La casa de Rafael López

 

Por: Luis Felipe Pérez Sánchez

Captura de pantalla 2016-12-13 a las 10.16.11 a.m..pngNadie, casi nadie piensa en Rafael López. Ni recuerda que aquí, en Guanajuato, habría nacido; ni que por 1901 robó o tomó prestados, indefinidamente, cien pesos de la caja en la tienda de su padre y, con eso, y la ilusión de una Turania en la mente, se fue a la Ciudad de México a hacerse poeta, el de la “Venus de la Alameda”. Había sido convidado a la tertulia del Bar y de la vida literaria del México de fin de siglo. El canto de sirena lo escuchó de un tal Rubén M. Campos, otro guanajuatense, quien lo invitaba en un poema. Le decía que se acercara a la trapa de Jesús Valenzuela, que había vino y era bueno.

Él sabía, posiblemente, que sus ilusiones ya estaban encaminadas hacia el beso de la Quimera y se fue. Dio los pasos de López hacia la capital porque no le apetecía ese “hubiera” provinciano que le tocaba:

“Si yo hubiera continuado en esta vida quieta y desenfadada, sería hermano de la vela perpetua y un excelente jugador de dominó, aunque seguramente amenazado por la cirrosis. Me gustaba la literatura y las inspiraciones artísticas son malas consejeras para perpetuar la tradición hogareña. Además, en mi discreta ciudad no se recibían los libros de Remy de Gourmont”.

Pocos nos podríamos imaginar el Guanajuato del fin de siglo, más neoclásico que barroco, con los caudales de los ríos merodeando, siempre peligrosos, en agosto. Sin subterránea, ni ese hervidero con horarios que espera con paciencia el paso del transporte público; sin un cine Reforma que ahora es una tienda departamental.

Es una bruma el encanto de las plácidas mañanas “empenachadas por los pompones escarlata de la bugambilia”; queda lejos el suspiro ante el solemne y amplio “patio solariego donde los rosales se inclinan sobre los senos de las fuente con el abandono oriental”. Y, aunque parece que esas calles estrechas, para carruajes y burros con carga de leña no cambian, sí que arrumban fácilmente algo que luego aparece al fondo, como esperando a quien mire, a que alguien cuente otra leyenda de chinacos y mineros, a que alguien vuelva a decir que Guanajuato fue, durante mucho tiempo, una de las ciudades más ricas de México.

También es un lugar donde se acumulan escenografías como esos escritorios donde se apilan libros y papeles y lámparas o cables; cuadernos y plumas, sobres y periódicos, o todo lo que cae al pasar y, guardan, sin saberlo nadie o casi nadie, tesoros, secretos, memoria de algo que pareciera no recordarse o no haber sucedido. Luego de enfocarlo  suscita un descubrimiento, la fascinación, el estupor de hallar algo escondido que ha querido olvidarse detrás o debajo de aquello que los días han ido dejando caer.

Así, detrás de un puesto de hamburguesas gigantes, si uno alza la mirada y se detiene un poco, puede distinguir una casona de dos pisos, neoclásica. Podrá echarse de menos una placa donde diga “aquí vivió o aquí nació el poeta Rafael López (1867-1943), pero algunos todavía lo saben. A mí me lo contó Mauricio. Me dijo que Matilde es de la misma familia y que la casa es ésa que ahora es un banco y dos farmacias. Es el cruce rumbo a Tepetapa para los que vienen del Mercado Hidalgo o arriban a la ciudad desde San Javier. Ahí se hace un nudo. Uno puede ver, todavía, en ese pasaje que en otro tiempo debió ser la entrada a las caballerizas, tendidos de xoconoxtles, flor de calabaza, maíz, gorditas de cacahuate o té de limón que ofrecen los marchantes de Guanajuato.

Me hace imaginar que López paseaba por ahí, que caminaría rumbo al jardín Antillón y que, quizá, el silencio de ese otro siglo que tanto le aburría, ha ido suplantándose por vendimias de discos piratas y calzado directo de León, una ciudad cercana, donde confunden lo grandote con lo grandioso. Me da para pensar que este lugar atrapa en un ensueño de candilejas al paseante, da la sensación de ser un bullicio inmóvil, una efervescencia algo asfixiante que empuja a huir o amarra con grilletes.

Puedo ver, entonces, a un transeúnte más que se agrega a la lista de los muchos que habrán escalado con dificultad el camino de la Alhóndiga al Colegio del Estado, que ahora es el Edificio Central universitario, o a los otros que debieron aprender a menearse como patos en cada subida de callejón, el del estudiante o el de Púquero o Peñitas. Ha permanecido lejos de la provincia, se emancipó de la ciudad “no tan humilde como podría creerse, pues tiene el corazón de oro bajo un pecho de rosas, igual que una princesa encantada”. De quien hablo se llamó Rafael López y el tiempo se le ha echado encima y los viajeros pasamos de largo hasta que alguien, titubeando posiblemente, reconoce su nombre, López y sus pasos, y recupera de entre la memoria, como se va dando con las señas de un sitio que se ha dejado de visitar hace tiempo pero que sigue ahí.

 

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