El hombre que fue jueves o el arte de la hipérbole paradójica

El hombre que fue jueves o el arte de la hipérbole paradójica

Por: Ernesto Sánchez

Captura de pantalla 2017-05-22 a la(s) 21.56.55.pngNo falta quien todavía considera todo lo que orbita entorno a la risa como algo negativo, o por lo menos de escaso valor literario, sin saber que, tal vez, una de las estrategias más difíciles de adquirir para un escritor es precisamente el humorismo. Pues éste, a pesar de aparentar lo contrario, conduce al lector por los parajes que de ser abordados con seriedad serían ignorados o negados. No es de extrañar que algunos temas que se han desarrollado en extensos tratados por filósofos de gran prestigio no hayan abandonado nunca los anaqueles de las bibliotecas más que en ocasiones de inventario. El humorismo tiene la capacidad de deshebrar estos temas “engañando” al lector para que reflexione sobre los mismos.

            Por lo anterior, no se puede considerar más que un gran atino por parte de la editorial Mirlo sacar una nueva edición de El hombre que fue Jueves (1908), de Chesterton. Con una traducción de María Luisa Clark y un prólogo breve (pero sin dejar proporcionar datos que invitan al curioso a seguir indagando) de Juan Antonio Rosado, ésta es una edición elegante y bien formada que nos puede acercar a ese escritor inglés que ha capturado la atención de varios de nuestros representantes más celebrados, como Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes.

            La historia de El hombre que fue jueves parece relativamente sencilla, pero detrás de una construcción de suspenso, que parecería más apropiada para ser tratada en Baker Street, se esconden reflexiones de índole filosófica en las voces de sus personajes. Así, Syme y Gregory, los poetas tanto del orden como de la anarquía, discurren sobre el bien y el mal, y el resultado sumerge al primero en una espiral de sospechas que le permiten adentrarse en una organización cuyo objetivo es desmantelar, la cual está presidida por Domingo, y compuesta por miembros que se presentan como un día la semana.

            Los altibajos en los que se encuentra de pronto Syme (“Jueves” dentro del Consejo Central Anarquista) atrapan al lector a pesar de desbordar en lo paradójico. Las reflexiones, por otro lado, se escurren por medio de los diálogos extensos entre los personajes, donde la argumentación brinca del guiño inteligente a lo hiperbólico a lo serio con una agilidad y agudeza tan bien construidas que pasan a menudo desapercibidas.

            Ahora bien, una de las primeras traducciones de Chesterton en México fue a manos de Alfonso Reyes (1919), quien apuntó “El que un tren corra por sus carriles y toque siempre los mismos sitios le parecía a Chesterton un ejemplo de lo milagroso cotidiano”. Nota que refleja con precisión lo que acontece en estas páginas que se rigen con una normalidad que mantiene al lector en una especie de desconcierto intrigante y entretenido.

            En un mundo donde los nuevos autores y títulos son tan prolíficos como banales, no cabe duda que regresar la mirada a un autor con las habilidades de Chesterton no puede ser más que un acierto. Después de todo, como apunta Reyes, es “el regocijado creyente que sustituyó por los golpes de pecho las carcajadas, el que viajó por todas las herejías sin hallar ninguna a su gusto”. Es decir, Chesterton fue el Domingo de su propia historia; tal vez por eso comparten rasgos físicos tan similares: son gigantes.

C. K. Chesterton, El hombre que fue jueves, traducción de María Luisa Clark, prólogo de Juan Antonio Rosado, Mirlo, Colección Tinta Viva, México, 2916, 190 p.

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