Nudillos en la pared

 

Por: Ernesto Sánchez

A Luis Alberto Arellano

captura-de-pantalla-2016-12-18-a-las-5-02-37-p-mSigo sin palabras. Creo que tengo razón de no tenerlas. Todos parecen desbordarse en memorias exaltadas y en momentos que han puesto en el cofre predilecto del recuerdo y el twitter. Y no deben ser así las cosas. Esos, los mejores momentos, no deben escapar ni por la boca ni por las letras, porque están para consumirnos desde dentro, porque estarán ahí en los momentos de soledad y nos arrancarán las lágrimas y nos prenderán fuego.

Uno se arriesga cuando hace de una persona un amigo, porque este simple acto, aparentemente desinteresado, les otorga un poder tremendo sobre ti. Pero hay veces, muy pocas, que no se puede evitar hacerlo. Una acción que te da todo:  apoyo,  risas, tragos y la complicidad casi infantil de un hermano. Y después de años tienes una pequeña cofradía  que entiende todos tus guiños y se desliza por las noches con estridencias que te divierten debido a la agudeza descarnada y todas esas cosas que admiras y envidias abiertamente. Interacción que es un consuelo sin par cuando piensas que en el mundo estás solo, porque todos lo estamos, pero también que es una condena, una cadena que te ata a sentimientos que garantizan la alegría momentánea que da la vida.

Y hay amigos que saben esto y bromean sobre la suerte de despertar otro día porque  están conscientes de que malabarean las horas con bombas, porque coquetean con mujeres de miradas perdidas y cuchillos escondidos y porque viven asomándose al desfiladero; porque ahí, en la orilla, uno sabe apreciar mejor los roces del viento, y, por eso, aprende a valorar como ninguno la intensidad de otro respiro.

Son individuos que llegan a ser todo. Y por eso una ausencia, una de esas ausencias, siempre es una prueba manipulada para el fracaso, pues, a veces, cometemos el error de aferrarnos a esos destellos y adornarlos de bisutería, sin comprender que su sentido ya logró, con creces, su función; y sólo nos resta dar las gracias. Por eso sigo sin palabras, pero dejo esto, que es nada, y los nudillos en la pared del cuarto; lo primero destinado al olvido, como debe ser, y los segundos impresos hasta que la casa que fue suya la derrumbe el tiempo.

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