El hombre que fue jueves o el arte de la hipérbole paradójica

El hombre que fue jueves o el arte de la hipérbole paradójica

Por: Ernesto Sánchez

Captura de pantalla 2017-05-22 a la(s) 21.56.55.pngNo falta quien todavía considera todo lo que orbita entorno a la risa como algo negativo, o por lo menos de escaso valor literario, sin saber que, tal vez, una de las estrategias más difíciles de adquirir para un escritor es precisamente el humorismo. Pues éste, a pesar de aparentar lo contrario, conduce al lector por los parajes que de ser abordados con seriedad serían ignorados o negados. No es de extrañar que algunos temas que se han desarrollado en extensos tratados por filósofos de gran prestigio no hayan abandonado nunca los anaqueles de las bibliotecas más que en ocasiones de inventario. El humorismo tiene la capacidad de deshebrar estos temas “engañando” al lector para que reflexione sobre los mismos.

            Por lo anterior, no se puede considerar más que un gran atino por parte de la editorial Mirlo sacar una nueva edición de El hombre que fue Jueves (1908), de Chesterton. Con una traducción de María Luisa Clark y un prólogo breve (pero sin dejar proporcionar datos que invitan al curioso a seguir indagando) de Juan Antonio Rosado, ésta es una edición elegante y bien formada que nos puede acercar a ese escritor inglés que ha capturado la atención de varios de nuestros representantes más celebrados, como Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes.

            La historia de El hombre que fue jueves parece relativamente sencilla, pero detrás de una construcción de suspenso, que parecería más apropiada para ser tratada en Baker Street, se esconden reflexiones de índole filosófica en las voces de sus personajes. Así, Syme y Gregory, los poetas tanto del orden como de la anarquía, discurren sobre el bien y el mal, y el resultado sumerge al primero en una espiral de sospechas que le permiten adentrarse en una organización cuyo objetivo es desmantelar, la cual está presidida por Domingo, y compuesta por miembros que se presentan como un día la semana.

            Los altibajos en los que se encuentra de pronto Syme (“Jueves” dentro del Consejo Central Anarquista) atrapan al lector a pesar de desbordar en lo paradójico. Las reflexiones, por otro lado, se escurren por medio de los diálogos extensos entre los personajes, donde la argumentación brinca del guiño inteligente a lo hiperbólico a lo serio con una agilidad y agudeza tan bien construidas que pasan a menudo desapercibidas.

            Ahora bien, una de las primeras traducciones de Chesterton en México fue a manos de Alfonso Reyes (1919), quien apuntó “El que un tren corra por sus carriles y toque siempre los mismos sitios le parecía a Chesterton un ejemplo de lo milagroso cotidiano”. Nota que refleja con precisión lo que acontece en estas páginas que se rigen con una normalidad que mantiene al lector en una especie de desconcierto intrigante y entretenido.

            En un mundo donde los nuevos autores y títulos son tan prolíficos como banales, no cabe duda que regresar la mirada a un autor con las habilidades de Chesterton no puede ser más que un acierto. Después de todo, como apunta Reyes, es “el regocijado creyente que sustituyó por los golpes de pecho las carcajadas, el que viajó por todas las herejías sin hallar ninguna a su gusto”. Es decir, Chesterton fue el Domingo de su propia historia; tal vez por eso comparten rasgos físicos tan similares: son gigantes.

C. K. Chesterton, El hombre que fue jueves, traducción de María Luisa Clark, prólogo de Juan Antonio Rosado, Mirlo, Colección Tinta Viva, México, 2916, 190 p.

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Lectura y lectores

 

