Cómo escribir sin dejar escombros

 

Por: Ernesto Sánchez Pineda

 

Captura de pantalla 2017-06-13 a la(s) 10.14.00.png¿Qué se puede decir de la palabra ajena? De los versos que son horas o días o años de los poetas. Nada. Así tenía que empezar, porque nada debería ser siempre la respuesta. La poesía, como Ricardo Venegas alguna vez confesó en una entrevista, es experiencia contenida en un poema. La persona y su vida se vuelcan en las letras y éstas esbozan, de una u otra forma, una de las facetas más íntimas de quien las escribe. Y del resultado emana otra vez poesía, que es experiencia nueva para el curioso que se acerca a husmear en esas líneas.

Eso es lo que voy a dejar aquí, impresiones de la experiencia en la que me vi sumergido con lectura de La sed del polvo. Antología personal (1995-2013) de Ricardo Venegas; impresiones que se unen, de manera modesta, a otros comentarios que han hecho escritores como Javier Sicilia, Guillermo Samperio y Evodio Escalante. De ellos, el primero apunta que “Venegas camina por un desierto en busca de lo que los signos de la realidad guardan”, el segundo hace hincapié en elementos que destacan en la obra, como “el viento y la piedra, el silencio y el lenguaje”; por último, Evodio Escalante, quien prologa la antología, habla sobre la apertura de la poesía, que más que dar respuestas definitivas se abre para que “afloren aquellas preguntas que determinan el sentido de nuestra vida”, una tarea que el escritor-investigador sabe que Venegas ha logrado en este libro.

Ahora bien, en una antología se selecciona, se disecciona, se repele. Pues, “coleccionar textos implica, sin remedio, descartar otros. Esta condición que antes podía ser achacada a la desmemoria […] hoy resulta una toma de posición, un ejercicio del criterio”. En el caso de La sed del polvo, como el antologador es el mismo Ricardo Venegas, la selección o depuración refleja una preferencia estética e ideológica, al tiempo que permite ver la evolución en el pensamiento y el estilo como escritor a través de cinco libros: Signos Celestes (1995), Caravana del espejo (2000), La sed del polvo (2007), Turba de sonidos (2009) y Trovas para ultramar (2013).

En este compendio, se aprecian los motivos y temas que acosan, una y otra vez, la pluma del poeta. Las inquietudes que persisten a pesar del tiempo y que regresan mutadas en otras letras. Espacio donde el espejo y el reflejo toman tintes de búsqueda e introspección. Como el poema XXVI:

Soy lo que nace del espejo.

mentía la oscuridad,

quien apagó su lámpara

tocó el misterio.

O este otro:

Dejó una lápida

con un espejo

como epitafio.

O bien, donde las diferentes presentaciones del cielo, con sus atardeceres torrianos ponen al oleó “los lujuriosos carmesíes y los cinabrios opulentos” al momento en que “se disuelven en cobaltos desvaídos y en el verde ultraterrestre en que se hastían los monstruos marinos de Böcklin.” El cielo es magnificencia que presagia el tono funesto o divino que toman las letras. Como en el poema “Signos celestes”:

El cielo se llenó de cuervos

algo de él

ha muerto.

O en “Voces”

Baja el cáliz del cielo

En lluvia ácida.

Secretos manantiales

Prestidigitan los lenguajes

Que el aire deja en certidumbre intacta.

Elementos que se mezclan y se superponen con otros, como la muerte y el silencio. Y todos son tratados desde perspectivas diferentes y con recursos que se nos dejan ver predilecciones personales. Así, las anáforas con sonidos vibrantes nos dejan ese aire de musicalidad agresiva que intensifica el concepto que se labra en el verso, a pesar de que éste sea explícito o apenas sugerido.

