La extraña muerte de Federico García Lorca

 

La extraña muerte de Federico García Lorca

Por: Tobías Albero

 

Captura de pantalla 2017-04-24 a la(s) 22.43.56.pngEl título de la colaboración puede inducir a equívoco. Nada raro hay en un fusilamiento en un periodo en que el paredón era un concurrido lugar de citas. Además, poco podría añadir a las exhaustivas y, por momentos, patológicas investigaciones de Ian Gibson sobre Federico García Lorca y, en particular, sobre su muerte. De hecho, el hispanista lleva años intentando exhumar los restos mortales del poeta granadino, con una encomiable tenacidad como prueban los socavones abiertos en toda la provincia de Granada que la asemejan más al Somme de 1918 que a los parajes que alguna vez contempló Boabdil el Niño. En estos momentos, seguramente debe de estar socavando una nueva fosa, asunto que al menos revela o bien que no tiene nada que hacer o nada más que hacer, o bien que la búsqueda de Lorca se ha transformado en un pretexto para hacer lo único que sabe: excavar. El hispanismo tiene estas cosas. En México, la recepción de Lorca ha sido debidamente documentada por Luis Mario Schneider. Volviendo a la muerte de Lorca, desde la actualidad daría impresión de que su asesinato provocó una inmediata reacción en el bando republicano, capitalizada por una prensa que informó con insistencia y lujo de detalles. Nada más alejado de la realidad. El fusilamiento del autor de La casa Bernarda Alba apenas recibió atención en su momento por parte de los medios afines a la República. Ese interés surgió después, casi al final de la guerra civil, y durante todo el franquismo y la democracia, dentro y fuera de España. Es decir, en el momento de su muerte, Lorca no era el Lorca de hoy, elevado a los altares del martirio por los mismos que en 1936 recibieron la noticia con aparente indiferencia. En realidad, esta observación va más allá y cuestiona la lealtad de algunos intelectuales hacia la República, pues no se sabe con certeza si en verdad fueron leales o, por el contrario, lo fueron no por la virtud misma sino por miedo a represalias. Conviene precisar que ya en 1936 el Frente Popular gobierna España.

            Refiriendo una información aparecida en el Diario de Albacete, la prensa madrileña se hizo eco de la muerte de García Lorca el 31 de agosto de 1936. El 7 de septiembre, El Liberal  extiende el rumor: “Se dice que en Granada ha sido asesinado García Lorca”. Dos días después, ABC afirmaba sin concesiones a habladurías que “se confirma el asesinato de Federico García Lorca”. No hay duda de que la información no fluía como era de esperar y que los diarios más serios prefirieron corroborar la noticia en vez de ventilar lo que quizás hubiera sido un chisme infundado. Pero no hay mucho más en torno a la muerte del granadino. Acaso, una nota de protesta atribuida a la Sociedad de Autores, sin nombres ni rúbricas, que se limitaba a condenar el asesinato. Curiosamente, Jacinto Benavente publicó el 18 de octubre un autógrafo en Las noticias, reproducido 48 horas después en la planas del ABC, en donde decía: “Ruego a usted haga constar mi adhesión a la protesta de la Sociedad de Autores, contra la muerte de García Lorca. Aunque la protesta sea corporativa, como, por hallarme ausente, pudiera pensarse que yo no figuraba en ella, quiero hacerlo constar”. Llama la atención que Rafael Alberti no mostrase el más mínimo interés por la muerte del, si no amigo, por lo menos “compañero”, como demuestra El mono azul, publicación periódica dirigida por el gaditano que no le dedicó a Lorca no ya un número homenaje, sino que ni siquiera hubo alusión alguna al poeta de Romancero gitano. Tampoco César Falcón mencionó en sus memorias del primer año de la guerra civil a Lorca (Madrid, 1938). El bohemio Eduardo Zamacois, apenas una línea en El asedio de Madrid (1976). Ramón Pérez de Ayala que había apoyado a la República en 1931, junto con Gregorio Marañón y José Ortega y Gasset, pero desengañado del gobierno del Frente Popular en 1936, acusó a Rafael Alberti de la muerte de García Lorca, puesto que el primero había leído en el radio unos versos en contra de los sublevados que atribuyó al segundo. Se trata de una versión que la mujer de Alberti, María Teresa León, parece corroborar en sus Memorias. Si es cierto que Lorca apoyó al Frente Popular desde principios de 1936, también lo es que el asesinato del escritor apenas interesó. Durante los años que quedaban de guerra no hubo ninguna muestra de reconocimiento ni hacia la persona ni hacia la obra de Federico García Lorca (Ver C. Vidal, Checas de Madrid, 2002, pp. 183-186). Es paradójico que el 31 de octubre de 1936, ABC publicara por parte de escritores argentinos una protesta por la muerte del poeta que contiene más nombres que cualquiera de las publicadas por españoles. ¿Por qué esta indiferencia? Guillermo de Torre en Tríptico del sacrificio (1948) da alguna clave. Al parecer, Lorca no gustaba de actos políticos o culturales revestidos de intenciones políticas, por lo que su reserva a lo mejor pudo tomarse como un agravio por parte de intelectuales y artistas afectos al Frente Popular. No hay que olvidar que el mismo 18 de julio de 1936, el Heraldo de Madrid había tildado al poeta como “Niño mono, orgullo de mamá”; unas palabras que señalaban a los prescindibles y desechables de la nueva España. Margarita Nelken, militante del PSOE y luego del PCE, se dirigía a Ortega y Gasset en términos que quizás pudieron aplicarse a Lorca:

