A Ema Barrón y a José Revueltas los iban a matar

A Ema Barrón y a José Revueltas los iban a matar

 

Por: Xalbador García

 

José se apellidaba “Revueltas” y había nacido el “20 de noviembre”, fecha del inicio de la Revolución Mexicana. Con tales credenciales era imposible que la rebeldía no fuera su destino. El subversivo comunista había forjado su carácter desde su juventud tanto en las cárceles mexicanas, incluidas las Islas Marías, como en Moscú, donde pudo ser testigo del espíritu rojo de los años treinta. Por su inteligencia, sensibilidad y acciones a lo largo de su vida fue respetado por sus camaradas, entre quienes se encontraron Octavio Paz, Efraín Huerta y Rafael Solana.

El sentido crítico de Revueltas lo llevó a ser expulsado del Partido Comunista mexicano en 1943 y 20 años después sucedió lo mismo con la Liga Lennista Espartaco que él mismo había fundado en 1960. La duda alimentó su pensamiento. Por más que hubo episodios donde la ideología se imponía al espíritu libre del autor, Revueltas siempre luchó, sobre la hoja y en la vida, por lo que consideraba justo. En consecuencia, sus decisiones le trajeran represalias de sus propios camaradas como de las autoridades.

Así lo hizo con el movimiento estudiantil de 1968. Fue un miembro activo de las acciones universitarias que exigían un diálogo abierto con el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz y que terminaron con la masacre de Tlatelolco. Debido a su participación en el movimiento Revueltas fue recluido en El Palacio Negro de Lecumberri, donde padeció los abusos de las autoridades, lo que mermó gravemente su salud.

Durante su estancia en la cárcel se había separado de su segunda esposa, María Teresa Retes, y había empezado una relación con Ema Barrón Licona con quien se casaría en 1973. Por esos años, ningún otro intelectual en México era tan incómodo para el oficialismo priísta como José Revueltas. En todo el mundo empezaron a escucharse voces que pedían su liberación, entre ellas la de Pablo Neruda. La libertad le fue concedida en 1971 pero el acoso a su entorno familiar se volvió constante.

En el archivo personal del autor en la Benson Latin American Studies and Collections de la Universidad de Texas en Austin se encuentran por lo menos dos amenazas de muerte contra Ema Barón, así como una carta a la madre de ésta en la que critican el matrimonio con el escritor. Los anónimos buscaban destrozar la vida personal de Revueltas y mostraban las intenciones de asesinar a su esposa como una represalia en contra del autor.

En la primera amenaza en agravio a Ema se lee la terrible advertencia, aseverando que “el triste anciano” no podría salvarla:

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En la segunda se asegura que con el nuevo domicilio será más fácil atentar en contra de su vida y se habla de una supuesta traición ¿al comunismo?, ¿a las buenas costumbres?, ¿al gobierno mexicano?

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Mientras tanto la carta, fechada en octubre de 1972 y enviada a la madre de Emma Barón, asegura que Revueltas está abusando de la generosidad de quien sería su esposa. Denuncia la situación marital del escritor, su mal estado de salud y cómo todas las mujeres de los hermanos Revueltas terminaban en muy grave estado debido al alcoholismo que los aquejaba.

En la misiva se lee: “El escritor Revueltas está enfermo y desahuciado, pero a su esposa [habla de María Teresa Retes] de cualquier modo le resulta más cómodo y más económico que Ema sea la enfermera, la mandadera y la que lo bañe y lo cuide”.

El 14 de abril de 1976 finalmente falleció José Revueltas. A su funeral llegó una comitiva gubernamental. Según dijeron, iban a ofrecer el pésame. En segundo plano, buscarían asegurarse de la muerte de aquel escritor tan subversivo como lúcido, quien desde 1939 había escrito su epitafio:

Estoy aquí detenido, en medio, sin objeto.

Puede caer el mundo sobre mi cabeza

y con el mundo los hombres y los animales.

Mas yo busco las piedras, las más profundas piedras,

busco las iglesias y las piedras de las iglesias,

las piedras de los apóstoles y de los profetas,

las piedras de las piedras.

Porque sólo las piedras lloran

y tienen ojos

y están tristes en mitad del camino

como yo, que soy una piedra sin límites

cansado

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