidos y porque viven asomándose al desfiladero; porque ahí, en la orilla, uno sabe apreciar mejor los roces del viento, y, por eso, aprende a valorar como ninguno la intensidad de otro respiro.

Son individuos que llegan a ser todo. Y por eso una ausencia, una de esas ausencias, siempre es una prueba manipulada para el fracaso, pues, a veces, cometemos el error de aferrarnos a esos destellos y adornarlos de bisutería, sin comprender que su sentido ya logró, con creces, su función; y sólo nos resta dar las gracias. Por eso sigo sin palabras, pero dejo esto, que es nada, y los nudillos en la pared del cuarto; lo primero destinado al olvido, como debe ser, y los segundos impresos hasta que la casa que fue suya la derrumbe el tiempo.

Agradecerte es poco

 

Por: Martha Isabel Ramírez González

Un destino condujo diestramente

las horas, y brotó la compañía.

Jaime Gil de Biedma

Me gusta el silencio. Detenerme a pensar en las palabras, escuchar a los demás encender el mundo con una idea. Caminar sin rumbo mientras tengo en la memoria una tarde de café y galletas. Esa tarde, mañana o cualquier día. Porque todos me recuerdan el ademán decidido de un hombre de ideas. Esa tarde, entre tantas otras, en la que te apresuraste a servir aquel café acostumbrado, un acto simple cargado de convicciones. Servicio, generosidad, inteligencia. ¡Qué vacío! Las palabras rebotan y evocan las lecturas, los libros, los viajes.

Veredas por las que buscamos historias y nos sentamos a escuchar relatos hasta encontrar la noche en medio de la colonia italiana. Nos regalaste las mejores reflexiones. Tu trabajo. Brillante, audaz, incansable. Y siempre con tiempo para preocuparse por los otros, dar la referencia precisa y enseñar. Un magisterio que brota de la vocación de compartir con los demás una pasión, una entrega.

Me gusta el silencio. Y justo ahora lo odio, me da ira pensar en este adiós que quisiera convertir en el “nos vemos” de siempre, para disfrutar muchas otras reuniones, la voz que defiende y critica, la lucidez propia de un compañero, de un amigo.

Te recuerdo activo, siempre curioso, alegre. Las bromas, las comidas. Pienso en el privilegio de escucharte después de todos estos años en que ha valido la pena vivir. El legado de un poeta. Admiré siempre tu sensibilidad, tu entrega. Fuiste un padre amoroso y sincero. Un maestro cercano. Compañero querido.

¿Qué se puede decir ahora? Atesorar las imágenes, revivir los comentarios, admirar una pintura. No basta para describir el genio, la calidad humana de Luis Alberto. Compartimos años de trabajo, ocio y resistencia. Me resisto, me opongo, me entristezco.

La última vez que te vi me alegró verte feliz. Agradecerte es poco. Mis palabras son una sombra. De las aulas, de los coloquios, de las reuniones lo que vale la pena son las personas. La Providencia me hizo coincidir contigo, un privilegio.  ¡Muchas gracias! Mi admiración y respeto por siempre. Descansa en paz, Luis Alberto.

Unas líneas sobre Luis Alberto Arellano

Unas líneas sobre Luis Alberto Arellano

por: Anuar Jalife

 

Captura de pantalla 2016-12-16 a las 11.47.27 a.m..pngFue tarde calurosa en el departamento de David Ortiz, a unas cuantas calles de la Alameda de San Luis Potosí, cuando conocí a Luis Alberto Arellano; David lo había invitado tiempo atrás a mantener una columna en una revista que teníamos por entonces y de la cual Luis fue uno de los principales animadores. Robusto, moreno, el pelo crespo alborotado, los antebrazos pegados al torso, hablaba moviendo las manos con un ademán casi infantil. Siempre me dio la impresión de que a través de sus manos y su risa se asomaba el niño que fue. Evocaban una ternura que no se correspondía con su enorme figura, su humor ácido, su temprana erudición. La suerte quiso que compartiéramos casi cuatro años en El Colegio de San Luis. Puedo decir, sin falso halago, que durante ese tiempo tuve el privilegio de convivir con uno de los tipos más brillantes de mi generación; durante ese tiempo también se convirtió junto con otros amigos en parte de una pequeña y efímera familia.

