Trump y tweets

Por: Tobías Albero

trumpTodo indica que el problema no reside en que haya tontos, ni siquiera en que haya muchos tontos, sino en que éstos quieren el poder e, incluso, en que ya lo han asaltado. Llamar tonto a Trump es un lugar común, otra cosa es que lo sea. Las dudas que me surgen no son tanto en descalificar al multimillonario, sino a los muchos paralizados ante una actitud tan previsible como predecible. Desde luego, en el actual desconcierto no es menor el abuso de twitter por parte del mandatario y, desde luego, la manera de recibir sus mensajes. Sin el uso de esta herramienta, no dudo de que las advertencias y amenazas se recibirían de otro modo, porque ciento cuarenta caracteres sólo permiten o el imperativo o la descalificación. Así, la recepción de los tweets de Trump sólo pueden recibirse como bravuconadas y las reacciones que suscitan son recíprocas al tono y al sentido de la amenaza que comunican. Excesivo es casi todo lo que se transmite por esta red social y, en consecuencia, desproporcionadas son las reacciones que genera. El conflicto quizás no está originado tanto en la impronta fascista de los mensajes como en un medio inseparable de actitudes autoritarias. De manera que a lo mejor habría que desterrar twitter y otras redes sociales para la comunicación, en este caso, entre políticos y ciudadanos. Siendo esto significativo de nuestra sociedad, peor me parece que Trump haya impuesto su manera de relacionarse sin que haya recibido la negativa a la hora de utilizar tal herramienta por parte de aquellos con los que se comunica. Se dice que la diplomacia es un arte, perfeccionado a lo largo de los siglos e inseparable del progreso, sujeto a normas y reglas para evitar situaciones como las que ha desencadenado el twitter de Trump. También hay algo más, si Trump ha podido comprobar que un tweet es capaz de generar aquello mismo que pretende, nada más lógico que lo siga utilizando toda vez que no ha recibido críticas ni en la Casa Blanca de allá, ni por parte de ninguna otra instancia. El autoritarismo del Presidente de EEUU, en lugar de remitir, aumentará necesariamente, puesto que twitter se ha convertido en su rostro. Ignoro si éste es o no un matón, pero sí lo es el Trump de Twitter. La persona es rehén de su personaje. A pocos se escapa lo que sucede cuando un individuo abdica de sí mismo para servir a su personaje. No parece que haya marcha atrás, pero a lo mejor pueden establecerse las condiciones mínimas para que cada estupidez que este sujeto envía no provoque un terremoto.

              Se dice con razón que Trump es un bully. Y así se comporta. Sólo hay que reparar en cómo ha tratado a Enrique Peña Nieto durante esta semana. Lo curioso es que al propio Peña Nieto parece gustarle. De otra manera no se entienden las reiteradas concesiones del Presidente mexicano a su homólogo gringo. No es que llegue tarde y mal, es que se pone de pechito. En la actuación de Peña hay como un desconcierto, como una confusión, como un enajenamiento frente a todo lo que llega de Trump y lo que siempre llegan son sus tweets. Resulta bizarro que en este lío en que únicamente una de las partes aparece extraviada no haya contestado por el mismo medio a ninguna de las provocaciones. A lo mejor es porque Peña Nieto es consciente de las limitaciones de la red social, o acaso se deba a la perplejidad que nace de que ésta se haya convertido en el Diario Oficial del gobierno de EEUU, o quizás a que le cuesta entender que para Trump no hay otro vehículo de comunicación. Sea como sea, ni twitter es un medio oficial, ni tampoco nadie debería sentirse aludido cuando la información relevante se transmite así. Entre otras cosas porque supone una discriminación más: la de los ciudadanos que no usan redes sociales frente a las que las utilizan. En este caso, además, existe una violación a la libertad individual puesto que nadie tiene el deber de utilizar las redes.

            Frente al autoritarismo indiscutible de Trump, afinado por medio de twitter, hay quizás algo más que contribuye al desconcierto y que resulta inseparable del lenguaje. La salida del TLC o su revisión, la política contra los migrantes, la construcción del muro, no son amenazas o provocaciones o chantajes, son promesas legítimas de campaña, las mismas por las que fue elegido presidente de EEUU; es decir, por las que ganó a su rival. Podemos estar en desacuerdo con tales promesas, pero son las que aparecen en su programa, de manera que va siendo hora de que se llamen a las cosas por su nombre porque es la única manera de enfrentarlas con claridad. En todo acto de comunicación es necesario un emisor y un receptor; en el caso entre Trump y Peña Nieto aparece siempre un emisor, Trump, y un receptor, Peña Nieto, quien cuando decide presentarse como emisor no encuentra respuesta. Habría que recomendarle al presidente mexicano que repasara los elementos que intervienen en la comunicación porque el problema no reside únicamente en el mensaje, ni siquiera es el factor fundamental.

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