Hay muchas maneras de ayudar al fascismo y a su advenimiento; no es la menos eficaz la incubación, en torno a una revista “selecta”, de delicuescencias cultivadoras de la deshumanización del arte… ¡Descanse en paz don José Ortega y Gasset, en el extranjero y en compañía de su familia! De los que hoy puede prescindir España; el mundo nuevo que España está forjando ya no los necesita.

 

Anuncios

Lo clandestino es la gota que entinta las aguas de la intimidad

 

Sobre Paraísos vulnerables de Edgar Yépez (Tierra Adentro, 2013)

En recuerdo de Sergio y de Eusebio

Por: Luis Felipe Pérez Sánchez

485_big.jpgHacía mucho tiempo que no me olvidaba de mí mismo tanto como en estos tiempos en los que toco el mundo a diario y veo gente que sale a trabajar desde temprano, o a hacer que trabaja como yo que simulo. Mientras pasan las jornadas me escondo entre las lecturas que alcanzo a hacer en filas de banco o en espera de juntas y me cuento a mí mismo las peroratas que puedo escribir en el diario íntimo. Abro un boquete en el tiempo y, con letra pequeña, dejo un rastro olvidadizo de lo leído.

Unos días atrás, no muchos, anoté que Sergio González Rodríguez, en un texto para el Reforma escribe acerca de un hallazgo literario. Habla de Paraísos vulnerables, el libro de ensayos que Tierra Adentro le publicó a Edgar Yépez por llevarse el Premio de Ensayo Joven José Vasconcelos del 2013. He ido a la librería, lo pedí y no esperé para leerlo, más bien de releerlo porque ese libro lo fui leyendo, sin saber, en la Fundación para las letras mexicanas donde fui compañero del autor. He recordado lo que dijo alguna vez Eusebio Ruvalcaba luego de escuchar la lectura de un ensayo de este vecino de Satélite, en el todavía D.F. Dijo, a boca de jarro, que su escritura, la de Yépez, debería recetarse a enfermos de halitosis. Lentamente luego de darnos esa premisa, nos explicó su metáfora: debía dársele como remedio a los enfermos de halitosis porque deja un buen sabor de boca de tan cuidada y precisa, cadenciosa, con el ritmo de un mar indiferente.

