No se llamaba Efraín, era Efrén

 

Por: Luis Felipe Pérez Sánchez

Captura de pantalla 2017-05-08 a la(s) 22.20.31A muchos de nosotros nos habrá pasado eso de ser testigos de personajes que comparten con nosotros la edad, las inquietudes de la primera juventud; que destacan como destaca el pintito en el arroz, el zurdo entre los diestros, el rubio entre morenazos café con leche. Me refiero a alguien que no lo sabrá del todo nunca pero que nos ha dejado en la memoria algo de su temperamento o su personalidad, una muestra de eso que a esa edad aún está contenido pero que será inevitable que emerja. Esas cualidades que se cristalizan en nuestra memoria tras algún momento en el que un chisporroteo, una centella del genio que podríamos tener enfrente, con el que compartimos las butacas de un salón, se manifiesta. Yo recuerdo imágenes de tal o cual niña contando chistes mejor que Polo Polo, o a alguien que sabía cosas que los demás no. Eran infantes con un paisaje interior más coloreado, algo más lleno. Dos niñas se me vienen a la mente, posiblemente invento. Nereida se llama una, tan disciplinada y talentosa como para atreverme a afirmar que de quién nos acordamos los alumnos de ese tiempo es de ella. Otra fue Garbiñe, que desde el nombre lo dejaba a uno preguntándose la pronunciación o el origen o el significado. No era la primera ocasión que yo la notaba. Ya me había sorprendido verla dando vueltas en bicicleta por las calles de la ciudad cuando ser ciclista era más un divertimento que una forma de vida.

     Pero el momento en que pienso fue ese día cuando el maestro de español, un viejo al que le decíamos el “astronauta”, preguntó si alguien podía decirle a qué se refería la palabra “regente”. Nadie en el aula lo supo salvo ella, y yo, que la sabía por haber visto una película con Julio Alemán donde él la hacía de “regente”, pero no lo dije. Sabadazo se llama la película y la vi a escondidas de mis padres en una noche de insomnio infantil,  pero esa mañana todavía me tocaba ser el rebelde del salón y poner oídos atentos a las preguntas de mis profesores era, digamos, algo que no estaba en mi decálogo de morro indeseable. Todo mundo creyó y seguirá creyendo que ella era la única que podía responder, no sólo a esa adivinanza de una palabra ya en extinción por nuestros días de secundaria, sino a muchas cosas más. Y no se equivocan. Daba la impresión de una lucidez de otro planeta.

     También recuerdo a “Pancho”. Podría decir que a quien no olvidaríamos los de mi generación en la primaria. Era excepcional. Pelirrojo y  con aires de genio, o lo que a mí me parecía alguien dotado de una inteligencia fuera de alcance. Repetía como tarabilla datos sobre la historia de México que aun a mi edad actual no sabría si no fuera por él. Es como si en mi infancia hubiera tenido en el pupitre contiguo a una máquina con una memoria ram sorprendente. No sé si suceda seguido, si alguien aquí pudiera decirme que me equivoco y que lo que le viene a uno de las épocas estudiantiles no es eso sino algo más. Sólo que supongo que a muchos de nosotros nos hubiera dejado sorprendidos la inteligencia o la elocuencia en alguien como los que arriba he mencionado, con quienes compartí los días de escuela.

     Parece que no fui el único que vivió eso y que piensa lo otro de las experiencias en alguna clase. Viene a colación Rafael Solana, poeta y editor, miembro de una generación de escritores conocida como la de Taller, que tuvo en sus tertulias a Octavio Paz, Alberto Quintero Álvarez y Efraín Huerta, que al principio no se llamaba Efraín sino Efrén Huerta Romo).

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     Dice Solana que ese muchacho venido de Silao los impresionó en mitad de una clase de historia de México. Podemos especular si levantó la mano o no para participar o si el maestro esperaba que supiera lo que iba a decir o no. Pero, lo que no podemos soslayar es que significó una marca de agua para sus compañeros que terminaron acercándose a él con admiración, como si vieran el hielo por primera vez o, mejor, como si fueran José Arcadio Buendía y les hubiera sorprendido tanto el imán que Melquíades llamaba la octava maravilla de los sabios de Macedonia mientras arrastraba a su paso tornillos y lingotes metálicos, como si tuvieran vida. Imagino la admiración de Solana. Huerta había sido el único de la clase que sabía de Alfonso Reyes. Los sorprendió. Descubrieron esa mañana a un aprendiz de dibujante, a quien le gustaban mucho las canciones. Luego, se decantaría por la poesía, ésa que ahora podemos disfrutar gracias a que los mismos compañeros de la preparatoria lo incitaron a cultivarla cuando supieron que versificaba. Se autonombró Efraín. Dejó de llamarse Efrén para convertirse en un personaje romántico: Efraín, como el de María de Jorge Isaacs. Ni él ni sus amigos se podían imaginar que estaban ante quien llegó a ser el primer Poeta del país.

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