Luis Alberto Arellano, el poeta, el amigo

 

Por: Xalbador García

 

Captura de pantalla 2016-12-19 a las 10.17.32 p.m..pngLa llamada fue de Ernesto Sánchez. Como los tres mosqueteros, en realidad éramos cuatro, y esa tarde de jueves se nos había ido Luis Alberto Arellano, nuestro capitán, nuestro líder, aquel en quien más confiábamos al momento de solicitar una referencia bibliográfica, un consejo profesional o tan sólo al querer enterarnos sobre el último chisme literario. La conversación mantenida por casi dos años en WhatsApp era el fruto de una amistad que floreció en el Doctorado de Literatura Hispánica de El Colegio de San Luis. Nos habían separado las decisiones personales, pero seguíamos unidos por medio de la tecnología, como buenos hijos de nuestro tiempo.

Cada mañana leer los mensajes de Ernesto, Anuar y Luis me alegraba el día. No importaba el tema, siempre había algo que discutir. Esa cercanía virtual mantenía intacta la amistad que nació desde diversos frentes: en las aulas del posgrado, en las borracheras potosinas extendidas por todo el país o en la poesía, territorio natural de Luis. Porque sobre todo Luis era poeta: vivía, sentía y amaba como poeta.

Recuerdo cómo me arruinó un partido de la Selección Mexicana en el Mundial de Brasil hablándome durante 90 minutos de las corrientes poéticas de los años 20 que tanto la apasionaban. Ahora que lo pienso, es uno de los juegos del Tri que más recuerdo pero ni siquiera sé el marcador ni contra quién jugamos. Lo que no se me olvida es la pasión de Luis por la poesía.

Eso es lo que me pasó muchas veces con Luis. Había que escucharlo porque su charla siempre dejaba buenas cosechas. Su erudición era luminosa. Creo que nunca se enteró de lo mucho que mi obra se alimentó de su conocimiento sobre literatura y sobre el mundo intelectual mexicano, tan perverso como absurdo. Durante una lectura organizada por Marevna Gámez en un bar de Guanajuato, junto a Dainerys Machado y Luis Alberto, nació el concepto de #LiteraturaDesdeLaTerceraCuerda. Él me había contado los chismes que aparecen en el cuento que presenté. Todavía hace unas semanas me ayudó a realizar la curaduría de unas entrevistas de autores mexicanos que estoy preparando para 2017. La charla con Luis, que ya no se dio, abriría la sección de poetas jóvenes en nuestro país.

Su voz poética que, desde libros anteriores ya mostraba dejos de madurez, cada vez más se acercaba al punto al que Luis deseaba. Luego de leer, disfrutar y presentar el libro Grandes atletas negros, su poemario que más me gusta, se lo dije. Él me confesó que seguía trabajando en eso, en sus exploraciones estéticas que lo llevaban a tejer fina y melodiosamente sus versos. Quienes lo escuchamos leer su obra, podemos dar cuenta de la sonoridad que tanto le atraía y en que abocaba su palabra.

Como poeta era ese ser perfeccionista, rítmico, cuyos versos se alimentaban de todo el universo cultural vastísimo de Luis que iba desde el Medioevo hasta las últimas series de Netflix. Como profesor, sus alumnos podrán presumir que tuvieron el privilegio de haber sido testigos de una mente inquieta e impulsiva. Como académico, estoy seguro que su labor, que apenas empezaba a arrancar profesionalmente, es una de las más importantes para entender la década de los 20 en nuestra tradición. Como amigo, a nuestra familia Colsan nos deja un vacío enorme y sórdido y oscuro y lleno de dolor.

Leo tus últimos mensajes que compartimos y se me parte el alma. Y lloro y miento madres y recuerdo los sueños compartidos y las muertes que van marcando nuestros días. Hasta siempre, Carnal. Acá te seguiremos leyendo, acá te seguiremos escuchando.

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