Hechos alternativos o el disolvente francés

 

Por: Tobías Albero

Captura de pantalla 2017-03-27 a las 9.01.07 p.m..pngPocos términos gozan en la actualidad de más prestigio o mayor recurrencia o más presencia que el de “posverdad”. El vocablo subraya el descrédito de hechos probados que, sin embargo, contravienen el discurso en que aparecen. Como la falacia de la “posverdad” cae por su propio peso, se prefiere como complemento y añadido el de “hechos alternativos” que no es otra cosa que un adorno destinado a enfatizar más si cabe el relativismo de la sociedad actual. Quienes utilizan esta palabra, como yo mismo en estas líneas, aunque sea de manera de crítica y para negar su valor, no dejan de legitimarlo por medio del uso. De manera que el término está ya confortablemente instalado en la lengua y comienza a utilizarse con naturalidad por los hablantes. Para quienes su uso resulta incómodo, se ha acuñado el de “hechos alternativos” que no es sino una perífrasis de lo mismo aunque dotada de una perversión semántica de la que carece aquélla. Negar una verdad, por parcial que pueda ser, nos aloja definitivamente en un relativismo que, además de negar los hechos comprobables, deforma la realidad. Para la verdad no existen otros hechos alternativos que la verdad misma. Por lo tanto, apelar a una realidad alternativa que enmascare la realidad real no es más que una estrategia destinada a manipularla. Esta tergiversación consentida y de la que los hablantes somos cómplices nos instala en un espacio al que el ser humano hasta este momento no estaba habituado: la incertidumbre. Hasta ahora, la certeza de la verdad dotaba de consistencia pensamientos y convicciones, palabras y decisiones, acciones y actuaciones. La posibilidad de prescindir de la certeza y, del sustrato en que se asienta, la verdad, abre un nuevo escenario para otra palabra que, sin ser lo mismo, se le parece bastante: la “percepción”. Lo importante no es ya que una persona, una cosa o un acontecimiento sean como son, sino el modo en que los percibimos. Lo cual nos permite negar el ser de las cosas si así las percibimos. Esta situación, además, parece trastocar la naturaleza del lenguaje. Si desde los presocráticos la palabra era una apertura a la realidad, al mundo, a la exterioridad, ahora parece que es una abertura al lenguaje con la consiguiente cancelación de la realidad. Lo que esconde la “posverdad” no es más que el triunfo del lenguaje capaz de prescindir de la realidad; la servidumbre del lenguaje a un discurso autosuficiente que no necesita de otros referentes que sus propios signos. Los “hechos alternativos” no dejan de ser un haz de posibilidades del lenguaje no ya para dar cuenta de la realidad, sino de las necesidades del propio discurso.

Ignoro cómo se ha llegado a esta situación, pero no hay duda de que desde el estructuralismo los pensadores franceses nos han abocado a esta situación, sin que hayan aparecido propuestas capaz de contrarrestarlos. No es que no existan, sino que no han alcanzado el pretendido prestigio del de aquellos. Jean Baudrillard concibió el “simulacro” como el desplazamiento de la realidad real en beneficio de una realidad virtual cuya consistencia momentánea y liviana opera en detrimento de la verdad. La fama que goza hoy en día la virtualidad es inversamente proporcional al desprestigio de una verdad disuelta en imágenes transformadas en la realidad de los simulacros. Concluye el francés que “el escándalo, en nuestros días, no consiste en atentar contra los valores morales, sino contra el principio de realidad”. Si Baudrillard adopta una actitud crítica frente a la disolución de la realidad por medio de un lenguaje que la desatiende sistemáticamente, Jacques Derrida se suma consciente y premeditadamente a la aniquilación de la realidad por parte del lenguaje. El lenguaje ya no es un medio, sino un fin en sí mismo; cuyo propósito no es otro que el de crear mundos alternativos o paralelos, autónomos y emancipados de este en que vivimos. De tal manera que cada uno de esos mundos ficcionales, como también el real, son inaccesibles incluso para cualquier palabra que no forme parte de su discurso; cualquier otra palabra que en sí misma es ya metaficcional y por lo tanto ajena e inadecuada para dar cuenta de un lenguaje ensimismado. Lo peor de Derrida es que ha hecho de un método cuya premisa es la indecibilidad de todo lenguaje un negocio muy rentable a costa de decir de todas las maneras posibles que nada puede decirse de cualquier discurso; la falacia de que la crítica es inútil puesto que cualquier discurso y todos los discursos son reactivos a la crítica debido a su naturaleza autorreferencial. Si la palabra misma no puede expresarse de otra palabra, cómo podría expresar cualquier principio de realidad.