Es curioso lo que uno recuerda de las personas cuando piensa en ellas. Si me imagino a  Luis, lo primero que viene a mi mente es un pescado en salsa de cilantro que nos preparó una tarde en su casa, un trio de sombrerudos con playeras hawaianas que se le insinuaron una madrugada afuera de un OXXO mientras tratábamos de conseguir alcohol a deshoras, un spoiler de la última temporada de Mad Men, una edición de Los viajes de Mandeville que le secuestré casi dos años, sus jarras de café americano con té negro y esas manos y esa sonrisa infantil repetidas infinitas veces.

Luis se fue con al menos —supongo— una treintena de libros publicados. Durante los últimos años se dedicó a investigar sobre un capítulo tan apasionante como desconocido de nuestra historia literaria, Rafael Lozano y la revista Prisma, una aventura vanguardista que Luis supo reconstruir con la amenidad, la curiosidad y la morosidad que caracterizaban su pluma ensayística. Escritor él mismo obsesionado con lo actual en todas sus formas, estoy seguro que encontró en Lozano un espejo literario que espero casi un siglo para ser reencontrado. El ensayo aún inédito aguarda una edición a la altura tanto de la originalidad del hallazgo como del talento con el que Luis urdió ese relato ignorado de nuestras letras. Imagino que, al igual que con este texto, nuestro escritor nos seguirá sorprendiendo con tantas otras cosas que debió haber dejado en su cajón. A quienes lo conocimos y lo admiranos, en correspondencia con su generosidad intelectual y humana, nos queda prolongar su obra; acompañar a su querido hijo Emanuel; recordar su sonrisa espléndida; y aprender a estar un poco más solos sin Luis Alberto Arellano.

La casa de Rafael López

 

Por: Luis Felipe Pérez Sánchez

Captura de pantalla 2016-12-13 a las 10.16.11 a.m..pngNadie, casi nadie piensa en Rafael López. Ni recuerda que aquí, en Guanajuato, habría nacido; ni que por 1901 robó o tomó prestados, indefinidamente, cien pesos de la caja en la tienda de su padre y, con eso, y la ilusión de una Turania en la mente, se fue a la Ciudad de México a hacerse poeta, el de la “Venus de la Alameda”. Había sido convidado a la tertulia del Bar y de la vida literaria del México de fin de siglo. El canto de sirena lo escuchó de un tal Rubén M. Campos, otro guanajuatense, quien lo invitaba en un poema. Le decía que se acercara a la trapa de Jesús Valenzuela, que había vino y era bueno.

Él sabía, posiblemente, que sus ilusiones ya estaban encaminadas hacia el beso de la Quimera y se fue. Dio los pasos de López hacia la capital porque no le apetecía ese “hubiera” provinciano que le tocaba:

“Si yo hubiera continuado en esta vida quieta y desenfadada, sería hermano de la vela perpetua y un excelente jugador de dominó, aunque seguramente amenazado por la cirrosis. Me gustaba la literatura y las inspiraciones artísticas son malas consejeras para perpetuar la tradición hogareña. Además, en mi discreta ciudad no se recibían los libros de Remy de Gourmont”.

Pocos nos podríamos imaginar el Guanajuato del fin de siglo, más neoclásico que barroco, con los caudales de los ríos merodeando, siempre peligrosos, en agosto. Sin subterránea, ni ese hervidero con horarios que espera con paciencia el paso del transporte público; sin un cine Reforma que ahora es una tienda departamental.

Es una bruma el encanto de las plácidas mañanas “empenachadas por los pompones escarlata de la bugambilia”; queda lejos el suspiro ante el solemne y amplio “patio solariego donde los rosales se inclinan sobre los senos de las fuente con el abandono oriental”. Y, aunque parece que esas calles estrechas, para carruajes y burros con carga de leña no cambian, sí que arrumban fácilmente algo que luego aparece al fondo, como esperando a quien mire, a que alguien cuente otra leyenda de chinacos y mineros, a que alguien vuelva a decir que Guanajuato fue, durante mucho tiempo, una de las ciudades más ricas de México.

También es un lugar donde se acumulan escenografías como esos escritorios donde se apilan libros y papeles y lámparas o cables; cuadernos y plumas, sobres y periódicos, o todo lo que cae al pasar y, guardan, sin saberlo nadie o casi nadie, tesoros, secretos, memoria de algo que pareciera no recordarse o no haber sucedido. Luego de enfocarlo  suscita un descubrimiento, la fascinación, el estupor de hallar algo escondido que ha querido olvidarse detrás o debajo de aquello que los días han ido dejando caer.