Estuve cerca de Edgar cuando lo escribió, ya lo mencioné. Pero leerlo me ha sorprendido mucho, en el mejor de los sentidos. Me hizo pensar en Martín Caparrós y Fabián Casas. A veces, en Roberto Calasso, también veo una resonancia de Alan Pauls, quien hace del rompimiento de la pareja perfecta en El pasado tanto como hace Yépez del viaje en pareja en sus Paraísos vulnerables, un momento de peligro donde las obsesiones, que son debilidades irremediables, esconden toda la fragilidad imaginable. Esa manera de estirar lo narrado con movimientos plásticos de la prosa hasta dar cuenta clara de algo de la condición humana, que tiene fondos existenciales, casi salvajes y ácidos, suscita la sensación de ingravidez, de estar, gozosamente, en la tortura de la gota que cae y que penetra lo que ha ido tocando, permanente, como un cincel tozudo. Supe que Calasso está en sus líneas porque dialoga con él al acercarse a Kafka. Todos somos Kafka algunos días, todos los días, y Yépez lo reitera. Evoqué a Caparrós, he anticipado, porque Yépez hace crónica con tino como a la que nos tiene habituados el autor pampero, y aludo a Casas porque narra sobre las cosas inútiles con sentido sin culpa. Mesurado de emociones y bamboleante con la retórica, junta las hebras de un nudo que va del futbol, de la selección española o del Barcelona de Guardiola, hacia el tedio de habitar, como en pecera, el transporte público que ofrece, a veces cumbias o curvas, zangoloteo o reflexión. Su mirada es milimétrica. Enfoca hasta encontrar en lo fortuito una metáfora de lo cotidiano. Hace pensar en Monsiváis; hace repetir, en silencio, frente Paraísos vulnerables, que esta vez ganó la literatura ante la anécdota y que de eso se trata cuando se escoge como cauce de presentación el ensayo, siempre una manera de vacilar pero también de contarle a un amigo alguna inquietud, una idea, algo íntimo.

La literatura crítica, la verdadera narco-literatura

 

La literatura crítica, la verdadera narco-literatura

Por: Tobías Albero

 

 

18009359_10213170351562910_1481213532_nEl auge de la denominada narco-literatura no debería impedirnos advertir que, en realidad, es una invitada reciente, advenediza desde el punto de vista de la historia, respecto de todo aquello que pertenece al ámbito narcótico. La vitalidad de que goza este género mucho merece, sin duda, a la actualidad de su temática: narcotráfico, crimen organizado o narco-crimen. Sin embargo, esta observación impide ver el bosque en lo referente a diversas expresiones literarias asociadas con lo hispnótico. El DRAE define el vocablo: “Dícese de las sustancias que producen sopor, relajación muscular y embotellamiento de la sensibilidad” (sv.: “narcótico”).  Con todo, la literatura no se ciñe únicamente a los motivos o temas que articula, sino también a otros aspectos como los géneros, las estructuras o las modalidades. La diferencia entre la narco literatura y la literatura crítica, esa que califico como verdaderamente narcótica, reside en que la primera suele ocuparse del trasiego de sustancias ilegales, mientras la segunda induce directamente al sueño independientemente del asunto que trate. Claro, alguien pensará y no sin razón que convendría ilegalizarla, pero esto es otra cuestión. El caso es que existe una amplia y profusa tradición de la literatura narcótica. Los autores que integran este pelotón del pasmo, apretado y beligerante, son tan numerosos que difícilmente podría elaborarse una clasificación integral y fiable. Así, desisto de la exhaustividad en favor de lo ilustrativo y ejemplar. Entre quienes conforman este nutrido colectivo, se encuentran nombres correspondientes a todas las áreas y disciplinas de las humanidades y ciencias sociales. Lo que demuestra, cuando menos, que la crítica estupefaciente está más extendida de lo que parecería a primera vista y que disfruta de una envidiable salud. Con todo, no todos los integrantes de esta distinguida sociedad, menos selecta y secreta de lo que podría considerarse, han recorrido el camino de la misma manera.

Hay quienes son dueños de una obra narcótica consistente, elaborada a lo largo de las décadas y que, a cada nueva aportación, no hacen sino incidir en algún aspecto con el que regalar nuevos ámbitos hipnóticos, cuando no enriquecer los ya conocidos con ignorados matices. En estos casos, lo menos importante es el pretexto con el que regalan una nueva contribución; lo relevante es su poder soporífero. Así, estos volúmenes pueden versar sobre historia regional, costumbres indígenas, escritores reconocidos o asuntos políticos, pero sin falta siempre inducen al sueño. Los miembros de este primer grupo suelen ser ya sesentones y de quienes, en el mejor de los casos, sólo hay que esperar aportaciones que ahonden en la plétora de posibilidades anestésicas. Hay otra corporación que apenas inicia, sin importar la edad de que hace gala, que ha decidido recorrer el itinerario desbrozado por sus mayores. Quizás a causa de su relativa juventud, los adscritos a este colectivo, además de sus tímidas e incipientes colaboraciones, regalan otra clase de contribuciones como ponencias, conferencias o cualquier cosa que tengan a la mano.

