Ut pictura poiesis, la pasión por el ridículo

 

Por: Tobías Albero

17841972_10213085405119302_1654807009_n.jpgDesde hace no poco tiempo, el ámbito de las humanidades y las ciencias sociales parece un erial por no decir que un albañal. Algo sucede, aunque no están claros los motivos, las causas y las razones que han deparado esta situación. O habría que decir, mejor, que aunque una porción de académicos conoce esas razones, esas causas y esos motivos, no se han detenido a considerarlos con la seriedad que ameritan. En modo alguno esto quiere decir que muchos humanistas no hagan bien su trabajo, pero tampoco quiere decir que éste adquiera la relevancia que podría o debería. Da la impresión de que la incomodidad de las condiciones de trabajo finalmente condiciona unos resultados que, de otra manera, quizás podrían ser más significativos. Sin embargo, sucede que algunos académicos deciden que su “genio” no está lo debidamente reconocido o que no lo está a su parecer. En estos casos, se produce un doble movimiento indisociable: por un lado, abandonan los empeños por los que son distinguidos y, por otro, innovan con curiosas y bizarras estrategias, no se sabe muy bien si destinadas a ofrecer una mejor tarea u orientadas a recibir un mayor reconocimiento. La investigación suele ser solitaria y decepcionante, no sólo porque se realiza en una pavorosa y granítica soledad, sino porque los académicos chocan constantemente contra sus propias limitaciones. Casi siempre el resultado frustra las expectativas que originaron la investigación. Uno de los acostumbramientos del investigador es precisamente la tolerancia a la frustración mediante el convencimiento de que ese libro, ese artículo o ese ensayo es, en realidad, la única recompensa y que no hay otra fuera de la exigencia que demandaron. Frente a lo que pueda parecer, el trabajo académico es modesto y opaco por naturaleza, reactivo a los aplausos y a las luces, a las cámaras y a los micrófonos, a los viajes y a las estancias exóticas. Con todo, no pocos investigadores, llegados a cierta edad, movidos por el efervescente ajetreo de otros colegas, deciden que han equivocado el camino o que, en el mejor de los casos, no le han sacado a su estatus todo el provecho que merecen. Este momento, que siempre llega para quienes no aman suficientemente su elección profesional, suele abocarlos a dos decisiones que no están reñidas: asaltar el poder académico para urdir redes clientelares que halaguen su vanidad, sin necesidad de justificar con trabajo los pretendidos blasones, e inventarse un nuevo método de reflexión que no les exija mayor esfuerzo con el fin de atraer la atención de incautos o taimados. En el primer caso, estos individuos se distinguen de sus colegas porque a cada momento subrayan lo inteligentes que son, lo cual es una manera no muy elegante de denunciar que merecen más atención que sus compañeros y, por tanto, de situarse frente a los otros como candidatos a las mayores distinciones, entre las que sobresalen los puestos de decisión, siempre en beneficio propio a partir de un clientelismo intolerable. Una vez situados en un espacio visible, algunos introducen una estratagema más, que ya no es el reconocimiento de su “genialidad” por parte de la comunidad, sino la expresión de la “genialidad” misma. Es entonces cuando se asiste a las payadas más solemnes y cuando el “genio” se quita la careta para mostrase como lo que es, un bobo también solemne.

Una de las últimas exhibiciones circenses a cargo de uno de estos titiriteros tuvo lugar hace unos meses, en una ciudad del centro de la República Mexicana. El “genio” en cuestión propuso una atractiva metodología para comparar el lenguaje cinematográfico con el literario o al revés. La innovadora aportación, destinada a revolucionar el panorama mundial tanto de los estudios comparados como interdisciplinares, consiste más o menos en lo siguiente: aparición del “genio” rodeado de una corte de lacayos serviciales y lambiscones, aunque debidamente alineados. Acostumbra a encabezar el desfile alguien más bajo que el “genio” quien, sin importar lo menudo que sea, siempre encuentra a alguien más jibarizado que opera como tapete y bufón de corte. No es difícil distinguir a estos juglares; acostumbran a imitar al “genio” en sus maneras y gestualidades, al mismo tiempo que ejercitan las piruetas y los malabares de rigor esperando que les acaricie el lomo. Una vez en el salón (aunque los “genios” prefieren, en el peor de los casos, las aulas magnas; y, en el mejor, los palacios de congresos o de Bellas Artes o de lo que sea, pero que sean palacios), la sesión del seminario, con una duración aproximada de dos horas, se distribuye dedicando la primera a pasar un fragmento de la película o del documental de que se trate; la siguiente, a leer las páginas de la narración en que “en apariencia” se inspiran los fotogramas proyectados; ya rebasado el tiempo de la lección magistral, el “genio” dedica dos minutos a convenir que, en efecto, esa película guarda puntos de coincidencia con el relato, ante la cara de estupor y perplejidad de unos y de arrobo y éxtasis de otros. El momento es crucial. El “genio” sabe que arriesga su “prestigio” al concluir tal memez pero, como los maletillas en los ruedos de provincias frente a los novillos, se gusta demasiado para concederle algo al respetable. El “genio” no se extiende más, dejando en suspenso para la siguiente sesión sesudas reflexiones, sabiendo que regalará la misma pantomima al público congregado y que nadie osará cuestionarle la farsa o la faena. En realidad, lo más importante de la representación no es ni el cine ni la literatura, sino el gesto y el modo adoptado por el “genio”, escamoteando con displicencia la mirada franca hacia el público, como si los asistentes no merecieran cruzar sus ojos con los suyos; orientando el asiento hacia su izquierda en bizarro escorzo, como si dirigiera hacia la pared su grave disertación a falta de nada mejor; reposando su egregia testa en la mano derecha, como si sólo el estuco o la duela fueran merecedores de tanto fulgor intelectual y a lo mejor por ello calza tenis; o, quizás, sabiéndose incomprendido e inaccesible, se abisma en un ensimismamiento del que podría salir sólo en caso de que los asistentes no fueran tan pendejos.

A lo mejor es simpático e incluso refrescante asistir una vez a este bodevil, pero cinco o seis o siete se antojan excesivas. Y sin embargo, ocurre que el público que asiste a la primera sesión persevera inverosímilmente en las restantes. ¿Qué ha sucedido? ¿Qué explicación puede encontrarse? Se me ocurren dos posibles. En estos espectáculos suele haber dos tipos de público: el primero, compuesto por otros académicos cuya carrera depende de la decisión del “genio”, de manera que a cada una de sus majaderías aplauden a rabiar entre arrobados y extasiados, en una competencia esperpéntica para ver quien palmea más fuerte (hay quien ha llegado a sangrar de tantas palmas), por no hablar de las carcajadas artificiales que se regalan a cada chistorete del “genio”, con el fin de ganarse el favor de quien tiene la llave de su prometedor futuro; el otro grupo está constituido por los alumnos de estos hooligans, que no entienden muy bien a qué se debe tanto entusiasmo, azorados y arrebolados por la pena que les producen sus profesores y, desde luego, ese elemento que dirige el circo. Parecería que la magistral sesión no deja nada a los estudiantes. No es así. Los estudiantes a lo mejor no han entendido, ni discernido, ni comprendido, en qué se fundamenta el innovador método concebido por el “genio”, pero sí que han entendido, discernido y comprendido, cómo tienen que actuar para que sean dueños de un halagüeño porvenir. Nada nuevo, en los siglos de Oro se decía ganarse aldabas o llamar aldabas o tener aldabas, pero sin tantas payasadas solemnes.

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