La literatura crítica, la verdadera narco-literatura

 

La literatura crítica, la verdadera narco-literatura

Por: Tobías Albero

 

 

18009359_10213170351562910_1481213532_nEl auge de la denominada narco-literatura no debería impedirnos advertir que, en realidad, es una invitada reciente, advenediza desde el punto de vista de la historia, respecto de todo aquello que pertenece al ámbito narcótico. La vitalidad de que goza este género mucho merece, sin duda, a la actualidad de su temática: narcotráfico, crimen organizado o narco-crimen. Sin embargo, esta observación impide ver el bosque en lo referente a diversas expresiones literarias asociadas con lo hispnótico. El DRAE define el vocablo: “Dícese de las sustancias que producen sopor, relajación muscular y embotellamiento de la sensibilidad” (sv.: “narcótico”).  Con todo, la literatura no se ciñe únicamente a los motivos o temas que articula, sino también a otros aspectos como los géneros, las estructuras o las modalidades. La diferencia entre la narco literatura y la literatura crítica, esa que califico como verdaderamente narcótica, reside en que la primera suele ocuparse del trasiego de sustancias ilegales, mientras la segunda induce directamente al sueño independientemente del asunto que trate. Claro, alguien pensará y no sin razón que convendría ilegalizarla, pero esto es otra cuestión. El caso es que existe una amplia y profusa tradición de la literatura narcótica. Los autores que integran este pelotón del pasmo, apretado y beligerante, son tan numerosos que difícilmente podría elaborarse una clasificación integral y fiable. Así, desisto de la exhaustividad en favor de lo ilustrativo y ejemplar. Entre quienes conforman este nutrido colectivo, se encuentran nombres correspondientes a todas las áreas y disciplinas de las humanidades y ciencias sociales. Lo que demuestra, cuando menos, que la crítica estupefaciente está más extendida de lo que parecería a primera vista y que disfruta de una envidiable salud. Con todo, no todos los integrantes de esta distinguida sociedad, menos selecta y secreta de lo que podría considerarse, han recorrido el camino de la misma manera.

Hay quienes son dueños de una obra narcótica consistente, elaborada a lo largo de las décadas y que, a cada nueva aportación, no hacen sino incidir en algún aspecto con el que regalar nuevos ámbitos hipnóticos, cuando no enriquecer los ya conocidos con ignorados matices. En estos casos, lo menos importante es el pretexto con el que regalan una nueva contribución; lo relevante es su poder soporífero. Así, estos volúmenes pueden versar sobre historia regional, costumbres indígenas, escritores reconocidos o asuntos políticos, pero sin falta siempre inducen al sueño. Los miembros de este primer grupo suelen ser ya sesentones y de quienes, en el mejor de los casos, sólo hay que esperar aportaciones que ahonden en la plétora de posibilidades anestésicas. Hay otra corporación que apenas inicia, sin importar la edad de que hace gala, que ha decidido recorrer el itinerario desbrozado por sus mayores. Quizás a causa de su relativa juventud, los adscritos a este colectivo, además de sus tímidas e incipientes colaboraciones, regalan otra clase de contribuciones como ponencias, conferencias o cualquier cosa que tengan a la mano.

Hay una suerte tipología relacionada con el modo y la manera con que han llegado a esta práctica. Por un lado, nos encontramos con aventureros e intrépidos que recorren este camino en soledad, movidos por la convicción de que el sueño no es una cosa cualquiera y que, por mucho que porfíen, su aportación será modesta ante la envergadura de la tarea por realizar, pero que merece la pena entregar la vida a la labor. Estos individuos son propiamente vocacionales y no hay duda de que el idealismo opera como motor de su compromiso intelectual. Por otro, son reconocibles escuelas narcóticas, es decir, un grupo de autores que siguen a pies juntillas el somnoliento ideario de alguno de sus maestros. Estos son menos honrados que los anteriores, en absoluto vocacionales, puesto que hacen del sueño un negocio profesional. Escriben de la misma manera con que podrían hacer bolillos o teleras, según donde residan. Son los verdaderos proletarios de la narco crítica. Y, paradójicamente, los que menos se avienen a reconocer su estatus. El sueño para estos pepenadores de elogios ni siquiera es un asunto central, en todo caso una circunstancia añadida a un quehacer presidido por la indolencia y la incompetencia. Si desde una perspectiva moral merecen ser omitidos en este diagnóstico, sucede que, en ocasiones, consiguen unos resultados narcóticos que pocas veces alcanzan quienes han dedicado su vida a explorar esta modalidad. Estos ayudantes de anestesistas, como decía antes, suelen salpicar sus narcóticas contribuciones escritas con otras actividades también académicas a las que dotan de su muy personal iniciativa. Sin embargo, el resultado es siempre el mismo: el amodorramiento de los asistentes por diferentes vías. Hay quien, por ejemplo, a la hora de exponer una conferencia prefiere modular tonos según cite o no diversas referencias bibliográficas, a la manera de un ventrílocuo circunstancial, pero suele ocurrir que el expositor ni es ventrílocuo ni es capaz de conferir a cada cita el tono ensayado tantas veces en su casa, de manera que termina por no saber si cita o si no cita, acompañando compulsivamente lo que era una originalísima puesta en escena de un descontrolado movimiento de los dedos índice y anular de ambas manos, hasta el punto de que cada mano decide emanciparse de la otra creando una caricaturesca coreografía entre los dedos, las manos y la voz que no sabe muy bien qué modular. El público, al principio desconcertado, termina por rendirse al cansancio al que le somete el ponente entre tantos balbuceos, dubitaciones, vacilaciones, tonos, módulos, manos y dedos, cada uno por su lado, como si tuvieran vida propia al margen del sujeto que los reúne, incapaz de dotar de consistencia a lo que simplemente es una lectura, pero que en la febril cabeza del expositor es su incuestionable aportación al mundo del conocimiento o su boleto a la posteridad. Más que fatiga es agotamiento. También se encuentra quien, reticente a adoptar inventivas ajenas, prefiere aportar de su imaginación. En estas ocasiones la estrategia es otra aunque con resultados igualmente soñolientos: la acumulación de estupideces que terminan por aplastar la actividad cerebral de los reunidos situándola en un estado cercano o abiertamente comatoso. Quizás estos sean los más reconocibles y ejemplos hay a montones. Por ejemplo, si el congreso propone determinada directriz, ellos optaran por otra que nada tiene que ver con la propuesta. Lo cual, en realidad, no importa mucho; para este asunto lo relevante es el cúmulo de estupideces que actúan como paralizantes del cerebro. La narco-literatura de a de veras lleva campando por sus respetos desde hace siglos aunque se aprecia en todo su esplendor en la literatura crítica.

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