Hay una suerte tipología relacionada con el modo y la manera con que han llegado a esta práctica. Por un lado, nos encontramos con aventureros e intrépidos que recorren este camino en soledad, movidos por la convicción de que el sueño no es una cosa cualquiera y que, por mucho que porfíen, su aportación será modesta ante la envergadura de la tarea por realizar, pero que merece la pena entregar la vida a la labor. Estos individuos son propiamente vocacionales y no hay duda de que el idealismo opera como motor de su compromiso intelectual. Por otro, son reconocibles escuelas narcóticas, es decir, un grupo de autores que siguen a pies juntillas el somnoliento ideario de alguno de sus maestros. Estos son menos honrados que los anteriores, en absoluto vocacionales, puesto que hacen del sueño un negocio profesional. Escriben de la misma manera con que podrían hacer bolillos o teleras, según donde residan. Son los verdaderos proletarios de la narco crítica. Y, paradójicamente, los que menos se avienen a reconocer su estatus. El sueño para estos pepenadores de elogios ni siquiera es un asunto central, en todo caso una circunstancia añadida a un quehacer presidido por la indolencia y la incompetencia. Si desde una perspectiva moral merecen ser omitidos en este diagnóstico, sucede que, en ocasiones, consiguen unos resultados narcóticos que pocas veces alcanzan quienes han dedicado su vida a explorar esta modalidad. Estos ayudantes de anestesistas, como decía antes, suelen salpicar sus narcóticas contribuciones escritas con otras actividades también académicas a las que dotan de su muy personal iniciativa. Sin embargo, el resultado es siempre el mismo: el amodorramiento de los asistentes por diferentes vías. Hay quien, por ejemplo, a la hora de exponer una conferencia prefiere modular tonos según cite o no diversas referencias bibliográficas, a la manera de un ventrílocuo circunstancial, pero suele ocurrir que el expositor ni es ventrílocuo ni es capaz de conferir a cada cita el tono ensayado tantas veces en su casa, de manera que termina por no saber si cita o si no cita, acompañando compulsivamente lo que era una originalísima puesta en escena de un descontrolado movimiento de los dedos índice y anular de ambas manos, hasta el punto de que cada mano decide emanciparse de la otra creando una caricaturesca coreografía entre los dedos, las manos y la voz que no sabe muy bien qué modular. El público, al principio desconcertado, termina por rendirse al cansancio al que le somete el ponente entre tantos balbuceos, dubitaciones, vacilaciones, tonos, módulos, manos y dedos, cada uno por su lado, como si tuvieran vida propia al margen del sujeto que los reúne, incapaz de dotar de consistencia a lo que simplemente es una lectura, pero que en la febril cabeza del expositor es su incuestionable aportación al mundo del conocimiento o su boleto a la posteridad. Más que fatiga es agotamiento. También se encuentra quien, reticente a adoptar inventivas ajenas, prefiere aportar de su imaginación. En estas ocasiones la estrategia es otra aunque con resultados igualmente soñolientos: la acumulación de estupideces que terminan por aplastar la actividad cerebral de los reunidos situándola en un estado cercano o abiertamente comatoso. Quizás estos sean los más reconocibles y ejemplos hay a montones. Por ejemplo, si el congreso propone determinada directriz, ellos optaran por otra que nada tiene que ver con la propuesta. Lo cual, en realidad, no importa mucho; para este asunto lo relevante es el cúmulo de estupideces que actúan como paralizantes del cerebro. La narco-literatura de a de veras lleva campando por sus respetos desde hace siglos aunque se aprecia en todo su esplendor en la literatura crítica.

Ut pictura poiesis, la pasión por el ridículo

 