Los hechos alternativos como vehículos o atuendos de la “posverdad” son un síntoma elocuente de una sociedad que ha renunciado a la verdad en beneficio de una subjetividad radical que acomoda hechos, cosas y personas a la propia conveniencia. Relegar la verdad, prescindir de ese sustrato que opera como referencia del pensamiento y la opinión, nos sitúa en un escenario desconocido hasta este momento: la supremacía del interés personal o de grupo sobre la realidad confiable y verificable. Es decir, nos emplaza ante la disolución premeditada y aceptada de lo real a condición de imponer la subjetividad como instancia epistemológica privilegiada. Las consecuencias de todo esto son previsibles: desprestigio hasta la desaparición de la verdad, fragmentación de la realidad en tantos pedazos como sea necesario consumir, imposibilidad de comunicarse de manera franca y directa. Las redes sociales exhiben esta descomposición a cada momento, lo desalentador es que buena parte del periodismo parece seguir sus pasos.

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Barcelona nace para mí como recuerdo

 

Por: Luis Felipe Pérez Sánchez

 

Sagrada Familia.JPGLlueve menos y Barcelona está más visible desde la ventana. Algo de brisa se exhala desde este balcón y la noche llega hasta los párpados. Ayer cuando llegamos, fuimos a cenar. Nos costó trabajo darnos a entender o que, al menos, nos hicieran caso. Se nos nota, eso parece, que no somos de aquí. También, yo lo atribuyo a que, anoche que caminábamos somnolientos, sentimos el extravío de las horas y nos mareaba, era normal, la geografía. Habíamos pensado un viaje, pero ahora lo habitábamos. Era necesario, digámoslo así, aclimatarse para rodar.

No sé cómo hacer crónica de un viaje. Ocurre que esto sucede, dice Gil de Biedma. Ya no brindábamos en el Aeropuerto. No es México, como hacía unas horas cuando nos encontramos los compañeros de viaje, en la sala 2, cerca de alguna casa de cambio, con las mochilas en la espalda, algo tensos, revisando si traíamos o no el pasaporte. La decisión, luego de comprar en el dutty free un par de botellas de tequila para los amigos en Europa fue que no invertiría dinero en recuerditos sino en comida.

Ya había pasado el primer vuelo, la cena, el desayuno, las ganas de dormir, y las divertidas páginas del el Seductor de la patria de Serna que yo llevé para leer un poco el trayecto; el susto del despegue, arremolinarse en los asientos, mirar ciudades miniatura por las ventanillas. Después de trasladarnos, ahí en el Aeropuerto de Barajas, de una a otra terminal, de esperar un par de horas el abordaje del siguiente vuelo, de algunas fotos bajo esa arquitectura como de olas amarillas y de espacios amplios y de cordilleras alargadas, al fondo, todavía nevadas, cuando llegué a Barcelona, contagiado por el entusiasmo de Santa Anna en alguna cena descrita en la novela, buscaría botellas de vino Catalunya para darle o no la razón al personaje de Serna que, afirma, es el mejor vino de la comarca.