Por: Tobías Albero

Captura de pantalla 2017-05-22 a la(s) 22.01.04.pngTodos afirman que nadie lee. Entre este todos y este nadie pasan muchas cosas como para pasarlas por alto. Llaman la atención los arrebatos histéricos de quienes se dedican a la cultura y no están dispuestos a asumir que hay a quien sencillamente no se le pega la gana leer. Ignoro si son más o menos felices que los lectores, pero no deja de ser una decisión individual que exige todo el respeto aunque, en lo personal, no la comparta. Quienes defienden la lectura y quienes intentan imponerles a los demás este hábito suelen apelar al imperativo en vez de a la razón. Por ejemplo: “hay que leer. ¿Por qué? Porque hay que leer. ¿Y si no leo? Te llamarán pendejo”. Frente al peso de la argumentación es normal que no se lea. Llevar la contraria no deja de ser una autoafirmación, el reconocimiento de la propia singularidad, la corroboración de la distinción personal. Desde luego, nunca he animado a nadie para que lea en términos de salvación o de felicidad personal, ni mucho menos he obligado a alguien para que lo haga. De hecho, detesto las campañas de promoción de la lectura fomentadas desde instancias de gobierno, entre otras cosas porque suelen colocar estratégicamente mantas, carteles y pasquines para que los que no leen lean en ellos que hay que leer. Leer es una decisión personal tan respetable como no leer. Pero el hecho de que sea respetable a lo mejor no implica que sea conveniente, de la misma manera que se le pide al yonqui o al alcohólico o al fumador que dejen de meterse o de tomar o de quitarse si quieren vivir una vida de ¿plenitud? Las razones para convencer a un adicto de que deje su adicción son, al fin, una retahíla de lugares comunes, pero que sean lugares comunes no quiere decir que sean sinrazones. Un lugar común deja de serlo o bien cuando se deshecha como referente, o bien cuando cada quien lo llena de sentido. Así ya no son lugares comunes, sino personalísimos. No leer, desde mi punto de vista, es una adicción, una adicción a la nada, pero adicción al fin y al cabo. Quizás por eso la falta de lectura aproxima al nihilismo, cuando no se confunde con éste. Transformar la no lectura en lectura es una decisión de cada quien, de la misma manera que lo es dejar de ponerse hasta las chanclas, pillar globazos, consumir tabaco. Quien deja determinada adicción no lo hace porque vaya a vivir mejor, sino porque no puede vivir ya con ella. La experiencia personal traspasa los lugares comunes para rendirse ante la evidencia. Pero ¿cómo rendirse ante la evidencia de lo que se ignora? Porque para aceptar lo evidente -condición necesaria- es ineludible tenerlo frente a  nuestros ojos y, luego, querer verlo. Por lo tanto, quien no lee difícilmente puede reconocer esa carencia como evidencia. De tal modo que quizás haya que recurrir a los lugares comunes no como lugar común, sino como posibles razones que, despojadas de la incomodidad o del fastidio de lo rutinario, muden en argumentos personales, salvaguardando la pretensión de originalidad tan seductora en esta sociedad. Y claro mis razones son lugares comunes pero que he hecho míos por lo que ya no son lugares comunes sino mis razones. Seguramente las mismas de cualquier otro que considere provechosa la lectura, pero que al volverse personales dejan de ser comunes para adquirir el más amable estatus de compartidas.

            La lectura proporciona una experiencia humana compartida, por encima de las diferencias de raza, nación, lengua o posición económica. Tal comprobación nos emplaza frente a la evidencia de que pertenecemos a la misma especie; nos alecciona de que leer a Sófocles, Horacio o Dante, promueve un movimiento de reconocimiento y de aceptación del otro, justamente porque con el otro compartimos esa misma experiencia que, más allá de las peripecias de tal o cual poema, tal o cual novela, tal o cual narración, reside propiamente en la lectura. Este aprendizaje y esta lección se desbordan en nuestro día a día. La experiencia lectora suele priorizar lo que nos acerca a los otros por encima de las diferencias, operando como un antídoto eficaz frente al sectarismo religioso, la miopía política, la xenofobia o los nacionalismos rampantes y asfixiantes. La lectura subraya la igualdad entre los seres humanos y, por tanto, reacciona en contra de la explotación y la injusticia. No estoy diciendo que la lectura tenga la misma influencia en todos los lectores o que se baste exclusivamente para que un individuo se abra al mundo. Pero sí que no hay un instrumento parecido y tan a la mano. Entre los lectores existen también diferencias: hay quienes no se enteran de nada; los hay que se enteran muy poco; también quien utiliza la literatura para fines que poco o nada tiene que ver con lo registrado aunque se dediquen, incluso, a la literatura. Con todo, acercarse a las obras literarias supone ir al encuentro del otro, una mirada franca y transparente que no simula sentimientos ni oculta maquinaciones. La lectura no asegura que cada lector sea un ciudadano cabal, pero ayuda.