Por: Tobías Albero

17841972_10213085405119302_1654807009_n.jpgDesde hace no poco tiempo, el ámbito de las humanidades y las ciencias sociales parece un erial por no decir que un albañal. Algo sucede, aunque no están claros los motivos, las causas y las razones que han deparado esta situación. O habría que decir, mejor, que aunque una porción de académicos conoce esas razones, esas causas y esos motivos, no se han detenido a considerarlos con la seriedad que ameritan. En modo alguno esto quiere decir que muchos humanistas no hagan bien su trabajo, pero tampoco quiere decir que éste adquiera la relevancia que podría o debería. Da la impresión de que la incomodidad de las condiciones de trabajo finalmente condiciona unos resultados que, de otra manera, quizás podrían ser más significativos. Sin embargo, sucede que algunos académicos deciden que su “genio” no está lo debidamente reconocido o que no lo está a su parecer. En estos casos, se produce un doble movimiento indisociable: por un lado, abandonan los empeños por los que son distinguidos y, por otro, innovan con curiosas y bizarras estrategias, no se sabe muy bien si destinadas a ofrecer una mejor tarea u orientadas a recibir un mayor reconocimiento. La investigación suele ser solitaria y decepcionante, no sólo porque se realiza en una pavorosa y granítica soledad, sino porque los académicos chocan constantemente contra sus propias limitaciones. Casi siempre el resultado frustra las expectativas que originaron la investigación. Uno de los acostumbramientos del investigador es precisamente la tolerancia a la frustración mediante el convencimiento de que ese libro, ese artículo o ese ensayo es, en realidad, la única recompensa y que no hay otra fuera de la exigencia que demandaron. Frente a lo que pueda parecer, el trabajo académico es modesto y opaco por naturaleza, reactivo a los aplausos y a las luces, a las cámaras y a los micrófonos, a los viajes y a las estancias exóticas. Con todo, no pocos investigadores, llegados a cierta edad, movidos por el efervescente ajetreo de otros colegas, deciden que han equivocado el camino o que, en el mejor de los casos, no le han sacado a su estatus todo el provecho que merecen. Este momento, que siempre llega para quienes no aman suficientemente su elección profesional, suele abocarlos a dos decisiones que no están reñidas: asaltar el poder académico para urdir redes clientelares que halaguen su vanidad, sin necesidad de justificar con trabajo los pretendidos blasones, e inventarse un nuevo método de reflexión que no les exija mayor esfuerzo con el fin de atraer la atención de incautos o taimados. En el primer caso, estos individuos se distinguen de sus colegas porque a cada momento subrayan lo inteligentes que son, lo cual es una manera no muy elegante de denunciar que merecen más atención que sus compañeros y, por tanto, de situarse frente a los otros como candidatos a las mayores distinciones, entre las que sobresalen los puestos de decisión, siempre en beneficio propio a partir de un clientelismo intolerable. Una vez situados en un espacio visible, algunos introducen una estratagema más, que ya no es el reconocimiento de su “genialidad” por parte de la comunidad, sino la expresión de la “genialidad” misma. Es entonces cuando se asiste a las payadas más solemnes y cuando el “genio” se quita la careta para mostrase como lo que es, un bobo también solemne.

Una de las últimas exhibiciones circenses a cargo de uno de estos titiriteros tuvo lugar hace unos meses, en una ciudad del centro de la República Mexicana. El “genio” en cuestión propuso una atractiva metodología para comparar el lenguaje cinematográfico con el literario o al revés. La innovadora aportación, destinada a revolucionar el panorama mundial tanto de los estudios comparados como interdisciplinares, consiste más o menos en lo siguiente: aparición del “genio” rodeado de una corte de lacayos serviciales y lambiscones, aunque debidamente alineados. Acostumbra a encabezar el desfile alguien más bajo que el “genio” quien, sin importar lo menudo que sea, siempre encuentra a alguien más jibarizado que opera como tapete y bufón de corte. No es difícil distinguir a estos juglares; acostumbran a imitar al “genio” en sus maneras y gestualidades, al mismo tiempo que ejercitan las piruetas y los malabares de rigor esperando que les acaricie el lomo. Una vez en el salón (aunque los “genios” prefieren, en el peor de los casos, las aulas magnas; y, en el mejor, los palacios de congresos o de Bellas Artes o de lo que sea, pero que sean palacios), la sesión del seminario, con una duración aproximada de dos horas, se distribuye dedicando la primera a pasar un fragmento de la película o del documental de que se trate; la siguiente, a leer las páginas de la narración en que “en apariencia” se inspiran los fotogramas proyectados; ya rebasado el tiempo de la lección magistral, el “genio” dedica dos minutos a convenir que, en efecto, esa película guarda puntos de coincidencia con el relato, ante la cara de estupor y perplejidad de unos y de arrobo y éxtasis de otros. El momento es crucial. El “genio” sabe que arriesga su “prestigio” al concluir tal memez pero, como los maletillas en los ruedos de provincias frente a los novillos, se gusta demasiado para concederle algo al respetable. El “genio” no se extiende más, dejando en suspenso para la siguiente sesión sesudas reflexiones, sabiendo que regalará la misma pantomima al público congregado y que nadie osará cuestionarle la farsa o la faena. En realidad, lo más importante de la representación no es ni el cine ni la literatura, sino el gesto y el modo adoptado por el “genio”, escamoteando con displicencia la mirada franca hacia el público, como si los asistentes no merecieran cruzar sus ojos con los suyos; orientando el asiento hacia su izquierda en bizarro escorzo, como si dirigiera hacia la pared su grave disertación a falta de nada mejor; reposando su egregia testa en la mano derecha, como si sólo el estuco o la duela fueran merecedores de tanto fulgor intelectual y a lo mejor por ello calza tenis; o, quizás, sabiéndose incomprendido e inaccesible, se abisma en un ensimismamiento del que podría salir sólo en caso de que los asistentes no fueran tan pendejos.