Ahora, no sabemos dónde carajos está cualquier cosa. La primera noche, un chino nos atendió. Tomaba las órdenes con la memoria de un pez, pero sonreía, y eso fue suficiente. Comimos bocadillos, lo único que se come por acá ‒de eso me daré cuenta conforme pasen los días‒ y cerveza Estrella, que no ha venido nada mal para animarnos; ya por morir de inanición y destruidos por las más de doce horas de viaje que nos ha costado llegar hasta aquí, nos descubrimos envueltos sorpresivamente en una bulla, consecuencia directa de la cena y la cerveza. Hacían falta los alcaloides y el alimento.

Buscábamos una fuente mágica o algo así. Nos recomendó la casera que visitáramos tal lugar porque sólo el fin de semana hay oportunidad de verla encendida. Era sábado. Llovía. No dimos con el monumento pero caminamos hacia algo conocido como Plaza Espanya. Salir del metro, ver la calle mojada como piel exuberante, tan esplendorosa. Perderse sin temor. Luego, un palacio, una glorieta. Ha llovido toda la tarde en Barcelona y así, no sé bien cómo, las luces amarillentas parecen caer sobre una ciudad más limpia o más nítida o más fotografiable. En la rotonda, un monumento que no tuve el cuidado de ver, pero era algo de escultura renacentista, imagino. A un costado, la antigua plaza de toros convertida en un centro comercial. Se puede leer en la altura del edificio como coliseo, en letras iluminadas con neón rojo: Arena.

Transitan los autobuses como en las películas, la luz interior permite distinguir a los pasajeros vestidos europeamente, como puedo imaginar esa escena de Amor, curiosidad, prozac y dudas en la que, muy de madrugada, en los asientos del bus que recorre la ciudad hasta Sants, cerca de la Plaza Espanya precisamente, una de las mujeres de las que escribe Lucía Etxchebarría, Cristina, la más chica, de la que menos se espera, abre el capítulo describiendo cómo los hombres, por decirlo de algún modo, son de dos clases: los que la quieren meter; y los que la quieren meter y te dan los buenos días. Discute con su amiga respecto de la vida o de felaciones, de las expectativas que pesan sobre ella y de lo poco que le importa, y de que por eso pasea de noche, vive en una chambrita y trabaja en bares a pesar de que podría dar clases o buscarse un empleo coherente con sus estudios para buscarse el porvenir que tranquilice a su madre, como el de sus hermanas: una ejecutiva y la otra bien casada, dice la historia.

Estábamos al otro lado del mundo. Parecía algo inimaginable pero, también, conforme los minutos transcurrieron, me fui habituando, como si no fuera la primera vez que estaba aquí o como si las cosas, más que sorprenderme, me dieran la bienvenida y lo sintiera como un sitio conocido. Me lo apropiaba vertiginosamente y sentía la cosquilla de lo nuevo, la adrenalina de la inmensidad, de estar, bajo la lluvia, en una película o en una novela o en algo ficticio. Era algún personaje de Ray Lóriga. Como en Caídos del cielo no sabía a dónde me iba a llevar el próximo paso.

Se puede caminar la plaza de noche. Hay escaleras eléctricas en medio de jardines, falderos de una colina que corona el edificio del Centro de arte contemporáneo de Barcelona. Llovía y se nos iba mojando la ropa de a poco, pero no pensamos nunca en escondernos. Sólo Abril debió meterse detrás de unos pinos para orinar porque no había dónde. Dicen que las urgencias acomodan las prioridades. Pareciera su costumbre. No era la primera vez que busca desinflamar la vejiga en público. La plaza, flanqueada por dos torres, es una avenida hacia un antiguo palacio, o lo que parece un palacio; una mañana de otro día pasaremos por ahí y apenas la reconoceré; de noche es bella y, bajo la lluvia, parece otra cosa y otra época.

Pero esta noche estamos estupefactos. Hemos cruzado el Atlántico; luego, media España para estar ahí y ver lo que nuestros ojos ven, que quizá es nada, pero esa nada, también es otra cosa. Es Barcelona de noche y, al escribirlo, siento la comezón del ansioso novio primerizo que piensa en lo que piensan los que aman: con ansiedad y pasmo el cuerpo responde a este estímulo. Subimos la cordillera de escaleras eléctricas para llegar al alféizar de ese palacio. Canturreamos cosas, algo que Queen interpretara en el 92 junto a Montserrat Caballe, hablamos de lo sabrosa que ha estado la cena en ese Museo del jamón, notamos la increíble descarga que nos ha encendido al beber cañas.