Ray Donovan

 

 Por: Ernesto Sánchez

ray-donovan-1A pesar de que pululan las nuevas series y películas como nunca antes, y los medios para apreciarlas están más a la mano que nunca, no cabe duda de que la disponibilidad no asegura la calidad. Esto, para aquellos entusiastas que se encuentran en un punto medio (ese que rechaza las propuestas del Canal de las Estrellas casi con el mismo fervor que las películas cuyos directores tienen nombres impronunciables y se proyectan en salas exclusivas para ser discutidas después compartiendo una copa de vino y quesos de distintas naciones en un halo de pedantería) presenta un dilema de tiempo, pues como se sabe, las series han usurpado el lugar privilegiado que tenían las películas antes de entrar el siglo XXI. Sólo que el compromiso que se adquiere con una serie implica una cantidad considerable de tiempo, y no son pocas las veces que después de apostar por una nueva éste parece totalmente perdido, ya porque la historia no resultó ser lo que esperabas, ya porque, iluso, pensabas que era tan buena como para omitir las malas actuaciones de sus protagonistas. No importa el motivo, el tiempo se ha perdido.

     Ahora bien, en un mar de fracasos es difícil encontrar una propuesta de valor. Sólo que a veces, después de recetarte unas cuantas series domingueras –y otras que hasta da pena admitir haber visto–, cuando casi das por perdida la esperanza, encuentras una que otra que alcanza esos niveles de equilibrio entre emoción, actuación e historia, que caracterizan a esas otras joyas de la pantalla chica como Los Sopranos, Breaking Bad, House of cards, Boardwalk empire y Mad Men. Creo que Ray Donovan es una de estas series ya que, aunque menos vanagloriada que las que mencionado, atrapa al espectador en un círculo vicioso que impide que se despegue de la pantalla hasta que ha terminado con todos los capítulos disponibles (porque Netflix sólo ofrece dos de las cuatro temporadas que han sacado).

     Ray Donovan (2013), serie creada por Ann Biderman, en un principio parece reflejar una historia sencilla (y nada atrayente), centrada en el personaje principal Ray Donovan interpretado por Liev Schreiber, un “fixer” profesional de los problemas de famosos y figuras importantes de Los Ángeles. Sin embargo, acorde a este espacio, donde lo superficial está en boga, el personaje de Donovan esconde detrás de una encantadora faceta algo turbio que se va desarrollando conforme avanzan los capítulos. En este sentido embona a la perfección con la apuesta de la industria por crear esos antihéroes que por tan bien construidos se han colado en la esfera de lo cotidiano con una naturalidad que refleja el temperamento de la sociedad en la que se incrustan; pues la perversidad capta de manera más fiel el contexto de nuestros días.

      Liev Schreiber encarna un personaje oscuro que trata de equilibrar su vida personal con la profesional. No obstante, es la primera la que tiene un peso considerable en el desarrollo de su personaje, pues es ahí donde encuentra su punto más vulnerable y, por tanto, humano. Gracias a las actuaciones de Paula Malcomson (Abby Donovan) y Jon Voight (Mickey Donovan), que encargan a la esposa y al padre de Ray, las situaciones en las que se ve sumergido este personaje corrupto y, aparentemente, sin escrúpulos se tensan hasta el punto de quiebre. Esto deja entrever el demonio detrás de la sonrisa (a Dexter, a Walter White, a Tony).

     Ray Donovan es una serie que privilegia la historia y la actuación ante aquellas otras que ponen por delante los grandes efectos especiales que distraen y entretienen pero que adolecen de la falta de ese momento catártico tan indispensable para que el espectador. Las peripecias más comunes, en un contexto de frivolidad cada más aceptado, cobran un tinte mórbido que, más que alejar, atrapan al espectador en esa contradicción que resulta ser el humano; pues es la maldad, tal vez, aquello que no podemos negar como especie.

