Barcelona nace para mí como recuerdo

 

Por: Luis Felipe Pérez Sánchez

 

Sagrada Familia.JPGLlueve menos y Barcelona está más visible desde la ventana. Algo de brisa se exhala desde este balcón y la noche llega hasta los párpados. Ayer cuando llegamos, fuimos a cenar. Nos costó trabajo darnos a entender o que, al menos, nos hicieran caso. Se nos nota, eso parece, que no somos de aquí. También, yo lo atribuyo a que, anoche que caminábamos somnolientos, sentimos el extravío de las horas y nos mareaba, era normal, la geografía. Habíamos pensado un viaje, pero ahora lo habitábamos. Era necesario, digámoslo así, aclimatarse para rodar.

No sé cómo hacer crónica de un viaje. Ocurre que esto sucede, dice Gil de Biedma. Ya no brindábamos en el Aeropuerto. No es México, como hacía unas horas cuando nos encontramos los compañeros de viaje, en la sala 2, cerca de alguna casa de cambio, con las mochilas en la espalda, algo tensos, revisando si traíamos o no el pasaporte. La decisión, luego de comprar en el dutty free un par de botellas de tequila para los amigos en Europa fue que no invertiría dinero en recuerditos sino en comida.

Ya había pasado el primer vuelo, la cena, el desayuno, las ganas de dormir, y las divertidas páginas del el Seductor de la patria de Serna que yo llevé para leer un poco el trayecto; el susto del despegue, arremolinarse en los asientos, mirar ciudades miniatura por las ventanillas. Después de trasladarnos, ahí en el Aeropuerto de Barajas, de una a otra terminal, de esperar un par de horas el abordaje del siguiente vuelo, de algunas fotos bajo esa arquitectura como de olas amarillas y de espacios amplios y de cordilleras alargadas, al fondo, todavía nevadas, cuando llegué a Barcelona, contagiado por el entusiasmo de Santa Anna en alguna cena descrita en la novela, buscaría botellas de vino Catalunya para darle o no la razón al personaje de Serna que, afirma, es el mejor vino de la comarca.

Ahora, no sabemos dónde carajos está cualquier cosa. La primera noche, un chino nos atendió. Tomaba las órdenes con la memoria de un pez, pero sonreía, y eso fue suficiente. Comimos bocadillos, lo único que se come por acá ‒de eso me daré cuenta conforme pasen los días‒ y cerveza Estrella, que no ha venido nada mal para animarnos; ya por morir de inanición y destruidos por las más de doce horas de viaje que nos ha costado llegar hasta aquí, nos descubrimos envueltos sorpresivamente en una bulla, consecuencia directa de la cena y la cerveza. Hacían falta los alcaloides y el alimento.

Buscábamos una fuente mágica o algo así. Nos recomendó la casera que visitáramos tal lugar porque sólo el fin de semana hay oportunidad de verla encendida. Era sábado. Llovía. No dimos con el monumento pero caminamos hacia algo conocido como Plaza Espanya. Salir del metro, ver la calle mojada como piel exuberante, tan esplendorosa. Perderse sin temor. Luego, un palacio, una glorieta. Ha llovido toda la tarde en Barcelona y así, no sé bien cómo, las luces amarillentas parecen caer sobre una ciudad más limpia o más nítida o más fotografiable. En la rotonda, un monumento que no tuve el cuidado de ver, pero era algo de escultura renacentista, imagino. A un costado, la antigua plaza de toros convertida en un centro comercial. Se puede leer en la altura del edificio como coliseo, en letras iluminadas con neón rojo: Arena.

