¿Qué sabe Julieta del espacio?

 

por: Marevna Gámez

De niña una vez escribí a la NASA. Escribí en español y con una letra enorme, debí tener 7 años. La dirección la tomé de una revista; enloquecí esperando la respuesta. Mi papá me consiguió el sello postal y escribió en el sobre por mí.

       En la escuela insistían en enseñarnos las partes “formales” de una carta. Debíamos escribir, enviar y recibir respuesta. La maestra sugería que escribiéramos a un amigo. Por esos días, como ahora, yo no tenía muchos amigos, menos a quién escribirle. Así que mi única esperanza de respuesta para aquel ejercicio escolar estaba en manos de unos astronautas desconocidos que seguramente no hablaban el mismo idioma que yo.

      La insistente maestra nos llevó a la oficina de correos, todos formados en una fila fuimos depositando nuestras cartas. Un niño que se llamaba Farid se alarmó al ver mi sobre. Yo lo consideraba un tipo listo, de ésos que se peinaban de lado y no de honguito, así que su teoría de que era mejor escribir a alguien de la misma ciudad para recibir pronta respuesta, realmente me preocupaba.

  Llegando a casa le comenté a mi papá mi preocupación, no me hizo mucho caso, fumaba un cigarro y le decía a mi mamá algo de algún desmadre hecho como siempre por mi medio hermano.

     Recorté el artículo de la revista, las fotos del espacio, de los astronautas, todo. Tenía en mi lonchera la lista de cosas por decir en la exposición de clase. Sólo faltaba que ellos respondieran. La exposición de mi experiencia postal sería un acontecimiento y el cierre perfecto para un año escolar exitoso. Mi angustia infantil se enfocaba en los detalles, así que obligué a mi prima Romina, mi otro ejemplo de alguien listo porque hablaba inglés, a que me explicara el asunto de las siglas de la NASA. Con un poco de indiferencia me explicó mientras se levantaba el tupé con spray Aqua Net y escuchaba a Laureano Brizuela.

      Mi primo, al que llamábamos El Nene, fue el único que se interesó realmente por  mi carta. Un día llegando de la Prepa me preguntó de dónde había sacado la dirección para escribir a la NASA; entonces, le conté con entusiasmo mi historia, su atención terminó cuando le confesé que recorté una de sus revistas Muy Interesante.

     Los días pasaban entre tareas, ir a la tienda por los Viceroy y las Cocas de mi tía Chata y la espera. Mi hermana sugirió que cambiara de destinatario, mi tío Aureliano recomendaba que exigiera una respuesta. Mi abuelo me recomendó confiar en los astronautas, quizá estaban ocupados, o en el Espacio, pero sin duda le parecían tipos serios y responderían. Mi mamá empezó a presionar, le preocupaba la nota de la escuela. El tipo listo del salón, analizó la situación y me dijo: “Yo por eso no le escribí a Chabelo, somos Cuates de la provincia Mare, obviamente nunca van a contestar”.

      Julieta, mi mejor amiga, con su característica dulzura me propuso que le escribiera a ella, pero no tenía nada qué decirle. Nos sentábamos en la misma banca, patinábamos juntas ¿qué podría escribirle yo a Julieta? Además, ¿qué sabía Julieta del Espacio?

       El perro más querido de mi abuelo se intoxicó por esos días, la inquietud por la carta se perdió en aquél dolor de ver a mi abuelo sufrir por la perdida de su amigo.

        Llegó el día de la exposición y fui la única que no tenía respuesta. La maestra se mostró comprensiva argumentando que era más lento el correo internacional. Julieta se sentaba para entonces en otra banca. Yo había recibido una carta de ella, y la respondí, pero no fue suficiente para compensar que mi primera carta no fuera para ella. Fui una mala amiga. Al final yo escribí dos cartas, la de los astronautas y la respuesta a Julieta, pero igual tuve un siete de calificación y no tuve más con quién patinar en las tardes.

        Meses después mi abuelo recibió un paquete de cartón para mí, la caja más perfecta del mundo. Era una larga respuesta y muchas postales de misiones espaciales, un par de retratos de astronautas mexicanos y una seria promesa de seguirme informando sobre sus misiones. El corazón se me salía del pecho. Nunca más he vuelto a mandar una carta en una oficina de correos. He pensado que quizá sea un buen momento para preguntar de nuevo por el Espacio, aunque lo pierda todo, al final, confío en los astronautas, parecen tipos serios.

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