El liberalismo-socialista de Emmanuel Macron

 

El liberalismo-socialista de Emmanuel Macron

Por: Tobías Albero

 

trtworld-nid-348459-fid-386458.jpgLiberalismo, en el sentido europeo, y socialismo son términos antitéticos. Más que una contradicción, es una imposibilidad. Si el socialismo es una ideología que promueve una moral, el liberalismo es una moral que desemboca en algunos idearios; mientras el socialismo delega en el Estado la responsabilidad de asumir las condiciones de vida de los ciudadanos, el liberalismo incide en la libertad del individuo como motor social y económico.  Y, sin embargo, la ocurrencia de Macron cimbrea referentes ideológicos y morales de articulistas y opinadores, atentos a la novedad antes que al rigor de una propuesta que no deja de ser un guiño o una invitación para salvar la maltrecha Quinta República. Liberalismo-socialista supone adoptar ese espacio político que suele llamarse centrista o de centro. Es decir, ni una cosa ni la otra o, en todo caso, lo que convenga a cada circunstancia. Desde este punto de vista, la nueva propuesta luce por el pragmatismo. Acometer una política que sin atender a ninguna ideología particular se permita enfrentar los problemas del país. Más allá, la formulación misma de la imposibilidad nos emplaza frente a un espectáculo político tan desnortado como errático: la defunción de las ideologías. Sin opciones de derecha y de izquierda, el liberalismo-socialista surge como una solución momentánea y efímera para lo que parece una crisis política de fondo. Los partidos conservadores sobreviven porque se adueñan de un pasado a conveniencia sin advertir que ellos también ya son pasado; los partidos de izquierda hacen aguas por todas partes porque el ideario que los llevó a diseñar la Europa actual ya no tiene propósito, en la medida de que el Estado de Bienestar, más conseguido en unos países que en otros pero del que todos se benefician, no ha sido reemplazado por otros propósitos e ideales capaces de ilusionar a los ciudadanos. No es gratuita la crisis por la que están pasando los socialistas del Viejo Continente. Hace unos días el anterior Ministro del Interior galo, Manuel Valls, reconocía que el Partido Socialista Francés había muerto. Otro factor que ha terminado por vaciar de sentido a la izquierda ha sido confundir socialismo con progresismo. Dicho de otra manera, adoptar el liberalismo norteamericano como ideología de repuesto para un socialismo crepuscular. Esta usurpación emplaza al ciudadano europeo frente a una alternativa decepcionante: quienes abanderan las posturas socialistas, inspiradas en una farándula “liberal” hollywoodense que nada tiene que ver con el obrero de Lille o con el agricultor de la Provenza o con el arquitecto de Rennes, no han sabido o no han podido distanciarse de esa política cobijada bajo el espectáculo del status quo. Una de las consecuencias de este travestismo es la emergencia de movimientos populistas autoritarios que se dicen de izquierda y de derecha, pero que en realidad son todo eso a la vez, gobernados por el extremismo de sus propuestas y que ponen en tela de juicio el Estado de Derecho o, lo que es lo mismo, la igualdad y la libertad de los ciudadanos. A primera vista, la derrota de Marine Le Pen se toma como una victoria de la democracia. No se repara en que es la segunda fuerza política en Francia, es decir, la principal fuerza de oposición. En este contexto, esta derrota no resulta halagüeña, sigue siendo una mala noticia que oscurece un poco más el futuro inmediato. Y, quizás, aquí cabe situar el conflicto de fondo: mientras Macron apela al pragmatismo, Le Pen propone un proyecto de rediseño de Francia dentro y fuera de Europa. Al primero, a lo mejor le alcanza para gobernar los siguientes años; a la segunda, en la medida que su programa vaya ganando adeptos, le quedan años por delante para derruir la sociedad francesa.

            El pragmatismo no es una antídoto contra las ideas o, mejor dicho, puede obrar como dique de contención durante un tiempo, pero finalmente las ideas, sin importar su naturaleza, acaban desbordándolo. Francia y Europa, después de la victoria de Emmanuel Macron, han ganado algo de tiempo para repensar no sólo la democracia sino la reconstrucción ideológica. Los países europeos necesitan reinventar el papel de los partidos políticos y, a su vez, reinventar a los partidos para que sean operativos, verdaderas alternativas, dentro del sistema. Claro, no es menor la necesidad de repensar la Unión Europea. Da la impresión de que los países miembros no saben relacionarse con un aparato burocrático y económico desarbolado en lo político que, sin embargo, restringe y limita de hecho su soberanía. A lo mejor conviene repensar la Unión Europea en lo político para luego proponer alternativas nacionales. No deja de ser extraño que, independientemente de los programas de los diferentes candidatos, las elecciones se hayan polarizado entre una Francia dentro de Europa y, otra, fuera. Este mismo dilema se extiende a otras elecciones nacionales. Lo curioso es que la disyuntiva poco tiene que ver con la vida cotidiana de los franceses, cuando es palmaria la mejoría de sus condiciones de vida a partir de la creación del mercado común. El liberalismo-socialista de Macron es apenas una venda para una sangría que no remite.

