Lectura y lectores

 

Por: Tobías Albero

Captura de pantalla 2017-05-22 a la(s) 22.01.04.pngTodos afirman que nadie lee. Entre este todos y este nadie pasan muchas cosas como para pasarlas por alto. Llaman la atención los arrebatos histéricos de quienes se dedican a la cultura y no están dispuestos a asumir que hay a quien sencillamente no se le pega la gana leer. Ignoro si son más o menos felices que los lectores, pero no deja de ser una decisión individual que exige todo el respeto aunque, en lo personal, no la comparta. Quienes defienden la lectura y quienes intentan imponerles a los demás este hábito suelen apelar al imperativo en vez de a la razón. Por ejemplo: “hay que leer. ¿Por qué? Porque hay que leer. ¿Y si no leo? Te llamarán pendejo”. Frente al peso de la argumentación es normal que no se lea. Llevar la contraria no deja de ser una autoafirmación, el reconocimiento de la propia singularidad, la corroboración de la distinción personal. Desde luego, nunca he animado a nadie para que lea en términos de salvación o de felicidad personal, ni mucho menos he obligado a alguien para que lo haga. De hecho, detesto las campañas de promoción de la lectura fomentadas desde instancias de gobierno, entre otras cosas porque suelen colocar estratégicamente mantas, carteles y pasquines para que los que no leen lean en ellos que hay que leer. Leer es una decisión personal tan respetable como no leer. Pero el hecho de que sea respetable a lo mejor no implica que sea conveniente, de la misma manera que se le pide al yonqui o al alcohólico o al fumador que dejen de meterse o de tomar o de quitarse si quieren vivir una vida de ¿plenitud? Las razones para convencer a un adicto de que deje su adicción son, al fin, una retahíla de lugares comunes, pero que sean lugares comunes no quiere decir que sean sinrazones. Un lugar común deja de serlo o bien cuando se deshecha como referente, o bien cuando cada quien lo llena de sentido. Así ya no son lugares comunes, sino personalísimos. No leer, desde mi punto de vista, es una adicción, una adicción a la nada, pero adicción al fin y al cabo. Quizás por eso la falta de lectura aproxima al nihilismo, cuando no se confunde con éste. Transformar la no lectura en lectura es una decisión de cada quien, de la misma manera que lo es dejar de ponerse hasta las chanclas, pillar globazos, consumir tabaco. Quien deja determinada adicción no lo hace porque vaya a vivir mejor, sino porque no puede vivir ya con ella. La experiencia personal traspasa los lugares comunes para rendirse ante la evidencia. Pero ¿cómo rendirse ante la evidencia de lo que se ignora? Porque para aceptar lo evidente -condición necesaria- es ineludible tenerlo frente a  nuestros ojos y, luego, querer verlo. Por lo tanto, quien no lee difícilmente puede reconocer esa carencia como evidencia. De tal modo que quizás haya que recurrir a los lugares comunes no como lugar común, sino como posibles razones que, despojadas de la incomodidad o del fastidio de lo rutinario, muden en argumentos personales, salvaguardando la pretensión de originalidad tan seductora en esta sociedad. Y claro mis razones son lugares comunes pero que he hecho míos por lo que ya no son lugares comunes sino mis razones. Seguramente las mismas de cualquier otro que considere provechosa la lectura, pero que al volverse personales dejan de ser comunes para adquirir el más amable estatus de compartidas.

            La lectura proporciona una experiencia humana compartida, por encima de las diferencias de raza, nación, lengua o posición económica. Tal comprobación nos emplaza frente a la evidencia de que pertenecemos a la misma especie; nos alecciona de que leer a Sófocles, Horacio o Dante, promueve un movimiento de reconocimiento y de aceptación del otro, justamente porque con el otro compartimos esa misma experiencia que, más allá de las peripecias de tal o cual poema, tal o cual novela, tal o cual narración, reside propiamente en la lectura. Este aprendizaje y esta lección se desbordan en nuestro día a día. La experiencia lectora suele priorizar lo que nos acerca a los otros por encima de las diferencias, operando como un antídoto eficaz frente al sectarismo religioso, la miopía política, la xenofobia o los nacionalismos rampantes y asfixiantes. La lectura subraya la igualdad entre los seres humanos y, por tanto, reacciona en contra de la explotación y la injusticia. No estoy diciendo que la lectura tenga la misma influencia en todos los lectores o que se baste exclusivamente para que un individuo se abra al mundo. Pero sí que no hay un instrumento parecido y tan a la mano. Entre los lectores existen también diferencias: hay quienes no se enteran de nada; los hay que se enteran muy poco; también quien utiliza la literatura para fines que poco o nada tiene que ver con lo registrado aunque se dediquen, incluso, a la literatura. Con todo, acercarse a las obras literarias supone ir al encuentro del otro, una mirada franca y transparente que no simula sentimientos ni oculta maquinaciones. La lectura no asegura que cada lector sea un ciudadano cabal, pero ayuda.

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