Como apunta Evodio Escalante, Venegas ha encontrado una forma de plasmar que se aleja de aquellos poetas que ven el verso como un proyecto de construcción donde los elementos deben embonar para apegarse a la forma establecida o predilecta del momento; no, Venegas explora con los sentidos una realidad que a veces se distorsiona para hacer énfasis en situaciones comunes de las que desconocemos, o decidimos ignorar, su poética. Esto se puede apreciar exponencialmente en la sección que corresponde al Turba de Sonidos; ahí, la relación de tres generaciones de hombres queda comprimida en 22 versos, donde una complicidad padre-hijo-abuelo te lleva del burdel a la carretera, y a ese espacio en la memoria donde se guardan los recuerdos predilectos, y muchas veces menospreciados (hasta que es necesario recuperarlos), de la vida. O bien, la narración de la muerte de un pequeño, en el poema XIV:

Regresa de los vientos del otoño.

El niño en la ventana de hospital

recuerda el día en que lo aislaron,

desde el octavo piso

les mostró a sus hermanos

el cartel de un ratón.

Último día en casa,

su espalda dormitaba

en agua tibia.

La madre llegó tarde

con su frasco,

el alivio bendito
del templo de las llagas.

Usamos el rosario para dejarlo ir.

La casa oscureció.

Pasaban el fariseo y el morboso

a contemplar al muerto,

a tomar café,

a bendecir lo que no habían perdido.

Aquella tarde

dejé una bolsa de dulces

en el brazo de mi hermano.

El viaje hacia la luz

podría ser la ensoñación de un caramelo.

De esta antología emana una esperanza, o una resignación, que viene de un proceso circular constante e infinito. En este sentido, los múltiples temas que se repiten, a pesar de los años que separan cada incursión literaria, también reflejan esto.

Ahora bien, personalmente, tengo una debilidad por la escritura breve. No en el sentido de pequeña, sino de capacidad de compactar una idea, o varias de ellas, en una frase u oración que desde una superficie engañosa, por su sencillez, te lleva a una reflexión profunda, y el eco de las letras resuena en los almacenes de consciencia incluso tiempo después de haber dejado el libro sobre la mesa. Sin duda, el arte de decir mucho con poco, del labrado de un epigrama o una sentencia, de la fugacidad simulada, es algo que todo el que se acerque a esta antología podrá disfrutar, y la experiencia que Venegas llevó a la poesía brotará naturalmente tanto para el iniciado como para el curioso.

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Tolerancias e intolerancias

 

Por: Tobías Albero

 

Captura de pantalla 2017-06-13 a la(s) 10.04.10.pngTolerancia es un término que goza de inusitado prestigio en nuestra sociedad. No se sabe muy bien qué significa, pero al hablar de que ésta o aquélla personas son tolerantes da la impresión de que se les añade un blasón. Sin embargo, a pesar del predicamento de la palabra, la experiencia cotidiana nos enseña que nadie es tolerante a excepción de uno mismo. A lo mejor por eso su prestigio reside en que la mayoría la proclama pero casi nadie la practica. En realidad, la tolerancia es una cualidad incómoda porque se debate entre la concesión que nace de un ánimo timorato y amedrentado, a merced de las circunstancias, y la intransigencia aparente que resulta de respetar a los otros pero sin ceder en las propias convicciones. Entre un extremo y otro hay un espacio ambiguo y confuso que comparte características con ambos en el supuesto de que el segundo sea verdaderamente expresión de la intolerancia. En lo personal, no lo considero así. Mientras la primera disposición parece ajena a la tolerancia, la segunda sin duda es su expresión más depurada pero también la más próxima a calificarse como intolerante precisamente por aquellos que se han apropiado de su sentido. Así las cosas, tolerancia se esgrime como sinónimo de docilidad y sumisión, como si fueran términos intercambiables, para convertirse en un eufemismo de servilismo. Exigen tolerancia aquellos que necesitan poner orden, pero el orden, incluso en una sociedad democrática, rivaliza con la libertad. No es que no puedan convivir, como demuestra la existencia de instituciones, pero en una sociedad abierta suelen polemizar. Una democracia madura es la que es capaz de convivir con el orden que emanan sus instituciones y, a la vez, respeta la libertad de sus ciudadanos; la libertad de esa sociedad no reside en la suma de esas libertades como si pudiese hablar de una sociedad libre, sino que justamente el ejercicio de libre de cada uno de sus ciudadanos manifiesta la liberalidad de esa sociedad, en donde lo importante es justamente velar por las ideas de cada uno. Las instituciones deberían estar al servicio de cada ciudadano y no al revés. Al exigir tolerancia por parte de algunos, se incurre en el eufemismo de alentar al sometimiento; de fomentar el servilismo en beneficio de unos pocos. La tolerancia no está reñida con la discrepancia, ni con la disidencia, ni con la polémica; al contrario, encuentra su sentido más verdadero en todas ellas. El término más próximo a la tolerancia es el respeto, que no es ni abdicación ni concesión, sino una mirada abierta y franca hacia el otro sin olvidarse de uno mismo, sin borrarse ni quitarse frente a la otra presencia. La tolerancia es una reciprocidad o un pacto tácito: así como el otro merece respeto, también cada uno de nosotros lo merecemos. Por eso, llama la atención que sean los mismos los que pidan tolerancia, como si fuera una autopista de un solo sentido o como si sólo ellos pudieran demandarla. La tolerancia es el encuentro entre dos o entre más, pero es un encuentro. No es de ninguna manera una entrega o una rendición. En la actualidad, el término se acerca al sentido de la sumisión, de la obediencia ciega, de la rendición y de la entrega, en lugar de al respeto, a la probidad, al encuentro y al reconocimiento. Desde luego, nuestra sociedad sería mejor si, en efecto, fuéramos tolerantes, pero no en el sentido que nos quieren hacer creer, sino en su sentido verdadero, porque sucede que quienes se llenan la boca con esta palabra son los menos tolerantes, los más intransigentes, los más autoritarios. Aceptar este chantaje, además de consecuencias personales, tiene otras sociales; así la pérdida de la libertad individual, el incremento de trepas, el aumento de lambiscones, la pérdida de dignidad a cambio de migajas. Una situación intolerable favorecida por una silenciosa y generalizada complicidad.