No se llamaba Efraín, era Efrén

 

Por: Luis Felipe Pérez Sánchez

Captura de pantalla 2017-05-08 a la(s) 22.20.31A muchos de nosotros nos habrá pasado eso de ser testigos de personajes que comparten con nosotros la edad, las inquietudes de la primera juventud; que destacan como destaca el pintito en el arroz, el zurdo entre los diestros, el rubio entre morenazos café con leche. Me refiero a alguien que no lo sabrá del todo nunca pero que nos ha dejado en la memoria algo de su temperamento o su personalidad, una muestra de eso que a esa edad aún está contenido pero que será inevitable que emerja. Esas cualidades que se cristalizan en nuestra memoria tras algún momento en el que un chisporroteo, una centella del genio que podríamos tener enfrente, con el que compartimos las butacas de un salón, se manifiesta. Yo recuerdo imágenes de tal o cual niña contando chistes mejor que Polo Polo, o a alguien que sabía cosas que los demás no. Eran infantes con un paisaje interior más coloreado, algo más lleno. Dos niñas se me vienen a la mente, posiblemente invento. Nereida se llama una, tan disciplinada y talentosa como para atreverme a afirmar que de quién nos acordamos los alumnos de ese tiempo es de ella. Otra fue Garbiñe, que desde el nombre lo dejaba a uno preguntándose la pronunciación o el origen o el significado. No era la primera ocasión que yo la notaba. Ya me había sorprendido verla dando vueltas en bicicleta por las calles de la ciudad cuando ser ciclista era más un divertimento que una forma de vida.

     Pero el momento en que pienso fue ese día cuando el maestro de español, un viejo al que le decíamos el “astronauta”, preguntó si alguien podía decirle a qué se refería la palabra “regente”. Nadie en el aula lo supo salvo ella, y yo, que la sabía por haber visto una película con Julio Alemán donde él la hacía de “regente”, pero no lo dije. Sabadazo se llama la película y la vi a escondidas de mis padres en una noche de insomnio infantil,  pero esa mañana todavía me tocaba ser el rebelde del salón y poner oídos atentos a las preguntas de mis profesores era, digamos, algo que no estaba en mi decálogo de morro indeseable. Todo mundo creyó y seguirá creyendo que ella era la única que podía responder, no sólo a esa adivinanza de una palabra ya en extinción por nuestros días de secundaria, sino a muchas cosas más. Y no se equivocan. Daba la impresión de una lucidez de otro planeta.

     También recuerdo a “Pancho”. Podría decir que a quien no olvidaríamos los de mi generación en la primaria. Era excepcional. Pelirrojo y  con aires de genio, o lo que a mí me parecía alguien dotado de una inteligencia fuera de alcance. Repetía como tarabilla datos sobre la historia de México que aun a mi edad actual no sabría si no fuera por él. Es como si en mi infancia hubiera tenido en el pupitre contiguo a una máquina con una memoria ram sorprendente. No sé si suceda seguido, si alguien aquí pudiera decirme que me equivoco y que lo que le viene a uno de las épocas estudiantiles no es eso sino algo más. Sólo que supongo que a muchos de nosotros nos hubiera dejado sorprendidos la inteligencia o la elocuencia en alguien como los que arriba he mencionado, con quienes compartí los días de escuela.

     Parece que no fui el único que vivió eso y que piensa lo otro de las experiencias en alguna clase. Viene a colación Rafael Solana, poeta y editor, miembro de una generación de escritores conocida como la de Taller, que tuvo en sus tertulias a Octavio Paz, Alberto Quintero Álvarez y Efraín Huerta, que al principio no se llamaba Efraín sino Efrén Huerta Romo).

