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Por: Tobías Albero

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Libertad es una palabra que corre de boca en boca aunque pocos parecen entender su sentido final. La libertad obliga necesariamente a quienes la han elegido como directriz a asumir un costo que pocos están dispuestos a pagar. Porque la libertad cuesta y cuesta mucho en términos personales. Ignoro si merece la pena o no, puesto que quien la elige no está en disposición de mirar atrás una vez que enfrenta las consecuencias. Lo cual, en realidad, nos enfrenta a una experiencia singular: la elección de una posibilidad impide elegir a la contraria o debería impedirlo. La conciencia de que se eligió bien o mal casi siempre se produce a la hora de asumir los efectos de esa decisión. Pero, independientemente del conflicto, el hecho mismo de elegir es una dignidad. Es cierto que la elección misma está condicionada por circunstancias que permiten predecir sus consecuencias: hay quienes privilegian el interés personal por encima del colectivo, sin advertir que optar habitualmente por uno mismo termina por deformar no ya el sentido de la libertad sino su ejercicio. La crisis actual que se vive en muchas democracias mucho debe al desconocimiento del valor de la libertad que, a fin de cuentas, no puede disociarse de la libertad de pensamiento y de expresión. Frente a aquellos que promocionan el pensamiento único o la igualdad entendida como uniformidad o lo políticamente correcto, la libertad se erige como inasumible. Así como su ejercicio en puridad sólo es individual, sus consecuencias se desbordan al encuentro del otro. Ser libre es sobre todo una generosidad. Desde este punto de vista, la formación del individuo se antoja irrenunciable, como irrenunciable debería ser la defensa del pensamiento y la opinión propia. No se trata de tener la razón, sino de defender las razones de cada uno. Sin embargo, hay determinados códigos sociales que parecen rehuir lo que es este derecho legítimo. La discusión, el debate, la polémica, desterrados de los hábitos sociales y profesionales, están mal vistos en función de una corrección o una politesse que poco tienen de civilidad. De ahí que con frecuencia la censura y la autocensura presidan las relaciones sociales. No se puede responsabilizar únicamente al entorno de nuestra mudez. Con frecuencia, apenas reconocemos que si en determinada reunión callamos o no pedimos la palabra no es únicamente por el miedo a expresar en voz alta nuestros pensamientos, sino por la alarma que sentimos frente a lo que puedan pensar los demás. Ese temor, finalmente un disolvente social, opera previamente como un instrumento de desaparición del sujeto. Lo curioso es que privarnos de nuestra opinión no hace sino socavar la convivencia, además de borrarnos a nosotros mismos. La polémica está en entredicho cuando en realidad es un motor personal y social. La libertad que se manifiesta también en debates y discusiones causa pavor por algo tan extendido e indescifrable como el qué dirán. Más allá, pervertir la libertad se traduce en prácticas que subrayan la parte más oscura del ser humano; esa porción más animal e instintiva que rehúye la franqueza y el reconocimiento del otro, al entregarse a la murmuración cuando no a la traición. Decir lo que se piensa suele causar miedo, pero eso no debería ser impedimento para expresarlo. La libertad exige también un acostumbramiento que no implica que el temor vaya a desaparecer, pero nos enseña a convivir con él. Este pavor que en ocasiones acaba por recluirnos en una estéril mismidad suele aparecer en nuestras relaciones con el “poder” y con quienes supuestamente lo ostentan. En estos casos resulta más urgente el uso de la libertad personal. Hay un equívoco generalizado: quien disfruta o padece de determinada autoridad no es por determinado nombramiento sino por el hecho de ser persona. La evidencia es decisiva puesto que establece una relación de igualdad no en virtud de una responsabilidad o competencia concreta, sino por compartir la misma naturaleza. Es el convencimiento de que los seres humanos somos iguales, y lo somos efectivamente, el que abre las puertas al ejercicio de la libertad. Pero esta convicción está definitivamente ausente en nuestra sociedad y lo peor es que no hacemos nada por darle la vuelta. Asumimos con absoluta naturalidad algo que no es en absoluto natural: la distinción de que hay personas que son más personas por el sencillo motivo de que tienen determinado nombramiento o cargo. A partir de aquí se generalizan las prácticas que rigen nuestras relaciones: servilismo y clientelismo.

            Ahora bien, qué sentido tiene pertenecer a una sociedad que no sólo nos impide ser sino que impide que los demás sean. Da la impresión de que muchas veces vivimos una ficción o una auto-ficción que nos aleja de la realidad para construirnos la propia. Hay algo semejante a un desplazamiento o un arrumbamiento del individuo del que éste es también cómplice. La causa de esa complicidad reside en la ausencia de libertad. Nuestra sociedad, a pesar de lo que se diga, no es libre y cada vez lo es menos. No hay más responsables que nosotros mismos. La abdicación de la libertad individual es ya un modus vivendi; una manera de operar; una estrategia de supervivencia en que no prevalecemos nosotros mismos, sino nuestra apariencia, nuestra ficción, esa imagen deformada y ajena que todo lo resuelve en un siniestro “Ay, que bonito”. Jean-Paul Sartre postulaba que lo que somos reside en la percepción que los otros tienen de nosotros mismos. Sartre, a pesar de las apariencias, no creía en la libertad personal.

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