            Unas de las modalidades más perversas de la corrupción son el servilismo y el clientelismo o el servilismo-clientelismo, puesto que una no se da sin la otra. Este tándem diabólico se hace presente en todos los órdenes y ámbitos de nuestra sociedad: político, económico, social y académico. Paradójicamente, es en la Academia donde sus efectos se tornan más nocivos y perniciosos. El servilismo-clientelismo es enemigo frontal de la tolerancia y, por tanto, del pensamiento libre y de la libertad de expresión. La expresión más depurada de la falta de tolerancia es el servilismo-clientelismo, puesto que se funda en la negación del otro en beneficio de uno, nada que ver con la supuesta libertad que se dice defender desde las aulas y centros de conocimiento. En parte, la ignorancia de lo que significa la tolerancia y de las consecuencias individuales que depara se debe a los usos y costumbres de una Academia temerosa de la libertad individual. Esta sociedad, se mire por donde se mire, es definitivamente intolerante y no parece que tenga el menor interés en apostar por la cacareada tolerancia.

 

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De gigantes y príncipes enanos

 

Por: Ernesto Sánchez

Captura de pantalla 2017-06-02 a la(s) 11.47.19En el mundo de las letras hay escritores que se encuentran a la sombra de gigantes. Es cierto, muchas veces es porque su obra no llega a la altura impuesta por aquellos que suenan en las discotecas literarias a intervalos ininterrumpidos; sin embargo, en otras ocasiones pasan desapercibidos porque de una u otra forma la atención de la crítica tiende a enaltecer figuras hasta el punto de la idolatría y deja a un lado a esas otras que nacen a su lados. Esto provoca que, a fuerza de los años, estos últimos se vayan retrayendo en los recovecos de las biografías y los epistolarios, haciendo de sus nombres casi un enigma para el público, ese titán adormecido, menos conocedor y a merced de lo que dictan y aprueban algunas autoridades. Por eso, hay pequeñas joyas literarias cuyo destino es cubrirse de polvo en los anaqueles de las bibliotecas; ahí, en ese espacio donde el tiempo y el olvido cobran las tarifas más altas.

