Unas líneas sobre Luis Alberto Arellano

Unas líneas sobre Luis Alberto Arellano

por: Anuar Jalife

 

Captura de pantalla 2016-12-16 a las 11.47.27 a.m..pngFue tarde calurosa en el departamento de David Ortiz, a unas cuantas calles de la Alameda de San Luis Potosí, cuando conocí a Luis Alberto Arellano; David lo había invitado tiempo atrás a mantener una columna en una revista que teníamos por entonces y de la cual Luis fue uno de los principales animadores. Robusto, moreno, el pelo crespo alborotado, los antebrazos pegados al torso, hablaba moviendo las manos con un ademán casi infantil. Siempre me dio la impresión de que a través de sus manos y su risa se asomaba el niño que fue. Evocaban una ternura que no se correspondía con su enorme figura, su humor ácido, su temprana erudición. La suerte quiso que compartiéramos casi cuatro años en El Colegio de San Luis. Puedo decir, sin falso halago, que durante ese tiempo tuve el privilegio de convivir con uno de los tipos más brillantes de mi generación; durante ese tiempo también se convirtió junto con otros amigos en parte de una pequeña y efímera familia.

Es curioso lo que uno recuerda de las personas cuando piensa en ellas. Si me imagino a  Luis, lo primero que viene a mi mente es un pescado en salsa de cilantro que nos preparó una tarde en su casa, un trio de sombrerudos con playeras hawaianas que se le insinuaron una madrugada afuera de un OXXO mientras tratábamos de conseguir alcohol a deshoras, un spoiler de la última temporada de Mad Men, una edición de Los viajes de Mandeville que le secuestré casi dos años, sus jarras de café americano con té negro y esas manos y esa sonrisa infantil repetidas infinitas veces.

Luis se fue con al menos —supongo— una treintena de libros publicados. Durante los últimos años se dedicó a investigar sobre un capítulo tan apasionante como desconocido de nuestra historia literaria, Rafael Lozano y la revista Prisma, una aventura vanguardista que Luis supo reconstruir con la amenidad, la curiosidad y la morosidad que caracterizaban su pluma ensayística. Escritor él mismo obsesionado con lo actual en todas sus formas, estoy seguro que encontró en Lozano un espejo literario que espero casi un siglo para ser reencontrado. El ensayo aún inédito aguarda una edición a la altura tanto de la originalidad del hallazgo como del talento con el que Luis urdió ese relato ignorado de nuestras letras. Imagino que, al igual que con este texto, nuestro escritor nos seguirá sorprendiendo con tantas otras cosas que debió haber dejado en su cajón. A quienes lo conocimos y lo admiranos, en correspondencia con su generosidad intelectual y humana, nos queda prolongar su obra; acompañar a su querido hijo Emanuel; recordar su sonrisa espléndida; y aprender a estar un poco más solos sin Luis Alberto Arellano.

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