Nunca nadie es nada sin cesar

 

Por: Tobías Albero

Captura de pantalla 2016-12-13 a las 9.21.12 a.m..pngNunca nadie es nada sin cesar o nada es nunca incesantemente o nadie es nada siempre, aunque algunos parecen instalados definitivamente en la nada de la que despiertan únicamente como reivindicación momentánea de la casualidad o del azar, sin importar que esa efímera conciencia de ser nadie resida en la actuación del siervo en apariencia manumitido. A primera vista, el servilismo resulta un anacronismo en este siglo XXI, paradójicamente se hace más presente que nunca, sobre todo en los nadies para quienes su vida es mera anécdota antes de regresar a la nada. Quizás el servilismo en algunos casos sea un destello o un atisbo deformado de esa existencia que se pudo alcanzar pero que se fue para siempre; el reflejo de la imagen a la vez torva y cabal de quien se entregó a una vida vicaria al servicio de los intereses de otro u otros; la presencia irreal de quien sólo la adopta por procuración o por imitación o por sustitución; el esclavo moral –desquiciada inmoralidad– que, incapaz de hacerse cargo de sí mismo por incompetencia, por incapacidad, por insolvencia, prefiere delegar su responsabilidad en otro para que lo someta y conduzca a la espera de que en algún momento acceda a aquello que por sí mismo tiene vedado.

En estos casos, la excepción a ese nunca nadie es nada sin cesar es la garantía de la humillación que opera como pausa caprichosa; un inconsistente reclamo no tanto de lo que ya no se será cuanto de lo mucho obrado para no serlo jamás. Porque hay quienes trabajan para ser, de la misma manera que otros lo hacen para no ser nunca. Una autonegación que escamotea la urgencia por enfrentar cada circunstancia, un desprecio de sí nacido del reconocimiento de la propia indignidad, de la propia iniquidad, de la propia perfidia, a la que se pretende sumar a otros como acompañantes y cómplices caprichosos del propio fracaso, como si esos mismos no fueran a la vez testigos de tanta derrota y de tanta mezquindad adornadas de una razón que no es más que la artimaña del cobarde. El cobarde no es aquél que no sabe o no puede enfrentar determinadas circunstancias, o no lo es necesariamente, sino quien actúa a espaldas de otros para infligirles un daño movido por la irracionalidad del resentimiento y del complejo; como si no dar la cara borrara las huellas premeditadas que se dieron para apuñalar por la espalda; como si la traición por taimada que sea no se delatara por sí misma, no tanto porque sea evidente como por la delación del verdugo mismo a partir de lo dicho y lo callado, de lo afirmado y lo sugerido, de lo insinuado y apenas apuntado, de lo silenciado y también eludido, de lo ocultado y velado, de todo un cúmulo elocuente de silencios y balbuceos encauzados por el rencor manifiesto de quien irremediablemente se asume como nadie o es así asumido por los otros; como si el gesto banal de un pastel de zanahoria ocultara la envidia irracional que mueve la insidia; o como si aquella primera gratitud fingida, reiterada estúpidamente con cualquier excusa, operara como caldo de una animadversión nacida de la impotencia y la ineptitud o, peor aún, de la imposibilidad de aceptar la propia estupidez. El resentimiento que nace de la inmoralidad, una inseguridad no ya ante el presente sino ante un pasado que considera injusto como si su vida fuera justa; el acomplejado que es capaz de adueñarse o eso piensa del trabajo que han hecho otros como si lo mereciera ante la vista de los demás, incapaz de resguardarse consigo mismo ante tanta maldad, ante tanta vileza, ante tanta bajeza voluntariamente procurada, sabiendo que es una rareza a ese nada es nunca incesantemente. Extraviado de los hombres, pero también de sí mismo. El siervo resentido que trafica con información para asegurarse el reconocimiento del amo para quien, en verdad, no es más que un instrumento despreciable y desechable para perpetrar sus ignominias. Amo y siervo que comparten resentimientos y complejos, como si sus fechorías los transformaran en lo que no son ni serán, como si sus maquinaciones les devolvieran lo que nunca tuvieron y que, por lo mismo, nunca tendrán, pero en todo momento dando fe de esa jerarquía tan infranqueable como inaccesible entre dueño y esclavo, aceptada con altivez y condescendencia por el primero, con sumisión y agradecimiento por el segundo; una indigna complicidad que se juega a partes iguales pero definidas en el tapete de la exasperación y la humillación, del arrebato y la sumisión, de la arrogancia y la falsa modestia. El esclavo que sueña ser como su amo, que sólo es por el amo pero que ya no dejará de ser esclavo porque ignora el precio de la libertad.

Nunca nadie es nada sin cesar, pero hay pausas y pausas, existencias y existencias, cuyo sentido en unos casos y en otros reside en el significado de esas suspensiones. Para quien ha hecho de la alevosía y la prevaricación su morada, mejor sería recogerse definitivamente en esa nada y en ser nadie. Hay cosas con las que no se comercia. La vileza sólo multiplica la vileza; la infamia nunca obtiene fama; quien vive en la abyección sólo es abyecto; la vida se dignifica, no se entrega ni se regala ni se ofrece en caso de ser coptada. También el amo es nadie pues desconoce el valor de la dignidad de la libertad, tampoco respeta la vida aunque el siervo le haya entregado voluntariamente la suya, porque sabe que tendrá que retribuirle al siervo en los mismos términos que éste exige para seguir siéndolo. Sin embargo, el amo sabe que hay circunstancias que pasan y otras que vuelven y que, si se da el caso, padecerá lo mismo que causó y seguramente en términos parecidos. Esto lo ignora el esclavo que liga su suerte a la del amo aunque llegado el momento quiera distanciarse de éste. Para quien es nadie no hay redención puesto que no hay nada que redimir, ni tampoco puede ser sujeto de perdón ni de compasión puesto que es nadie. Quien es nadie es un homo sacer, aquél que ha sido sacrificado por su amo y por lo tanto ni siquiera puede ser asesinado puesto que ya murió en ese sacrifico. Un homo sacer no puede tampoco incorporarse a la sociedad puesto que su función social es haber sido sacrificado y su ámbito es la nada. Un homo sacer es ya nadie hospedado en la nada sin fin. Nunca nadie es nada sin cesar, a excepción de un homo sacer.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s