La Segunda República Española y el Frente Popular

 

Por: Tobías Albero

Captura de pantalla 2017-05-02 a la(s) 20.09.32.pngLa Segunda República Española (1931-1939) es uno de esos asuntos que al historiador le resultan tan incómodos como decepcionantes independientemente de la posición adoptada. Incómodo porque una revisión minuciosa y relativamente objetiva de lo que sucedió durante esos años le impide aceptar la versión oficial publicitada hasta la actualidad desde diferentes instancias académicas, gubernamentales e intelectuales; decepcionante puesto que sobreentiende que todos los españoles eran republicanos, por lo que el levantamiento en África de los tercios de Regulares y de la Legión el 18 de julio de 1936 se antoja no sólo inexplicable sino que abisma al curioso en una irresoluble perplejidad. Sucede, sin embargo, que la República en el 36 ya no era la del 31. En México, la cuestión no admite debate, parece que en España tampoco: los republicanos eran buenos y los rebeldes, malos. Todo indica que este maniqueísmo, instalado con fuerza entre la intelligentsia, deja en el aire no pocas preguntas, entre las que, desde luego, no se encuentra el hecho incontrovertible de que en las regiones sometidas por los sublevados existió una represión bajo mando único, un exterminio metódico de cualquier expresión democrática, amparada en el ideario de una nación unida y religiosa. Pocas veces se advierte que la República es una forma de gobierno, de naturaleza democrática, sujeta a legalidad parlamentaria y jurídica, en donde encuentra representación cualquier opción política e ideológica sin importar su filiación partidista. No se quiere admitir, a pesar de la evidencia, que la Segunda República de facto ya había concluido en 1934 para dar lugar a una revolución promovida por el Frente Popular, coalición de diferentes partidos de izquierda como la FAI, CNT, el PSOE, POUM y al principio, en menor medida, el PCE, a los que hay que añadir los nacionalismos vasco y catalán. Si el levantamiento de Asturias en 1934 fue inmediatamente reprimido por el gobierno republicano, eso no impidió que la probatura equipara a los dirigentes del Frente Popular de la experiencia necesaria para alzarse dos años después con una discutida victoria electoral. Con parte del ejército en rebelión, estalló la guerra civil. Tampoco se ha querido atender a las estrategias practicadas por el PCE, que desde el principio operó como satélite de la URSS, en todo momento a las órdenes de Stalin, para hacerse con el gobierno republicano. El descalabro de la Segunda República obedeció a diferentes factores de naturaleza diversa y distinto calado, pero en buena medida se explica por la ambición del PCE para acceder a la presidencia de la República ocupando además el gabinete completo, imitando los movimientos que los bolcheviques habían realizado en 1917, cuando se encontraron con un abanico de posibilidades políticas representadas por los eseristas o socialistas, los cadetes o constitucionalistas democráticos, los mencheviques y los propios bolcheviques que a la postre se hicieron con el poder después de desalojar de la presidencia del gobierno a Kérensky. Los métodos represivos soviéticos de la revolución española se hicieron presentes desde el comienzo con la instalación de las checas, de solvencia probada durante la revolución de 1917, confirmada años después en las matanzas de Katyn y Babi Yar. Las checas recibieron su nombre de la abreviatura ChK (Vserossiskaya Chrezvytchaïnaïa Komissia po bor’bes kontr’ –revoliutsii, spekuliatsei y sabotaguem). La checa fue el antecedente de los servicios secretos soviéticos sucesivamente denominados GPU, OGPU, NKVD, MVD y KGB.

     A pesar de que muchos historiadores han negado sistemáticamente testimonios incuestionables acerca de la injerencia de la URSS en el desarrollo de la guerra civil y su responsabilidad en el desbaratamiento del gobierno republicano por parte de un PCE sometido a las directrices estalinistas, hay dos testimonios elocuentes de dicha intervención, ambos limpios de sospecha y duda. El primero de mano de Julián Besteiro, miembro histórico del PSOE y figura capital de la República Española al final de la contienda:

El drama del ciudadano de la República es éste: no quiere el fascismo; y no lo quiere, no por lo que tiene de reacción contra el bolchevismo, sino por el ambiente pasional y sectario que acompaña a esta justificada reacción (teorías raciales, mito del héroe, exaltación de un patriotismo morboso y de un espíritu de conquista, resurrección de formas históricas que hoy carecen de sentido en el orden social, antiliberalismo y antiintelectualismo enragées, etcétera). No es, pues, fascista el ciudadano de la República, con su rica experiencia trágica. Pero tampoco es, en modo alguno, bolchevique. Quizás es más antibolchevique que antifascista, porque el bolchevismo lo ha sufrido en sus entrañas, y el fascismo no.  (P. de Blas Zabaleta y Eva de Blas Martín-Merás, Julián Besteiro, Madrid, 2002, p. 398)

     Y otro más, igualmente decisivo, de Pavel Sudoplatov, durante la guerra civil encuadrado en el NKVD y, más tarde, general del KGB:

España demostró ser un jardín de infancia para nuestras operaciones de inteligencia futuras. Nuestras iniciativas posteriores relacionadas con inteligencia surgieron todas de los contactos que hicimos y de las lecciones que aprendimos en España. Los republicanos españoles perdieron, pero los hombres y mujeres de Stalin ganaron. (Pavel y Anatoli Sudoplatov, Special Tasks, Boston, 1994, 30-1)

No hay duda de la complicidad entre Stalin y el PCE, tampoco de que la URSS convirtió la causa republicana en un laboratorio político y represivo para futuras acciones. Quizás lo más desalentador sea el testimonio de Besteiro que, poco antes de que terminara el conflicto, señalaba sin vacilación los excesos cometidos por los agentes soviéticos, secundados por el PCE, como factores determinantes no sólo para la derrota de la causa republicana, sino para una desafección cada vez más extendida entre los propios españoles. En 1934, la legalidad que amparaba a la Segunda República había desaparecido a instancias del Frente Popular que ya no recordaba al sistema político que había impulsado su impetuosa irrupción.

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