La extraña muerte de Federico García Lorca

 

La extraña muerte de Federico García Lorca

Por: Tobías Albero

 

Captura de pantalla 2017-04-24 a la(s) 22.43.56.pngEl título de la colaboración puede inducir a equívoco. Nada raro hay en un fusilamiento en un periodo en que el paredón era un concurrido lugar de citas. Además, poco podría añadir a las exhaustivas y, por momentos, patológicas investigaciones de Ian Gibson sobre Federico García Lorca y, en particular, sobre su muerte. De hecho, el hispanista lleva años intentando exhumar los restos mortales del poeta granadino, con una encomiable tenacidad como prueban los socavones abiertos en toda la provincia de Granada que la asemejan más al Somme de 1918 que a los parajes que alguna vez contempló Boabdil el Niño. En estos momentos, seguramente debe de estar socavando una nueva fosa, asunto que al menos revela o bien que no tiene nada que hacer o nada más que hacer, o bien que la búsqueda de Lorca se ha transformado en un pretexto para hacer lo único que sabe: excavar. El hispanismo tiene estas cosas. En México, la recepción de Lorca ha sido debidamente documentada por Luis Mario Schneider. Volviendo a la muerte de Lorca, desde la actualidad daría impresión de que su asesinato provocó una inmediata reacción en el bando republicano, capitalizada por una prensa que informó con insistencia y lujo de detalles. Nada más alejado de la realidad. El fusilamiento del autor de La casa Bernarda Alba apenas recibió atención en su momento por parte de los medios afines a la República. Ese interés surgió después, casi al final de la guerra civil, y durante todo el franquismo y la democracia, dentro y fuera de España. Es decir, en el momento de su muerte, Lorca no era el Lorca de hoy, elevado a los altares del martirio por los mismos que en 1936 recibieron la noticia con aparente indiferencia. En realidad, esta observación va más allá y cuestiona la lealtad de algunos intelectuales hacia la República, pues no se sabe con certeza si en verdad fueron leales o, por el contrario, lo fueron no por la virtud misma sino por miedo a represalias. Conviene precisar que ya en 1936 el Frente Popular gobierna España.

            Refiriendo una información aparecida en el Diario de Albacete, la prensa madrileña se hizo eco de la muerte de García Lorca el 31 de agosto de 1936. El 7 de septiembre, El Liberal  extiende el rumor: “Se dice que en Granada ha sido asesinado García Lorca”. Dos días después, ABC afirmaba sin concesiones a habladurías que “se confirma el asesinato de Federico García Lorca”. No hay duda de que la información no fluía como era de esperar y que los diarios más serios prefirieron corroborar la noticia en vez de ventilar lo que quizás hubiera sido un chisme infundado. Pero no hay mucho más en torno a la muerte del granadino. Acaso, una nota de protesta atribuida a la Sociedad de Autores, sin nombres ni rúbricas, que se limitaba a condenar el asesinato. Curiosamente, Jacinto Benavente publicó el 18 de octubre un autógrafo en Las noticias, reproducido 48 horas después en la planas del ABC, en donde decía: “Ruego a usted haga constar mi adhesión a la protesta de la Sociedad de Autores, contra la muerte de García Lorca. Aunque la protesta sea corporativa, como, por hallarme ausente, pudiera pensarse que yo no figuraba en ella, quiero hacerlo constar”. Llama la atención que Rafael Alberti no mostrase el más mínimo interés por la muerte del, si no amigo, por lo menos “compañero”, como demuestra El mono azul, publicación periódica dirigida por el gaditano que no le dedicó a Lorca no ya un número homenaje, sino que ni siquiera hubo alusión alguna al poeta de Romancero gitano. Tampoco César Falcón mencionó en sus memorias del primer año de la guerra civil a Lorca (Madrid, 1938). El bohemio Eduardo Zamacois, apenas una línea en El asedio de Madrid (1976). Ramón Pérez de Ayala que había apoyado a la República en 1931, junto con Gregorio Marañón y José Ortega y Gasset, pero desengañado del gobierno del Frente Popular en 1936, acusó a Rafael Alberti de la muerte de García Lorca, puesto que el primero había leído en el radio unos versos en contra de los sublevados que atribuyó al segundo. Se trata de una versión que la mujer de Alberti, María Teresa León, parece corroborar en sus Memorias. Si es cierto que Lorca apoyó al Frente Popular desde principios de 1936, también lo es que el asesinato del escritor apenas interesó. Durante los años que quedaban de guerra no hubo ninguna muestra de reconocimiento ni hacia la persona ni hacia la obra de Federico García Lorca (Ver C. Vidal, Checas de Madrid, 2002, pp. 183-186). Es paradójico que el 31 de octubre de 1936, ABC publicara por parte de escritores argentinos una protesta por la muerte del poeta que contiene más nombres que cualquiera de las publicadas por españoles. ¿Por qué esta indiferencia? Guillermo de Torre en Tríptico del sacrificio (1948) da alguna clave. Al parecer, Lorca no gustaba de actos políticos o culturales revestidos de intenciones políticas, por lo que su reserva a lo mejor pudo tomarse como un agravio por parte de intelectuales y artistas afectos al Frente Popular. No hay que olvidar que el mismo 18 de julio de 1936, el Heraldo de Madrid había tildado al poeta como “Niño mono, orgullo de mamá”; unas palabras que señalaban a los prescindibles y desechables de la nueva España. Margarita Nelken, militante del PSOE y luego del PCE, se dirigía a Ortega y Gasset en términos que quizás pudieron aplicarse a Lorca:

Hay muchas maneras de ayudar al fascismo y a su advenimiento; no es la menos eficaz la incubación, en torno a una revista “selecta”, de delicuescencias cultivadoras de la deshumanización del arte… ¡Descanse en paz don José Ortega y Gasset, en el extranjero y en compañía de su familia! De los que hoy puede prescindir España; el mundo nuevo que España está forjando ya no los necesita.

 

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