Giovanni Sartori, homo ludens

 

Giovanni Sartori, homo ludens

Por: Tobías Albero

Captura de pantalla 2017-04-07 a la(s) 10.20.08Hace unos días murió Giovanni Sartori. Florentino de estirpe liberal, dedicó su vida a pensar y repensar la democracia. Dueño de una ironía final y elegante, en ocasiones ácida y temible, no escamoteaba la provocación, al contrario. Polemista de raza, no dudaba en hacer uso de su libertad de expresión cuando lo consideraba oportuno o inoportuno. Convencido de que la palabra ilumina aun cuando no atraiga sino más sombras, se aferró a su poder y a su mandato. Su obra, que puede considerarse una incesante reescritura, testifica la transformación de su temperamento. Obsesionado por la democracia y sus enemigos, se entregó sin reservas a su defensa de manera inteligente y atinada, situando el centro de su pensamiento en la compresión de este sistema. Pero como polemista y académico, las páginas escritas por él no están exentas de paradojas y contradicciones. Más bien, de contradicciones para sus lectores. Dos trabajos me llaman particularmente la atención y eso debido no tanto a lo que dice el italiano cuanto a lo que los comentaristas y exégetas dicen que dicen. El primero es Homo videns (1998), que remite inmediatamente a Homo ludens (1954) de Johan Huizinga, cuya tesis reside en que el juego es un fenómeno cultural. Sartori en este libro sostiene que a diferencia del juego, las pantallas en cualquiera de sus presentaciones (televisión, móvil, tableta, computadora, etc.) inciden negativamente en la formación del ser humano, suplantando la creatividad inherente al juego en favor de una indiferencia frente al entorno. La consecuencia es lo que llama la “banalización de la política”, adoptando la fórmula referida al “mal” acuñada por Hannah Arendt. Ilustra esta banalización con el ascenso al poder en Italia de Silvio Berlusconi. Homo videns quizá sea el libro más conocido del florentino, pero me parece que es también el más alejado de su doctrina. Y en él es rastreable su polémica personalidad. En realidad, no puedo estar más en desacuerdo con el ideario del libro porque las pantallas no han desplazado al juego, sino que se han integrado dentro de las posibilidades recreativas. Pero sobre todo porque no ha habido un desplazamiento del juego en beneficio de la pantalla como el que quiere hacer creer. La tecnología, a pesar de las alarmas constantes, no es buena ni mala, lo es en todo caso su uso. Otra cosa es que la imagen relegue completamente a la palabra, lo que se traduce en la desaparición del pensamiento y de la crítica, lo que supone una verdadera amenaza para la sociedad. En este caso, “la banalización de la política” pasa a formar parte de la “sociedad del espectáculo” denunciada por Mario Vargas Llosa en La civilización del espectáculo (2012), Guy Debord, La sociedad del espectáculo (1967), y antes por T. S. Eliot en Notes towards the Definition of Culture (1949). Presumir una amenaza no implica necesariamente que sea real y, por lo tanto, parece exagerado generalizarla. El diagnóstico de Sartori desde luego es estimulante, pero no lo comparto del todo, entre otras cosas porque supone eliminar la libertad individual, prescindir de los beneficios de la enseñanza y, desde luego, la memoria reciente del ser humano.

            Más poderoso me parece La sociedad multiétnica. Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros (2001). Y digo más poderoso porque me resulta un opúsculo fino y lúcido que no se ha querido entender o así me lo parece. Cualquier comentarista u opinador se lleva las manos a la cabeza cuando lee que Sartori propone condiciones para la inmigración en Europa; en particular, al hablar de la árabe. El temor del italiano es que el Islam, en algún momento, se haga con el poder en algunos países europeos, lo que podría acabar con la democracia liberal de estas naciones. A los bien pensantes que adormecen sus conciencias con un progresismo de boureau parece indignarles sus propuestas. Sin embargo, Sartori afirma que no está en contra del multiculturalismo, ni en contra del pluralismo; al contrario, se presenta como un seguro defensor de la diversidad entre otras cosas porque Europa no es sino un conjunto de Estados y Naciones y, en sí misma, plural, multicultural e interracial. La palabra Europa en la actualidad no significa los mismo que hace un cuarto de siglo. Hoy, sobre todo si no somos europeos, la entendemos como una especie de unidad política y económica que no obedece en absoluto a la realidad, como se encargan los europeos de recordárnoslo a cada momento aunque no les hagamos caso. Las democracias liberales y parlamentarias europeas se fundamentan en la laicidad de los gobiernos. Cualquier propuesta de un estado político-religioso amenaza en sí mismo estas democracias. El Islam no concibe ninguna organización social sin la injerencia de la religión; al contrario, es la teología la que la organiza. Por eso, Giovanni Sartori advierte en el Islam un peligro para las democracias porque, en efecto, son una amenaza para la democracia como sistema de organización político-social. Sartori se limita a hablar de la democracia, no a descalificar a los musulmanes, como tampoco descalifica a los cristianos a pesar de sus críticas al cristianismo por los mismos motivos. No es un asunto de racismo o intransigencia, sino de comprender qué es y cómo funciona una democracia. Una vez le preguntaron al florentino por su altivez ante determinadas personas y problemas, a lo que respondió: “a los pigmeos los miro desde arriba”.

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