A lo mejor es simpático e incluso refrescante asistir una vez a este bodevil, pero cinco o seis o siete se antojan excesivas. Y sin embargo, ocurre que el público que asiste a la primera sesión persevera inverosímilmente en las restantes. ¿Qué ha sucedido? ¿Qué explicación puede encontrarse? Se me ocurren dos posibles. En estos espectáculos suele haber dos tipos de público: el primero, compuesto por otros académicos cuya carrera depende de la decisión del “genio”, de manera que a cada una de sus majaderías aplauden a rabiar entre arrobados y extasiados, en una competencia esperpéntica para ver quien palmea más fuerte (hay quien ha llegado a sangrar de tantas palmas), por no hablar de las carcajadas artificiales que se regalan a cada chistorete del “genio”, con el fin de ganarse el favor de quien tiene la llave de su prometedor futuro; el otro grupo está constituido por los alumnos de estos hooligans, que no entienden muy bien a qué se debe tanto entusiasmo, azorados y arrebolados por la pena que les producen sus profesores y, desde luego, ese elemento que dirige el circo. Parecería que la magistral sesión no deja nada a los estudiantes. No es así. Los estudiantes a lo mejor no han entendido, ni discernido, ni comprendido, en qué se fundamenta el innovador método concebido por el “genio”, pero sí que han entendido, discernido y comprendido, cómo tienen que actuar para que sean dueños de un halagüeño porvenir. Nada nuevo, en los siglos de Oro se decía ganarse aldabas o llamar aldabas o tener aldabas, pero sin tantas payasadas solemnes.

Tras la risa

Tras la risa

Por: Ernesto Sánchez

Captura de pantalla 2017-04-08 a la(s) 20.22.07.pngReacción física, más cercana a la animalidad, o procedimiento cognitivo que evidencia la razón, la cual nos aleja significativamente de cualquier otra especie; la risa ha sido foco de reflexiones, investigaciones y prejuicios durante siglos. Sólo hay que recordar la obsesión que tenía Jorge de Burgos por esconder el segundo estudio de Aristóteles en esa historia que ahora las nuevas generaciones, si bien nos va, sólo conocen por medio de la película que protagonizó Sean Connery.

            A pesar de que, en un extremo, aquel personaje borgiano decía que la risa deforma el rostro y nos asemeja a los changos, hay diferentes formas de entender este fenómeno: Hobbes la considera un signo de superioridad ante los semejantes; Spencer se une a línea de pensamiento que identifica a la risa como una descarga física, y Kraepelin, como Kant, considera que ésta despierta en nosotros un “conflicto –con predominio de placer– entre sentimientos estéticos, éticos o lógicos”. Es decir, la risa ha sido un tema de discusión, y grandes pensadores, desde Schegel hasta Bajtín, la han abordado en algún punto de sus carreras; profundizado y dándole matices diferentes, graduaciones que se asocian tanto con el acto que la provoca como la reacción/entendimiento de éste. Así, la risa brinca desde lo cómico hasta lo humorístico, desde la burla hasta la ironía más sutil, desde el goce por ver resbalar a alguien en el patio de la escuela hasta el placer que provoca en nuestro intelecto alguna obra de Bernard Shaw o Philip Roth.