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     Dice Solana que ese muchacho venido de Silao los impresionó en mitad de una clase de historia de México. Podemos especular si levantó la mano o no para participar o si el maestro esperaba que supiera lo que iba a decir o no. Pero, lo que no podemos soslayar es que significó una marca de agua para sus compañeros que terminaron acercándose a él con admiración, como si vieran el hielo por primera vez o, mejor, como si fueran José Arcadio Buendía y les hubiera sorprendido tanto el imán que Melquíades llamaba la octava maravilla de los sabios de Macedonia mientras arrastraba a su paso tornillos y lingotes metálicos, como si tuvieran vida. Imagino la admiración de Solana. Huerta había sido el único de la clase que sabía de Alfonso Reyes. Los sorprendió. Descubrieron esa mañana a un aprendiz de dibujante, a quien le gustaban mucho las canciones. Luego, se decantaría por la poesía, ésa que ahora podemos disfrutar gracias a que los mismos compañeros de la preparatoria lo incitaron a cultivarla cuando supieron que versificaba. Se autonombró Efraín. Dejó de llamarse Efrén para convertirse en un personaje romántico: Efraín, como el de María de Jorge Isaacs. Ni él ni sus amigos se podían imaginar que estaban ante quien llegó a ser el primer Poeta del país.

Contornos

 

Por: Tobías Albero

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Libertad es una palabra que corre de boca en boca aunque pocos parecen entender su sentido final. La libertad obliga necesariamente a quienes la han elegido como directriz a asumir un costo que pocos están dispuestos a pagar. Porque la libertad cuesta y cuesta mucho en términos personales. Ignoro si merece la pena o no, puesto que quien la elige no está en disposición de mirar atrás una vez que enfrenta las consecuencias. Lo cual, en realidad, nos enfrenta a una experiencia singular: la elección de una posibilidad impide elegir a la contraria o debería impedirlo. La conciencia de que se eligió bien o mal casi siempre se produce a la hora de asumir los efectos de esa decisión. Pero, independientemente del conflicto, el hecho mismo de elegir es una dignidad. Es cierto que la elección misma está condicionada por circunstancias que permiten predecir sus consecuencias: hay quienes privilegian el interés personal por encima del colectivo, sin advertir que optar habitualmente por uno mismo termina por deformar no ya el sentido de la libertad sino su ejercicio. La crisis actual que se vive en muchas democracias mucho debe al desconocimiento del valor de la libertad que, a fin de cuentas, no puede disociarse de la libertad de pensamiento y de expresión. Frente a aquellos que promocionan el pensamiento único o la igualdad entendida como uniformidad o lo políticamente correcto, la libertad se erige como inasumible. Así como su ejercicio en puridad sólo es individual, sus consecuencias se desbordan al encuentro del otro. Ser libre es sobre todo una generosidad. Desde este punto de vista, la formación del individuo se antoja irrenunciable, como irrenunciable debería ser la defensa del pensamiento y la opinión propia. No se trata de tener la razón, sino de defender las razones de cada uno. Sin embargo, hay determinados códigos sociales que parecen rehuir lo que es este derecho legítimo. La discusión, el debate, la polémica, desterrados de los hábitos sociales y profesionales, están mal vistos en función de una corrección o una politesse que poco tienen de civilidad. De ahí que con frecuencia la censura y la autocensura presidan las relaciones sociales. No se puede responsabilizar únicamente al entorno de nuestra mudez. Con frecuencia, apenas reconocemos que si en determinada reunión callamos o no pedimos la palabra no es únicamente por el miedo a expresar en voz alta nuestros pensamientos, sino por la alarma que sentimos frente a lo que puedan pensar los demás. Ese temor, finalmente un disolvente social, opera previamente como un instrumento de desaparición del sujeto. Lo curioso es que privarnos de nuestra opinión no hace sino socavar la convivencia, además de borrarnos a nosotros mismos. La polémica está en entredicho cuando en realidad es un motor personal y social. La libertad que se manifiesta también en debates y discusiones causa pavor por algo tan extendido e indescifrable como el qué dirán. Más allá, pervertir la libertad se traduce en prácticas que subrayan la parte más oscura del ser humano; esa porción más animal e instintiva que rehúye la franqueza y el reconocimiento del otro, al entregarse a la murmuración cuando no a la traición. Decir lo que se piensa suele causar miedo, pero eso no debería ser impedimento para expresarlo. La libertad exige también un acostumbramiento que no implica que el temor vaya a desaparecer, pero nos enseña a convivir con él. Este pavor que en ocasiones acaba por recluirnos en una estéril mismidad suele aparecer en nuestras relaciones con el “poder” y con quienes supuestamente lo ostentan. En estos casos resulta más urgente el uso de la libertad personal. Hay un equívoco generalizado: quien disfruta o padece de determinada autoridad no es por determinado nombramiento sino por el hecho de ser persona. La evidencia es decisiva puesto que establece una relación de igualdad no en virtud de una responsabilidad o competencia concreta, sino por compartir la misma naturaleza. Es el convencimiento de que los seres humanos somos iguales, y lo somos efectivamente, el que abre las puertas al ejercicio de la libertad. Pero esta convicción está definitivamente ausente en nuestra sociedad y lo peor es que no hacemos nada por darle la vuelta. Asumimos con absoluta naturalidad algo que no es en absoluto natural: la distinción de que hay personas que son más personas por el sencillo motivo de que tienen determinado nombramiento o cargo. A partir de aquí se generalizan las prácticas que rigen nuestras relaciones: servilismo y clientelismo.

