Un abordaje de manual

 

Por: Tobías Albero

img_2864Hace unos días estuve en Austin (Texas). Alguien de esa universidad me preguntó por un tal Sheridan que, por lo visto, se solaza por esos lares desde hace un buen tiempo. Como no lo conozco ni hasta ese momento había oído de él, la conversación anduvo por otro lado. La proverbial discreción de este amigo despertó mi curiosidad. Al poco me informé de que, a primera vista, el tal Sheridan es un acucioso investigador en literatura, un muy diligente profesor de la UNAM, intachable con su compromiso institucional, maestro servicial y requerido, avisado y sagaz periodista, solícito miembro de la Academia Mexicana de la Lengua Española, porfiado candidato al Colegio Nacional que por mera mala suerte se quedó en prospecto, resuelto integrante del consejo editorial de la revista Letras libres, portador de maneras afables y exquisitas, dueño de una envidiable ecuanimidad y templanza, estrecho e indispensable colaborador de Octavio Paz. Con tales adornos, me parecía poco que este señor se hubiera limitado a trabajar codo con codo con el Nobel o a su servicio. Sin embargo, lo que más me conmovió fue lo convincente y persuasivo que se mostró en unos artículos en que daba a entender que no había cumplido con los requerimientos para permanecer en el Sistema Nacional de Investigadores, pero que tal inobservancia no era su responsabilidad sino, en todo caso, de los demás. Perturbador latigazo de lucidez. Esta sincera confesión me permitió considerarlo de otro modo. Uno no sabe si este señor es víctima de las circunstancias o, más bien, las circunstancias son sus víctimas. Surgieron las primeras dudas: ¿es verosímil que quien reside en Texas desde hace tantos años desarrolle sin embargo su labor en México y sea además distinguido por ello? ¿Resulta creíble que imparta clases en Austin alguien del que dicen que no se recuerda que alguna vez las haya impartido en su institución? ¿Realmente está en una comisión de servicio o, más bien, la perpetra? Y, si es así, ¿puede México prescindir de este preclaro sujeto? Y si se lo puede permitir ¿no son todos esos reconocimientos una pantalla que encubre el ninguneo de la envida, la mezquindad del complejo, el rencor corrosivo ante un ser superior y, más bien, son un elegante boleto de avión? ¿Recibió esos reconocimientos o se los despacharon? Un temperamento aparentemente indomable con el poder como el del sr. Sheridan ¿se avino a aceptar esta encomienda? Porque está fuera de duda la incomodidad que este sujeto le causa al poder, como el poder mismo ha reconocido, por ejemplo, al otorgarle algún puesto en la Casa de México en  la Ciudad Universitaria de París que en un gesto subversivo sin precedentes aceptó con gusto y diligencia.

            Al parecer, como el sr. Sheridan invita a pensar, antes de partir ufano y flamante con la muy distinguida comisión bajo el brazo rumbo a Austin, casi no impartía clases, casi no dirigía tesis, casi no participaba de la vida colegiada, casi no colaboraba con proyectos, casi no atendía las actividades de divulgación, casi no frecuentaba las tareas de extensión, casi no se paraba en su institución; o todo esto pero menos. Minucias para un académico de las que, como se ha suscrito, no son responsables sino todos los demás por si se le olvida alguno. Más inquietantes resultan las posibles causas por las que no consigue dar con el edifico en que labora o laboraba: a lo mejor se trata de un edificio móvil y proteico, plegable y reactivo a determinadas presencias, de modo que una vez que las detecta cambia de ubicación o, quizás, es una de esas construcciones inteligentes que expiden una cortina de humo cuando revelan a un intruso, pero el sr. Sheridan no es un intruso puesto que lleva cobrando de la UNAM desde hace cuarenta años, en todo caso lo es para el edificio y para las secretarias que activan el distractor. Ya sea por unos motivos o por otros, la responsabilidad es también del edificio por el argumento consignado. Como se ha dicho, este individuo también ha dejado constancia de que no cumplía con los requisitos para seguir como miembro del Sistema Nacional de Investigadores, por lo que le obligaron a recurrir a su columna de investigación periodística para reencauzar a los miembros de la comisión, en una exhibición ejemplar de polivalencia intelectual, de probidad y de compromiso cívico, blandiendo cómo no el atenuante señalado. Con seguridad, los miembros de la comisión al leerlo debieron de quedarse conmovidos y perplejos; más conmovidos que perplejos, recordando de repente esas imágenes heroicas de soldados fatigados y exhaustos, todavía embrutecidos por la violencia de la última escaramuza, despojados de bagajes y pertrechos, agotadas las vituallas, a los que se les pide una última acometida hacia las trincheras enemigas, sabiendo que es la postrera y acaso definitiva, y sin embargo leales a ese juramento de dar su vida por la patria.

Si hasta el momento de su partida el sr. Sheridan, como parece sugerir él mismo, no hacía nada porque no le dejaban, algo debía hacer para que no le dejaran hacer, lo cual no es poco y justificaría todo lo anterior. Pero ¿qué? ¿qué puede hacer alguien que se ha ganado honestamente la vida haciéndole al que no le dejan hacer? ¿Establecerse en Austin? Y ¿para qué? Entonces llegó a mis manos un volumen titulado Habitación con retratos. Ensayos sobre la vida de Octavio Paz, con una amenaza explícita en forma de “2”, del que en la contraportada se lee que “los dos tomos juntos componen el abordaje más sutil, experto y ponderado que haya recibido la obra del escritor [Octavio Paz] más importante y más prolífico de México”. La incógnita queda entonces despejada: en Austin el sr. Sheridan al abrigo del poder y en contra del poder se ha dedicado a escribir un libro que es un abordaje en toda regla, sin duda muy “sutil”, quizás en exceso, y a enviar twitts.

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