De los que gritan para pedir un taxi…

Por: Marevna Gámez

Las comidas y eventos siempre parecen arruinados por mi culpa. Siempre llego tarde, entre murmullos y discretos comentarios. Interrumpo y suelo ser la que arrastra una silla en medio de una conferencia. También, llegué tarde al servicio funerario, extrañamente el reloj pareció averiarse lo suficiente para que alcanzáramos a despedirnos en un ritual tan armonioso que me cuesta creer que tuviera que ver con una despedida.

      En una mesa las manchas de vino y los montones de colillas delataban a los torpes, los que no sabíamos que decir, los poetas, los imprudentes y los descarnados. Estábamos ahí, familiares, amigos, extraños, todos incrédulos y adoloridos en una embriaguez propia de las cuatro de la mañana. Aquello era Leaving Las Vegas sin Nicolas Cage y en viernes. Me sentí incomoda, enojada. Me sentí sola y pensé que no había otra forma de sentirse.

    Cuando nos conocimos, David Ortiz, Anuar Jalife y Luis Alberto Arellano hablaban mucho de escritores y revistas, yo los escuchaba, como los he escuchado más de diez años. En algún momento de esa primera plática Luis se refirió a mí y, en un momento, todo se convirtió en un borbotón de palabras en torno a la filosofía. Supe que seríamos amigos, de esos que no están de acuerdo y que se fastidian. Lo que no imaginé es que por cuatro años, Anuar, Dayna Díaz, Ernesto Sánchez, Xalbador García, Luis y yo seríamos una familia que come pastel en los cumpleaños. Algunas veces nos amanecíamos burlándonos de todo, a Luis lo vi bailar ridículamente en casa, querer robarse a mi perro, entristecerse y sobreponerse. Éramos  The Warriors, en la cabeza de Xalbador; Anabel Ochoa en un noticiero; en la cabeza de Dayna; un grupo sin grupo, en la cabeza de Anuar, y seguramente un parque de caravanas situado a las afueras de la ciudad canadiense de Halifax para Ernesto. Fuimos unos compulsivos del archivo, pero también de la porra, banca y estrellas del Atletico Psicopompo y del Real Estridentista; es decir, cómplices de cualquier acto legal o ilegal.

    Ya nada de eso está ahí. Existen al menos tres casas en el Potosí que imagino vacías, aquella de Terrazas, la mía y la que habitaba Luis con el entonces pequeño Emmanuel. Supongo que las discusiones de futbol y la energía que exudaban mis amigos al teclear la Historia de las Revistas Literarias se quedan como fantasmagorías. También, deben quedar ahí, como ecos en el alba, nuestras ganas de comernos al mundo, la armónica de Rivelino, los goles de Martha, la risa de Dayna.

    La muerte de Luis Alberto es partida y retorno, una franja de luz bajo la puerta del dormitorio, la noche en víspera de un viaje.

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