2018 La salida, el bucle demagógico

Por: Tobías Albero

 

Captura de pantalla 2017-03-02 a las 6.13.02 p.m..pngAsí como los políticos o las figuras públicas de relevancia me importan poco o nada, no puedo decir lo mismo del lenguaje que utilizan. La palabra y el uso que hacen de ella me despiertan cada vez más curiosidad. En mi caso, la política me interesa poco o muy poco, de manera que estas líneas no pretenden de ninguna manera ofrecer mi postura respecto a Andrés Manuel López Obrador o al movimiento que encabeza, sino mi lectura del último libro publicado por el tabasqueño, 2018 la salida. Decadencia y renacimiento de México, Planeta, México, 2017. Seguramente, al autor de estas páginas le pareció una buena idea felicitar a los mexicanos el nuevo año con un ensayo. Como lector, me parece más un verdadero despropósito que una ocurrencia. El ensayo no me ha provocado preguntas ni me ha incitado a reflexiones sobre ninguno de los temas que dice tratar. Más que un libro es una mala broma o una broma pesada poco graciosa y menos afortunada. Es un libelo, un opúsculo de combate, un folleto de tesis. Sin valoraciones ni apreciaciones, sin ponderación ni criterio, López Obrador acomete una radiografía política de México y de su historia tan simplista y vacía como lo que se presume que es su pensamiento encerrado en las 278 páginas que lo acotan. La vacuidad elevada a profecía sumarísima no reside tanto en los aspectos en que se detiene o en su visión de México, cuanto en el uso torticero del lenguaje.

            No voy a ofrecer una reseña, ni siquiera un breve manual de lectura, únicamente me quiero centrar en algunos usos del lenguaje que, por lo menos para mí, exhiben un pensamiento desconcertado e inconsistente, maniqueo y demagógico. No digo que lo sea López Obrador, pero sí su lenguaje y, en consecuencia, su pensamiento o, por lo menos, el pensamiento concentrado en estas cuartillas. El primer capítulo inicia con una imposibilidad: “Comienzo con una opinión categórica” (p. 13). Una opinión es una expresión subjetiva que da cuenta de determinadas circunstancias; por lo mismo, atiende a lo efímero y fugaz, en el sobreentendido de que lo dicho puede mudar en su contrario. El adjetivo “categórico” “dícese del juicio o raciocinio en que se afirma o niega sin restricción ni condición” (RAE, sv.: “Categórico”); por tanto, es una afirmación rotunda e irreductible en tanto que categoría. Una opinión nunca puede ser categórica, si bien sea firme y seria,  puesto que no es universal, sino personal y subjetiva, no apta para la generalización y carente de cualquier valor universal. En caso de que lo fuera ya no sería una opinión, sino una afirmación. Lo relevante de la fórmula empleada por el autor no es el sustantivo “opinión”, sino el adjetivo “categórica”. Lo paradójico es que López Obrador construye su ensayo en torno al adjetivo, por definición accidental y cambiante, de lo que resulta que utiliza un adjetivo como sustantivo y un sustantivo como adjetivo. No puede atribuirse a la casualidad tal perversión del habla, sobre todo si advertimos la pléyade conspicua de asesores de estilo: Jaime Avilés, Jesús Ramírez Cuevas y Laura González Nieto. No es azar, en todo caso premeditación. Esta prevaricación lingüística abre las puertas de par en par a todo lo demás. Quizás, en este demás, haya que aludir a lo que el ensayista llama “distintivo de la honestidad” (p. 13). Pero ¿puede ser honesto quien manipula así la lengua? A lo mejor sí, pero no en lo referente al lenguaje. ¿Puede hablar alguien de honestidad cuando demuestra su deshonestidad a la hora de presentarse como una persona honesta? Quizás alguien piense que esto es rizar el rizo, pero no es así. En realidad, a la prevaricación señalada hay que añadir otra definitiva. López Obrador seguramente no miente al declararse como “honesto”, es decir, “decente o decoroso”, “recatado, pudoroso” (RAE, sv.: “honesto”). Dicho de otra manera, todo aquello que concierne a un individuo de cintura para abajo. A lo mejor López Obrador quiso decir “honrado”, derivado de “honra” de la que procede también “honradez” que, según el RAE, significa “rectitud de ánimo, integridad en el obrar” (sv.: “honradez”). Por tanto, ¿alguien puede, en caso de fuese posible, tener una “opinión categórica” sobre aquello que ignora? ¿Podría escribir una persona algo sobre premisas imposibles no sólo por la inadecuación entre sustantivo y adjetivo, sino también ignorando aquello que dota de consistencia “dizque” a su pensamiento? Con seguridad Andrés Manuel López Obrador seguirá escribiendo puesto que todo indica que le ha agarrado el tranquillo a esto de escribir, aunque no está tan claro que sepa cómo se hace.

 

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