            Ahora bien, qué sentido tiene pertenecer a una sociedad que no sólo nos impide ser sino que impide que los demás sean. Da la impresión de que muchas veces vivimos una ficción o una auto-ficción que nos aleja de la realidad para construirnos la propia. Hay algo semejante a un desplazamiento o un arrumbamiento del individuo del que éste es también cómplice. La causa de esa complicidad reside en la ausencia de libertad. Nuestra sociedad, a pesar de lo que se diga, no es libre y cada vez lo es menos. No hay más responsables que nosotros mismos. La abdicación de la libertad individual es ya un modus vivendi; una manera de operar; una estrategia de supervivencia en que no prevalecemos nosotros mismos, sino nuestra apariencia, nuestra ficción, esa imagen deformada y ajena que todo lo resuelve en un siniestro “Ay, que bonito”. Jean-Paul Sartre postulaba que lo que somos reside en la percepción que los otros tienen de nosotros mismos. Sartre, a pesar de las apariencias, no creía en la libertad personal.

La Segunda República Española y el Frente Popular

 

Por: Tobías Albero

Captura de pantalla 2017-05-02 a la(s) 20.09.32.pngLa Segunda República Española (1931-1939) es uno de esos asuntos que al historiador le resultan tan incómodos como decepcionantes independientemente de la posición adoptada. Incómodo porque una revisión minuciosa y relativamente objetiva de lo que sucedió durante esos años le impide aceptar la versión oficial publicitada hasta la actualidad desde diferentes instancias académicas, gubernamentales e intelectuales; decepcionante puesto que sobreentiende que todos los españoles eran republicanos, por lo que el levantamiento en África de los tercios de Regulares y de la Legión el 18 de julio de 1936 se antoja no sólo inexplicable sino que abisma al curioso en una irresoluble perplejidad. Sucede, sin embargo, que la República en el 36 ya no era la del 31. En México, la cuestión no admite debate, parece que en España tampoco: los republicanos eran buenos y los rebeldes, malos. Todo indica que este maniqueísmo, instalado con fuerza entre la intelligentsia, deja en el aire no pocas preguntas, entre las que, desde luego, no se encuentra el hecho incontrovertible de que en las regiones sometidas por los sublevados existió una represión bajo mando único, un exterminio metódico de cualquier expresión democrática, amparada en el ideario de una nación unida y religiosa. Pocas veces se advierte que la República es una forma de gobierno, de naturaleza democrática, sujeta a legalidad parlamentaria y jurídica, en donde encuentra representación cualquier opción política e ideológica sin importar su filiación partidista. No se quiere admitir, a pesar de la evidencia, que la Segunda República de facto ya había concluido en 1934 para dar lugar a una revolución promovida por el Frente Popular, coalición de diferentes partidos de izquierda como la FAI, CNT, el PSOE, POUM y al principio, en menor medida, el PCE, a los que hay que añadir los nacionalismos vasco y catalán. Si el levantamiento de Asturias en 1934 fue inmediatamente reprimido por el gobierno republicano, eso no impidió que la probatura equipara a los dirigentes del Frente Popular de la experiencia necesaria para alzarse dos años después con una discutida victoria electoral. Con parte del ejército en rebelión, estalló la guerra civil. Tampoco se ha querido atender a las estrategias practicadas por el PCE, que desde el principio operó como satélite de la URSS, en todo momento a las órdenes de Stalin, para hacerse con el gobierno republicano. El descalabro de la Segunda República obedeció a diferentes factores de naturaleza diversa y distinto calado, pero en buena medida se explica por la ambición del PCE para acceder a la presidencia de la República ocupando además el gabinete completo, imitando los movimientos que los bolcheviques habían realizado en 1917, cuando se encontraron con un abanico de posibilidades políticas representadas por los eseristas o socialistas, los cadetes o constitucionalistas democráticos, los mencheviques y los propios bolcheviques que a la postre se hicieron con el poder después de desalojar de la presidencia del gobierno a Kérensky. Los métodos represivos soviéticos de la revolución española se hicieron presentes desde el comienzo con la instalación de las checas, de solvencia probada durante la revolución de 1917, confirmada años después en las matanzas de Katyn y Babi Yar. Las checas recibieron su nombre de la abreviatura ChK (Vserossiskaya Chrezvytchaïnaïa Komissia po bor’bes kontr’ –revoliutsii, spekuliatsei y sabotaguem). La checa fue el antecedente de los servicios secretos soviéticos sucesivamente denominados GPU, OGPU, NKVD, MVD y KGB.