            Por eso no debe extrañar que, ante el panorama mundial actual, la risa sea una de las manifestaciones más eficientes para develar una verdad que por obvia es rechazada. Sobre todo porque la eficacia de los noticieros, desgastada de por sí gracias a la búsqueda del rating y no de la verdad, frente a este tipo de noticias tiene una capacidad si no nula sí deficiente. Estamos en el tiempo en que abordar las noticias haciendo énfasis en tácticas que el Alarma estableció en la década de los sesenta, pero que deambulan desde los pliegos de cordel, se ha hecho moneda de cambio. En la serie The Newsroom, creada por Aaron Sorkin, ya se expresa una consciencia del problema que esta tendencia conlleva, pero lejos de tener algún tipo de repercusión y provocar una reflexión en torno al problema, la serie sucumbió a las propias exigencias del rating.

            Por otro lado, pareciera que por este mismo motivo los noticieros ya están adecuados para sobrellevar las noticias hiperbólicas que están hoy en boga, pero se encuentran maniatados debido al corte de “seriedad” con el que se publicitan. Claro, pueden pasar semanas enteras indagando las relaciones del asesino en serie del caso en turno (desde su familia hasta las interacciones con el conserje de la secundaria que “alguna vez lo vio por ahí”), pero no pueden gastar, sin llegar al sinsentido, más de veinte minutos hablando del último tweet de Trump, porque es tan ridículamente evidente que las posturas de los politólogos especializados que ahí se citan se ven desplazadas por el sentido común, ese elemento humano que parece en peligro de extinción.

            Por eso, los comediantes (aunque yo preferiría usar la palabra humorista) han tomado preponderancia. Evidenciar, por medio de la risa, el descaro y los gestos grotescos del gobierno y sus dirigentes, ya no pasa a un segundo plano, sino que ha derrumbado esos espacios televisivos llamados noticieros (que, sinceramente, ya se acercaban demasiado a los programas producidos por Paty Chapoy­). Entonces, las figuras como John Oliver, Bill Maher, Stephen Colbert, Jon Stewart, se han convertido en los faros de esta tan perdida sociedad. La ironía, el sarcasmo y la parodia en defensa del sentido común. Programas volcados a llamar la atención del televidente por medio de la risa, regurgitando problemas que de tener sentido común percibiríamos sin filtros. Es decir, el humor vela y devela, se presenta como una contradicción, como algo que nos acerca a aquella realidad que negamos y nos la hace más digerible.

            ¿Y dónde quedaron los intelectuales? Pues yo no sé. Es una discusión que he mantenido ya por algún tiempo con algunos de mis amigos y profesores. Ahora, en un tiempo donde se necesita ese guía moral del que hablaba Rodó, la figura del intelectual ha desaparecido, o por lo menos ha perdido el prestigio del que gozó durante el siglo XX. Tal vez, teniendo en cuenta el panorama, no es tan descabellado empezar a seguir a estas otras figuras que enfrentan y muestran la realidad por medio de la agudeza, el ingenio y el humor. Más descabellado, creo yo, sería proseguir como hasta ahora: sin sentido común.

.

.

.

Cabe anotar que este pequeño arrebato, madeja sin cuenda, surge porque compartí un video de Vox, donde se habla de la participación, que he seguido durante tiempo, de estos comediantes que abordan la política. Pequeña reflexión que parece evidente, pero que me vuelve a recordar que lo que más daño hace a la humanidad es la pérdida de este sentido común y que, tal vez, aquello que nos puede ayudar a recobrarla es la risa.

.

Dejo el link que provocó todo esto:

http://www.vox.com/2017/4/3/15163170/strikethrough-comedians-satire-trump-misinformation

Giovanni Sartori, homo ludens

 

