Los cinco tipos de escritores que todo buen literato mexicano ha encarnado alguna vez

Por: Xalbador García

 

captura-de-pantalla-2016-12-13-a-las-9-31-12-a-mEl escritor heterosexual de clóset. Este tipo de escritor es rudo o más bien dice ser rudo por naturaleza. Algún escritor le cae mal, lo madrea, o más bien dice que lo va a madrear en el próximo encuentro literario o lectura de poesía o feria del libro en el que se lo tope. Es el más borracho, drogadicto, mujeriego, parrandero, jugador y malhablado de la fauna literaria o dice ser el más borracho, drogadicto, etcétera… Lo importante no es lo que verdaderamente es, sino lo que el mundo cree de su persona. Cuando uno se topa ante “un escritor heterosexual de clóset”, sólo puede expresar: “ah jijos, qué machote es este cuate. Hasta me da miedo”.

El escritor hípster. Es experto en cine, cómics, arte contemporáneo, arengas sobre ciencia ficción y terror, y música underground de Islandia del este de los años ochenta. Lee poquito y casi siempre a Tolkien o a J. K. Rowling o a Lovecraft. En ocasiones ya dejó de ser virgen. En ocasiones también ya terminó la preparatoria o la Universidad en alguna institución privada. Cuando en un descuido se topa con La divina comedia, no deja de pensar: “Qué grande es Dante al haber asimilado el discurso fílmico de David Lynch y poder plasmarlo en esta chingonería que es El Infierno”.

El escritor pueblerino. Se toma a pie juntillas aquella máxima tolstoiana de “pinta tu aldea y pintarás al mundo”. Vive como si estuviera en Nueva York o París o la Ciudad de México, pero del siglo XIX. Quema libros suyos porque no se los quieren publicar en la Secretaría de Cultura de su municipio, donde casi siempre falta el agua. Critica los premios o becas que otros se ganan. Sólo cuando él es el galardonado entonces sí fue legal el concurso. Está en pugna permanente por un puesto en la burocracia cultural de su estado que le permita ganar 3 mil pesos quincenales. Presume su amistad con escritores o artistas que salen en la tele o que publican en medios nacionales. “A ese gran escritor yo lo conozco y hasta el otro día se emborrachó en mi casa y vomitó mi alfombra y piropeó a mi vieja”, dice ufano ante los amigos que él ve como su público. Va a todos los eventos culturales de su ciudad y asegura, como buen personaje de Ibargüengoitia: “Modestia aparte, somos la Atenas de por aquí”.

El escritor vanguardista. Lleva a cabo recitales donde se encuera o se pinta de abejita. Grita como desquiciado y se pone a maldecir al gobierno o a Octavio Paz. Mezcla canciones de Maná con una palabrería reguetonera que él asegura es poesía… y de la buena. Dice que va a revolucionar el arte. Tiene a Los detectives salvajes como su Biblia. Y como toda Biblia, no ha leído completo el libro y por eso no comprende que es una farsa. Asegura que los versos pueden cambiar al mundo, aunque él mismo no se haya cambiado la playera desde los diecisiete años cuando el universo le reveló que tenía que ser poeta. Nada le sorprende porque no lee nada más que Bolaño. “Quiero ser poeta maldito”, dice en las tertulias literarias a las que asiste, mientras le da un sorbo brutal a su jugo de zanahoria mezclado con naranja y nopal, porque “el escritor vanguardista” es abstemio, vegetariano, defensor de los animales y de filiación perredista.

El escritor consagrado. Se burla de los cuatro tipos anteriores.

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