Tolerancias e intolerancias

 

Por: Tobías Albero

 

Captura de pantalla 2017-06-13 a la(s) 10.04.10.pngTolerancia es un término que goza de inusitado prestigio en nuestra sociedad. No se sabe muy bien qué significa, pero al hablar de que ésta o aquélla personas son tolerantes da la impresión de que se les añade un blasón. Sin embargo, a pesar del predicamento de la palabra, la experiencia cotidiana nos enseña que nadie es tolerante a excepción de uno mismo. A lo mejor por eso su prestigio reside en que la mayoría la proclama pero casi nadie la practica. En realidad, la tolerancia es una cualidad incómoda porque se debate entre la concesión que nace de un ánimo timorato y amedrentado, a merced de las circunstancias, y la intransigencia aparente que resulta de respetar a los otros pero sin ceder en las propias convicciones. Entre un extremo y otro hay un espacio ambiguo y confuso que comparte características con ambos en el supuesto de que el segundo sea verdaderamente expresión de la intolerancia. En lo personal, no lo considero así. Mientras la primera disposición parece ajena a la tolerancia, la segunda sin duda es su expresión más depurada pero también la más próxima a calificarse como intolerante precisamente por aquellos que se han apropiado de su sentido. Así las cosas, tolerancia se esgrime como sinónimo de docilidad y sumisión, como si fueran términos intercambiables, para convertirse en un eufemismo de servilismo. Exigen tolerancia aquellos que necesitan poner orden, pero el orden, incluso en una sociedad democrática, rivaliza con la libertad. No es que no puedan convivir, como demuestra la existencia de instituciones, pero en una sociedad abierta suelen polemizar. Una democracia madura es la que es capaz de convivir con el orden que emanan sus instituciones y, a la vez, respeta la libertad de sus ciudadanos; la libertad de esa sociedad no reside en la suma de esas libertades como si pudiese hablar de una sociedad libre, sino que justamente el ejercicio de libre de cada uno de sus ciudadanos manifiesta la liberalidad de esa sociedad, en donde lo importante es justamente velar por las ideas de cada uno. Las instituciones deberían estar al servicio de cada ciudadano y no al revés. Al exigir tolerancia por parte de algunos, se incurre en el eufemismo de alentar al sometimiento; de fomentar el servilismo en beneficio de unos pocos. La tolerancia no está reñida con la discrepancia, ni con la disidencia, ni con la polémica; al contrario, encuentra su sentido más verdadero en todas ellas. El término más próximo a la tolerancia es el respeto, que no es ni abdicación ni concesión, sino una mirada abierta y franca hacia el otro sin olvidarse de uno mismo, sin borrarse ni quitarse frente a la otra presencia. La tolerancia es una reciprocidad o un pacto tácito: así como el otro merece respeto, también cada uno de nosotros lo merecemos. Por eso, llama la atención que sean los mismos los que pidan tolerancia, como si fuera una autopista de un solo sentido o como si sólo ellos pudieran demandarla. La tolerancia es el encuentro entre dos o entre más, pero es un encuentro. No es de ninguna manera una entrega o una rendición. En la actualidad, el término se acerca al sentido de la sumisión, de la obediencia ciega, de la rendición y de la entrega, en lugar de al respeto, a la probidad, al encuentro y al reconocimiento. Desde luego, nuestra sociedad sería mejor si, en efecto, fuéramos tolerantes, pero no en el sentido que nos quieren hacer creer, sino en su sentido verdadero, porque sucede que quienes se llenan la boca con esta palabra son los menos tolerantes, los más intransigentes, los más autoritarios. Aceptar este chantaje, además de consecuencias personales, tiene otras sociales; así la pérdida de la libertad individual, el incremento de trepas, el aumento de lambiscones, la pérdida de dignidad a cambio de migajas. Una situación intolerable favorecida por una silenciosa y generalizada complicidad.

            Unas de las modalidades más perversas de la corrupción son el servilismo y el clientelismo o el servilismo-clientelismo, puesto que una no se da sin la otra. Este tándem diabólico se hace presente en todos los órdenes y ámbitos de nuestra sociedad: político, económico, social y académico. Paradójicamente, es en la Academia donde sus efectos se tornan más nocivos y perniciosos. El servilismo-clientelismo es enemigo frontal de la tolerancia y, por tanto, del pensamiento libre y de la libertad de expresión. La expresión más depurada de la falta de tolerancia es el servilismo-clientelismo, puesto que se funda en la negación del otro en beneficio de uno, nada que ver con la supuesta libertad que se dice defender desde las aulas y centros de conocimiento. En parte, la ignorancia de lo que significa la tolerancia y de las consecuencias individuales que depara se debe a los usos y costumbres de una Academia temerosa de la libertad individual. Esta sociedad, se mire por donde se mire, es definitivamente intolerante y no parece que tenga el menor interés en apostar por la cacareada tolerancia.

 

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