            A pesar de ello, hay quien prefiere hurgar con pico y pala en las túneles de la historia en busca de chispas de ingenio. Así, sólo así, te encuentras con obras como las de Mariano Silva y Aceves (1887-1937), el michoacano que perteneció a uno de los grupos de élite de la historia de la literatura mexicana junto a figuras emblemáticas como José Vasconcelos, Pedro Henríquez Ureña, Antonio Caso y Alfonso Reyes. Es decir poco que Silva y Aceves convivió entre gigantes, de esos cuya labor ha sido suficiente para ocupar a generaciones y generaciones de lectores e investigadores. Personajes que, a pesar de los esfuerzos descomunales de especialistas y recursos federales, escribieron tanto que todavía hoy, casi a una centena de años, no se pueden recopilar sus obras completas, pues siguen apareciendo aquí y allá nuevas pesquisas, cartas, recetas o listas de supermercado.

            Pero para el curioso como yo, las figuras que se mantienen en la periferia tienen una relevancia fundamental, pues si hay algo que admiro es la modestia; la brevedad, tanto en la vida como en la escritura, creo que es una de las cualidades más fundamentales, pero tal vez la menos apreciada por esta cultura sumergida en los excesos.

            Como Julio Torri, la obra de Mariano Silva y Aceves está contenida en menos de quinientas páginas. Como el primero, el segundo apuesta por construcciones pequeñas y bien ornamentadas. Escritor que cuida el detalle y pule y repule las esquinas de sus escritos hasta dar con la cadencia y el tono anhelados. Sus libros nacen en esa época de conflicto militar que azotó el suelo mexicano a principios del siglo XX, pero sólo para transportar al lector a lugares lejanos. Publicó sólo cinco libros, que juegan entre el aforismo y la estampa, entre el cuento y el ensayo. Y si es un enano, es un príncipe enano.

Jorge Castañeda y plagio

 

Por: Tobías Albero

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El miércoles 31 de mayo de 2017, Jorge Castañeda tituló su colaboración en El Financiero, “Trump y plagio” (http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/trump-y-plagio.html). Imagino que en respuesta a su artículo anterior aparecido el lunes 29 del mismo mes, “La renuncia (de Trump)” (http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/la-renuncia-de-trump.html), alguien descubrió que se trataba de un plagio, motivo por el que decidió disculparse ante los lectores o eso parece. La hechura del artículo es una verdadera joya que justamente reconoce aquello que pretende negar; una escritura al servicio de la vergüenza de quien ha sido pillado en falta, en lugar de una disculpa sincera. El comentarista y excandidato a la Presidencia de la República que ahora apoya al Macron mexicano, Ríos Piter, consigna diversas modalidades de plagio que se saca alegremente de la manga. En lo referente a su colaboración, la ubica en el tercer tipo del que dice: “al redactar mi artículo anterior sobre la posible renuncia de Trump, no me percaté de que en Project Syndicate, un sitio donde publico desde hace más de diez años, Bernard-Henri Lévy escribió algo muy parecido unos días antes”  (http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/trump-y-plagio.html). Desde luego, el avezado articulista no deja pasar la oportunidad de medirse intelectualmente con el autor plagiado: “No había yo leído el trabajo de Lévy, a quien no conozco pero cuya obra he ojeado, pero debí haberlo hecho. Somos hasta cierto punto colegas, escribimos en este caso sobre el mismo tema en el mismo medio, tenemos conocidos en común…” (http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/trump-y-plagio.html). Es decir, a pesar de que Castañeda plagia al francés, en su opinión no hubo plagio puesto que el “cuatismo” lo absuelve. Sobresalta el falaz posibilismo de “debí haberlo hecho” o, dicho de otro modo, “tuve que haber leído la aportación de Lévy antes de redactar mi texto”. Sin embargo, las coincidencias entre un texto y otro parecen indicar que Castañeda leyó previamente a Lévy; lo que no hizo fue referirlo en su artículo. Pero Castañeda va más allá al declarar que “nadie lee a nadie en México” (http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/trump-y-plagio.html). En lo personal, considero que en esta afirmación reside el meollo de la cuestión: si nadie lee a nadie en México, cómo se va a leer lo que se publica afuera. Pero resulta que sí hay quien lee, incluso, aquello que se publica fuera del país. Sin duda, alguien leyó la contribución de Bernard-Henri Lévy y ese mismo alguien leyó el plagio de Castañeda y, a su vez, posiblemente, escribió una carta denunciando este proceder a los directores de El Financiero para que éstos le solicitaran a Castañeda disculpas públicas: “Misión cumplida, con una disculpa a los lectores por no hacer bien mi trabajo, a Manuel Arroyo que me lo paga muy bien, y a Enrique Quintana, responsable de lo que aquí se publica” (http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/trump-y-plagio.html). Que se trata de una petición de los responsables de la publicación lo delata la expresión “Misión cumplida”. Pero, ¿es posible haber cumplido esa misión cuando Castañeda niega el plagio mediante rebuscados argumentos que no hacen sino obrar en su contra? ¿Quién pide disculpas por lo que no ha hecho? Misión, que etimológicamente significa encargo, sitúa una equidistancia entre quien la solicita y quien la cumplimenta, obrando el segundo como intermediario entre el solicitante y un tercero, en este caso, el lector. Castañeda se excusa por aquello que no cometió pero a sabiendas de que el encargo presupone la perpetración el delito. Asumir la “misión” como propia (“Misión cumplida”) no deja de ser una aceptación de culpabilidad. En consecuencia, ¿por qué no asume el plagio? ¿En qué le afectaría ese reconocimiento? ¿Acaso pondría en entredicho su trabajo intelectual? No lo creo. En todo caso, ese reconocimiento podría herir su vanidad, pero por otro lado ese mismo reconocimiento sería paradójicamente una muestra de probidad, la misma que empaña con esta colaboración.

