Luis Alberto

Por: Juan Pascual Gay

Hay hechos, circunstancias, acontecimientos que vuelven la vida un poco más intolerable de lo que suele serlo. Sobre todo, cuando quienes de una manera u otra nos reconcilian con ella, habitualmente los menos; quizás por eso su ausencia resulta más contundente y rotunda, más determinante y definitiva, y no tanto porque ya no estarán para siempre por lo menos en un sentido, sino porque nunca estaremos con ellos por lo menos en un sentido. Tuve la fortuna y el privilegio de haber sido profesor de Luis Alberto Arellano; en estas tesituras es un lugar común afirmar que haber conocido a determinada persona es una fortuna y un privilegio, pero también porque es verdad. Los retratos de Luisón que han aparecido en esta página dan cuenta cabal de su personalidad; pero son semblanzas que se deben antes a lo que no dicen porque no pueden o no quieren y, sin embargo, quedan dichas de una vez.

            Luis Alberto fue un hombre bueno, lo mejor que puede decirse de nadie porque de muy pocos puede decirse; esa bondad natural, cultivada día con día, de esas personas excepcionales que nos reconcilian, aunque sea en contados momentos, con la vida. Uno no sabe muy bien si estar por aquí tiene otro propósito que encontrarlas o conocerlas. Luis Alberto fue mi amigo, un amigo al que quise mucho, pero de lo que no quiero hablar ahora y seguramente después tampoco. Pero Luis fue también mi alumno y de esto quiero hablar un poco más. Fue mi amigo por más de trece años y mi alumno por más de diez. A veces ideábamos cualquier pretexto para que uno de los dos viajara a Querétaro, San Luis o Guanajuato con objeto de compartir unas horas hablando sobre literatura o cualquier tema que justificara la cita, porque lo importante era vernos y no tanto lo que teníamos que compartirnos. Cuando sea abrió el Doctorado en El Colegio de San Luis, sólo tuve que llamarle por teléfono para que viniera, con todo lo que en su caso representaba: traslado de ciudad, un colegio para su hijo Emmanuel de la misma edad que mi hijo, etcétera. Y vino sin chistar cuando podía haber estudiado en cualquier institución. Esa decisión expresa confianza y complicidad, exhibe una amistad para la que el estudio no era sino un pretexto para seguir encontrándonos pero ahora sin camiones ni coches, sin citas previamente acordadas, tantas veces pospuestas por cualquier imponderable. Lo oigo llegando jadeante a mi casa después de sortear la cuesta pina. Y lo oigo hablar de su tesis y de sus pesquisas y de sus investigaciones. Pero sobre todo lo miro, una mirada desnuda ante tanta nobleza, ante tanto amor, ante tanta generosidad, las mismas con que enfrentaba el quehacer intelectual y mostraba devoción por su hijo. Para Luisón ahora venía lo mejor en lo profesional, esa etapa en que comenzaría a dar lo mejor de sí, aun cuando ya había dado mucho más de lo que la mayoría entrega a su edad y en varias vidas. Lo mejor de Luis era él mismo. Hay quien considera que los estudiantes merecen a tal o cual profesor, cuando en realidad es éste el que se hace merecedor de aquéllos. Yo he sido afortunado. Luis fue un hombre bueno y lo será por siempre porque ahora viene otra clase de existencia; en términos personales acaso más decisiva que la que llamamos verdadera, la que reside en la memoria y en el recuerdo de quienes lo quisimos porque nos quiso; esa otra existencia inseparable de la de cada quien, pero por eso mismo más íntima y secreta y, acaso, más verdadera y auténtica. Luis fue un hombre bueno y eso es todo y no hay más que decir.

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