No más torta de cochinita pibil

mutacionesPor: Luis Felipe Pérez Sánchez

Jorge Comensal se estrena como novelista con Las Mutaciones publicada por Antílope, un esfuerzo editorial independiente, donde se explora el impacto y el estertor, las consecuencias y los trastornos de la presencia de la enfermedad en una familia como la de Ramón Martínez, un abogado, ateo y patriarca convencional. El libro presume en esta primera edición una portada de Alejandro Magallanes.

El extrañamiento reside en quitarle la normalidad a la vida de los personajes de esta trama. La premisa es que Ramón Martínez ha sido un elocuente litigante y comensal opíparo hasta el momento en el que pierde estos dos atributos por padecer una inflamación de lengua que guarda un diagnóstico terrible.

Como dice Juan pablo Villalobos, Las mutaciones, tejida a partir del cáncer de uno de los personajes y sus ineludibles consecuencias, es “un ejercicio especulativo implacable”, una indagación a partir de la noticia de lo incurable. Puestos al límite, los personajes se ven en el proceso de la compasión, de la incredulidad, el pasmo y la perplejidad ante lo inexplicable y lo irremediable. Ante el dolor ajeno y el propio, la degradación de varios órdenes: una tragedia.

Pero Comensal es un narrador de prosa tan intensa como cuidada que debate los dilemas morales y los tabúes que enmarcan la omnipresente desgracia con un tono irónico, la distancia inteligente. Asistir a sus Mutaciones es un proceso de reconocimiento. Exhibe la condición humana con aristas a salvo de maniqueísmos. Deja en el lector la conciencia de esos estertores que alcanzan al más indiferente. Nos incluye en el mundo del enfermo y de los médicos, los familiares y los allegados. Dota de verosimilitud con una autoridad de científico cada pasaje de la trama correspondiente al parte médico, cada vez más irremediable. Aporta un exquisito mapa de platillos culinarios que provoca la tensión necesaria para experimentar la anunciada situación de la imposibilidad de consumar las rutinarias labores más elementales como la de hablar o comer.

Amalgama todo esto con un humor negro que nos deja con la sonrisa kirkergardiana en los labios. No es una risa sino un gesto risueño que nace debido al humor y al sarcasmo elegante de Comensal para proponer cada parte de la trama. No es un gesto risueño del todo, es su mutación hacia una mueca irónica que revela nuestra estupefacción por reír ante lo que habitualmente se llora. Es una experiencia que incluye cierto rubor por reír sin saber muy bien por qué de lo serio.

Su personaje principal se ve encerrado y el lector acude a ese mundo que de súbito se tiñe de silencio. Todo se transforma. El parlachín y glotón muta a un asceta y flemático, por mencionar un ejemplo cualitativo en la trama.

Deja ver, a través de cuadros simultáneos qué sucede con cada uno de los habitantes de esta novela. Aprieta los nudos de la historia con hilos conductores como el psicoanálisis, el cáncer, ese monstruo de nuestros tiempos, la comida y el trajín consuetudinario que se degrada hasta hacerlo agotador y angustiante.

Pero de Comensal, que inaugura su incursión en la novela con Las Mutaciones, se puede decir que nos implica en su pensamiento literario. Propone una exploración sugerente. Es explicativo y preciso, puntual y moroso también, nos hace tomar conciencia y exigirle al pensamiento propio un grado de análisis y orden fundamental para la observación de los fenómenos; pareciera que disfruta el ritmo pujante, de intensidad y constancia, como si se tratara de una composición musical de Händel. Construye con estructura y exige al lector estar cerca, preguntando ¿qué más?, como si se fuera un riguroso preguntón o un curioso irredento. La escritura de Comensal guía con la nitidez de cada párrafo preparado para engarzarse como si imitara el modelo de la maquinaria de un reloj londinense.

 

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One thought on “No más torta de cochinita pibil

  1. Reblogueó esto en aramoralesvy comentado:
    “No es una risa sino un gesto risueño que nace debido al humor y al sarcasmo elegante de Comensal para proponer cada parte de la trama. No es un gesto risueño del todo, es su mutación hacia una mueca irónica que revela nuestra estupefacción por reír ante lo que habitualmente se llora. Es una experiencia que incluye cierto rubor por reír sin saber muy bien por qué de lo serio.”

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