Caminamos como si camináramos sobre otro planeta, lentos, con miedo a tropezar, con la necesidad de hacer cuadros inolvidables de lo que sea aunque mucho esté condenado al olvido. Pasarán los días y se superpondrán tantas imágenes que será difícil recordar que esa noche, por ejemplo, hay un grupo de jóvenes agitanados. Celebran algún cumpleaños yultimas-tardes-con-teresa2 gritonean mientras se acomodan para hacerse fotos. Vienen en autos y en vespas, como en Últimas tardes con Teresa. Me siento en esas noches, cuando décadas atrás, la juventud fue acrisolada en una historia de desengaño como ésa, la del Pijoaparte. Marsé hablaba de rubias comprometidas con la causa, de estudiantes con consignas, de una generación que siempre tuvo fiesta y motos y cañas. Hay, también, un par de hombres que beben en una banca. Están a tiro de piedra de donde caminamos, de las luces y del barullo que se percibe mientras ascendemos.

Esta noche que paseamos nosotros se aplaude una fiesta a todo lujo en el Museo de Arte Contemporáneo. Ya es tarde para guardar las formas, pero los vestidos y las mujeres que los lucen tienen un porte de lollobrigidez holliwoodense. Los trajes y las corbatas de ellos lucen impecables aun en el desparpajo de chocar las copas y reír estruendosamente mientras alguna de las jóvenes se escabulle hacia el pretil de canto, abre los brazos e imita a Rose y a Jack en Titanic y pronuncia, catalanamente, ¡Soy el rey del mundo!

Se puede imaginar que esas zapatillas, ahora entre los dedos índice y medio de las manos embellecidas para esta noche, y que hace un rato anudaron alrededor de los tobillos de aristócrata, se consiguen en alguna boutique del Paseigg de Gràcia que recorreremos días después y que, a mí, me dejará fascinado. Todo va tan de prisa que casi no puedo respirar cuando lo cuento.

En un vagón de metro, a la vuelta, se nos ve lo mexicanos. Yo todavía no saco algún libro en cada trayecto, como acostumbro en el Distrito Federal. Lo haré después, cada que viajamos de un lugar a otro. Pero esta noche pueblo la mirada de la jerga que se traen casi todos en cada sala de espera. Nos restan algunas estaciones hasta Sant Pau; no es lejos, pero es el tiempo suficiente para notar que hay algo de marcha, que le llaman. En torno a algunos pasamanos aguardan su destino los abrigos y las muecas de los que se enamora uno nomás de ver. Para llegar al Gaudí BB, donde dormiremos, hay que ir de espaldas al mar, cuesta arriba, nos han dicho, en la carrer de Roselló.

            Sé que al llegar a Barcelona queda menos tiempo. Toco todo por todas partes como se toca algo a donde ya nunca se va a volver. Hemos llegado en el ocaso. Oscureció en cuatro cuadras que recorrimos. Eso sucedió hace un rato cuando salimos del subterráneo con la incertidumbre tierna de quien asiste a su primera cita. Ahora, más noche, volvemos tan seguros como para notar qué se vende en los establecimientos cercanos al edificio que ya guarda nuestras maletas.