Así, detrás de un puesto de hamburguesas gigantes, si uno alza la mirada y se detiene un poco, puede distinguir una casona de dos pisos, neoclásica. Podrá echarse de menos una placa donde diga “aquí vivió o aquí nació el poeta Rafael López (1867-1943), pero algunos todavía lo saben. A mí me lo contó Mauricio. Me dijo que Matilde es de la misma familia y que la casa es ésa que ahora es un banco y dos farmacias. Es el cruce rumbo a Tepetapa para los que vienen del Mercado Hidalgo o arriban a la ciudad desde San Javier. Ahí se hace un nudo. Uno puede ver, todavía, en ese pasaje que en otro tiempo debió ser la entrada a las caballerizas, tendidos de xoconoxtles, flor de calabaza, maíz, gorditas de cacahuate o té de limón que ofrecen los marchantes de Guanajuato.

Me hace imaginar que López paseaba por ahí, que caminaría rumbo al jardín Antillón y que, quizá, el silencio de ese otro siglo que tanto le aburría, ha ido suplantándose por vendimias de discos piratas y calzado directo de León, una ciudad cercana, donde confunden lo grandote con lo grandioso. Me da para pensar que este lugar atrapa en un ensueño de candilejas al paseante, da la sensación de ser un bullicio inmóvil, una efervescencia algo asfixiante que empuja a huir o amarra con grilletes.

Puedo ver, entonces, a un transeúnte más que se agrega a la lista de los muchos que habrán escalado con dificultad el camino de la Alhóndiga al Colegio del Estado, que ahora es el Edificio Central universitario, o a los otros que debieron aprender a menearse como patos en cada subida de callejón, el del estudiante o el de Púquero o Peñitas. Ha permanecido lejos de la provincia, se emancipó de la ciudad “no tan humilde como podría creerse, pues tiene el corazón de oro bajo un pecho de rosas, igual que una princesa encantada”. De quien hablo se llamó Rafael López y el tiempo se le ha echado encima y los viajeros pasamos de largo hasta que alguien, titubeando posiblemente, reconoce su nombre, López y sus pasos, y recupera de entre la memoria, como se va dando con las señas de un sitio que se ha dejado de visitar hace tiempo pero que sigue ahí.

 

Los cinco tipos de escritores que todo buen literato mexicano ha encarnado alguna vez

Por: Xalbador García

 

captura-de-pantalla-2016-12-13-a-las-9-31-12-a-mEl escritor heterosexual de clóset. Este tipo de escritor es rudo o más bien dice ser rudo por naturaleza. Algún escritor le cae mal, lo madrea, o más bien dice que lo va a madrear en el próximo encuentro literario o lectura de poesía o feria del libro en el que se lo tope. Es el más borracho, drogadicto, mujeriego, parrandero, jugador y malhablado de la fauna literaria o dice ser el más borracho, drogadicto, etcétera… Lo importante no es lo que verdaderamente es, sino lo que el mundo cree de su persona. Cuando uno se topa ante “un escritor heterosexual de clóset”, sólo puede expresar: “ah jijos, qué machote es este cuate. Hasta me da miedo”.

El escritor hípster. Es experto en cine, cómics, arte contemporáneo, arengas sobre ciencia ficción y terror, y música underground de Islandia del este de los años ochenta. Lee poquito y casi siempre a Tolkien o a J. K. Rowling o a Lovecraft. En ocasiones ya dejó de ser virgen. En ocasiones también ya terminó la preparatoria o la Universidad en alguna institución privada. Cuando en un descuido se topa con La divina comedia, no deja de pensar: “Qué grande es Dante al haber asimilado el discurso fílmico de David Lynch y poder plasmarlo en esta chingonería que es El Infierno”.