Transitan los autobuses como en las películas, la luz interior permite distinguir a los pasajeros vestidos europeamente, como puedo imaginar esa escena de Amor, curiosidad, prozac y dudas en la que, muy de madrugada, en los asientos del bus que recorre la ciudad hasta Sants, cerca de la Plaza Espanya precisamente, una de las mujeres de las que escribe Lucía Etxchebarría, Cristina, la más chica, de la que menos se espera, abre el capítulo describiendo cómo los hombres, por decirlo de algún modo, son de dos clases: los que la quieren meter; y los que la quieren meter y te dan los buenos días. Discute con su amiga respecto de la vida o de felaciones, de las expectativas que pesan sobre ella y de lo poco que le importa, y de que por eso pasea de noche, vive en una chambrita y trabaja en bares a pesar de que podría dar clases o buscarse un empleo coherente con sus estudios para buscarse el porvenir que tranquilice a su madre, como el de sus hermanas: una ejecutiva y la otra bien casada, dice la historia.

Estábamos al otro lado del mundo. Parecía algo inimaginable pero, también, conforme los minutos transcurrieron, me fui habituando, como si no fuera la primera vez que estaba aquí o como si las cosas, más que sorprenderme, me dieran la bienvenida y lo sintiera como un sitio conocido. Me lo apropiaba vertiginosamente y sentía la cosquilla de lo nuevo, la adrenalina de la inmensidad, de estar, bajo la lluvia, en una película o en una novela o en algo ficticio. Era algún personaje de Ray Lóriga. Como en Caídos del cielo no sabía a dónde me iba a llevar el próximo paso.

Se puede caminar la plaza de noche. Hay escaleras eléctricas en medio de jardines, falderos de una colina que corona el edificio del Centro de arte contemporáneo de Barcelona. Llovía y se nos iba mojando la ropa de a poco, pero no pensamos nunca en escondernos. Sólo Abril debió meterse detrás de unos pinos para orinar porque no había dónde. Dicen que las urgencias acomodan las prioridades. Pareciera su costumbre. No era la primera vez que busca desinflamar la vejiga en público. La plaza, flanqueada por dos torres, es una avenida hacia un antiguo palacio, o lo que parece un palacio; una mañana de otro día pasaremos por ahí y apenas la reconoceré; de noche es bella y, bajo la lluvia, parece otra cosa y otra época.

Pero esta noche estamos estupefactos. Hemos cruzado el Atlántico; luego, media España para estar ahí y ver lo que nuestros ojos ven, que quizá es nada, pero esa nada, también es otra cosa. Es Barcelona de noche y, al escribirlo, siento la comezón del ansioso novio primerizo que piensa en lo que piensan los que aman: con ansiedad y pasmo el cuerpo responde a este estímulo. Subimos la cordillera de escaleras eléctricas para llegar al alféizar de ese palacio. Canturreamos cosas, algo que Queen interpretara en el 92 junto a Montserrat Caballe, hablamos de lo sabrosa que ha estado la cena en ese Museo del jamón, notamos la increíble descarga que nos ha encendido al beber cañas.

Caminamos como si camináramos sobre otro planeta, lentos, con miedo a tropezar, con la necesidad de hacer cuadros inolvidables de lo que sea aunque mucho esté condenado al olvido. Pasarán los días y se superpondrán tantas imágenes que será difícil recordar que esa noche, por ejemplo, hay un grupo de jóvenes agitanados. Celebran algún cumpleaños yultimas-tardes-con-teresa2 gritonean mientras se acomodan para hacerse fotos. Vienen en autos y en vespas, como en Últimas tardes con Teresa. Me siento en esas noches, cuando décadas atrás, la juventud fue acrisolada en una historia de desengaño como ésa, la del Pijoaparte. Marsé hablaba de rubias comprometidas con la causa, de estudiantes con consignas, de una generación que siempre tuvo fiesta y motos y cañas. Hay, también, un par de hombres que beben en una banca. Están a tiro de piedra de donde caminamos, de las luces y del barullo que se percibe mientras ascendemos.

Esta noche que paseamos nosotros se aplaude una fiesta a todo lujo en el Museo de Arte Contemporáneo. Ya es tarde para guardar las formas, pero los vestidos y las mujeres que los lucen tienen un porte de lollobrigidez holliwoodense. Los trajes y las corbatas de ellos lucen impecables aun en el desparpajo de chocar las copas y reír estruendosamente mientras alguna de las jóvenes se escabulle hacia el pretil de canto, abre los brazos e imita a Rose y a Jack en Titanic y pronuncia, catalanamente, ¡Soy el rey del mundo!