Conseguí un par de botellas de vino a dos euros cada una en la tienda de abarrotes. Es Catalunya y le doy la razón a Santa Anna. Esa noche todavía no imagino que visitaré el Expiatorio de la Sagrada Familia ni que el recuerdo de Gaudí en Capadocia me invadirá. O que Comprobaré lo curvilíneo y lo volcánico de los altares y recorreré las catorce estaciones de un viacrucis empotrado como una corona de espinas alrededor del edificio con mi propia ofuscación, debido al vino de la noche, como si trajera el sol canicular clavado en las sienes. Podré sentirme, un momento, en otro sitio, en un santuario. Podré suponer a Juan Goytisolo imaginando al eremita Gaudí deslumbrado por Turquía, como ahora yo por Barcelona. No imagino tampoco que me derrumbaré en una banca a escribir. Mientras guardo silencio y simulo un gesto de beatitud evoco la noche anterior cuando bebimos cañas y vino y nos pusimos beodísimos a pesar de que el sueño era ya una necesidad elemental. Ahí mismo, en esa postura tarsiciana, enlisto una cronología intentando reconstruir cuándo se volvió un carnaval la noche en la que planeábamos el itinerario turista: llovía como cada jornada que estuvimos en Barcelona. Yo quería descansar y me acosté, pero Abril, un Gremblin transformado por la bebida me fue a descobijar. Me escondió la ropa y me trajo otra cerveza. Charlamos pero no recuerdo un hilo de lo que dijimos. Muy contentos, como niños en recreo, derrochamos la energía en estupideces.

Escribiré eso y algunas cosas inconfesables en la libreta diminuta que me regaló Mauricio de cuando fue al Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Lo último que se podrá leer en esas páginas es que estamos con resaca, pero en Barcelona, que será mejor no tener nostalgia de los excesos.

No conozco el Paseigg de Gràcia aún. Todavía no llega esa tarde de recorrerlo, ni el Parque Güell nos deslumbra con la panorámica al Mediterráneo, ni el Museo Miró, ni la Villa Olímpica están en nuestra memoria. Pero las recorreremos durante los otros días. También la Barceloneta, el puerto y alguna tasca donde beberemos con Rachel, esa inglesa con la que compartí cursos en Guanajuato, hace algunos años. Barcelona nace para mí como recuerdo.

Los puntos sobre las íes

 

Los puntos sobre las íes

Por: Tobías Albero

Captura de pantalla 2017-03-15 a las 7.10.00 p.m.Según me cuentan, hace unos días tuvo lugar en El Colegio de San Luis una ceremonia sencilla e íntima en que se entregó a la familia de Luis Alberto Arellano el título de Doctor en Literatura Hispánica, ameritado por una espléndida tesis titulada Rafael Lozano, mensajero de vanguardias. El texto, que cordialmente me remitió el autor antes de su muerte, incide en diferentes aspectos de la actividad literaria y cultural del apenas conocido escritor mexicano. Entre tanta efervescencia, son dignas de consideración las páginas dedicadas a la revista Prisma que Lozano publicó en Barcelona en los primeros veinte del siglo pasado, en donde se dieron a conocer en España y Europa autores nacionales entre los que destacan los que más tarde recibieron el membrete de Contemporáneos. El trabajo de Luis Alberto le representó cuatro años de su vida, pero ya era un proyecto sólido cuando ingresó en el posgrado. Con todo, el cálido y breve acto de entrega de la distinción a la madre, al hermano y al hijo de Luis Alberto, no evitó que se reunieran algunos personajes cuando menos curiosos, y no tanto porque lo sean (alguno, indudablemente) cuanto porque en vida de Luis Alberto, sobre todo al final, le demostraron en el mejor de los casos indiferencia. Entre ellos, sobresale Antonio Cajero Vázquez. Al parecer, este sujeto se acercó compungido a Juan Adolfo, hermano de Luis, para entregarle unos volúmenes en que el fallecido había colaborado. Hasta aquí nada aparentemente extraño. Cajero, siempre mendigando reconocimiento y cariño, seguramente se acercó a Juan Adolfo para hacerle ver la mucha consideración que le profesaba a su hermano.

