El liberalismo-socialista de Emmanuel Macron

 

El liberalismo-socialista de Emmanuel Macron

Por: Tobías Albero

 

trtworld-nid-348459-fid-386458.jpgLiberalismo, en el sentido europeo, y socialismo son términos antitéticos. Más que una contradicción, es una imposibilidad. Si el socialismo es una ideología que promueve una moral, el liberalismo es una moral que desemboca en algunos idearios; mientras el socialismo delega en el Estado la responsabilidad de asumir las condiciones de vida de los ciudadanos, el liberalismo incide en la libertad del individuo como motor social y económico.  Y, sin embargo, la ocurrencia de Macron cimbrea referentes ideológicos y morales de articulistas y opinadores, atentos a la novedad antes que al rigor de una propuesta que no deja de ser un guiño o una invitación para salvar la maltrecha Quinta República. Liberalismo-socialista supone adoptar ese espacio político que suele llamarse centrista o de centro. Es decir, ni una cosa ni la otra o, en todo caso, lo que convenga a cada circunstancia. Desde este punto de vista, la nueva propuesta luce por el pragmatismo. Acometer una política que sin atender a ninguna ideología particular se permita enfrentar los problemas del país. Más allá, la formulación misma de la imposibilidad nos emplaza frente a un espectáculo político tan desnortado como errático: la defunción de las ideologías. Sin opciones de derecha y de izquierda, el liberalismo-socialista surge como una solución momentánea y efímera para lo que parece una crisis política de fondo. Los partidos conservadores sobreviven porque se adueñan de un pasado a conveniencia sin advertir que ellos también ya son pasado; los partidos de izquierda hacen aguas por todas partes porque el ideario que los llevó a diseñar la Europa actual ya no tiene propósito, en la medida de que el Estado de Bienestar, más conseguido en unos países que en otros pero del que todos se benefician, no ha sido reemplazado por otros propósitos e ideales capaces de ilusionar a los ciudadanos. No es gratuita la crisis por la que están pasando los socialistas del Viejo Continente. Hace unos días el anterior Ministro del Interior galo, Manuel Valls, reconocía que el Partido Socialista Francés había muerto. Otro factor que ha terminado por vaciar de sentido a la izquierda ha sido confundir socialismo con progresismo. Dicho de otra manera, adoptar el liberalismo norteamericano como ideología de repuesto para un socialismo crepuscular. Esta usurpación emplaza al ciudadano europeo frente a una alternativa decepcionante: quienes abanderan las posturas socialistas, inspiradas en una farándula “liberal” hollywoodense que nada tiene que ver con el obrero de Lille o con el agricultor de la Provenza o con el arquitecto de Rennes, no han sabido o no han podido distanciarse de esa política cobijada bajo el espectáculo del status quo. Una de las consecuencias de este travestismo es la emergencia de movimientos populistas autoritarios que se dicen de izquierda y de derecha, pero que en realidad son todo eso a la vez, gobernados por el extremismo de sus propuestas y que ponen en tela de juicio el Estado de Derecho o, lo que es lo mismo, la igualdad y la libertad de los ciudadanos. A primera vista, la derrota de Marine Le Pen se toma como una victoria de la democracia. No se repara en que es la segunda fuerza política en Francia, es decir, la principal fuerza de oposición. En este contexto, esta derrota no resulta halagüeña, sigue siendo una mala noticia que oscurece un poco más el futuro inmediato. Y, quizás, aquí cabe situar el conflicto de fondo: mientras Macron apela al pragmatismo, Le Pen propone un proyecto de rediseño de Francia dentro y fuera de Europa. Al primero, a lo mejor le alcanza para gobernar los siguientes años; a la segunda, en la medida que su programa vaya ganando adeptos, le quedan años por delante para derruir la sociedad francesa.

            El pragmatismo no es una antídoto contra las ideas o, mejor dicho, puede obrar como dique de contención durante un tiempo, pero finalmente las ideas, sin importar su naturaleza, acaban desbordándolo. Francia y Europa, después de la victoria de Emmanuel Macron, han ganado algo de tiempo para repensar no sólo la democracia sino la reconstrucción ideológica. Los países europeos necesitan reinventar el papel de los partidos políticos y, a su vez, reinventar a los partidos para que sean operativos, verdaderas alternativas, dentro del sistema. Claro, no es menor la necesidad de repensar la Unión Europea. Da la impresión de que los países miembros no saben relacionarse con un aparato burocrático y económico desarbolado en lo político que, sin embargo, restringe y limita de hecho su soberanía. A lo mejor conviene repensar la Unión Europea en lo político para luego proponer alternativas nacionales. No deja de ser extraño que, independientemente de los programas de los diferentes candidatos, las elecciones se hayan polarizado entre una Francia dentro de Europa y, otra, fuera. Este mismo dilema se extiende a otras elecciones nacionales. Lo curioso es que la disyuntiva poco tiene que ver con la vida cotidiana de los franceses, cuando es palmaria la mejoría de sus condiciones de vida a partir de la creación del mercado común. El liberalismo-socialista de Macron es apenas una venda para una sangría que no remite.

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