El escritor pueblerino. Se toma a pie juntillas aquella máxima tolstoiana de “pinta tu aldea y pintarás al mundo”. Vive como si estuviera en Nueva York o París o la Ciudad de México, pero del siglo XIX. Quema libros suyos porque no se los quieren publicar en la Secretaría de Cultura de su municipio, donde casi siempre falta el agua. Critica los premios o becas que otros se ganan. Sólo cuando él es el galardonado entonces sí fue legal el concurso. Está en pugna permanente por un puesto en la burocracia cultural de su estado que le permita ganar 3 mil pesos quincenales. Presume su amistad con escritores o artistas que salen en la tele o que publican en medios nacionales. “A ese gran escritor yo lo conozco y hasta el otro día se emborrachó en mi casa y vomitó mi alfombra y piropeó a mi vieja”, dice ufano ante los amigos que él ve como su público. Va a todos los eventos culturales de su ciudad y asegura, como buen personaje de Ibargüengoitia: “Modestia aparte, somos la Atenas de por aquí”.

El escritor vanguardista. Lleva a cabo recitales donde se encuera o se pinta de abejita. Grita como desquiciado y se pone a maldecir al gobierno o a Octavio Paz. Mezcla canciones de Maná con una palabrería reguetonera que él asegura es poesía… y de la buena. Dice que va a revolucionar el arte. Tiene a Los detectives salvajes como su Biblia. Y como toda Biblia, no ha leído completo el libro y por eso no comprende que es una farsa. Asegura que los versos pueden cambiar al mundo, aunque él mismo no se haya cambiado la playera desde los diecisiete años cuando el universo le reveló que tenía que ser poeta. Nada le sorprende porque no lee nada más que Bolaño. “Quiero ser poeta maldito”, dice en las tertulias literarias a las que asiste, mientras le da un sorbo brutal a su jugo de zanahoria mezclado con naranja y nopal, porque “el escritor vanguardista” es abstemio, vegetariano, defensor de los animales y de filiación perredista.

El escritor consagrado. Se burla de los cuatro tipos anteriores.

Nunca nadie es nada sin cesar

 

Por: Tobías Albero

Captura de pantalla 2016-12-13 a las 9.21.12 a.m..pngNunca nadie es nada sin cesar o nada es nunca incesantemente o nadie es nada siempre, aunque algunos parecen instalados definitivamente en la nada de la que despiertan únicamente como reivindicación momentánea de la casualidad o del azar, sin importar que esa efímera conciencia de ser nadie resida en la actuación del siervo en apariencia manumitido. A primera vista, el servilismo resulta un anacronismo en este siglo XXI, paradójicamente se hace más presente que nunca, sobre todo en los nadies para quienes su vida es mera anécdota antes de regresar a la nada. Quizás el servilismo en algunos casos sea un destello o un atisbo deformado de esa existencia que se pudo alcanzar pero que se fue para siempre; el reflejo de la imagen a la vez torva y cabal de quien se entregó a una vida vicaria al servicio de los intereses de otro u otros; la presencia irreal de quien sólo la adopta por procuración o por imitación o por sustitución; el esclavo moral –desquiciada inmoralidad– que, incapaz de hacerse cargo de sí mismo por incompetencia, por incapacidad, por insolvencia, prefiere delegar su responsabilidad en otro para que lo someta y conduzca a la espera de que en algún momento acceda a aquello que por sí mismo tiene vedado.