            Ignoro si el hermano de Luis Alberto conoce o no a Cajero Vázquez, pero Luis Alberto desde luego lo conocía demasiado bien, como otros alumnos y colegas. Es sabida la rapacidad y mezquindad con la que opera Cajero, un académico del que únicamente se tiene constancia de dos líneas de investigación: el tráfico de hongos habitacionales y el comercio de información. El primero para hacerse con un ingreso extra; el segundo con objeto de medrar en el ámbito académico. Esta actividad, reconvertida en fiable y reconocido proyecto de investigación, se ha traducido en una injerencia constante en el Programa de Estudios Literarios de El Colegio de San Luis, debidamente impulsada por el servil y clientelar Rafael Olea Franco, de quien Cajero es eficiente conseguidor y al que recompensa con cada nuevo atropello. Hay que subrayar que la información con la que trafica este individuo está sujeta a una discreción y reserva profesional que transgrede a cada momento. Esta actitud revela a un individuo limitado en lo intelectual, carente de creatividad, dueño de unas mañas más propias del mundo gansteril que del académico, aunque hay que conceder que tiene a un buen maestro seguramente orgulloso de su aventajado discípulo al que tirará a la basura cuando ya no le sirva.

           El verano pasado, Luis Alberto me llamó alterado porque había tenido un encuentro con Antonio Cajero Vázquez en algún espacio de la UNAM. Éste le había reclamado por no haberle propuesto como sinodal de su examen de doctorado y, además, le había chantajeado con hacerse cargo de la edición de la revista Prisma a la que Luis Alberto había dedicado cuatro años de estudio. Hay que decir que si Cajero conoce esta publicación, se debe a la tesis de Luis Alberto. Con absoluta impunidad, Cajero reclamaba lo que no debía, entre otras cosas porque era un agravio para los sinodales designados, pero además trataba de apropiarse del trabajo del estudiante. La indignación de Luis Alberto no tuvo límites, aunque, según me dijo, durante la discusión le puso a Cajero los puntos sobre las íes. Lo sucedido entre Cajero y el hermano de Luis Alberto exhibe la manera de operar del primero: la simulación como estrategia, el engaño transformado en modo de vida, la traición asumida como hábito necesario. Luis Alberto quería denunciar en El Colegio de San Luis el proceder antiético de Cajero Vázquez, pero alguien le disuadió para que no lo hiciera en ese momento. Eso no quiere decir en modo alguno que éste no tenga motivos para preocuparse por su situación tanto legal como académicamente. Lo más triste de lo acontecido es que una ceremonia de reconocimiento póstumo se convirtió, al menos durante unos minutos, en una farsa representada por quien valiéndose de su condición de profesor trató no hace mucho de abusar y apropiarse del trabajo de un alumno. Quizás Cajero piense que su gesto lo exculpa o lo absuelve de sus tropelías. Si es así, a lo mejor no duerme tan mal como debería. Con todo, es patética la falta de dignidad y de probidad mostrada por Cajero Vázquez, haciendo gala de una estatura moral ajustada a la física, en una ceremonia familiar en torno a Luis Alberto, cuando apenas unos meses atrás había mostrado su verdadera personalidad. Es cierto que Cajero Vázquez es tan irrelevante como insignificante, pero eso no le impidió volver a manchar y agraviar de manera vicaria el significado y el recuerdo que muchos tenemos de Luis Alberto Arellano.

2018 La salida, el bucle demagógico

Por: Tobías Albero

 

Captura de pantalla 2017-03-02 a las 6.13.02 p.m..pngAsí como los políticos o las figuras públicas de relevancia me importan poco o nada, no puedo decir lo mismo del lenguaje que utilizan. La palabra y el uso que hacen de ella me despiertan cada vez más curiosidad. En mi caso, la política me interesa poco o muy poco, de manera que estas líneas no pretenden de ninguna manera ofrecer mi postura respecto a Andrés Manuel López Obrador o al movimiento que encabeza, sino mi lectura del último libro publicado por el tabasqueño, 2018 la salida. Decadencia y renacimiento de México, Planeta, México, 2017. Seguramente, al autor de estas páginas le pareció una buena idea felicitar a los mexicanos el nuevo año con un ensayo. Como lector, me parece más un verdadero despropósito que una ocurrencia. El ensayo no me ha provocado preguntas ni me ha incitado a reflexiones sobre ninguno de los temas que dice tratar. Más que un libro es una mala broma o una broma pesada poco graciosa y menos afortunada. Es un libelo, un opúsculo de combate, un folleto de tesis. Sin valoraciones ni apreciaciones, sin ponderación ni criterio, López Obrador acomete una radiografía política de México y de su historia tan simplista y vacía como lo que se presume que es su pensamiento encerrado en las 278 páginas que lo acotan. La vacuidad elevada a profecía sumarísima no reside tanto en los aspectos en que se detiene o en su visión de México, cuanto en el uso torticero del lenguaje.

