Lo clandestino es la gota que entinta las aguas de la intimidad

 

Sobre Paraísos vulnerables de Edgar Yépez (Tierra Adentro, 2013)

En recuerdo de Sergio y de Eusebio

Por: Luis Felipe Pérez Sánchez

485_big.jpgHacía mucho tiempo que no me olvidaba de mí mismo tanto como en estos tiempos en los que toco el mundo a diario y veo gente que sale a trabajar desde temprano, o a hacer que trabaja como yo que simulo. Mientras pasan las jornadas me escondo entre las lecturas que alcanzo a hacer en filas de banco o en espera de juntas y me cuento a mí mismo las peroratas que puedo escribir en el diario íntimo. Abro un boquete en el tiempo y, con letra pequeña, dejo un rastro olvidadizo de lo leído.

Unos días atrás, no muchos, anoté que Sergio González Rodríguez, en un texto para el Reforma escribe acerca de un hallazgo literario. Habla de Paraísos vulnerables, el libro de ensayos que Tierra Adentro le publicó a Edgar Yépez por llevarse el Premio de Ensayo Joven José Vasconcelos del 2013. He ido a la librería, lo pedí y no esperé para leerlo, más bien de releerlo porque ese libro lo fui leyendo, sin saber, en la Fundación para las letras mexicanas donde fui compañero del autor. He recordado lo que dijo alguna vez Eusebio Ruvalcaba luego de escuchar la lectura de un ensayo de este vecino de Satélite, en el todavía D.F. Dijo, a boca de jarro, que su escritura, la de Yépez, debería recetarse a enfermos de halitosis. Lentamente luego de darnos esa premisa, nos explicó su metáfora: debía dársele como remedio a los enfermos de halitosis porque deja un buen sabor de boca de tan cuidada y precisa, cadenciosa, con el ritmo de un mar indiferente.

Estuve cerca de Edgar cuando lo escribió, ya lo mencioné. Pero leerlo me ha sorprendido mucho, en el mejor de los sentidos. Me hizo pensar en Martín Caparrós y Fabián Casas. A veces, en Roberto Calasso, también veo una resonancia de Alan Pauls, quien hace del rompimiento de la pareja perfecta en El pasado tanto como hace Yépez del viaje en pareja en sus Paraísos vulnerables, un momento de peligro donde las obsesiones, que son debilidades irremediables, esconden toda la fragilidad imaginable. Esa manera de estirar lo narrado con movimientos plásticos de la prosa hasta dar cuenta clara de algo de la condición humana, que tiene fondos existenciales, casi salvajes y ácidos, suscita la sensación de ingravidez, de estar, gozosamente, en la tortura de la gota que cae y que penetra lo que ha ido tocando, permanente, como un cincel tozudo. Supe que Calasso está en sus líneas porque dialoga con él al acercarse a Kafka. Todos somos Kafka algunos días, todos los días, y Yépez lo reitera. Evoqué a Caparrós, he anticipado, porque Yépez hace crónica con tino como a la que nos tiene habituados el autor pampero, y aludo a Casas porque narra sobre las cosas inútiles con sentido sin culpa. Mesurado de emociones y bamboleante con la retórica, junta las hebras de un nudo que va del futbol, de la selección española o del Barcelona de Guardiola, hacia el tedio de habitar, como en pecera, el transporte público que ofrece, a veces cumbias o curvas, zangoloteo o reflexión. Su mirada es milimétrica. Enfoca hasta encontrar en lo fortuito una metáfora de lo cotidiano. Hace pensar en Monsiváis; hace repetir, en silencio, frente Paraísos vulnerables, que esta vez ganó la literatura ante la anécdota y que de eso se trata cuando se escoge como cauce de presentación el ensayo, siempre una manera de vacilar pero también de contarle a un amigo alguna inquietud, una idea, algo íntimo.

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