Giovanni Sartori, homo ludens

Por: Tobías Albero

Captura de pantalla 2017-04-07 a la(s) 10.20.08Hace unos días murió Giovanni Sartori. Florentino de estirpe liberal, dedicó su vida a pensar y repensar la democracia. Dueño de una ironía final y elegante, en ocasiones ácida y temible, no escamoteaba la provocación, al contrario. Polemista de raza, no dudaba en hacer uso de su libertad de expresión cuando lo consideraba oportuno o inoportuno. Convencido de que la palabra ilumina aun cuando no atraiga sino más sombras, se aferró a su poder y a su mandato. Su obra, que puede considerarse una incesante reescritura, testifica la transformación de su temperamento. Obsesionado por la democracia y sus enemigos, se entregó sin reservas a su defensa de manera inteligente y atinada, situando el centro de su pensamiento en la compresión de este sistema. Pero como polemista y académico, las páginas escritas por él no están exentas de paradojas y contradicciones. Más bien, de contradicciones para sus lectores. Dos trabajos me llaman particularmente la atención y eso debido no tanto a lo que dice el italiano cuanto a lo que los comentaristas y exégetas dicen que dicen. El primero es Homo videns (1998), que remite inmediatamente a Homo ludens (1954) de Johan Huizinga, cuya tesis reside en que el juego es un fenómeno cultural. Sartori en este libro sostiene que a diferencia del juego, las pantallas en cualquiera de sus presentaciones (televisión, móvil, tableta, computadora, etc.) inciden negativamente en la formación del ser humano, suplantando la creatividad inherente al juego en favor de una indiferencia frente al entorno. La consecuencia es lo que llama la “banalización de la política”, adoptando la fórmula referida al “mal” acuñada por Hannah Arendt. Ilustra esta banalización con el ascenso al poder en Italia de Silvio Berlusconi. Homo videns quizá sea el libro más conocido del florentino, pero me parece que es también el más alejado de su doctrina. Y en él es rastreable su polémica personalidad. En realidad, no puedo estar más en desacuerdo con el ideario del libro porque las pantallas no han desplazado al juego, sino que se han integrado dentro de las posibilidades recreativas. Pero sobre todo porque no ha habido un desplazamiento del juego en beneficio de la pantalla como el que quiere hacer creer. La tecnología, a pesar de las alarmas constantes, no es buena ni mala, lo es en todo caso su uso. Otra cosa es que la imagen relegue completamente a la palabra, lo que se traduce en la desaparición del pensamiento y de la crítica, lo que supone una verdadera amenaza para la sociedad. En este caso, “la banalización de la política” pasa a formar parte de la “sociedad del espectáculo” denunciada por Mario Vargas Llosa en La civilización del espectáculo (2012), Guy Debord, La sociedad del espectáculo (1967), y antes por T. S. Eliot en Notes towards the Definition of Culture (1949). Presumir una amenaza no implica necesariamente que sea real y, por lo tanto, parece exagerado generalizarla. El diagnóstico de Sartori desde luego es estimulante, pero no lo comparto del todo, entre otras cosas porque supone eliminar la libertad individual, prescindir de los beneficios de la enseñanza y, desde luego, la memoria reciente del ser humano.

            Más poderoso me parece La sociedad multiétnica. Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros (2001). Y digo más poderoso porque me resulta un opúsculo fino y lúcido que no se ha querido entender o así me lo parece. Cualquier comentarista u opinador se lleva las manos a la cabeza cuando lee que Sartori propone condiciones para la inmigración en Europa; en particular, al hablar de la árabe. El temor del italiano es que el Islam, en algún momento, se haga con el poder en algunos países europeos, lo que podría acabar con la democracia liberal de estas naciones. A los bien pensantes que adormecen sus conciencias con un progresismo de boureau parece indignarles sus propuestas. Sin embargo, Sartori afirma que no está en contra del multiculturalismo, ni en contra del pluralismo; al contrario, se presenta como un seguro defensor de la diversidad entre otras cosas porque Europa no es sino un conjunto de Estados y Naciones y, en sí misma, plural, multicultural e interracial. La palabra Europa en la actualidad no significa los mismo que hace un cuarto de siglo. Hoy, sobre todo si no somos europeos, la entendemos como una especie de unidad política y económica que no obedece en absoluto a la realidad, como se encargan los europeos de recordárnoslo a cada momento aunque no les hagamos caso. Las democracias liberales y parlamentarias europeas se fundamentan en la laicidad de los gobiernos. Cualquier propuesta de un estado político-religioso amenaza en sí mismo estas democracias. El Islam no concibe ninguna organización social sin la injerencia de la religión; al contrario, es la teología la que la organiza. Por eso, Giovanni Sartori advierte en el Islam un peligro para las democracias porque, en efecto, son una amenaza para la democracia como sistema de organización político-social. Sartori se limita a hablar de la democracia, no a descalificar a los musulmanes, como tampoco descalifica a los cristianos a pesar de sus críticas al cristianismo por los mismos motivos. No es un asunto de racismo o intransigencia, sino de comprender qué es y cómo funciona una democracia. Una vez le preguntaron al florentino por su altivez ante determinadas personas y problemas, a lo que respondió: “a los pigmeos los miro desde arriba”.