            No voy a ofrecer una reseña, ni siquiera un breve manual de lectura, únicamente me quiero centrar en algunos usos del lenguaje que, por lo menos para mí, exhiben un pensamiento desconcertado e inconsistente, maniqueo y demagógico. No digo que lo sea López Obrador, pero sí su lenguaje y, en consecuencia, su pensamiento o, por lo menos, el pensamiento concentrado en estas cuartillas. El primer capítulo inicia con una imposibilidad: “Comienzo con una opinión categórica” (p. 13). Una opinión es una expresión subjetiva que da cuenta de determinadas circunstancias; por lo mismo, atiende a lo efímero y fugaz, en el sobreentendido de que lo dicho puede mudar en su contrario. El adjetivo “categórico” “dícese del juicio o raciocinio en que se afirma o niega sin restricción ni condición” (RAE, sv.: “Categórico”); por tanto, es una afirmación rotunda e irreductible en tanto que categoría. Una opinión nunca puede ser categórica, si bien sea firme y seria,  puesto que no es universal, sino personal y subjetiva, no apta para la generalización y carente de cualquier valor universal. En caso de que lo fuera ya no sería una opinión, sino una afirmación. Lo relevante de la fórmula empleada por el autor no es el sustantivo “opinión”, sino el adjetivo “categórica”. Lo paradójico es que López Obrador construye su ensayo en torno al adjetivo, por definición accidental y cambiante, de lo que resulta que utiliza un adjetivo como sustantivo y un sustantivo como adjetivo. No puede atribuirse a la casualidad tal perversión del habla, sobre todo si advertimos la pléyade conspicua de asesores de estilo: Jaime Avilés, Jesús Ramírez Cuevas y Laura González Nieto. No es azar, en todo caso premeditación. Esta prevaricación lingüística abre las puertas de par en par a todo lo demás. Quizás, en este demás, haya que aludir a lo que el ensayista llama “distintivo de la honestidad” (p. 13). Pero ¿puede ser honesto quien manipula así la lengua? A lo mejor sí, pero no en lo referente al lenguaje. ¿Puede hablar alguien de honestidad cuando demuestra su deshonestidad a la hora de presentarse como una persona honesta? Quizás alguien piense que esto es rizar el rizo, pero no es así. En realidad, a la prevaricación señalada hay que añadir otra definitiva. López Obrador seguramente no miente al declararse como “honesto”, es decir, “decente o decoroso”, “recatado, pudoroso” (RAE, sv.: “honesto”). Dicho de otra manera, todo aquello que concierne a un individuo de cintura para abajo. A lo mejor López Obrador quiso decir “honrado”, derivado de “honra” de la que procede también “honradez” que, según el RAE, significa “rectitud de ánimo, integridad en el obrar” (sv.: “honradez”). Por tanto, ¿alguien puede, en caso de fuese posible, tener una “opinión categórica” sobre aquello que ignora? ¿Podría escribir una persona algo sobre premisas imposibles no sólo por la inadecuación entre sustantivo y adjetivo, sino también ignorando aquello que dota de consistencia “dizque” a su pensamiento? Con seguridad Andrés Manuel López Obrador seguirá escribiendo puesto que todo indica que le ha agarrado el tranquillo a esto de escribir, aunque no está tan claro que sepa cómo se hace.