En estos casos, la excepción a ese nunca nadie es nada sin cesar es la garantía de la humillación que opera como pausa caprichosa; un inconsistente reclamo no tanto de lo que ya no se será cuanto de lo mucho obrado para no serlo jamás. Porque hay quienes trabajan para ser, de la misma manera que otros lo hacen para no ser nunca. Una autonegación que escamotea la urgencia por enfrentar cada circunstancia, un desprecio de sí nacido del reconocimiento de la propia indignidad, de la propia iniquidad, de la propia perfidia, a la que se pretende sumar a otros como acompañantes y cómplices caprichosos del propio fracaso, como si esos mismos no fueran a la vez testigos de tanta derrota y de tanta mezquindad adornadas de una razón que no es más que la artimaña del cobarde. El cobarde no es aquél que no sabe o no puede enfrentar determinadas circunstancias, o no lo es necesariamente, sino quien actúa a espaldas de otros para infligirles un daño movido por la irracionalidad del resentimiento y del complejo; como si no dar la cara borrara las huellas premeditadas que se dieron para apuñalar por la espalda; como si la traición por taimada que sea no se delatara por sí misma, no tanto porque sea evidente como por la delación del verdugo mismo a partir de lo dicho y lo callado, de lo afirmado y lo sugerido, de lo insinuado y apenas apuntado, de lo silenciado y también eludido, de lo ocultado y velado, de todo un cúmulo elocuente de silencios y balbuceos encauzados por el rencor manifiesto de quien irremediablemente se asume como nadie o es así asumido por los otros; como si el gesto banal de un pastel de zanahoria ocultara la envidia irracional que mueve la insidia; o como si aquella primera gratitud fingida, reiterada estúpidamente con cualquier excusa, operara como caldo de una animadversión nacida de la impotencia y la ineptitud o, peor aún, de la imposibilidad de aceptar la propia estupidez. El resentimiento que nace de la inmoralidad, una inseguridad no ya ante el presente sino ante un pasado que considera injusto como si su vida fuera justa; el acomplejado que es capaz de adueñarse o eso piensa del trabajo que han hecho otros como si lo mereciera ante la vista de los demás, incapaz de resguardarse consigo mismo ante tanta maldad, ante tanta vileza, ante tanta bajeza voluntariamente procurada, sabiendo que es una rareza a ese nada es nunca incesantemente. Extraviado de los hombres, pero también de sí mismo. El siervo resentido que trafica con información para asegurarse el reconocimiento del amo para quien, en verdad, no es más que un instrumento despreciable y desechable para perpetrar sus ignominias. Amo y siervo que comparten resentimientos y complejos, como si sus fechorías los transformaran en lo que no son ni serán, como si sus maquinaciones les devolvieran lo que nunca tuvieron y que, por lo mismo, nunca tendrán, pero en todo momento dando fe de esa jerarquía tan infranqueable como inaccesible entre dueño y esclavo, aceptada con altivez y condescendencia por el primero, con sumisión y agradecimiento por el segundo; una indigna complicidad que se juega a partes iguales pero definidas en el tapete de la exasperación y la humillación, del arrebato y la sumisión, de la arrogancia y la falsa modestia. El esclavo que sueña ser como su amo, que sólo es por el amo pero que ya no dejará de ser esclavo porque ignora el precio de la libertad.

Nunca nadie es nada sin cesar, pero hay pausas y pausas, existencias y existencias, cuyo sentido en unos casos y en otros reside en el significado de esas suspensiones. Para quien ha hecho de la alevosía y la prevaricación su morada, mejor sería recogerse definitivamente en esa nada y en ser nadie. Hay cosas con las que no se comercia. La vileza sólo multiplica la vileza; la infamia nunca obtiene fama; quien vive en la abyección sólo es abyecto; la vida se dignifica, no se entrega ni se regala ni se ofrece en caso de ser coptada. También el amo es nadie pues desconoce el valor de la dignidad de la libertad, tampoco respeta la vida aunque el siervo le haya entregado voluntariamente la suya, porque sabe que tendrá que retribuirle al siervo en los mismos términos que éste exige para seguir siéndolo. Sin embargo, el amo sabe que hay circunstancias que pasan y otras que vuelven y que, si se da el caso, padecerá lo mismo que causó y seguramente en términos parecidos. Esto lo ignora el esclavo que liga su suerte a la del amo aunque llegado el momento quiera distanciarse de éste. Para quien es nadie no hay redención puesto que no hay nada que redimir, ni tampoco puede ser sujeto de perdón ni de compasión puesto que es nadie. Quien es nadie es un homo sacer, aquél que ha sido sacrificado por su amo y por lo tanto ni siquiera puede ser asesinado puesto que ya murió en ese sacrifico. Un homo sacer no puede tampoco incorporarse a la sociedad puesto que su función social es haber sido sacrificado y su ámbito es la nada. Un homo sacer es ya nadie hospedado en la nada sin fin. Nunca nadie es nada sin cesar, a excepción de un homo sacer.

Narcos, la vida desde afuera

 

Por: Ernesto Sánchez 

narcos-1En una época donde es común la exaltación de la figura del narcotraficante en bestsellers, horario estelar de t.v. abierta y series de streaming, no resulta difícil imaginar que Netflix también apostaría por un contenido que estaba acaparado por un “mercado nacional”. Narcos,  una serie creada en 2015 por Carlo Bernand, Chris Brancato y Doug Miro, surge un poco antes de que  Televisa sacara sus programas de la plataforma de Netflix para construir otra que le haga competencia: Blim; la cual, seguramente, se llevará a un contingente significativo que odia, o le cuesta trabajo, leer subtítulos, o están casados, irremediablemente, con el formato simplón que Televisa ha forzado en la población.