Se puede imaginar que esas zapatillas, ahora entre los dedos índice y medio de las manos embellecidas para esta noche, y que hace un rato anudaron alrededor de los tobillos de aristócrata, se consiguen en alguna boutique del Paseigg de Gràcia que recorreremos días después y que, a mí, me dejará fascinado. Todo va tan de prisa que casi no puedo respirar cuando lo cuento.

En un vagón de metro, a la vuelta, se nos ve lo mexicanos. Yo todavía no saco algún libro en cada trayecto, como acostumbro en el Distrito Federal. Lo haré después, cada que viajamos de un lugar a otro. Pero esta noche pueblo la mirada de la jerga que se traen casi todos en cada sala de espera. Nos restan algunas estaciones hasta Sant Pau; no es lejos, pero es el tiempo suficiente para notar que hay algo de marcha, que le llaman. En torno a algunos pasamanos aguardan su destino los abrigos y las muecas de los que se enamora uno nomás de ver. Para llegar al Gaudí BB, donde dormiremos, hay que ir de espaldas al mar, cuesta arriba, nos han dicho, en la carrer de Roselló.

            Sé que al llegar a Barcelona queda menos tiempo. Toco todo por todas partes como se toca algo a donde ya nunca se va a volver. Hemos llegado en el ocaso. Oscureció en cuatro cuadras que recorrimos. Eso sucedió hace un rato cuando salimos del subterráneo con la incertidumbre tierna de quien asiste a su primera cita. Ahora, más noche, volvemos tan seguros como para notar qué se vende en los establecimientos cercanos al edificio que ya guarda nuestras maletas.

Conseguí un par de botellas de vino a dos euros cada una en la tienda de abarrotes. Es Catalunya y le doy la razón a Santa Anna. Esa noche todavía no imagino que visitaré el Expiatorio de la Sagrada Familia ni que el recuerdo de Gaudí en Capadocia me invadirá. O que Comprobaré lo curvilíneo y lo volcánico de los altares y recorreré las catorce estaciones de un viacrucis empotrado como una corona de espinas alrededor del edificio con mi propia ofuscación, debido al vino de la noche, como si trajera el sol canicular clavado en las sienes. Podré sentirme, un momento, en otro sitio, en un santuario. Podré suponer a Juan Goytisolo imaginando al eremita Gaudí deslumbrado por Turquía, como ahora yo por Barcelona. No imagino tampoco que me derrumbaré en una banca a escribir. Mientras guardo silencio y simulo un gesto de beatitud evoco la noche anterior cuando bebimos cañas y vino y nos pusimos beodísimos a pesar de que el sueño era ya una necesidad elemental. Ahí mismo, en esa postura tarsiciana, enlisto una cronología intentando reconstruir cuándo se volvió un carnaval la noche en la que planeábamos el itinerario turista: llovía como cada jornada que estuvimos en Barcelona. Yo quería descansar y me acosté, pero Abril, un Gremblin transformado por la bebida me fue a descobijar. Me escondió la ropa y me trajo otra cerveza. Charlamos pero no recuerdo un hilo de lo que dijimos. Muy contentos, como niños en recreo, derrochamos la energía en estupideces.

Escribiré eso y algunas cosas inconfesables en la libreta diminuta que me regaló Mauricio de cuando fue al Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Lo último que se podrá leer en esas páginas es que estamos con resaca, pero en Barcelona, que será mejor no tener nostalgia de los excesos.

No conozco el Paseigg de Gràcia aún. Todavía no llega esa tarde de recorrerlo, ni el Parque Güell nos deslumbra con la panorámica al Mediterráneo, ni el Museo Miró, ni la Villa Olímpica están en nuestra memoria. Pero las recorreremos durante los otros días. También la Barceloneta, el puerto y alguna tasca donde beberemos con Rachel, esa inglesa con la que compartí cursos en Guanajuato, hace algunos años. Barcelona nace para mí como recuerdo.

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