     A pesar de que muchos historiadores han negado sistemáticamente testimonios incuestionables acerca de la injerencia de la URSS en el desarrollo de la guerra civil y su responsabilidad en el desbaratamiento del gobierno republicano por parte de un PCE sometido a las directrices estalinistas, hay dos testimonios elocuentes de dicha intervención, ambos limpios de sospecha y duda. El primero de mano de Julián Besteiro, miembro histórico del PSOE y figura capital de la República Española al final de la contienda:

El drama del ciudadano de la República es éste: no quiere el fascismo; y no lo quiere, no por lo que tiene de reacción contra el bolchevismo, sino por el ambiente pasional y sectario que acompaña a esta justificada reacción (teorías raciales, mito del héroe, exaltación de un patriotismo morboso y de un espíritu de conquista, resurrección de formas históricas que hoy carecen de sentido en el orden social, antiliberalismo y antiintelectualismo enragées, etcétera). No es, pues, fascista el ciudadano de la República, con su rica experiencia trágica. Pero tampoco es, en modo alguno, bolchevique. Quizás es más antibolchevique que antifascista, porque el bolchevismo lo ha sufrido en sus entrañas, y el fascismo no.  (P. de Blas Zabaleta y Eva de Blas Martín-Merás, Julián Besteiro, Madrid, 2002, p. 398)

     Y otro más, igualmente decisivo, de Pavel Sudoplatov, durante la guerra civil encuadrado en el NKVD y, más tarde, general del KGB:

España demostró ser un jardín de infancia para nuestras operaciones de inteligencia futuras. Nuestras iniciativas posteriores relacionadas con inteligencia surgieron todas de los contactos que hicimos y de las lecciones que aprendimos en España. Los republicanos españoles perdieron, pero los hombres y mujeres de Stalin ganaron. (Pavel y Anatoli Sudoplatov, Special Tasks, Boston, 1994, 30-1)

No hay duda de la complicidad entre Stalin y el PCE, tampoco de que la URSS convirtió la causa republicana en un laboratorio político y represivo para futuras acciones. Quizás lo más desalentador sea el testimonio de Besteiro que, poco antes de que terminara el conflicto, señalaba sin vacilación los excesos cometidos por los agentes soviéticos, secundados por el PCE, como factores determinantes no sólo para la derrota de la causa republicana, sino para una desafección cada vez más extendida entre los propios españoles. En 1934, la legalidad que amparaba a la Segunda República había desaparecido a instancias del Frente Popular que ya no recordaba al sistema político que había impulsado su impetuosa irrupción.