Ahora bien, la apuesta por una serie que se enfoca en la vida de Pablo Escobar parecía arriesgada, pero el modo en que se aborda hace que la serie no sea una mera replica de lo que estamos acostumbrados a ver en series de temas similares. Para ello, los creadores hicieron que la perspectiva de Steve Murphy (Boyd Holbrook), agente de la DEA en Colombia, fuera el eje rector. Así, los capítulos mezclan fotos del archivo original de Pablo Escobar con una voz en off que relata desde afuera episodios significativos de su biografía; no obstante, la mayoría del peso cae en las actuaciones.

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A la par del personaje principal, se encuentra el desenvolvimiento de otras historias que reflejan, a su vez, una arista de una realidad asociada al narco. La vida turbulenta en la que se introduce el agente Murphy al llegar a Colombia, y de la que su compañero Javier Peña (Pedro Pascal) es todo un experto, nos dibuja un panorama de corrupción y servicio al mejor postor. Un maquinaria que funciona a base del dinero que maneja el narco y que arrasa todas la esferas de la política, y encuentra su contrapeso en los agentes que la combaten a partir de principios casi olvidados como el Coronel Horacio Carrillo (Maurice Compte), el cual no teme cruzar la línea de los mismos principios que defiende con tal de acabar con lo que él considera la única amenaza que azota Colombia;  o bien, César Gaviria (Raúl Méndez), el cual se ve arrastrado, casi por azahar, primero como candidato presidencial y después como presidente al mar de violencia e incertidumbre que su posición le otorga.

 A todo esto se suma la participación del gobierno estadounidense en las acciones de que se desenvuelven en tierras extranjeras, lo cual, desde mi punto de vista es uno de los grandes aciertos de esta serie. El poder que se desprende desde el país del norte y las prioridades que éste tiene, en muchos casos determinan el futuro de las sociedades en las que se ve involucrado; pero, hay que ser claros, aquí no se presenta en el papel de héroe que se ha querido adjudicar históricamente, sino, más bien, en el de un accionista descarnado que poco le importan las consecuencias de sus acciones siempre y cuando sea él el beneficiado.

narcos-tataPor otro lado, un papel fundamental para el esbozo que hace Narcos de la figura de Escobar es el su esposa Tata (Paulina Gaitan), pues a partir de su relación es donde los matices más humanos y sinceros del hombre se ven con más claridad. Sin embargo, del mismo modo que sirve como justificación para su encumbramiento y avaricia de poder, el personaje de Tata también es el que provoca su caída, y deja claro algo: en el mundo del narcotráfico no hay espacio para cosas que te hacen vulnerables, como el amor.

A pesar de contar con actuaciones de alto nivel, la que más destaca de entre éstas, por mucho, es la del personaje de Pablo Escobar, representado con maestría por el actor brasileño Wagner Moura. Pues, entre la actuación y el formato en que se maneja la vida de Escobar, lo que queda es un aire siniestro que mezcla diferentes aristas de un personaje demasiado complejo. Así, el padre de familia, esposo devoto, que está consciente de la desigualdad que azota al pueblo de Colombia, se intercala con un hombre violento, venido de abajo, capaz de hacer cualquier cosa por mantenerse en el poder. En este sentido, la sensación que este personaje emana es más similar a aquellos gansters neoyorquinos de Goodfellas o al nuevo prototipo de narco que propuso Walter White, en la aclamada serie Breaking Bad, que a cualquier otra serie producida por Televisa (ya sea El Cartel de los Sapos, La Reina del Sur o El Señor de los Cielos).

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En sus dos temporadas, Narcos relata la historia del Capo de capos, desde sus primeras intervenciones en el mundo de fayuca, pasando por su estancia en La Catedral (prisión construida por él, una vez hecho un pacto con el gobierno), la fuga, la persecución y caída final. 20 capítulos que esbozan la vida de Escobar, y que gracias al formato empleado crean la ilusión de acercarse, casi peligrosamente, a la mente de una de los personajes más violentos e intrigantes del siglo XX.

Ahora, con dos exitosas temporadas, Narcos dio por concluida la fase que se centra en Pablo Escobar, pero ha quedado abierta para seguir los pasos del cártel que tomó el poder cuando éste murió: el de Calí. Sin duda, esta nueva incursión, encabezada por el actor Damián Alcázar, tampoco nos defraudará.