            No tengo duda alguna de que a Castañeda le pagan “muy bien” puesto que de otro modo no colaboraría; tampoco la tengo de que sus disculpas no son sinceras puesto que, en efecto, se trata de un plagio. Es cierto que las revelaciones de la semana pasada en torno a las declaraciones del exjefe de la CIA, en que implicaba al gobierno ruso en el resultado de las elecciones de EEUU, ponían de nuevo a Donald Trump en el punto de mira. Pero si atendemos a las colaboraciones anteriores de Castañeda, el repentino interés por el Presidente del país vecino es algo más que forzado: “PRI: una buena razón para ser candidato perdedor” (http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/pri-una-buena-razon-para-ser-candidato-perdedor.html); “Edomex: credencial del INE y tijeras” (http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/edomex-credencial-del-ine-y-tijeras.html); y “la alianza nonata” (http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/la-alianza-nonata.html).

            Castañeda plagia, por mucho que pida disculpas y por mucho que registre una tipología del plagio a modo que pretende encubrir la maquinación. Desde luego, no lo voy a juzgar por haber plagiado, pero me incomoda que no lo reconozca. Como dice su amigo Héctor Aguilar Camín, frente a un plagio no hay nada que decir puesto que es una evidencia. Hacerse de la vista gorda no desaparece el plagio. Es curioso cómo se encubre esta falta. Hace poco, por ejemplo, se demostró que la historiadora radicada en San Luis Potosí, María Isabel Monroy Castillo, había plagiado compulsivamente cientos de páginas durante 25 años; su respuesta ante la acusación fue que se trataba de una venganza o vendetta. Ignoro si fue o no una venganza o vendetta, pero el plagio está allí a la espera de una denuncia formal por mucho que sea una vendetta o venganza. Ahora bien, más interesante es la estrategia de nadar y guardar la ropa empleada por Castañeda. Su colaboración da a entender que, puesto que su plagio en realidad no es tal, les hace un favor a sus lectores admitiendo un error que no cometió. Sólo hay que asomarse al texto de Lévy para advertir si se trata o no de un plagio. Jorge Castañeda apela a la fe del lector en su palabra, esa misma fe que critica en André López Obrador cuando afirma que la corrupción del país desaparecerá cuando llegue a la Presidencia de la República. ¿Por qué habría que depositar la fe en uno y no en otro o en ambos?  La evidencia y la razón no se aplican de manera arbitraria ni son encomiendas circunstanciales ni privativas de nadie. En esta ocasión, evidencia y razón señalan que Castañeda plagió.