Hechos alternativos o el disolvente francés

 

Por: Tobías Albero

Captura de pantalla 2017-03-27 a las 9.01.07 p.m..pngPocos términos gozan en la actualidad de más prestigio o mayor recurrencia o más presencia que el de “posverdad”. El vocablo subraya el descrédito de hechos probados que, sin embargo, contravienen el discurso en que aparecen. Como la falacia de la “posverdad” cae por su propio peso, se prefiere como complemento y añadido el de “hechos alternativos” que no es otra cosa que un adorno destinado a enfatizar más si cabe el relativismo de la sociedad actual. Quienes utilizan esta palabra, como yo mismo en estas líneas, aunque sea de manera de crítica y para negar su valor, no dejan de legitimarlo por medio del uso. De manera que el término está ya confortablemente instalado en la lengua y comienza a utilizarse con naturalidad por los hablantes. Para quienes su uso resulta incómodo, se ha acuñado el de “hechos alternativos” que no es sino una perífrasis de lo mismo aunque dotada de una perversión semántica de la que carece aquélla. Negar una verdad, por parcial que pueda ser, nos aloja definitivamente en un relativismo que, además de negar los hechos comprobables, deforma la realidad. Para la verdad no existen otros hechos alternativos que la verdad misma. Por lo tanto, apelar a una realidad alternativa que enmascare la realidad real no es más que una estrategia destinada a manipularla. Esta tergiversación consentida y de la que los hablantes somos cómplices nos instala en un espacio al que el ser humano hasta este momento no estaba habituado: la incertidumbre. Hasta ahora, la certeza de la verdad dotaba de consistencia pensamientos y convicciones, palabras y decisiones, acciones y actuaciones. La posibilidad de prescindir de la certeza y, del sustrato en que se asienta, la verdad, abre un nuevo escenario para otra palabra que, sin ser lo mismo, se le parece bastante: la “percepción”. Lo importante no es ya que una persona, una cosa o un acontecimiento sean como son, sino el modo en que los percibimos. Lo cual nos permite negar el ser de las cosas si así las percibimos. Esta situación, además, parece trastocar la naturaleza del lenguaje. Si desde los presocráticos la palabra era una apertura a la realidad, al mundo, a la exterioridad, ahora parece que es una abertura al lenguaje con la consiguiente cancelación de la realidad. Lo que esconde la “posverdad” no es más que el triunfo del lenguaje capaz de prescindir de la realidad; la servidumbre del lenguaje a un discurso autosuficiente que no necesita de otros referentes que sus propios signos. Los “hechos alternativos” no dejan de ser un haz de posibilidades del lenguaje no ya para dar cuenta de la realidad, sino de las necesidades del propio discurso.

Ignoro cómo se ha llegado a esta situación, pero no hay duda de que desde el estructuralismo los pensadores franceses nos han abocado a esta situación, sin que hayan aparecido propuestas capaz de contrarrestarlos. No es que no existan, sino que no han alcanzado el pretendido prestigio del de aquellos. Jean Baudrillard concibió el “simulacro” como el desplazamiento de la realidad real en beneficio de una realidad virtual cuya consistencia momentánea y liviana opera en detrimento de la verdad. La fama que goza hoy en día la virtualidad es inversamente proporcional al desprestigio de una verdad disuelta en imágenes transformadas en la realidad de los simulacros. Concluye el francés que “el escándalo, en nuestros días, no consiste en atentar contra los valores morales, sino contra el principio de realidad”. Si Baudrillard adopta una actitud crítica frente a la disolución de la realidad por medio de un lenguaje que la desatiende sistemáticamente, Jacques Derrida se suma consciente y premeditadamente a la aniquilación de la realidad por parte del lenguaje. El lenguaje ya no es un medio, sino un fin en sí mismo; cuyo propósito no es otro que el de crear mundos alternativos o paralelos, autónomos y emancipados de este en que vivimos. De tal manera que cada uno de esos mundos ficcionales, como también el real, son inaccesibles incluso para cualquier palabra que no forme parte de su discurso; cualquier otra palabra que en sí misma es ya metaficcional y por lo tanto ajena e inadecuada para dar cuenta de un lenguaje ensimismado. Lo peor de Derrida es que ha hecho de un método cuya premisa es la indecibilidad de todo lenguaje un negocio muy rentable a costa de decir de todas las maneras posibles que nada puede decirse de cualquier discurso; la falacia de que la crítica es inútil puesto que cualquier discurso y todos los discursos son reactivos a la crítica debido a su naturaleza autorreferencial. Si la palabra misma no puede expresarse de otra palabra, cómo podría expresar cualquier principio de realidad.

Los hechos alternativos como vehículos o atuendos de la “posverdad” son un síntoma elocuente de una sociedad que ha renunciado a la verdad en beneficio de una subjetividad radical que acomoda hechos, cosas y personas a la propia conveniencia. Relegar la verdad, prescindir de ese sustrato que opera como referencia del pensamiento y la opinión, nos sitúa en un escenario desconocido hasta este momento: la supremacía del interés personal o de grupo sobre la realidad confiable y verificable. Es decir, nos emplaza ante la disolución premeditada y aceptada de lo real a condición de imponer la subjetividad como instancia epistemológica privilegiada. Las consecuencias de todo esto son previsibles: desprestigio hasta la desaparición de la verdad, fragmentación de la realidad en tantos pedazos como sea necesario consumir, imposibilidad de comunicarse de manera franca y directa. Las redes sociales exhiben esta descomposición a cada momento, lo desalentador es que buena parte del periodismo parece seguir sus pasos.

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